BUENOS AIRES -- Cuando se repasan algunos datos coyunturales y se los coteja con la realidad, la tentación de largar rápidamente un pronóstico es casi incontenible.

Veamos. River se puso como puntero a cinco jornadas del final de torneo tras ganarle a Vélez, un gran equipo que, si bien es cierto que no viene teniendo un gran desempeño (perdió en sus últimas cuatro presentaciones), fue al Monumental con un tridente ofensivo integrado por Pratto, Zárate y Nanni, y, sin embargo, no pudo contra una gran tarde del equipo de Ramón.

Hay más. De los siete partidos que jugó como local, River ganó nada menos que seis. Un número que se convierte en más deslumbrante si le agregamos que las cinco últimas victorias fueron en forma consecutiva y sin que le conviertan goles. El fútbol es un deporte sin lógica, todos lo sabemos, pero ante una estadística tan contundente, con sólo seguir ganando de local (como hasta ahora), le alcanzaría para salir campeón.

Proyección, no futurología. Un dato que los hinchas del Millo manejan y que lo observan con total indulgencia. En el marco de un campeonato que, además, incentiva la ilusión de esos corazones eufóricos porque continúa teñido por la irregularidad. Olimpo y Argentinos de visitante; Racing y Quilmes como local, son los escollos que lo separan de la vuelta a los tiempos de gloria.

Ahora bien, para apuntalar ese pensamiento que quedó flotando en el imaginario popular, hay que repasar lo sucedido el fin de semana, donde se sacó de encima a un rival muy complicado con una notable solvencia. Más allá de algunos padecimientos lógicos en el segundo tiempo, el River que se vio en el primero fue de lo mejor del campeonato. Sólido, convencido de lo que quiere, con voluntad de atacar pero sin desesperarse, equilibrado, con unos rendimientos individuales de excelencia, como los de Chichizola y de Kranevitter, entre otros, pero que son referenciales porque se trata de dos futbolistas que ingresaron por lesiones de compañeros que eran figuras y lograron eclipsarlos. Este último punto es clave, porque a Ramón le ha respondido muy bien el banco cuando lo necesitó (el Keko Villalva ante Lanús, Ramiro Funes Mori en la Boca).

Además hay que tener en cuenta que el equipo fue de menor a mayor, que luego de aquel comienzo errático y vacilante fue adquiriendo la solvencia y regularidad que hoy lo lleva a disfrutar de la punta en soledad. Siempre insistimos con que el análisis nos lleva a mirar sólo en el día a día, pero ante la inminencia del final del torneo y el hecho de que River llega a esta instancia con números tan positivos, hace que resulte inevitable que se tejan especulaciones. Todas ellas, por supuesto, avaladas con hechos del presente. Por un lado, el Millo llega al sprint final como puntero y con la imagen de que es un equipo aplomado. Pero, a la vez, sus rivales más cercanos en la pelea parecen irse deshilachando, es decir que el combo se ve potenciado.

Aunque River siga estando fuerte únicamente en lo que hasta ahora mostró (jugando de local) y sin modificar sus vaivenes (cuando sale de casa), da la sensación que le alcanza. Habrá que ver ahora cómo se lleva con la punta, una posición que marea y hasta viene acompañada de una cierta carga de ansiedad. Si no sufre de vértigo, tendrá el objetivo al alcance de su mano...

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BUENOS AIRES -- Eso de no ganar como visitante ya es una cuestión para revisar con mayor celo. A esta altura de la historia no se trata de un dato menor. Quizás en algunas presentaciones de River pudo atribuirse a la mala suerte, a esa bendita falta de puntería o a cuestiones arbitrales, pero lo cierto es que, en un porcentaje muy elevado, la cantidad de puntos que no ganó afuera de casa se debieron a falencias propias. Para decirlo de otra manera, a la forma que tuvo (y tiene) de encarar los partidos.

Parece mentira, pero cuando es visitante en cancha se observa a otro equipo. Menos lanzado, sin la audacia que se le pondera cuando se presenta en el Monumental, juega como imaginando que llevarse un punto no es un mal negocio. Y, en rigor de verdad, para las aspiraciones de ganar el título que tiene el Millo, no sumar de a tres en esas excursiones foráneas sí que es un pésimo negocio. De hecho, ante Estudiantes la igualdad no sólo le impidió llegar a la punta, sino que además hizo que perdiera una posición ante Colón y que virtualmente pueda ocurrir lo mismo a mano de Lanús, quien tiene un partido postergado con Tigre. Sin contar, por supuesto, que no pudo superar la línea de Estudiantes.

Hay un dato que refrenda lo expresado acerca de que es otro equipo, y es lo ocurrido antes de comenzar el encuentro. La semana pasada, ante Atlético Rafaela, se ponderó la decisión de Ramón Díaz de colocar a Augusto Solari desde el inicio con la idea de tener más presencia en ataque. Algo saludable y celebrado. Cuando se imagino lo que podría suceder en La Plata, ese pensamiento ni siquiera lo tuvo en mente. Fue Gabriel Mercado quien estuvo entre los once iniciales desde el primer momento. Puede parecer un detalle menor, pero ahí hay un mensaje subliminal hacia sus dirigidos, una idea de cuidarse la cual, justamente, la puso en práctica en otro estadio. Lejos de sospechar que, atacando, podría romper a una defensa cerrada y bien constituida, se cuidó más por lo que podría hacer su oponente. Ese es un punto de partida para comprender la historia.

Después viene lo otro, eso de que algunos futbolistas no tuvieron una tarde inspirada, de que Fernando Cavenaghi tiene el arco cerrado y, como todo goleador, cuando esto le sucede lo sencillo se le vuelve imposible. Hasta podríamos poner en la misma bolsa a un error arbitral. Pero esto tiene una misma génesis, y es que Ramón se imaginó un partido autocoartando a la inspiración de su equipo.

Llegará el tiempo del análisis, de la revisión interna, y quizás ahí el entrenador haga una lectura de que no es tan buen negocio no perder. Porque lo visual es una cosa y lo real es otra. Observar la tabla y ver a River ahí, a un punto de los líderes, impacta positivamente, pero la mitad del vaso vacío nos rumorea al oído de que podría estar primero, solito, sin depender de nadie. Fue repetido hasta el hartazgo que este torneo siempre brinda más posibilidades. Y es así. Pero a veces tomar las chances que el fixture otorga es mejor que esperar un guiño del azar. Entonces, como en más de una ocasión se destacó a la audacia de River en un torneo tan chato, hoy hay que decir que esta vez cayó en el temor general, y, casualidad o no, le volvió a suceder jugando como visitante.

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BUENOS AIRES --El rodaje le fue dando forma de equipo, algo que a principio de campeonato River no tenía. Por aquellos tiempos todavía buscaba una identidad, un estilo. Pensaba de una manera y actuaba de otra. La ansiedad de la gente terminaba imponiendo el ritmo en cada presentación.

Pero de a poco fue madurando. Hasta encontrarse con el formato que hoy presenta. El cual, por supuesto, todavía esta bastante lejos de ser el ideal, pero hay que convenir que en este fútbol no existen equipos que puedan colgarse la chapa de perfectos.

Por el contrario, es la irregularidad la que termina dándole posibilidades de armarse a todos los participantes. Pero es River el que nos ocupa y, al menos de local, va encontrando un rendimiento interesante. Es esa contundencia que exhibe como anfitrión la que lo lleva a pelear por el título. Porque, hay que decirlo, fue la seguidilla de victorias cosechadas en su casa (cinco consecutivas) las que le posibilitan pelear.

Esto no es casual, por supuesto, Las victorias en fila no caen del cielo, son fruto del trabajo y de un convencimiento que lo acompaña en el Monumental. Claro, algunos pensarán que aún tiene como asignatura pendiente el poder trasladar esto a sus compromisos como visitante. Y es cierto, pero si llegase conseguirlo le estaría poniendo nombre y apellido al campeón. Es que si fuese un poquito regular también afuera de su estadio hoy el torneo lo tendría como líder.

El otro punto que no lo deja llegar más arriba de lo que está es la falta de contundencia.

Tema recurrente, viejo, es cierto, pero aún vigente. Desperdicia muchas jugadas de gol. Si contra Atlético Rafaela hubiese estado algo fino, no tendría que haber siquiera imaginado que el partido se le podía complicar en alguna contra fortuita. Y este punto se convirtió en un compañero de ruta que le inhibe la posibilidad de jugar más distendido algunos partidos.

Inclusive, Ramón Díaz ha encontrado recambios que están a la altura de las necesidades del Millonario. El pasado fin de semana sufrió tres bajas importantes (Maidana, Ledesma y Lanzini), y todas fueron sustituidas con éxito. El técnico hasta se animó a ensayar una modificación táctica (el ingreso de Augusto Solari por Gabriel mercado), que también le redituó lo esperado.

De todo esto se desprende que River, más allá de los resultados, va encontrando un estilo. Y si transforma la ineficacia para convertir en contundencia, y si logra reducir a la mínima expresión los vaivenes que tiene dentro de los partidos, lo que hoy es u a buena campaña va a convertirse en algo todavía mejor. Esta semana será determinante para sus aspiraciones. Estudiantes y Vélez serán sus próximos oponentes y ambos están en la lucha. Y en beneficio de lo que se viene hay que marcar un detalle: River ha funcionado mejor ante rivales de mayor jerarquía. Estos días que se le vienen necesitará, más que nunca, refrendar esta estadística.

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BUENOS AIRES -- Los errores arbitrales en el fútbol a veces te dan y otras te quitan. Son las reglas del juego. Ante la ausencia de una apoyatura tecnológica que pueda acercarnos a un fallo perfecto, resulta imposible llegar a la sanción inmaculada. Por eso es que ese margen de equivocación no tiene que ser analizado de forma tan fina.

Justamente, se debería dejar un margen de tolerancia para esas cuestiones. A River le tocó verse favorecido ante Boca y perjudicado contra Belgrano. Entonces, la conclusión es sencilla: ni aquella vez ganó por eso, ni tampoco se debe conjeturar que la derrota le llegó por el error de Fernando Echenique. En el caso de Córdoba existieron otras cuestiones que desembocaron en que el equipo de Ramón Díaz viera cómo se le escurría la posibilidad de quedarse solito en la punta del campeonato. Y esos temas estuvieron más vinculados a cuestiones propias. Así como en otras entregas ponderamos planteos y decisiones del cuerpo técnico, en este caso no se puede decir lo mismo. Al contrario. No sólo es que River no jugó bien en forma colectiva, sino que además tampoco resultaron acertadas las ideas tácticas.

Los marcadores que se dieron en la previa lo había colocado en la posición de tener que salir a jugar asumiendo una postura de ataque. Con inteligencia, sin desesperarse, por supuesto, pero tomando un rol que no le quedó para nada bien. Al contrario, fue maniatado por un rival que lo superó con más ganas que fútbol, corriendo, metiendo. Algo que en el pasado ya le había ocurrido (recordar, si no, el partido con Colón, luego del cual Ramón declaró que no estaba conforme con la actitud de su equipo).

Tampoco resultó inteligente colocar en cancha a futbolistas que venían arrastrando una sumatoria de minutos que conspiraban contra su funcionamiento y contra su físico. Así fue con el Lobo Ledesma, hoy uno de los jugadores más importantes del Millo, se retiró con una contractura y se perdería, al menos, los dos compromisos que vienen. Después está el caso de Fernando Cavenaghi, quien es pura voluntad y ganas, algo elogiable, pero que, tal vez, con una semanita de descanso se pondría realmente a punto para encarar la recta final del torneo. Hay más. Ante Newell´s se destacó la idea de Ramón Díaz de colocar al Daniel Villalva con la función de no sólo aportar en ataque, sino también de colaborar con la marca. Antes el Keko había sido decisivo contra Lanús. Pues bien, increíblemente en Córdoba dejó de ser el primer cambio y en reemplazo de Cavenaghi, Ramón colocó a Juan Carlos Menseguez. Un cambio que, por lo menos, fue cuestionable.

River no aprovechó el buen viento de cola ni los resultados ajenos que, en la previa, lo habían favorecido. Continúa prendido en la pelea, pero ahora con la marca de haber recibido un fuerte golpe en su mandíbula. De más está decir que puede recuperarse, pero para eso deberá reinsertarse en el camino de la lógica y del buen juego. Porque esta vez, más allá del error del árbitro, en casi todos los aspectos del juego recibió un aplazo.

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BUENOS AIRES -- Y el tan comentado (y esperado) envión anímico, finalmente llegó... Después de la victoria de River en la Bombonera mucho se especuló acerca de lo que podría generar esa victoria en el equipo de Ramón, siempre hablando de la parte espiritual. Las estadísticas avalan que ganarle a Boca (y más en condición de visitante) suele repercutir en forma positiva en la continuidad de la campaña. Pues bien, a tres días del épico triunfo River recibió a Newell's, uno de los equipos que, a priori, están catalogados como uno de los mejores de los últimas años. Y le ganó con mucha claridad, sin dejar resquicio para la discusión.

River
Fotobaires.comCavenaghi quiere estar ante Belgrano
Con un planteo táctico distinto a lo habitual, pero inteligente. Demandando un mayor esfuerzo para marcar a futbolistas que tiene incidencia directa en el ataque, tal los casos de Manuel Lanzini y del Keko Villalva, quienes hicieron un ida y vuelta permanente para tapar las subidas de los laterales de Newell's, que son una salida permanente. Entonces, quizás con menos brillo, es cierto, pero con inteligencia en un momento donde el Millo llegaba a ese choque con el estrés del Superclásico encima, con el cansancio físico y con la presión de saber que Colón y Vélez ya había ganado sus respectivos compromisos. No es poco entonces.

Con el triunfo, el equipo de Ramón cosechó su tercera victoria en forma consecutiva, algo que no lograba hilvanar desde el Torneo Final 2013, pero más allá de lo que puedan representar los números fríos, lo importante es que la cabeza del equipo está cambiando. Da la sensación de que, de a poco, se va convenciendo de que puede, de que ganar en forma sucesiva ya no es una quimera. Y si bien todavía es prematuro para establecer un juicio definitivo, parecería ser que estar arriba no lo marea ni lo intimida.

Hoy trabaja de manera diferente los partidos. O digámoslo diferente, hoy se observa que lo está haciendo. Porque, sin desmerecer la labor del cuerpo técnico, antes no parecía que así fuese. Con todo lo que esto trae aparejado, porque en un fútbol altamente resultadista seguir el camino de los permanentes cambios tácticos sólo es ponderado cuando se gana. Algo que, por supuesto, no está bien.

Es hasta odioso efectuar una crítica mirando sólo la columna que está a la derecha de la tabla, la de los puntos. En este torneo mediocre algo de regularidad y pericia para diagramar cada compromiso, sumado por supuesto a riqueza de jugadores, algo que en está descontado que River posee, puede ser suficiente para pelear por el título.

De a poco el Millo va ordenando sus piezas y cada fecha que pasa la ilusión de su gente va tomando una dimensión mayor. Ante Newell's prolongó la felicidad del Superclásico. Y sigue ahí, al acecho. En los tramos finales deberá estar fuerte de mente. Si logra dosificar su propia ansiedad (principalmente cuando juega de local) y sostener su fútbol con menos vaivenes, pocos podrán quitarle la pilcha de candidato.

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BUENOS AIRES -- La adversidad que representaba ir a la Bombonera sin público visitante, el clima hostil que ahí, inevitablemente, iba a vivir, los diez años sin poder ganar en ese escenario, un combo de contingencias que River debía superar con éxito si quería colgarse definitivamente la chapa de candidato.

Y así fue.

Más allá de algunas cuestiones que terminaron favoreciéndolo, de esas que otras veces inclinan la balanza para otro lado (léase: fallos arbitrales), lo fundamental fue que el equipo de Ramón Díaz entendió cómo debía afrontar ese compromiso, de qué manera jugar el clásico. Sin brillar, es cierto, pero con plena concentración, poniendo todo y dejando atrás cuestiones vinculadas con el entorno que, como fue señalado, iban a estar del lado contrario, por esa absurda medida de prohibir la concurrencia del público visitante. River se impuso allí después de diez años, cortó la racha de nueve partidos sin ganar afuera de casa y ahora deberá demostrar si ese quiebre anímico que otorgan los Superclásicos, para bien o para mal, podrá ser usufructuado en el sprint final del torneo. En este campeonato tan irregular, el Millo viene ajustando piezas y, sin jugar bien, está consiguiendo confiabilidad, al menos desde el lado de los resultados.

A Boca le ganó con algunos tópicos que inevitablemente se necesitan en estos partidos. Uno de ellos es la concentración, que no la perdió ni siquiera cuando le empataron con ese golazo de Juan Román Riquelme y el estadio explotaba al ritmo de una apresurada coreografía de fuegos artificiales. River pudo ahogar se presagio de fiesta con un cabezazo de Ramiro Funes Mori, que enmudeció a todos. El olor a pólvora de la pirotecnia, que hacía un minuto exacerbaba la adrenalina de todo el mundo xeneize, luego del mazazo fue una excusa para justificar aquellos miles de ojos que se tiñeron de rojo por la bronca.

River, quizás, no fue tan vistoso, pero sí inteligente y efectivo. Barovero respondió cuando lo necesitaron, Lanzini volvió a demostrar que es jugador de clásicos, el Lobo Ledesma, con la duda de si en junio continúa o no jugando, dio una clase de quite y distribución en la mitad, y Funes Mori aventó las dudas sobre su participación anotando el gol de la victoria. El resto acompañó. Algunos de mejor forma, como Mercado, y otros quedando en deuda, como Carbonero. Pero el conjunto no le sacó el pecho a la responsabilidad, a la lucha, a entender que en los clásicos está permitido que la estética quede a un lado, pero lo que sí no debe negociarse es el esfuerzo. Al menos por ese partido. Porque es el que entrega tranquilidad en las semanas venideras y, en el caso de River que quedó a un punto de la cima, es el que puede darle la llave para volver a los tiempos de gloria. A dar otra tan ansiada vuelta olímpica, esa que le viene siendo esquiva desde aquel ya lejano 2008. El marco está dado para que se quiebre esa racha, como tantas otras que ha venido derribando.

¿Habrá sido el Superclásico el presagio el disparador de ese esperada (y necesitada) resurrección? Todo está dado, los protagonistas ahora deberán comprender que no pueden relajarse y que tendrán que jugar de la misma forma que contra Boca las nueve finales que le quedan por delante. Con algo más de fútbol, por supuesto. Así, el anhelo de un nuevo título podrá hacerse realidad.

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BUENOS AIRES -- "Que el domingo cueste lo que cueste, el domingo tenemos que ganar", casi como un himno, como un estribillo de combate, en cada previa a un Superclásico la gente de River despide a sus jugadores con esa exhortación pública para que su equipo consiga un triunfo ante el rival de toda la vida. El pasado domingo no fue la excepción y desde las tribunas del Monumental llegó ese pedido. Ahora bien, en este punto hay que decir que el plantel hizo una buena lectura de la realidad y, como para no repetir errores del pasado, se mentalizó en el compromiso más cercano.

Lanús era su objetivo y fue ahí donde puso la cabeza. Porque sabía que una derrota lo hubiese dejado muy lejos de la pelea por el título. A la hora del análisis podrá decirse que River "ligó", que empezó jugando mal y sin embargo se fue al entretiempo en ventaja, lo cual es cierto, pero no está mal usufructuar ese guiño de la fortuna. Porque, hay que ser justos, fueron muchos los momentos en este campeonato en los cuales tuvo excelsos pasajes futbolísticos y la alarmante falta de contundencia lo privó de transformar ese virtuosismo en puntos.

Hay que destacar, entonces, que ante un rival armado, que también tenía la necesidad de ganar para seguir prendido en el torneo local, exhibió armas que cualquier equipo necesita. ¿Cuáles? Cuando el fútbol no aparece debe privar el temperamento, la concentración, la entrega, el sabe superar los momentos en los cuales se está siendo maniatado.

Y justamente la proximidad del Superclásico podría haber convertido ese predominio del rival en una debacle futbolística. A cualquier jugador de River se le vuelve complicado abstraerse de Boca y pensar en el oponente de turno. Máxime cuando en su casa el público sólo le trasmite ansiedad. El equipo de Ramón supo como disociar esa idea, como tamizar los pedidos de la gente respecto de lo que estaba sucediendo, y sacó adelante una parada muy brava. Con resultados desde lo numérico que lo posiciona en un sitio expectante.

El choque de la Bombonera sí será un partido bisagra. Para un equipo tan errático, que está buscando una estabilidad emocional y en su juego, el impacto de ganarle o de perder ante el rival de toda la vida le marcará su destino. Es que se trata de esos compromisos que dejan huella, para bien o para mal. Fortalecen desde lo espiritual cuando se ganan, o pueden horadar al punto de causar un efecto devastador cuando se pierden.

Conclusión, River fue muy inteligente y supo manejar la adrenalina en la previa al choque más trascendente del semestre, el próximo fin de semana deberá repetir esa frialdad espiritual en un escenario que hacer hervir la sangre. Quizás la fórmula esté en jugar con la cabeza y no con el corazón. Que se entienda bien esta idea, poniendo todo, pero con inteligencia. Evitando los desbordes a los que puede empujar el entorno. Ahí River, además de conseguir el mejor empujón anímico para la parte final del torneo, se estaría recibiendo de equipo...

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BUENOS AIRES -- El River fluctuante, el bipolar, el que es capaz de mostrarse imparable o que es maniatado con llamativa facilidad, el que consigue reinventarse y resurgir, pero que luego se deshilacha de manera inexplicable, ese River, el que viene todo en uno, el que ilusiona y decepciona, se fue con las manos vacías de la cancha de All Boys.

¿Sorpresa? No tanta. Quizás el espejismo de los últimos resultados positivos obnubiló a algunos, pero desde esta columna nos empecinamos en señalar que, cuando los puntos no llegan de la mano del buen juego, es factible que lo que se construye no tenga cimientos sólidos.

El equipo de Ramón Díaz había sumado siete de los últimos nueve puntos en disputa, pero su fútbol no se destacó por haber sido vistoso. Por el contrario, ante Arsenal, recordemos, ganó gracias a un error arbitral. Y todo lo obtuvo siempre enmarcado en lo expresado recién: la irregularidad.

Más allá de lo sucedido en los compromisos anteriores, lo cierto es que el domingo River volvió a mostrarse poseído por los vaivenes en su juego. Pasó de jugar bien y estar ganando, a encontrarse con un hombre menos y perder en forma contundente. Con inconvenientes obvios en su fútbol, pero también con algo de desconcierto en el banco.

Ramón Díaz estuvo lento de reflejos y errático a la hora de los cambios. Por ejemplo, decidió en forma tardía el ingreso de Matías Kranevitter, a quien colocó en cancha reemplazando a Teo Gutiérrez. La modificación la hizo mientras perdían 3 a 1, cuando, seguramente, le hubiese reportado mayores beneficios su la efectuaba en el entretiempo, con el cotejo igualado. Ahí ya tenía un hombre menos y se imponía reordenar sus líneas. La otra variante polémica fue la salida de Carlos Carbonero, autor de los dos goles de River. ¿Es conveniente sacar a un futbolista que viene tan afilado? Desde aquí la respuesta es "no", Ramón, en tanto, opinó lo contrario.

Por esto, por las desatenciones, por su cabeza que va y viene con peligrosas facilidad, el Millo dejó pasar una notable posibilidad de quedar a uno de los líderes. El discurso es que, pese a todo, está a cuatro puntos, lo cual no deja de ser cierto, pero en ese lote está más de la mitad de los equipos participantes.

El campeonato da ventajas y otorga segundas y hasta terceras posibilidades para encarrilarse, pero cada una de esas ocasiones que se deja pasar, luego, inexorablemente, cuesta el doble de esfuerzo volver a tenerla. Ramón dijo haber quedado "re caliente" por la chance desperdiciada. Y no es para menos. Hoy podría estar al acecho, pero ocurre todo lo contrario, el técnico consume las horas pensando en cómo recuperar la confianza y estabilizar la cabeza de un plantel que arranca elogios y críticas en porciones similares.

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BUENOS AIRES -- A fuerza de números positivos River va superando la crisis. La que se genera en el entorno cuando un equipo no suma de a tres. Pero, de momento, la batalla futbolística continúa siendo una deuda pendiente.

Ganar no significa jugar bien. Son pocos los que alcanzan la excelencia de ese envidiable combo. Quizás algunos lo consiguen en forma esporádica, en partidos aislados, pero casi nadie en el fútbol argentino puede jactarse de poder perpetuar, a lo largo del torneo, la placidez que genera el jugar bien y ganar.

Las estructuras estaban empezando a moverse en un River que vive al ritmo de las necesidades de sus hinchas, pero luego de cosechar siete puntos de los últimos nueve en juego las cosas se fueron calmando. Todo gracias a los resultados, esa bendita (o maldita) palabra que muchas veces nubla horizontes, oculta autocríticas. En este sentido hay que decir que el Millo le ganó a Arsenal sin jugar bien (y con una gran mano de Pablo Lunati), pero por suerte para su futuro, Ramón Díaz reconoció la fragilidad exhibida por su equipo.

Es positivo que no se haya refugiado en haber hilvanado tres resultados positivos para tergiversar la realidad.

Algunos dirán: "es imposible ocultar que River jugó mal". Y es cierto, aunque no debemos soslayar que las victorias otorgan una opulencia que en muchos casos es utilizada negativamente. Sin embargo Ramón salió, enfrentó a las cámaras y reconoció que aún deben mejorar mucho. Buen gesto. Ahora bien, ¿alcanza con eso? No, obviamente, pero si les baja ese mensaje a sus jugadores en la intimidad, es un buen punto de partida para encontrar el rendimiento que tan lejos está de la fluctuante realidad de River.

Hoy le está alcanzando con voluntad, con convicción por salir a ganar. Eso, sumado a algunos destellos de calidad, ha colocado a los de Núñez a un paso de la punta. Gratificaciones que entrega nuestro fútbol, desmedidos premios que se sustentan en un virtuosismo ofrecido con cuentagotas. Algo que parece escaso para un cuadro con ambiciones, pero que los números lo suben, increíblemente, hasta la categoría de suficiente.

Con muy poquito hoy se puede batallar. Si no pregúntenle a Colón, que hace siete fechas era un número puesto para perder la categoría. Con orden y sacrificio es el líder del certamen. Analizando este ejemplo, entonces, los que a priori se presentan como los más encumbrados, tal el caso de River, se animan a soñar. Aunque no estén jugando bien. Es ahí donde pasan a tallar los resultados y esa muletilla de la tranquilidad que brindan cuando se pretende encarrillar un equipo.

Ramón tiene con qué dar batalla. Un plantel con recambio, que no juega la Copa Libertadores, que hasta ahora se asoció más con el sacrificio que con el juego, parece estar capacitado para torcer un pasado cercano errático. Hay quienes observan a la narrada suma de atributos como escasa, sin embargo, un campeonato ausente de regularidad y con el talento demasiado medido, dispara hasta el cielo la ilusión en el hincha de River.

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BUENOS AIRES -- Cuando un equipo es mentalmente débil, cualquier sensación de fortaleza se vuelve efímera. Las alegrías tienen fecha de vencimiento y las rachas positivas están sujetas a que no aparezca ningún vaivén anímico.

Desde el semestre pasado River es un equipo que adquirió este vicio. No importa cómo ni por qué, pero cuando agarra la pendiente es muy difícil que se detenga. La historia o el buen momento reciente pasan a segundo plano. El conductor debe buscar los mecanismos para frenar rápidamente ese derrotero que lo lleva indefectiblemente hacia la crisis.

Le pasó en el Inicial, cuando inició una caída libre que lo alejó de la lucha de cosas importantes. Daba la sensación de que en esta temporada Ramón Díaz había logrado corregir ese déficit. Pero ante el primer escollo complicado, la debilidad afloró. Casi con la misma fuerza que antes. Dos derrotas consecutivas y un rendimiento futbolístico que se va deshilachando son una muestra cabal de que la patología esta ahí, retroalimentándose.

En Santa Fe alcanzó su pico máximo. Con un nivel individual y colectivo muy pobre, pero, por sobre todas las cosas, con un aletargamiento general que rozó lo exasperante. Jugadores parados, sin movilidad, casi como desganados, motivaron que Ramón saliese tras el encuentro a condenarlos públicamente. Las palabras del técnico fueron tan duras que desataron un debate en forma instantánea: ¿qué resultó más decisivo, la inacción y la falta de temperamento adentro del campo o los desaciertos del entrenador a la hora de armar el equipo y de realizar los cambios? Cada uno tiene su visión, pero lo cierto, lo que no admite discusión, es que la imagen que dejó River fue paupérrima. Y preocupante de cara a lo que se viene.

Jugadores demasiado atados a las órdenes que parten desde el banco, sin la falta de respeto futbolística que se necesita para ostentar temperamento. Algunas pinceladas de Manuel Lanzini, la voluntad de Leo Ponzio de mostrarse siempre como salida (aunque a veces se equivoque en algún pase) y la contundencia de Fernando Cavenaghi en el área, fueron los pocos atributos que se pudieron destacar de una actuación que motivó hasta reproches públicos de la dirigencia. River no ha podido superar en todo este tiempo a su propia tibieza. Al equipo le falta apretar los dientes en los momentos complicados. Además, por cierto, de adquirir un patrón de juego que lo guíe a lo largo de los partidos. El equipo está estático, como esperando resolver el trámite gracias a la impronta y no como producto del trabajo. No tiene un patrón de juego, tampoco jugadas preparadas con balón detenido, es decir, pocos argumentos que lo puedan rescatar de un mal momento que viene atravesando.

Y como agravante hay que decir que ni siquiera supera a su oponente con la parte física. En ese rubro tampoco saca ventajas. El preocupante de cara a lo que se le viene, pero cierto y real. River tiene que encontrar su identidad lo antes posible, y fortalecer ya su autoestima. De lo contrario, será sometido nuevamente a la intolerancia de los hinchas. ¿Aguantará Ramón Díaz ser, otra vez, maltratado por el hincha? El tiempo dará su veredicto....

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BUENOS AIRES -- En medio de un presente casi idílico, en el cual todo era color de rosa y sólo se debían ajustar detalles para llegar a la excelencia, de golpe llegó la noche en la cual a River todo le salió mal. En la que mordió el polvo, quizás, de la forma más dolorosa. Sobre la hora, sin jugar bien, ante un rival que le ofreció muchas ventajas en su defensa, con demasiadas bajas sensibles pensando en el futuro y con un bochornoso epílogo que podría derivar en la suspensión del estadio. Todo esto se precipitó en un puñado de minutos.

River vs. Godoy Cruz
Fotobaires.comLas bajas pueden complicar el armado del equipo
Yendo por partes, hay que narrar que Godoy Cruz consiguió la victoria en la última acción del partido y que tras eso, en medio del festejo de los futbolistas del equipo de Mendoza, una madera con un extremo que dibujaba una punta muy aguda, cayó desde la Sívori baja e impactó en la espalda de Leandro Grimi, quien debió ser atendido. Ahora se vendrá la catarata de pedidos de suspensión de la cancha o de jugar sin público, lo cual redundará en un notable perjuicio económico para una institución que tiene las arcas bien flacas.

Acá hay que hacer un alto. Porque la tonta e inexplicable reacción de impotencia del hincha que arrojó esa madera, resume, en parte, algo que se percibió a lo largo de la noche del miércoles. La gente de River está muy ansiosa. Demasiado. Eso se siente cuando el equipo intenta ponerle algo de pausa a su fútbol o cuando hace algún pase mal. Ahí, inmediatamente, el murmullo condenatorio gana la escena. Y esto transforma al equipo en anímicamente inestable. Con vaivenes notorios.

El otro inconveniente de cara a lo que deberá afrontar el equipo de Ramón Díaz, que es el choque de Colón el próximo domingo, el entrenador tendrá que apelar a toda su pericia para configurar una alineación que sea tácticamente similar a la que venía colocando. Por ejemplo, toda la defensa titular no podrá ser tenida en cuenta.

Con Gabriel Mercado y Jonathan Maidana lesionados, y con Eder Álvarez Balanta expulsado, los suplentes ganarán inexorablemente la escena. Inclusive, esa idea de jugar con tres en el fondo podría quedar postergada con el mencionado panorama. Pero ahí no terminan todas las desdichas para el técnico. Leonel Vangioni y Manuel Lanzini tuvieron que dejar la cancha con sendas molestias musculares, las cuales serán evaluadas para determinar si le impedirán o no jugar contra Colón.

La primera derrota de River en el campeonato ha tenido un efecto residual. Estará en la pericia del cuerpo técnico pilotear acertadamente en este inicio de tormenta, la nave que ha comenzado a ladearse. No hay que dramatizar el momento, pero sí debe realizarse una lectura clara de la realidad. Y esta entrega la postal de un equipo que no tuvo ideas en los últimos metros del campo, tal como le viene sucediendo, y que volvió a caer en vaivenes notorios de funcionamiento (pasa en un instante de pasajes muy buenos a otros muy malos). Aún está a tiempo para recuperarse, pero la mejoría no debe hacerse esperar.

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