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River Plate le ganó 2-0 a Unión

BUENOS AIRES -- Cada triunfo suele dejar cosas para revisar. Algunas buenas, otras no tanto, pero los entrenadores no se quedan sólo con el grato sabor de los tres puntos. Por el contrario, la felicidad les dura poco.

Una vez superado ese período de éxtasis llega el tiempo de reflexión, de observar errores, de trabajar en la optimización de las cosas que se hacen bien, de buscar nuevos caminos.

En el caso de River, la puesta en práctica de estos pasos es escrutada con mucha mayor rigurosidad por el mundo futbolístico. Así como suelen ponderarse en forma desmedida a las virtudes, algo similar sucede con la ecuación inversa. Cuando se tiene un mal rendimiento se le cae con extrema dureza. Y si en ese contexto el equipo en cuestión consigue quedarse con los tres puntos, el análisis pasa por lo que no hizo bien más que por lo que consiguió. Reglas de un juego que les ofrece mucho a los protagonistas y les demanda también en consecuencia.

Esta introducción es para graficar lo que se vive en Núñez cada fin de semana. Para tratar de encontrarle una explicación, entre otras cosas, a la cantidad de lesiones que está sufriendo el Millo en este semestre. Las cuales, y esto no es casual, suceden en el Monumental, reducto en el cual la lógica impaciencia de los hinchas es trasmitida y recibida con notable crudeza. Quienes entran a la cancha están expuestos a una gran presión que, a su vez, los carga de estrés. Y así es como River acumula ya siete jugadores averiados en los cotejos disputados en su casa. Maidana, Ponzio, Mercado, Ramiro Funes Mori, Aguirre, Trezeguet, Barovero, una lista demasiado intensa y que habla a las claras de que la cabeza muchas veces condiciona al cuerpo.

Algo similar, y que fue expresado en el comienzo, ocurre con lo futbolístico. La ansiedad está tapando a lo estético. Y aquí no tanto por convicción, sino más vez necesidad. Ante Unión, River debía ganar. Las tres fechas sin triunfos lo había dejado sin margen para el error. Así fue como dos goles de Rodrigo Mora le acercaron tranquilidad, la crítica se circunscribió a que no jugó bien, pero la gente se fue tranquila. Algo habitual en un club con tanto rebote mediático. Por eso lo señalado de cómo se sobredimensiona lo bueno y de qué manera se destaca lo malo.

El equipo conducido por Matías Almeyda ya había sufrido, ante Newell's y ante Boca, lo que representa la desazón en su estado más descarnado. Compromisos que tenía ganados, pero sendos errores y desatenciones le abortaron esa chance de sumar de a tres. Puntos, además, que hoy le permitirían estar peleando mano a mano por el título. ¿Indicador de que el fútbol argentino es realmente parejo y mediocre?

Lo narrado no pretende ser una defensa de un River que realmente exhibió un flojo desempeño. Sí, en cambio, intenta reflejar una realidad que ya no se puede soslayar y que conspira contra la calidad de los espectáculos que se observan todos los fines de semana: las obligaciones y las presiones se combaten sólo con victorias.

Lamentablemente es así. Porque más allá de las críticas desmedidas, hoy River, pese a haber jugado mal, goza de unos días de tranquilidad. Así de contradictorio. Normas que impone un macabro jugo que cada día se nutre de una coyuntura híper resultadista.