DarwinMexsportSantos y América protagonizaron un atractivo partido la noche del viernes
LOS ÁNGELES -- El drama tiene esos dos rostros: tragedia y comedia. Agonía y éxtasis. Euforia y luto. Habrá quien lamente el resultado. Habrá quien lo festine. Lo cierto es que el partido entre Santos y América fue un banquete sin fronteras.

Sí: el 1-0 podrá parecer poco para los santistas. Y también el 1-0 podrá parecer injusto a los americanistas.

Pero, quienes se asomaban desde el balcón comodino del desapasionamiento por cualquiera de las camisetas, se retiraron con una sonrisa larga y una esperanza puesta en esta Liga que está a punto de perder el apelativo pernicioso, pero perversamente merecido de MuyEquis.

Y al desenfreno futbolístico, encomiable en cada uno de los jugadores, se agregó un trabajo arbitral casi perfecto de Fernando Guerrero.

Histeria. Paroxismo. Frenesí. Desencanto. Escalada de pasiones en un partido que gozó del dramatismo extremo a partir de la acuarela electrizante de ese menudito colombiano Carlos Darwin Quintero, que está tomando la maldita costumbre de fascinar en cada encuentro con anotaciones que llevan el alarido de golazos.

Balones salvados en la línea. Penales atajados. Remates que pasaban dejando escalofrío en los postes y en la tribuna. Jugadas que inexplicablemente con el balón sumiso anhelando el punterazo final, terminaban errándose. Y Carlos Darwin viviendo su propia teoría de la evolución como futbolista. Heridos. Ensangrentados. Noqueados. Y un enmascarado de plástico al que le jaloneaban el antifaz para exasperarlo.

Y los habituales eficientes del América desmoronándose de nervios y errando el último pase, el último desborde, la última patada, la última esperanza.

Y el Maza Rodríguez recogiendo la osamenta retorcida por los desbordes y los descaros del minúsculo colombiano, que en una noche de algidez futbolística sólo se topó ante la sobriedad de un veterano como Aquivaldo Mosquera.

Santos y América, vencedor y vencido, verdugo y víctima, sepulturero y sepultado, por el veredicto tacaño, casi sigiloso del 1-0, un marcador que desfallece de bulimia y anorexia ante la cantidad de oportunidades que se generaron en el partido, que cerró con un alargue de cinco minutos, con el América lanzado al abordaje rotando hasta cinco hombres de ataque, ante un Santos que respondía montando el dique, sabiendo que al frente, entre Quintero y Oribe Peralta alcanzaban a poner soponcios en el alma en fuga de los americanistas.

¿Habría sido justo el empate para el América?

La pregunta cabe, como cabe otra más: ¿habría sido justa una ventaja mayor para Santos?

La respuesta afirmativa cabe en ambos cuestionamientos, pero es bordar en el limbo inútil de los hubiera. Lo cierto es que el desenlace, insisto, al margen de los estragos de felicidad y lamentos en las respectivas aficiones, genera un agradecimiento colectivo de quienes siguieron el futbol, por el futbol mismo.

Habrá, al final del día, quienes le rindan honores a la bandera santista que campea en la Tierra Sagrada de la victoria, pero, queda claro, nadie puede mancillar la bandera a media asta del americanismo en el sepulcro dignísimo de la derrota.

El futbol se regodea en esos extremos de sus veredictos. La noche será efímera para el festejo de unos, y será eterna para el luto de otros, pero quede claro, ambas facciones, ambas fracciones del entorno total del futbol mexicano, tendrán para rememorar la jornada al menos una semana.

Y debe quedar claro: Santos no puede dar menos que lo de la noche de este viernes.

Y América, pese a la derrota, no puede consignar menos testosterona que la de la noche de este viernes, en una lección clarísima de que las victorias se conquistan, no se merecen, pero las derrotas sí.