Javier HernandezYuri Cortez/AFP/Getty ImagesEl delantero de México, Javier Hernández luce frustrado durante el partido ante Jamaica
LOS ÁNGELES -- No fue un Aztecazo. Pero el 0-0 con Jamaica tiene todo los síntomas amargos para el Tri de un Aztecazo. ¿Por qué? Simple...

1.- México pierde dos puntos que en el presupuesto triunfalista y precipitado parecían un trámite. Comienza el Hexagonal Final con déficit.

2.- Termina abucheado, silbado, insultado, vituperado, mientras su rival abandona la supuesta fortaleza del Azteca con los brazos en alto, vitoreado, como si hubiera cortado orejas y rabo del supuesto Minotauro de la Concacaf.

3.- Manda un mensaje a sus otros cuatro adversarios: la trinchera ha sufrido humillaciones consecutivas: pierde un amistoso con Estados Unidos, y empata con toda la resaca de una derrota ante Jamaica. El Tri había sumado 24 victorias consecutivas en eliminatorias en territorio mexicano, desde el Aztecazo en el 2001 ante Costa Rica.

4.- Y porque tras los desfiles glamorosos de haber sumado títulos en 2011 y el oro olímpico en 2012, comienza con indecoro y en procesión doliente su arranque dentro del Hexagonal Final de la Concacaf.

5.- Y hay más: el empate se mantiene con frágiles tachuelas para quien lo considere justo. Si bien Donovan Rickets fue el acróbata de la redención y de la salvación para Jamaica, lo cierto es que Corona fue el primero en comenzar la noche de los milagros en el Estadio Azteca. Es claro, los jamaiquinos estuvieron más cerca de la inminencia del gol, aunque la posesión hubiera sido mexicana.

Sí, fue el Síndrome del Aztecazo a plenitud. No hubo derrota en el marcador, pero México sucumbió en la cancha, en la Tribuna, y en la credibilidad de presunto rey absoluto de la Concacaf.

El análisis implica dos perfiles innegables.

1.- Jamaica jugó con orden. Montó su trinchera, la defendió a sangre y fuego. Con estoicismo y fortuna, con ansiedad y pasión, con desesperación y heroísmo, y al frente, en las condiciones físicas superiores, se plantó ante la posibilidad de gol. Su andamiaje táctico no acepta cuestionamientos: jugó en el Azteca como debía hacerlo.

2.- México fue víctima de las consecuencias de su propio desorden y de su propia ineficiencia. Fue desmadejándose al paso de los minutos. La exasperación lo llevó a intentar hazañas que individualmente no conoce. Salcido sigue siendo un portento en goles de campo, pero en el futbol no dejan puntos. El Tri insistía en el desborde y en los centros aún sabiendo que sería inofensivo, inocuo y hasta ingenuo, tomando en cuenta la superioridad física del adversario.

Y era casi conmovedor, enternecedor, ver a Andrés Guardado, Torres Nilo, y después a Ángel Reyna y a Javier Aquino, llegar a línea de fondo y meter centros totalmente irracionales, bobalicones.

México pasó de la impotencia a la desesperación y de la desesperación a la angustia y de la angustia al pánico del fracaso.

Y en un reflejo mayúsculo de los arrebatos histéricos y del desorden, incluso en la banca, México cierra con cinco jugadores de tono ofensivo, pero al final igual de inofensivo. Con Reyna, Oribe, Chicharito, Aquino y Fabián en la cancha, México seguía siendo incongruente con pelotazos, con balones de asequible respuesta destructiva de los jamaiquinos.

¿Y la Legión Europea? No significó un revulsivo, sino más bien un revolvente, al grado que Gio y Guardado, presas de su obsesión por los balonazos y malas entregas, terminaron yendo de cambio, y el primero, incluso, regaló una oportunidad de gol que de nuevo salva Corona, quien estuvo acertado, pero también los tres remates de los jamaiquinos en posición y posesión franca de gol, fueron unos con desdén y otro con pánico.

¿Y ahora? La frase sobada: "Trabajar muy duro en varios aspectos", dijeron el Chepo de la Torre y los jugadores, que además, han recibido un sopapo violento, para bajarlos de esa nube arrogante donde suelen treparse equivocadamente, los que se sientes tuertos en la tierra de ciegos de la Concacaf.