Estadio OlímpicoGetty ImagesAún no se sabe qué pasará con el Estadio Olímpico de Londres 2012

LONDRES -- Los Juegos Olímpicos se acaban, y en el momento en que se apague la llama del máximo evento deportivo del mundo comenzarán las preguntas acerca de cómo hará esta ciudad para cumplir con su lema Inspire a Generation y para hacer que estos quince días de éxito puedan tener un efecto notorio y positivo en el desarrollo urbanístico y en el incentivo para generar talentos desde las bases.

El objetivo será estimular a los niños y jóvenes para que se transformen en las estrellas del futuro, pero también aprovechar las construcciones que se levantaron en algunos barrios del este que estaban prácticamente abandonados. La discusión general se da en tres aspectos principales.

1-¿Qué pasará con el estadio y con el parque olímpico?
Aunque en algún momento se indicó como un hecho que el estadio pasaría a manos de un equipo del fútbol inglés (particularmente el West Ham), en los últimos días Sebastian Coe, ex corredor de 800 metros y uno de los máximos encargados de la organización de los Juegos, insistió con mantener la sede como un lugar de lujo para citas atléticas por venir.

El gran temor en ese sentido es si el atletismo puede mantener un interés en el mediano y largo plazo para que Stratford no se convierta otra vez en una "ciudad fantasma", y para que ese monumental pedazo de arquitectura moderna no sea uno más de los estadios abandonados a su suerte tras una mega reunión, como ya ha pasado por ejemplo en el Mundial de Sudáfrica.

En principio, todo el parque cerrará para ser remodelado. Allí habrá un enorme jardín salvaje abierto al público y un escenario para recitales. Será rebautizado como Queen Elizabeth Oplympic Park y reabrirá sus puertas en 2013.

El natatorio se mantendrá como un centro de entrenamiento. El velódromo permanecerá abierto para atletas, clubes y socios locales. El Copper Box, donde se llevó a cabo la primera fase del handball, se utilizará como estadio cubierto. El estadio olímpico ... bueno, está por verse.

2- ¿Cómo se puede trasladar el entusiasmo por el triunfo a un buen desarrollo de nuevos atletas?
La principal discusión en este sentido se vino entregando en los últimos días en cuanto a la educación deportiva de los alumnos de colegios públicos en Gran Bretaña. Tanto el Primer Ministro, David Cameron, como el alcalde, Boris Johnson, se lamentaron por la falta de competencia en edades tempranas y por la falta de regularidad en el ejercicio físico en las escuelas. "Algunos maestros sencillamente no quieren hacer su parte", espetó Cameron. "Queremos dos horas de educación física por día", pidió Boris.

El gran dolor de la delegación británica es que una gran mayoría de sus éxitos y participaciones provino de atletas formados en colegios privados, que son caros y minoritarios: sólo accede a ellos un 7 por ciento de la población, y sin embargo, aseguraron más del 50 por ciento de las medallas para el "Team GB" en base a su desempeño en remo, ciclismo, equitación y otros deportes normalmente considerados de élite.

Mientras tanto, los colegios públicos venden sus campos de deportes para reubicarlos más lejos de la ciudad -una movida eminentemente económica- y se discute si mantener el "Lottery Funding", un aporte monetario de la lotería nacional para los atletas de alto rendimiento. "Fue fundamental para nuestras medallas", señaló hace poco Chris Hoy, doble ganador del equipo de ciclismo británico.

La idea también es que los adultos, exacerbados por el festejo y el buen ánimo que fue generando el oro masivo de su país, comiencen a hacer deportes o hagan que sus hijos se unan a algún club deportivo. Por ahora, el único signo de interés concreto que se ha demostrado en este sentido es el de un gran encendido a la hora de mirar un evento en la televisión.

3- ¿Qué beneficios sacará de todo esto la ciudad?
La respuesta más dura tiene que ver con lo económico: no habrá ganancias. Era algo bastante previsible, pero sigue siendo doloroso para una nación que está luchando para mantener viva su economía en un contexto europeo desfavorable. Se sabe que durante los Juegos hubo 100 mil visitantes en Londres, más de los que hubo en Juegos Olímpicos anteriores pero un tercio de los que habitualmente visitan la capital inglesa.

Las ventas en restoranes y locales de ropa cayeron hasta un 30 por ciento en el centro comercial londinense (que queda en el oeste, lejos del parque olímpico) y todo parece indicar que el único beneficio que recibirá este pueblo es la felicidad de haber acogido una fiesta de quince días.

En cuanto al barrio donde está construido el parque, la mejor noticia es la nueva red de transportes que permite llegar al este de manera rápida e inmediata. La línea de trenes Javelin, que va de St.Pancras a Stratford en ocho minutos, es un ejemplo de la nueva cercanía novedosa de este pedazo de tierra normalmente alejado de la acción urbana.

También podrá sacarse provecho de los departamentos de la Villa Olímpica, unas 8 mil viviendas que esta porción de Londres andaba necesitando. El centro comercial más grande de Europa también quedó erigido a unos metros del estadio y produjo miles de nuevos puestos de trabajo. La cuestión, como todo en este momento de algarabía inglesa, es que esto pueda durar.

ExcelGetty ImagesUn escenario clave en los Juegos Olímpicos

LONDRES -- Está bien: el estadio olímpico es una maravilla y la cuna de las grandes proezas de Londres 2012, el velodromo resultó una joya arquitectónica acompañada de éxitos locales y el natatorio consolidó su fama de la mano del fin de la leyenda de Michael Phelps. Sin embargo, el premio a la sede de perfil bajo con más representativa de estos Juegos Olímpicos se lo lleva ese centro de convenciones reconvertido, de temperaturas agobiantes y medallistas múltiples en distintas disciplinas: el ExCel.

El edificio queda más al norte y más al este que Stratford, algo que es realmente difícil por la ubicación ya alejada del centro de actividad deportiva de estas dos semanas. Allí se llevaron a cabo prácticamente todas las competencias individuales bajo techo: hubo pruebas de judo, pesas, tenis de mesa, esgrima, boxeo, lucha y taekwondo. Funcionó desde el arranque de la competencia y fue la casa de la consagración venezolana de Rubén Limardo, tanto como de los triunfos olímpicos de los colombianos Yuri Alvear, Óscar Figueroa, Jacqueline Rentería y Óscar Muñoz y del oro reciente del argentino Sebastián Crismanich.

Entrar en ese monstruo metálico es un poco apabullante. Normalmente funciona como un centro multi-sala para grandes reuniones corporativas, o como estadio de peleas de boxeo profesional. Incluso se ha hecho algún recital y se ha filmado allí parte de la serie X Factor, un equivalente de American Idol que comenzó el británico Simon Cowell en su país, antes de que terminara importándose el modelo de nuevo a Norteamérica.

Para los Juegos, está planteado como un pasillo gigantezco con distintas entradas, a la izquierda y a la derecha, que llevan a estadios construidos para la ocasión. En el centro se mantiene un patio de comidas prácticamente sin interrupción desde un extremo hasta el otro -unos 300 metros- que vende desde sándwiches y pastas hasta sushi y platos de comida india.

Como en casi todas las sedes, las tribunas de cada estadio dentro del estadio son tubulares y de capacidad variable. Pero lo más impresionante resulta la combinación de colores, alfombras ideadas para la ocasión, sistemas de iluminación y detalles de tecnología aplicados a cada uno de los deportes.

En el boxeo, por ejemplo, uno está casi a oscuras en todos los sectores de la grada, bajo una penumbra misteriosamente azul, y prácticamente la única luz se concentra en el ring. En pesas, la luz cae sólo sobre el levantador. En esgrima, los cuatro sectores habilitados para las competencias simultáneas se iluminan con un color diferente para dejar claro quién pelea en cada uno de los duelos. E individualmente, el costado que ocupa cada participante se ilumina cuando ese competidor consigue un punto en los diferentes enfrentamientos.

Lo más sorprendente, acaso, sea que cada uno de estos pequeños centros de actividad va transformándose camaleónicamente para cambiar su fisonomía de una a otra disciplina: por ejemplo, el judo y la lucha se llevaron a cabo en el mismo microestadio, que tuvo un cambio veloz de escenografía para los requerimientos del nuevo deporte en cuestión.

Desde este pequeño espacio, el reconocimiento a una sede que no tiene una estética espectacular, pero que fue pensado a partir de su funcionalidad para ser un éxito de bajo perfil en esos Juegos que ya se van terminando.

RegataESPNdeportes.comNo hubo regata por falta de viento

WEYMOUTH -- Apenas bajé de la estación de tren en Weymouth ya había encontrado una certeza: aquello no era Londres. Estaba lejos, en efecto, a 191 kilómetros de la capital inglesa, pero la distancia se extendió a un mundo apenas posé los ojos en ese pueblito costero, con pocos metros de centro, un par de pubs, una playa cercana y barcos, cientos de barcos atracados como dejando en claro que la náutica es sinónimo permanente de su mar rural.

No es, obviamente, una gran urbe, sino apenas una más de la extensa cadena de sedes de estos Juegos que no están en la ciudad de los Juegos. Allí se lleva a cabo el yachting, la vela, si prefieren. Sailing, dicen en inglés. La posibilidad de una medalla de la dupla argentina compuesta por Juan De la Fuente y Lucas Calabrese me llevó hasta allí con la ilusión de contemplar una regata definitoria.

Y hasta ahí también llegar todos los turistas del sudoeste de Gran Bretaña, sin tantas posibilidades de acceder a las citas centrales del estadio olímpico, el velódromo o el natatorio. A su manera, se trató de una renovación: las tres horas de tren me regalaron una cantidad insólita de familias, señoras y muchachos oriundos de Winchester, de Bournemouth o de Southampton que atesoraban sus tickets para lo que sería su única posibilidad de presenciar los Juegos.

Después de tantos días entre la multitud deportiva, la piel del testigo se va haciendo más gruesa. Uno deja de sorprenderse y se resigna a las masas que caminan, van y ven. Esto era otra cosa, tenía otro ritmo y dejaba valorar a escala humana el impacto de una única competencia en la vida de un espectador.

El pequeño pueblo era un sueño soleado. A la salida de la estación, los anillos olímpicos daban la bienvenida al viajante extraviado y aclaraban lo que resultaba difícil de creer: sí, acá también están los Juegos.

Desde la estación, un bus hasta la marina de Portland, un pequeño puerto maravilloso en el que debían competir las categorías 470 y Elliot. Después del madrugón, logré llegar un par de horas antes a una carrera que no arrancaría hasta las 13. O eso creía yo, porque en realidad ya no arrancaría.

La desesperación empezó a apoderarse de mi inexperiencia náutica cuando escuché el primer anuncio. "Pospuesto por falta de viento". No llega a los cinco nudos, dicen. Imposible levantar una vela, dicen. Las banderas ni se mueven. Debí haberlo supuesto, realmente, dado que el sol brillaba demasiado claro y -contra toda predicción- no hacía nada de frío incluso al lado del océano.

Un par de paseos por el predio me confirmaron la posibilidad que esperaba: un par de botes dispuestos para la prensa en los que podría subirme a seguir la prueba de cerca. En eso andaba cuando escuché a un reportero italiano reporteando a un atleta de su país. "Hace cuatro años nos entrenamos acá y es la primera vez que no hay viento", explicó y comenzó a sentenciar lo que se venía construyendo.

Algunos periodistas argentinos fueron arribando al lugar. Conte y De la Fuente charlaron un rato con todos nosotros. El contraste entre la pareja resultó hasta cómico: uno parece un poco malhumorado y contesta las preguntas casi con desgano. El otro habla, y habla bien, pero tiene un tono algo afectado y dice cosas como "¿Nervioso por la posibilidad de una medalla? No, yo no, si ya tengo una. A lo mejor él está nervioso", mientras señala a su compañero de equipo.

El rumor fuerte era que, de suspenderse la regata, se mantendrían las posiciones. Era sólo un rumor. Según se confirmó más tarde, los argentinos deberían defender su posición en la cancha al día siguiente. En caso de suspenderse nuevamente entonces sí, se congelarían los puestos del momento en que se corrió por última vez: eso les significaría un podio, pero sacado del escritorio burocrático de la desilusión.

La tarde fue pasando con el ahogo digno de la falta de brisa. "Ojo, que arranca en media hora", anunciaba alguien desde Buenos Aires, obligando a una doble reflexión:
1-¿Ojo a qué?
2-Si yo estoy acá, y él está allá, ¿cómo puede saber que empieza en media hora si acá nadie sabe nada?

Los botes de los competidores, estacionados fuera del mar hasta el arranque de la acción, ni siquiera dejaron la tierra. Tres horas de tren, mientras todo pasaba en otro lado, parecían dirigirse directamente al tacho.

No hubo signos de impaciencia. Apenas resignación, gente sin camiseta y sin zapatos tratando de aprovechar el sol. Un camarógrafo dormido en el césped mientras escuchaba música. Una dulce espera. El disparo que anunciaba la suspensión definitiva sonó a las 16.30. Todos los esperábamos.

El retorno fue algo crudo, porque todos volvimos al mismo tiempo. Hubo que andar parado en el tren. Disfrutamos del paisaje, sí, pero ni siquiera se pudo ver un minuto de deporte: la única frustración más difícil de digerir que una derrota.

Londres 2012Getty ImagesUno de los espacios económicos para seguir los Juegos

LONDRES -- Son días de actividad frenética y de popularidad masiva en estos Juegos que se van acercando a su desenlace. Mientras los fanáticos de siempre llenan las gradas del estadio, los londinenses entusiasmados con el éxito de su país buscan entradas para visitar alguna sede que les permita contemplar el evento en vivo. Entonces los precios se disparan, las multitudes crecen y ya no resulta tan fácil moverse por este mundo de deporte.

La demanda hizo que los precios de los tickets treparan a cifras tan increíbles como 2.000 libras (la ceremonia de clausura, por ejemplo, tiene algunos boletos a la venta por alrededor de 1.500) y los valores de la comida y la bebida dentro de las sedes también resulta dos o tres veces mayor a la de cualquier puesto o mercado de la ciudad. Por supuesto, no se puede ingresar con bebidas a ningún evento olímpico, con lo cual el monopolio del agua, la gaseosa y la cerveza está asegurado.

Los comerciantes del Este de Londres, donde se concentra la mayor parte de la actividad, también aprovecharon el inusual movimiento y acomodan un poco su listado de precios. ¿Cuál es la solución, entonces, para no gastar en los Juegos Olímpicos?

La respuesta más fácil es la siguiente: evitar los deportes. Los museos más famosos de la ciudad -la National Gallery, la Tate Gallery, la Tate Modern y el British Museum- están prácticamente vacíos, porque han perdido buena parte de su afluencia turística a manos de los atletas. Además, son gratis, y es fácil pasarse varias horas en cada uno de ellos admirando maravillas del arte. Lo mismo puede decirse de los monumentos: nunca fue tan fácil recorrer la cuenca del Támesis desde el London Eye hasta el Parlamento, donde está el Big Ben. Ni caminar por la puerta de la catedral de Westminster. O visitar los mercados en Portobello Road, Camden Town o Brick Lane. O pasear por los parques (evitando Hyde Park, donde se practica la natación de aguas abiertas y donde caminar es un incordio). O hacer esos circuitos clásicos de caminata: desde St. Paul's por el Millennium Bridge -uno de los más bonitos y panorámicos de la ciudad- hasta el South Bank donde se encuentra el teatro Globe, donde Shakespeare montaba sus obras.

Ahora, si lo que se quiere es pasar un día embebido en el espíritu olímpico sin desembolsar demasiado, hay un par de posibilidades. La primera es comprar una entrada para ingresar en el parque olímpico. Es un ticket que vale 10 libras y que permite pasearse por los alrededores de los estadios, visitar la escultura Orbit, sentarse en la colina que al mejor estilo Wimbledon- cuenta con una pantalla gigante y disfrutar algunas de las atracciones laterales que componen esa micro ciudad construida en Stratford.

Muchos londinenses están inclinándose hacia esa posibilidad porque quieren ver las construcciones olímpicas antes de que desaparezcan: la mayor parte de las sedes son apenas estadios tubulares temporales que no permanecerán tras los Juegos. Se llevan su canasta de picnic y se instalan en el pasto. También llevan grandes botellas vacías que llenan con el agua de los distintos bebederos que hay alrededor del parque.

La otra solución es acercarse a alguna de las pocas competencias gratuitas que ofrece la ciudad: el ciclismo de ruta y el triatlón juntaron una cantidad impresionante de curiosos con caras pintadas y banderas al hombro. Lo mismo sucedió con la maratón femenina y algo igual se espera para la maratón masculina, que será una de las últimas competencias y caerá igual que sucedió con las mujeres- en un fin de semana.

Laura TrottGetty ImagesLaura Trott continúa los éxitos del ciclismo británico: ganó la persecución por equipos y el omnium

LONDRES -- Si uno se dejara guiar por la cobertura periodística que realizan los medios ingleses, los Juegos Olímpicos resultarían ser tranquilamente una competencia entre británicos que casi siempre resultan ganadores. Es que, previsiblemente, los locales regalan una cantidad enorme de difusión a sus héroes cotidianos, pero relegan queriendo o sin querer a los ganadores de las diferentes naciones que no sean superestrellas, como Michael Phelps y Usain Bolt.

O sea que si uno prende la televisión, toma un diario, entra en los portales de Internet o escucha la radio en Gran Bretaña, posiblemente se encontrará con una motivación patriótica acerca de las virtudes de la isla, argumentada a partir de la fenomenal actuación deportiva del país. En todo caso, chocará con algún elogio para los corredores de Jamaica. Eso sería todo.

Buena parte de esta lógica casi propagandística se construye a través del éxito británico en ciclismo de pista. Es que el "Team GB", como marketineramente han bautizado aquí a su plantel olímpico, logró nueve medallas en el velódromo, siete de ellas de oro, para convertirse en el mejor competidor de la disciplina con mucho margen. Esa superioridad fue forjada desde tres nombres con historias más que interesantes: Chris Hoy, Victoria Pendleton y Laura Trott.

Lo de Sir Christopher Hoy -título que recibió de la reina por sus hazañas en las pistas- es sencillamente impresionante: ya era una leyenda cuando comenzaron los Juegos y ya había conseguido un oro en el sprint por equipos en su primera participación de Londres 2012. Ayer logró un segundo oro en la prueba del Keirin, se convirtió en el hombre con más medallas en el ciclismo de pista y rompió el récord del remero Steve Redgrave como el atleta con más oros en la historia de Gran Bretaña.

El hombre de 36 años habló entre lágrimas tras su gesta, aseguró que éste sería su último Juego Olímpico, porque creía que era muy difícil superar el punto alto que había logrado con esa corrida final que lo dejó primero en varios listados.

Pendleton también lloró, y también aseguró que se trataba de su última carrera. Ella directamente anunció su retiro cuando se quedó con la plata en el sprint individual. Ya había ganado una presea dorada en el keirin, y no pudo cerrar su dilatada campaña con la coronación que buscaba. Sin embargo, ella sabía que llegaba como una de las caras más notorias del deporte de su país y respondió con podios.

Pero quizá la mejor historia sea la de una estrella que nace: Laura Trott. Joven de apenas 20 años, Trott encarna la estética más estereotípicamente británica que pueda encontrarse. Es rubia, de ojos celestes y grandes dientes frontales que muerden sin querer el labio inferior. Parece una caricatura de sí misma sacada de la serie de dibujos animados de Wallace y Gromit. Y los publicistas, que algo saben de rostros identificables y de idolatrías por venir, ya le han puesto el ojo a sus virtudes deportivas y a su mirada clara.

Trott ganó la persecución por equipos con récord mundial incluído y ayer se impuso en el omnium, disciplina que incluye seis pruebas y que ella dominó de punta a punta.

Laura Trott
Servicios de ESPNdeportes.comLaura Trott de niña con la medalla de Chris Hoy

La cadena televisiva BBC mostró casi de inmediato un par de fotografías. En la primera, se veía a una niña rubia abrazada a Chris Hoy con una medalla dorada en el cuello. La segunda mostraba a esa misma niña posando junto con Victoria Pendleton. La pequeña era, obviamente, Laura Trott. Y las fotografías enseñaban esa noción que tanto se martilla para el aprovechamiento de estos Juegos: la identificación, el contagio, el legado.

Desde aquella foto hasta la que hoy salió en la portada de los diarios pasaron unos siete años. Ahora Trott tiene una medalla propia, y no tiene que pedirle a Hoy ninguna de las suyas para posar ante las lentes oportunas. La pregunta es si el plan funcionará a la perfección: quizá hay alguien posando junto a Trott, en este momento, como para asegurar la continuidad de esta fiesta británica.

Kirani JamesAPEn tres años ganó el mundial juvenil, el junior y el absoluto. Y ahora el oro olímpico

LONDRES -- Los kilómetros separan la tierra pero no el afecto, y por eso lo que pasó en el último par de noches olímpicas tuvo su efecto a orillas de otro mar, más cálido y más topical que este que rodea Gran Bretaña. Porque un par de triunfos deportivos llevaron la fiesta al Caribe, a Granada y a Jamaica más precisamente.

El responsable de la alegría en Granada tiene apenas 19 años, se llama Kirani James y al imponerse en los 400 metros le regaló al país la primera medalla olímpica de su historia. A partir de eso, se declaró feriado nacional el día posterior a la gesta y, según comentó a la BBC el periodista granadino Desmond Jones, se montaron carteles en el aeropuerto que rezaban "Welcome to Kirani country" (bienvenidos al país Kirani).

El joven que ya había sido campeón mundial de Daegu, generó una pequeña revolución en la ciudad de St. George, capital de esta monarquía parlamentaria insular que reconoce como jefe de estado a la reina Elizabeth II.

La alegría de Jamaica tiene más motivos. Además de las victorias conseguidas por Bolt y Shelly-Ann Fraser Pryce, la isla celebró los 50 años de su independencia en varias ciudades inglesas: Manchester, Birmingham y Huddersfield acogieron fiestas al aire libre del nutrido grupo jamaiquino que habita estas tierras. También por aquí, en Londres, se recordó el medio siglo de autonomía. No es poco si se tiene en cuenta que se trata de un país que solía ser colonia.

Los gestos fueron pocos pero muy significativos. Por ejemplo, la bandera británica que estuvo flameando durante los primeros nueve días de los Juegos en las afueras del North Greenwich Arena, donde se llevaron a cabo las pruebas de gimnasia, fue sustituída por la insignia verde, amarilla y negra de la nación de los superatletas.

Este lunes, mientras los gimnastas llevaban a cabo sus rutinas, un coro de voces femeninas entonaba canciones patrióticas en la terraza de la cercana Jamaica House. Cantaron Jamaica, Land We Love (Jamaica, al tierra que amamos) y un himno alternativo salido del repertorio de la máxima leyenda jamaiquina, Bob Marley: la tonada Buffalo Soldier.

Como corolario de este aniversario número cincuenta de vida independiente, en Londres se llevará a cabo una serie de 12 conciertos de reggae, que culminarán con la actuación de Jummy Cliff.

LONDRES -- El cineasta Diego Suárez, también periodista y columnista de ESPNdeportes.com, suele manifestarse contra la lógica de los ránkings en los artículos periodísticos. No le gusta, por ejemplo, que alguien hable de los cinco edificos más feos de Londres. Esos listados son arbitrarios, sostiene, e implican la falsa noción de que el compilador conoce el conjunto completo y evalúa a partir de ese conocimiento. Por ejempo: que visitó todos los edificios londinenses y eligió los cinco más horribles. Eso, argumenta, no es así.

Por supuesto, tiene razón, pero se le escapa un factor que resulta fundamental a la hora de organizar un recorte subjetivo: es muy divertido. Y en una ciudad como esta, donde florecen los monumentos y las joyas arquitectónicas, el ojo está avisado cuando surge un elemento discordante. No es fácil encontrarlos, pero cuando se los ve, se los distingue desde lejos.

Así que, sin más, y a pesar del amigo Suárez, a continuación presentamos los cinco edificios más feos de Londres. La escultura Orbit queda descartada desde el inicio porque ya nos extendimos lo suficiente sobre su fealdad.


5 - DAWSON HEIGHTS

 Dawson HeightsServicios de ESPNdeportes.com
Diseñado por Kate McIntosh en 1966, este bloque de más de 300 departamentos decora el tope de una colina en el sudeste de la ciudad. Quería ser un homenaje a los jardines colgantes de babilonia, pero en realidad se parece a un armatoste de ladrillos similar a las viejas fábricas que Londres aprendió a reciclar. Los locales dicen que es como un ferry gigante navegando en medio de la ciudad.


4- CITY HALL

Mayor's OfficeServicios de ESPNdeportes.com
La oficina del alcalde Boris Johnson fue bautizado como "la tortuga", y muchos londinenses aseguran que es una versión achatada del Gherkin, el edificio curvo que corona el paisaje urbano de la zona más moderna de la ciudad. Obra del multilaureado Norman Foster para construir desde una perspectiva ecológica, se parece más a un cuartel general de los super amigos a la vera del Támesis que a la intendencia de la capital inglesa.


3- ROBIN HOOD GARDENS

Robin Hood Gardens
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¿Qué es exactamente ese bodoque de concreto que aparece en las cercanías de Poplar y que trae a la memoria rápidamente al chip de una computadora? Se trata de un conjunto de casas económicas construido en la década del '60. El complejo ideado por los arquitectos se extiende por dos hectáreas y fue pensado como una ciudad aérea, con pasillos que comunican los diferentes sectores de los edificios. Míren bien esta propiedad, porque puede ser una de las últimas veces que la vean: ya fue aprobada su demolición.


2- NÚMERO 1 DE POULTRY STREET

1 Poultry StreetGetty Images
En medio de los edificios más notorios del distrito comercial, a metros de la catedral de St. Pauls, aparece este enigmático esperpento, mezcla de estilos, fuera de contexto y con un reloj incomprensible en el frente que se espía desde la esquina. Erigido en los años '90, fue elegido insistentemente como el peor edificio de Londres en diferentes encuestas de varios medios.


1- MI 6 VAUXHALL

MI6 Vauxhall
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Es el edificio de los servicios secretos de inteligencia británicos, y su estética particular deja lugar para el asombro. Primero, por su tamaño. Después por sus colores, inusuales en una urbe principalmente lograda desde la piedra y el ladrillo. Por último, porque parece un juguete de piezas apiladas por un niño, una pirámide de otro tiempo, un homenaje al mundo maya. Su creador fue Terry Farrell, y se terminó de construir en los '90 pese a esa cara tan típicamente ochentosa.


BoltESPNdeportes.comUna esquina del este de la ciudad con una inscripción particular:" London can Bolt"

LONDRES -- No existe otra figura extranjera en estos Juegos de Londres que despierte en la gente la locura que logra Usain Bolt. Asiduos fanáticos de sus héroes locales, los británicos tienen con él una historia de amor unilateral y llamativa: les gusta que corra bien y les gane a todos.

Usain Bolt
Getty ImagesBolt es el deportista que genera más locura en la gente

El único foráneo que quizá pueda discutirle el nivel de idolatría es Roger Federer. Un escalón y medio más abajo, aparece Michael Phelps. Pero la ovación exaltada que surgió en el estadio olímpico apenas el jamaiquino se presentó para ganar al trote su primera serie de 100 metros llanos resultó comparable a la que se produce cuando hay una medalla de los atletas propios.

Para colmo, Bolt conoce el negocio, entiende lo que provoca su imagen y tiene el carisma propio de los protagonistas televisivos. La primera vez que lo enfocó la cámara, ejecutó un movimiento elástico como si peinara su calva, tapándose la cara y enloqueciendo a los ya hiperparcializados fanáticos que admiran sus poses estudiadas, entre ellas su marca registrada de victoria apuntando al cielo...

En la ciudad, también hay un pequeño rincón que replica esa idolatría. Se trata de una esquina montada con bastante gracia en el tradicional Brick Lane, una calle interesante del este de Londres donde hay restaurantes indios, un mercado y algunas galerías de arte. Allí, en una pared de ladrillo, hay una pintada que replica en colores la pose del genio corredor imitada por otros bajo la leyenda "London can Bolt", algo así como "London puede Boltear", si se permite la licencia.

Allí mismo se puede ingresar a un pequeño patio montado por el sponsor del jamaiquino, el Puma Yard, donde además de algunos puestos de venta de comida y la sala de conferencias donde Usain enfrentó por primera vez a la pensa olímpica, aparece una pista de 100 metros con cronómetros y sensores de velocidad. Es una recta, y sólo tiene tres carriles, pero igualmente resulta bastante intimidatoria.

Bolt
ESPNdeportes.comLa pista de 100 metros para los amateurs valientes

La idea es que el paseante tenga la oportunidad de medir su propia capacidad en la prueba madre de los Juegos Olímpicos. Muchos lo intentan, un poco en serio y un poco en chiste, entre risas y tiempos que superan largamente los diez segundos. Otros evitan la actividad por temor al ridículo.

Todos, los que prueban y los que no, llegan allí por amor a un único hombre: el que dentro de pocas horas deberá revalidar ante el mundo que es, efectivamente, el más rápido del planeta.

LONDRES -- Era fácil predecir lo que pasaría después de esa primera participación de la reina en la ceremonia inaugural, tras la falsa caída desde el helicóptero y su presencia en el estadio para deleitarse con el espectáculo montado por Danny Boyle. Desde allí en adelante, el resto de las figuras políticas más importantes de Gran Bretaña intentaron meter su cara de alguna manera en los Juegos Olímpicos para poder sacar un rédito que acomode un poco su -por lo general- gastada imagen.

Más allá de las burlas que siguieron a aquella participación real (los diarios publicaron una foto de la reina con cara de circunstancia con el epígrafe "Se suponía que sería divertido"), la realidad es que Elizabeth II salió bien parada de su aparición pública. Vaya uno a saber si por envidia o por sinergia, tras aquel éxito aparecieron David Cameron, primer ministro británico, Boris Johnson, alcalde de Londres, y la subfamilia real compuesta por los prícnipes William y Harry y la recientemente agregada al clan Kate Middleton.

Lo de Cameron resulta un llamado casi desesperado para figurar. Primero, aprovechando cada oportunidad que tiene para soltar un discurso público hablando del legado de los juegos. Después, viajando en subte a alguna de las sedes olímpicas para demostrar que él no es más que un hombre común. También discutiendo algunas cuestiones de estado con el Premier ruso Vladimir Putin al costado de un combate de judo. Y por último demostrando sus escasas habilidades con una paleta de tenis de mesa.

Johnson, un pequeño bufón rubio que hace de su figura una risa permanente, aprovechó el evento deportivo para lanzar una candidatura que lo termine ubicando como candidato a Primer Ministro (siempre señalada por otros y nunca explicitada por él). Esta semana regaló una de las imágenes más hilarantes que se pudieron ver en la competencia al quedarse varado en un cablecarril, con un casco azul y un par de banderas británicas en la mano.

Lo de la familia real fue más sutil. William y Harry aparecieron por Eton Dorney para admirar de cerca el remo, algo casi natural si se considera la cercanía de la sede con el palacio de Windsor. Kate Middleton, en cambio, despertó los comentarios más elogiosos por pelotear un poco con los jugadores de hockey sobre césper del seleccionado británico. La prensa se hizo eco de su ajustado pantalón y de lo que catalogaron como "piernas sexy".

Una forma más de demostrar que en los Juegos Olímpicos no todo se trata del deporte.

Cipressi
GettyImagesStefano terminó eliminado y sus amigos... ¡presos!

LONDRES -- La noche olímpica me llevó a un pub. Es la primera vez desde que arrancó la competencia, que suele entregar novedades nocturnas en básquet, hockey o natación y obligan a mantener la guardia profesional en alto. Ahora, en cambio, la cuestión viene tranquila y puedo sentarme junto a un par de viejos amigos ingleses a disfrutar de unas horas de distracción.

Me avisan que se nos unirán un par de conocidos, algunos italianos que trabaron amistad con ellos en Bologna. Serán tres. Cuando llegan, veo a uno vestido en riguroso uniforme olímpico, un azul brillante diseñado por Armani que exime de cualquier pregunta posterior: se trata de un atleta.

No llega demasiado contento. Con el transcurrir de la noche me enteraré que su nombre es Stefano Cipressi, que tiene 29 años y que representó a su país en el slalom de canoa. Sus amigos le dicen Cippo. Usa anteojos. Lo primero que lo distingue como profesional de alto rendimiento es su elección de bebida: mientras la cerveza corre, él se aferra a su gaseosa light. Tiene espalda ancha y los brazos de un hombre que se toma seriamente su trabajo en el gimnasio.

Le preguntamos por qué mantiene su vestimenta oficial a esta hora de la noche, cuando la informalidad es norma. "Si hago cualquier aparición pública sin este conjunto, me multan. No sé cuánto es, pero estoy seguro de que son varios miles de euros", aclara. Dice que tiene cinco o seis pantalones y chaquetas idénticas en su placard, y que incluso guarda un saco, una camisa y un par de zapatos que debe usar en ceremonias de mayor importancia.

La cara de pocos amigos de Cippo se explica a partir de su resultado deportivo. En su prueba, finalizó 11° en la semifinal. Sólo 10 se clasificaban para la definición. Él quedó apenas por fuera del corte, gracias a 3 décimas de segundo de diferencia con su rival más próximo. "Fue muy deprimente. Después de la competencia fui a mi habitación, me senté en la cama, miré cuatro horas de televisión, me paré para comer en el restaurante de la Villa Olímpica y volví a mirar otras dos horas de televisión. Después me dormí. Estaba destrozado", recuerda sobre el momento posterior a su eliminación.

Campeón del mundo en la especialidad de kayak en 2006, este doctor en psicología decidió cambiar de embarcación en 2009 para encarar un nuevo desafío: "Arranca mi segunda carrera", le dijo en aquel momento a un diario de su país. Igual logró clasificarse por única vez a una justa olímpica.

A sus dos amigos italianos, que llegaron para verlo competir y se alojaron en casa de una conocida francesa, no les fue mejor. Tenían tickets para la final. Cuando Cippo falló en clasificarse, decidieron venderlos. Preguntaron a un par de voluntarios que les aseguraron que no habría problemas. Apenas lograron deshacerse de las entradas, fueron arrestados por reventa ilegal. Las cuatro horas que el atleta las pasó frente a la TV, ellos las pasaron en la comisaría.

La historia de Cipressi es una historia cualquiera, la de un atleta de los cientos que no salen en las páginas centrales de los diarios en cada país. Valía la pena rescatarla para entender el sacrificio, la humanidad y el día a día de todos los muchachos que construyen los Juegos desde la periferia.

Portobello
Getty ImagesPortobello, un paseo obligado

LONDRES -- En algún momento hablamos de los pubs y seguramente hablaremos de los parques, de los edificios o de los callejones pero una de las cicatrices más características de la cara londinense es su cantidad y variedad de mercados al aire libre.

Por lo general funcionan como ferias en las que se venden antigüedades o donde se pueden encontrar distintos puestos de comida étnica. También hay un mercado de flores ubicado en el este de la ciudad. Lo cierto es que la moda de los mercados debe su origen a dos grandes nombres que forjaron la tradición del fin de semana y hoy figuran como atracción turística obligada: el sábado a Portobello Road y el domingo a Camden Town.

Camnden está al norte del centro, y es un mercado alternativo que funcionó como una de las cunas del punk hace varias décadas. Hoy ha perdido buena parte de su impacto cultural, pero resulta un paseo imperdible: al lado de un canal y un lago artificial, entre un puente pintado con graffitis y puestos para hacerse tatuajes se venden camisetas contestatarias y artículos de cuero. También se puede comer en alguno de los stands que ofrecen comida de cualquier origen.

Portobello es más sofisticado. Queda en el coqueto barrio de Notting Hill, que en algún momento fuera de clase media pero que hoy es cuna de ricos y estudiantes de intercambio. El nombre del mercado deriva de la calle que le da lugar: un paseo donde se fueron sumando bares y pastelerías de alta gama para ofrecer una opción fina a quienes revuelven entre las antigüedades de los vendedores callejeros para encontrar alguna excentricidad.

Pero estos dos son apenas los más conocidos de una infinidad de mercados un poco menos famosos. Hablaremos brevemente de tres, para no extendernos hacia el infinito: el Borough Market, el Leadenhall Market y el mercado de Brick Lane.

Primero, Leadenhall. Posiblemente sea el más particular porque cuenta con una triple cualidad distintiva: está en pleno centro bancario, es bajo techo y abre casi todos los días de semana. Se trata de un pequeño callejón construido sobre todo en madera, casi siempre pintada de verde, crema o rojo, que sorprende por el contraste con los edificios que lo rodean -normalmente altísimos y de metal-. Es un pasadizo de unos 200 metros, que se utilizó para filmar las escenas del Diagon Alley en la saga de películas de Harry Potter. Asombra por sus esculturas de dragones y ostenta restaurantes de todo tipo mezclados con algunos puestos de productos regionales.

El Borough Market queda a unos pasos del puente de Londres (el verdadero, no el de las torres que suele confundirse por su representatividad, pero que se llama Tower Bridge). Allí, se puede encontrar una variedad fenomenal de productos artesanales -sobre todo comestibles- de todos los países imaginables. Es posible comer una hamburguesa de canguro, comprar alfajores y dulce de leche o servirse unos Dim Sum. Los puestos comienzan al lado de una iglesia y se extienden bajo una estructura de hierro pintado de verde que no puede ser más inglesa. Durante los Juegos, este mercado decidió abrir sus puertas todos los días.

Por último, Brick Lane. Probablemente el sitio más de vanguardia de todos los mencionados. Queda al este de la ciudad, tradicionalmente la zona más económica y de menores recursos. Es el más cercano al Parque Olímpico, por ejemplo. En Brick Lane se encuentra el pequeño barrio de Bangladesh, que es básicamente una seguidilla de restaurantes en los que se puede encontrar comida asiática barata. La lógica fue haciendo su juego y ese callejón inicial se fue extendiendo hasta completar un complejo de mercados de varias cuadras, con enormes construcciones de ladrillo que evidentemente funcionaban como fábricas o galpones, y que fueron reutilizadas para instalar puestos de venta de comida callejera, galerías de arte y locales de venta de ropa.

Un cosnejo para los amantes del pastrami, no dejen de pasar por allí. Dicen que se vende el mejor bagel que todo Londres sabe ofrecer. Eso sí, aquí le dicen salt beef.

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