El teléfono se mantuvo en silencio. Lo mismo en casa de Craig Biggio, que de Roger Clemens, Barry Bonds y del resto de los hombres que aparecían en la boleta del Salón de la Fama de Cooperstown.

Bonds
Bonds
Clemens
Clemens
Biggio
Biggio
La tan esperada llamada no llegó para ninguno de ellos, algo que no sucedía desde 1996. Sólo que esta vez, las razones de semejante vacío fueron diferentes.

Los votantes le negaron la inmortalidad a las figuras más emblemáticas de una generación que se debatió entre las grandes hazañas y el uso de ciertas sustancias que los ayudaron a mejorar el rendimiento atlético.

Nótese la aclaración. Me refiero a sustancias para mejorar el rendimiento, no me refiero a sustancias prohibidas, porque entonces, si bien eran éticamente cuestionables, no era sancionado su uso.

El béisbol, esta vez a través de los miembros de la BBWAA, le dio la espalda a un grupo de peloteros que en su momento de mayor gloria ayudaron a salvar el juego de la ignominia, tras la crisis por la huelga de 1994.

Los usaron, los aplaudieron, los mimaron y los elevaron, para ahora desecharlos y dejarlos caer como si se tratara de la peor escoria humana.

Posiblemente nunca, desde su año inaugural, la boleta de votaciones para Cooperstown tuvo un grupo tan selecto como en esta ocasión.

Entonces, en 1936 entraron Ty Cobb, Honus Wagner, Babe Ruth, Christy Matthewson y Walter Johnson.

Esta vez, ni Bonds, ni Clemens, ni Piazza, ni Sosa, ni McGwire.

Pero la BBWAA fue más lejos aún, pues levantó una barrera en torno a ciertas cifras que eran prácticamente un pasaporte directo a Cooperstown, como por ejemplo, los tres mil hits.

Si bien se esperaba un castigo a los sospechosos de dopaje, es increíble que Craig Biggio haya quedado fuera, al menos en esta primera oportunidad.

Biggio fue uno de esos peloteros que cualquier manager hubiera llorado por tener, más allá de sus estadísticas, que por cierto, son infinitamente superiores, por ejemplo, a las de Barry Larkin, inmortalizado el año pasado.

Su versatilidad, su fidelidad a su equipo, algo cada vez más escaso en estos tiempos, su nivel de entrega, que no se mide en números, pero se nota por la permanente suciedad del uniforme y su conducta ejemplar dentro y fuera del terreno, no bastaron para convencer a los votantes.

Tal vez por haber jugado en esta llamada época de los esteroides, los electores lo consideraron sospechoso y lo castigaron por presunción, algo que contradice el espíritu legal sobre el cual se fundó este gran país.

Cuando menos, esta situación es ridícula, con unos votantes equivocando su papel y convirtiéndose en una suerte de Torquemadas en una Santa Inquisición moderna.

El Salón de la Fama de Cooperstown es, a fin de cuentas, un museo para preservar la historia del béisbol estadounidense.

Quiéranlo o no, estos jugadores son parte de la historia, con virtudes y defectos. Y empecinarse en mantenerlos fuera del Templo de los Inmortales, en ignorar sus aportes al béisbol, no conseguirá borrar su paso por los terrenos de las Grandes Ligas.

Pero lo último que se pierde es la esperanza. Seis de los que figuraban en aquella boleta de 1996 entraron poco a poco en años posteriores. Tiempo al tiempo.