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Gallardo: "Estos partidos siempre se quieren ganar"

 MAR DEL PLATA -- Con una mueca de felicidad Marcelo Gallardo va a encarar el primer Superclásico del verano.

Marcelo Gallardo
Fotobaires.comGallardo no perdió a ninguno de sus titulares

La llegada de dos refuerzos ha modificado, con lógica, el estado de ánimo del entrenador de River, quien estaba empezando a perder la pulseada con la ansiedad habida cuenta de que la pretemporada se acerca al epílogo y la plantilla Millonaria no sufría modificaciones.

Gonzalo Martínez y Camilo Mayada, ambos solicitados por el Muñeco, le acercaron algo de paz.

El choque con Boca asoma en el horizonte y pese a que aún los de Núñez no han conseguido ganar en lo que va de la fase preparatoria, el funcionamiento de los titulares durante gran parte del partido con Peñarol y en lo que ha observado en los entrenamientos, deja tranquilo a Gallardo. La calma se sustenta también en que, contrariamente a lo que venía sucediendo en años anteriores, el equipo base no necesita casi de retoques. A priori, aquellos que lleguen lo harán para nutrir a un plantel que cuenta con once inamovibles pero que viene medio flaco con el recambio.

El semestre pasado la falta de alternativas conspiró contra las posibilidades de River en el torneo local, de ahí la intención que tienen de dar un salto de calidad en ese rubro. Más allá de la mesura a la cual todos los directores técnicos suelen aferrarse a la hora de pronosticar campañas, en el caso del Millo hay cuestiones insoslayables.

Por un lado, fue el equipo que revolucionó el fútbol argentino con un estilo ofensivo, insaciable y dinámico. Y más allá de que los rivales le fueron tomando la mano a la forma de jugar, cuando estuvo fresco en lo físico logró generar anticuerpos para superar escollos. Esto hace presuponer que en un semestre donde tiene, entre otras cosas, un objetivo tan motivante como lo es la Copa Libertadores, lo anímico potenciará a lo futbolístico y sumado a ese crecimiento cuantitativo y cualitativo del plantel, todo va a redundar en que la esperanza del hincha se mantenga bien alta.

Tampoco es un detalle menor que, hasta el momento, River no se haya desprendido de ningún titular. Mantener la base será fundamental para Gallardo, porque los que están ya tienen internalizada su idea futbolística y lo que pretende de cada uno adentro del campo. Sólo deberá trabajar para afianzar nuevos conceptos, un detalle menor al lado de lo que representa configurar de cero a un equipo. Y este optimismo se percibe en la gente. Cada entrenamiento de River, cada salida y llegada del hotel, cada arribo a un estadio, estuvo (y está) acompañado de demostraciones de cariño y de felicidad tan grandes que denotan la confianza que el hincha tiene en lo que puede producir este equipo.

Así entonces, con perspectivas inmejorables, con su cabeza en gran forma y con la posibilidad de jugar un buen fútbol, se acerca River al choque con Boca, pero, además de ese partido puntual, también arriba en esa forma al comienzo de un año plagado de compromisos y de copas. Habrá que ver si logra convertir en realidad las irrefutables e inmejorables presunciones.

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2014 quedará en la historia grande

Actualizado el 23 de diciembre de 2014
por Javier Gil Navarro

River PlateESPN.com
BUENOS AIRES -- Aunque fueron muchos los años de prosperidad en la historia de River, seguramente el 2014 será recordado como uno de los más destacados. Por muchos aspectos.

Y en el análisis no hay que englobar sólo a los logros deportivos, que por supuesto son una porción importante a la hora de realizar evaluaciones, sino también a distintas contingencias que han sabido superar con el devenir de los contratiempos. Cuando se consigue tapar algo malo con buenas decisiones, inexorablemente el camino a recorrer será próspero. 

Allá a principio de año, con Ramón Díaz como entrenador, River venía un de mal semestre deportivo. A tal punto que hasta en algún momento se llegó a dudar sobre la continuidad del riojano. Con un plantel que no brindaba seguridades ni respuestas desde lo futbolístico, comenzó a desandar un recorrido que los más optimistas auguraban como, con suerte, regular.

Sin embargo, y en base de una sucesión de buenos resultados, después de un inicio errático en el torneo se produjeron algunos cambios del director técnico que redundaron en una mejora del funcionamiento. River empezó a ganar partidos, se fortaleció la autoestima individual y colectiva del grupo, la tabla le ofreció un guiño a los sueños Millonarios y así fue como, después de seis años de abstinencia, volvió a paladear un título. Que tenía mucho de especial, porque representaba el regreso a un sendero histórico después de aquellos tiempos negros y olvidables que desembocaron en la pérdida de la categoría.

Fotobaires.comRamon Diaz pegó un portazo tras el título
Una vuelta olímpica, la clasificación para la Copa Liberadores, un plantel que se revalorizaba, todas eran rosas para la flamante dirigencia que había asumido encabezada por Rodolfo D'Onofrio. Sorpresa o no, en un deporte donde los números son los que gobiernan, el "clic" ya estaba hecho. Encandilados por el éxito, nadie sospechó que en medio de festejos y de alegría, ese "clic" histórico, que abría paso a una nueva era, se iba a transformar en el "crack".

Casi como un golpe con una barra de concreto en sus cabezas, los dirigentes recibieron la noticia impensada: de manera unilateral, sorpresiva e irrevocable, Ramón Díaz dejaba el cargo. Agregando más gloria a su gloria, pero quizás exhibiendo un costado muy personalista, pegó el portazo. En la intimidad se conocieron los motivos, que no eran otros que sospechaba de que la dirigencia no lo quería. Ahí fue donde, con los efluvios de la victoria aún flotando en el ambiente, tomó una medida con doble efecto, porque irse agrandaba aún más su imagen ante el hincha, pero, a la vez les dejaba un menudo problema a los dirigentes.

Si en condiciones normales agarrar el cargo de entrenador después de Ramón Díaz ya de por sí representa un tremendo lastre, hacerlo luego de una vuelta olímpica y con un supuesto malestar con la conducción del club aumentaba todavía más esa sensación. ¿Quién soportaría un puñado de derrotas en semejante contexto? ¿Cómo haría el director técnico entrante para hacer olvidar la inmaculada imagen del riojano? ¿De qué manera repercutiría esto en la flamante dirigencia? ¿Quién cuenta con espaldas lo suficientemente anchas como para tomar ese fierro caliente? El nombre del elegido no tardó en aparecer.

Marcelo Gallardo ya figuraba en la carpeta de D'Onofrio y de Enzo Francescoli desde la etapa de campaña electoral. Así fue como desempolvaron el nombre del Muñeco, quien vio amortiguado el impacto mediático asunción por coincidir su llegada al club con el furor mundialista. Con una corta pero productiva foja como entrenador (una experiencia en Nacional de Montevideo con un título), Gallardo se hizo cargo de un plantel que se fue fragmentando.

Carlos Carbonero, hombre clave en el equipo campeón, mientras participaba del Mundial, fue vendido; Eder Álvarez Balanta y Teo Gutiérrez llegaron tarde a la etapa de preparación justamente por estar con la Selección Colombia; a último momento fue negociado Manuel Lanzini y también dejaron el club el Keko Villalva, Jonathan Fabbro, Leandro Chichizola. Todo esto sin contar que las infiltraciones desmedidas a las cuales fue sometido Fernando Cavenaghi para poder participar de la recta final y decisiva del campeonato, le jugaron una mala pasada y lo alejaron del semestre que se avecinaba.

Boca vs River
APEl Muñeco Gallardo consiguió una gran versión del equipo
Con este panorama desalentador, el Muñeco comenzó a imaginar lo que se venía. En forma paralela, la posibilidad de incorporar se acotó porque las exigencias del mercado se topaban con una pobre realidad económica de River. Lucas Pratto y el Pity Martínez fueron sueños incumplidos. En su lugar arribaron Julio Chiarini y Leonardo Pisculichi, quien había descendido con Argentinos Juniors. En un plantel muy corto, los retornos de Carlos Sánchez y de Rodrigo Mora, proscriptos de la "era Ramón" empezaron a ser observados con una cierta idea esperanzadora.

Nadie, ni el más optimista, iba a imaginarse en esa pretemporada en Miami lo que allí se estaba gestando. Menos aún después del pálido debut ante Gimnasia en el campeonato local. Porque a partir de ahí vino el despegue, la eclosión. La vuelta de River a sus raíces históricas. Por lo que el equipo desplegaba adentro del campo sólo de hablaba del milagro que estaba protagonizando Gallardo. El nombre de Ramón no se mencionaba.

Sánchez y Mora terminaron siendo estupendos refuerzos; Pisculichi se puso en forma física y dio la sensación de que en su ADN traía incorporada la mística de River. Teo Gutiérrez se volvió un implacable goleador, todo esto en un equipo que llevaba el sello de un entrenador que sorprendía a propios y extraños con una idea futbolística que parecía olvidada. En las críticas de la prensa sólo se hablaba de ganar, gustar y golear, que era lo que hacía el Millo. Pero claro, en un plantel con poco recambio participar de tres competencias a la vez podría ser determinante en los tramos finales.

Casi como una bofetada del destino, en el mejor momento de River, con un Matías Kranevitter que se había convertido en el dueño de la mitad de cancha, la desgracia se hizo presente. El volante central sufrió una fractura en el quinto metatarsiano que lo alejaba del semestre. Golpe letal. Que el equipo lo sintió, pero que terminó siendo el trampolín para el regreso (y posterior reconocimiento del hincha) de otro "borrado" por Díaz: Leonardo Ponzio. Aunque al principio pagó algo cara la prolongada inactividad que arrastraba, en los cotejos decisivos, cuando el equipo ya sentía el desgaste, su coraje y corazón fueron decisivos.

Fernando Cavenaghi
FotobairesEl Torito defendió a Vangioni
El destino le puso a Boca en la semifinal de la Copa Sudamericana, una prueba tremenda para una formación que venía con una sobrecarga de minutos en cancha. Pero para redondear ese año estupendo, eliminó a su rival de toda la vida en un partido épico (con Ponzio como figura descollante) y ese envión anímico le alcanzó para ganarle la final a Atlético Nacional de Medellín y festejar un título internacional después de 17 años. En el ámbito local hizo un gran torneo, pero esa falta de recambio, una tarde desafortunada ante Olimpo y un Racing increíble, lo privaron de la doble corona.

Con todo color de rosa, Cavenaghi volvió a jugar, cumplió su sueño de marcar el gol 100, Kranevitter también tuvo una notable rehabilitación y pudo regresar antes de tiempo. El clima de fiesta eclipsó a la figura de Ramón Díaz, que a priori se sospechaba iba a tener una marcada presencia pese a su ausencia. Por eso, quien a principio del semestre asomaba como irremplazable, finalmente no lo fue. La revolución futbolística impuesta por Gallardo logró lo que nadie sospechaba allá por el mes de julio. Con el agregado de esa vuelta a las raíces históricas de River que le permitieron, por momentos, jugar realmente muy bien.

Por todo lo narrado y por la forma en la cual quedó posicionado para la temporada venidera, el 2014 quedará en la historia grande.

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Ya hay que pensar en 2015

Actualizado el 15 de diciembre de 2014
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- Final de una temporada que tuvo para River un balance más que positivo. Un título internacional tras 17 años de abstinencia y la satisfacción de haber realizado una gran campaña en el certamen local, sólo superado por un implacable Racing, le otorgan a Marcelo Gallardo la tranquilidad de poder irse de vacaciones con la convicción de que ha cumplido objetivos en su primer semestre como entrenador del club que lo vio nacer futbolísticamente.

En la última fecha del campeonato hizo lo que debía, vencer a Quilmes, pero no recibió la mano que necesitaba de Godoy Cruz. Por esto es que, pese a esa imagen positiva que dejó el equipo, la bronca por saber que podrían haberse quedado con la doble corona se vio reflejada en el plantel y en el cuerpo técnico.

Getty ImagesCarlos Sánchez anotó el gol frente a Quilmes

Aquel partido contra Olimpo en el estadio Monumental, que terminó empatando, fue el que lo alejó la posibilidad de campeonar. Además, por supuesto, de la notable racha de victorias que hilvanó el Racing de Diego Martín Cocca. Porque, en un torneo normal, con los 39 puntos cosechados le hubiese bastado hasta para dar una vuelta olímpica. Sin embargo esta vez no le alcanzó y se quedó con un sabor amargo.

Ahora todo River debe pensar en lo que se le viene. En un semestre con una agenda muy cargada, la cual ya en el segundo mes del año contempla, por ejemplo, la disputa de la Recopa Sudamericana ante San Lorenzo, cuerpo técnico y dirigentes deberán sentarse y comenzar a pensar, por un lado, en refuerzos, pero además en establecer una ingeniería financiera que les permita mantener a la mayor cantidad de integrantes del actual plantel.

Algo que no le será sencillo de conseguir a la directiva, porque se sabe que, cuando un equipo sale campeón, sus futbolistas comienzan a ser codiciados de otras instituciones, principalmente del exterior. Con dólares que acá son imposibles de conseguir y de ganar.

Por lo pronto, entre los potenciales para irse figura Teo Gutiérrez, quien ya exhortó públicamente a los dirigentes para que aparezcan los dólares necesarios (los cuales son muchos) para mantenerse en el club. Habrá que observar detenidamente qué definen los dirigentes. Como en todos los libros de pases, el enigma de si el colombiano llega a tiempo a la pretemporada o no, dependerá de lo que arregle a futuro. Está confirmado que, por ahora, ofertas formales por él no arribaron.

Otro que podría dejar el club, porque su entorno cercano asegura que han recibido ofertas por él, es Rodrigo Mora. Al uruguayo lo andan buscando del exterior y, cuando esto sucede, se sabe que la propuesta económica es tan seductora que destraba cualquier operación compleja. Después están las negociaciones por la renovación de los vínculos con Maidana, Mercado y Rojas, entre otros, quienes todavía están lejos del cerrar sus números con el club.

Así las cosas, entonces, se vienen días de muchas reuniones y definiciones. La obnubilación por el juego atildado del equipo de Gallardo ya quedó atrás, ahora es tiempo de refuerzos y de desembolsar dinero para mantener equipo y para reforzarlo.

A una dirigencia que la coyuntura económica la llevó a ser austera, se le presenta un desafío importante y no se podrá fallar. Todo por la Libertadores de 2015.

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River coronó con título la propuesta de Gallardo

Actualizado el 12 de diciembre de 2014
por Javier Gil Navarro
BUENOS AIRES -- Merecía un final así. Hubiese sido una verdadera injusticia que el ciclo iniciado por Marcelo Gallardo en River no se rubricara con un título. Y esto no es caer en conceptos resultadista, porque no ganarlo, seguramente, no lo hubiera transformado en menos positivo. Porque la validación de su idea ya se instaló, porque el haber abierto un debate acerca de las formas, también fue algo destacado. Con las antinomias del caso, pero se volvió a pensar en que se puede desplegar un buen fútbol y conseguir resultados, combo que dejaría conforme a todas las corrientes de pensamiento que hay en este deporte.

Pero además lo meritorio de Gallardo y del propio plantel es cómo alcanzó un objetivo. Y no es redundar sobre el estilo y las formas. Es referenciar que lo hizo con un grupo cualitativamente escaso. No era el Barcelona de Pep Guardiola, por comparar con el paradigma del buen juego, que tenía entre dos y tres futbolistas de calidad por puesto, en el caso de River la plantilla con experiencia no superaba los 14 o 15 integrantes. Y eso acrecienta el mérito.

Entre otras cosas destacadas hay que poner el hecho de que muchos integrantes de este proceso, son jugadores que habían sido dados de baja casi como material de rezago. A Carlos Sánchez, Rodrigo Mora, por ejemplo, los cedieron a préstamo con la idea de una futura venta.

En su vuelta, ambos tuvieron una participación directa y decisiva a lo largo de la temporada. Leonardo Ponzio no estaba jugando y, principalmente sobre el final de la temporada, recuperó su nivel y fue determinante en la mitad de la cancha. La revelación de Leonardo Pisculichi, fundamental con sus goles y en las acciones de pelota detenida, la consolidación de Ramiro Funes Mori, la cual, como contrapartida, eclipsó a un consagrado como Eder Álvarez Balanta. En fin, una pata más de un proyecto que terminará ofreciendo la posibilidad de ingresos económicos (por ventas) a la institución.

Y con este punto surge un nuevo plateo, que es el desafío que tendrá la dirigencia en el corto plaza. Porque con la Copa Libertadores a la vuelta de la esquina, ahora deberá optar por mantener un plantel austero o hacer una inversión bastante mayor como para participar del certamen Sudamericano. Cuando se habla de inversión no significa sólo compras, sino también mantener la base actual, y se sabe que para lograr algo así es necesario mejorar contratos, elevar el presupuesto (aunque la tesorería no esté del todo floreciente).

Pero claro, todo eso deberán encararlo con dos títulos sobre sus espaldas, el local logrado por Ramón Díaz y el internacional que les entregó Marcelo Gallardo después de 17 años de abstinencia, y eso alivia el andar. River inició un camino revolucionario. Ahora se le presenta un segundo paso en este proyecto. La voracidad del hincha no tiene límites y ya en medio de festejos y alegrías sueña con más. La época negra va quedando atrás, este nuevo ciclo asoma como próspero. Quizás la fase de consolidación sea la más compleja, pero es innegable que tiene con qué encararla. Buen fútbol, títulos, un maridaje que siempre cautivó al hincha Millonario. Las condiciones están dadas para que esa felicidad se extienda. River consiguió encausarse en el sendero de los éxitos, y eso no es poco...

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El River de las dos caras estuvo en Colombia

Actualizado el 5 de diciembre de 2014
por Javier Gil Navarro

MEDELLÍN -- Conteniendo la respiración, con una liberadora sensación de alivio, así se fue River al vestuario en el entretiempo. Sabiendo en su interior que había sido literalmente peloteado.

Y es el ingrato recuerdo de ese flojo primer tiempo en el cual se sustenta, para darle el valor que se merece al empate que cosechó en la primera final de la Copa Sudamericana.

Aquella sensación de vulnerabilidad que lo acompañó en varios pasajes de la segunda parte de la temporada encontró una versión superadora en el Atanasio Girardot. Ya nadie duda de las bondades de el conjunto Millonario, pero tampoco de sus peligrosos baches, que por lo general vienen acompañados de una versión superadora.

La cantidad de partidos que comenzó perdiendo a lo largo de la temporada demuestran que estamos ante un equipo con un problema de concentración. Parece que le cuesta arrancar metido, y eso lo lleva a tener que depender de las inspiraciones de Marcelo Barovero, de la mala puntería del rival o simplemente del azar, todo para no irse con una ventaja irremontable en su contra.

Pero también posee un lado b que es mucho más efectivo que su costado débil. Ahí es cuando los laterales se sueltan, cuando Carlos Sánchez desequilibra por su banda, cuando Pisculichi frota la lámpara, cuando Teo se vuelve inmarcable, cuando Mora se pone incómodo para sus marcadores... en síntesis, ahí aparece el River que justifica los elogios que recibe.

Ante Atlético Nacional, en Medellín, ambas caras salieron a la luz. Por eso la pasó muy feo y finalmente el sueño de quedarse con la Copa no terminó en pesadilla. Sigue vigente, lo tiene ahí, muy cerquita de su mano.

Por eso se ilusiona, porque palpó que es posible. Depende de sí mismo. De implementar los mecanismos para mantener en las tinieblas a la mitad nociva. Si lo logra podrá volver a dar una vuelta olímpica en el plano internacional, algo que tanto quiere y necesita.

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La noche donde todo estuvo a pedir de River

Actualizado el 28 de noviembre de 2014
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- Suele decirse que los clásicos no hay que jugarlos ni bien ni mal, hay que ganarlos, y parece que con esta idea bien metida en la cabeza salió a disputar River, no sólo el partido decisivo, sino toda la llave de semifinal de la Copa Sudamericana. Pensando que, cuando el fútbol no aparece y cuando las piernas no responden, el que empuja es el corazón.

En la revancha del Monumental, el Millo puso en el cocktail un poquito de cada ingrediente. Hasta le agregó una pizca de fortuna. Porque muchos corazones casi se detienen cuando, con un puñado de segundos disputados, Germán Delfino sancionó un tiro penal a favor de Boca. Pero cuando la noche está dada para ser recordada por lo grato, nada detiene la marcha hacia la felicidad. Por eso Marcelo Barovero, quien no es un arquero que se destaque por atajar penales, tuvo su noche de gloria. Casi como un guión escrito a su medida, dijo "presente" en cada ocasión que le tocó intervenir, y cuando no tenía ya nada por hacer recibió un guiño del azar. Y un futbolista necesita que todas las cosas le salgan bien en un clásico...

El análisis de si el físico les está respondiendo o no, o qué le sucede con el fútbol que no aparece con la eficacia de los primeros partidos del campeonato, o algún otra cuestión de coyuntura, todo queda reducido a cenizas cuando el escenario es de un festejo interminable. Ahí hay que dejar esas cuestiones para más adelante. Aunque el cuerpo técnico encabezado por Marcelo Gallardo es despiadadamente autocrítico a la hora de analizar el funcionamiento de su equipo, esta vez, como todos los que comandan el grupo conocen los gustos del mundo River, saben que las prioridades pasaban por eliminar al rival de toda la vida, sin importarle demasiado cuál es el recorrido que debe hacer para alcanzar el objetivo.

El equipo comprendió todo lo que representa un Superclásico, lo que representa para el hincha, la huella que deja marcada en la historia. Y de hecho no será un partido que la gente olvide fácilmente. Porque quebró algunas rachas negativas en el marco de competiciones internacionales. Así como en la década del noventa Boca se cansaba de ganar clásicos, en esta época la ecuación se está empezando a invertir. Ahora es River el que paladea más seguido tragos dulces en los partidos ante el rival eterno. Por eso el hincha goza, disfruta, vibra, palpita, se emociona. Todo con la íntima convicción de que ese final feliz es factible.

Líneas arriba mencionábamos algunos condimentos que tuvo la victoria del Millo. En rigor de verdad, esas contingencias (como la del penal y la de los goles que se perdió Boca) en otros tiempos eran el reaseguro de una derrota inexorable. Ahora fue el puntapié para la ilusión. Que se transformó en realidad cuando Leonardo Pisculichi la clavó junto al palo derecho del arco defendido por Agustín Orión, Ahí cada alma presente sintió la íntima convicción de que podría ser la noche mágica. La cual finalmente fue, la que le permite a River volver a codearse con los más fuertes del continente, la que lo invita a soñar con repetir una vuelta olímpica en un torneo internacional, tal como lo hizo en 1997.

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River: apareció la rotación ¿será tarde?

Actualizado el 24 de noviembre de 2014
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- En esta columna venimos alertando sobre la merma en el nivel futbolístico de River. Y en esa alarma que encendimos colocamos al trajín físico como, quizás, el motivo más destacado de esa debacle.

Si bien Marcelo Gallardo y algunos integrantes de la comisión directiva sentían una cierta comezón cuando escuchaban la palabra "cansancio", lo concreto es que el entrenador terminó reconociendo con hechos que lo expresado era real: en el partido más importante que tenía que disputar en el marco del torneo local, se volcó por poner en cancha una formación conformada por casi todos suplentes. Sí, eligió a los juveniles para dirimir las posibilidades de pelear por el título.

No es que se haya vuelto loco ni nada por el estilo. Está claro que el Muñeco es lo suficientemente inteligente como para interpretar qué es lo mejor para su equipo. Por esto, de la evaluación de las últimas presentaciones del Millonario entendió que los titulares necesitaban descanso. Como conocedor del mundo riverplatense, otra de las cosas que comprendió fue que todos los hinchas quieren eliminar a Boca, esa es la prioridad, entonces, para definir la fase en el Monumental deberá tener a todos sus soldados bien descansados.

Este domingo casi mágicamente aprendió a la perfección el significado de la palabra "rotación". Después de haber sacado dos puntos sobre nueve en disputa (con la derrota en Avellaneda son dos de doce). Quizás lo aconsejable hubiese sido que la practicase antes, así no tenía que hacerla en forma tan abrupta. Con los hechos consumados y ya sin la punta del campeonato, da la sensación de que no estuvo rápido de reflejos en los compromisos anteriores de River. No en este, porque, como marcamos, la serie con Boca es demasiado trascendente como para dar ventajas.

La gran pregunta, es: si bien se trata de intérpretes distintos, ¿podrá influir en el rendimiento del Superclásico la nueva derrota? A priori todo hace suponer que no. Porque los titulares poseen la suficiente experiencia como para comprender que cada competencia tiene que transitar por un carril distinto, junto con sus emociones positivas y negativas. Eso sí, también saben se viene un choque "sin red". La gente puede perdonar perder un campeonato en la fecha 17, pero lo que tardaría en digerir sería una eliminación a manos de su archirival.

Para volver a ser River deberá retomar sus convicciones. Y esperar que las piernas respondan al mandato de la cabeza. Tendrán que jugar con la intensidad y contundencia de las primeras presentaciones, a lo largo de las cuales se transformó en el equipo sensación y se llenó los oídos de elogios. Recuperar la memoria, entonces, es la consigna que tiene a corto plazo. Porque la inminencia de las definiciones lo deja sin margen de maniobra. Desempolvar ese fútbol dinámico, de rotación, sin posiciones fijas de mitad de cancha hacia delante, explosivo, serán los tips a cumplir para ser en de antes. Si lo hace con éxito, podrá perpetuar su tranquilidad, si no, la catarata de elogios que recibió en este tiempo se le vendrá encima como un boomerang...

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BUENOS AIRES -- Llega un momento en el cual las piernas no dan más y hay que usar la cabeza. Porque todo lo que el cerebro ordena, el cuerpo lo cumple con reticencias. Conclusión, se debe dar un golpe de timón para seguir en competencia. Una ecuación tan obvia como inevitable.

A consecuencia de la seguidilla de partidos, River no llegaba al primer Superclásico semifinal en el marco de la Copa Sudamericana, con la misma condición de favorito que había ostentado en el campeonato local, por esto es que Marcelo Gallardo no lo dudó y modificó el esquema táctico: nada de salir a buscar y descompensarse, poca presión alta como para cuidar el físico, mucha actitud. Así fue como el Millo se calzó el overol y trabajó como nunca en el semestre un partido. Desde el sacrifico, desde la lucha, quizás resignando lo que era su valor agregado hasta el momento: el fútbol vistoso.

Un clásico y de Copa, imposible que no haya pierna fuerte, fricciones, discusiones, peleas. Hay mucho en juego como para no ponderar determinados aspectos que, aunque no vuelvan más bello el espectáculo, son condimentos típicos de un choque con tanta historia. La consecuencia lógica fue un cero a cero y un enfrentamiento con pocas llegadas de peligro en ambos arcos.

River sabía que la fase se dirime en 180 minutos y que le toca definir la historia en su casa, quizás por eso el esquema implementado por Gallardo. A esto hay que sumarle que Teo Gutiérrez y Carlos Sánchez venían de jugar con sus respectivas selecciones (con viajes incluidos) y que a último momento se le sumó la baja de Rodrigo Mora, por un virus intestinal.

Por todo lo narrado es que el semblante en el mundo riverplatense en el post partido de la Bombonera, reflejaba optimismo. Saben que en su casa todo puede cambiar y que allí saldrán a buscar el resultado con la vehemencia y la intensidad que River nos tiene acostumbrados.

Quizás fue la necesidad la que llevó al entrenador Millonario a arriar por unos días una de sus más preciadas banderas (la del buen fútbol). ¿Criticable? No, porque se trata de una llave eliminatoria que, además, tiene todos los condimentos negativos que ya fueron contados. Sí pasará a ser un error si decide aferrarse a ese sistema en la revancha, ahí Gallardo estaría tentando a la suerte casi de manera prepotente.

Si bien desde esta columna siempre ponderamos el juego vistoso y la entrega permanente, el fútbol tiene matices. Por eso pueden cambiarse sistemas sin ningún temor, el tema es que un buen resultado coyuntural no lleve a modificar una idea. Y todo invita a penar que con River esto no ocurrirá, que volverá a sus fuentes y dentro de siete días en el Monumental buscará regresar al sendero del toque, del fútbol de ataque, de presión, de desborde por las bandas, de voracidad ofensiva. Si esto sucede estará refrendando una idea inteligente. De lo contrario, entraría en una mezquina vorágine que podría dejarlo con las manos vacías.

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BUENOS AIRES -- Ya fue señalado en más de una oportunidad a lo largo de las diferentes entregas: cuando un equipo anda derecho, todo sale bien. Los que nunca hacen goles empiezan a meterla, los futbolistas menos destacados rompen la mediocridad y cumplen con tareas épicas, el entrenador hace modificaciones que terminan por otorgarle un resultado positivo, etc, etc. Todo es color de rosa y los cuestionamientos siempre se miran desde lejos.

Pero nada es eterno y a todos les cabe las generales de la ley. River cosechó apenas dos puntos de los últimos nueve disputados, con el agravante de que los dos compromisos finales los jugó en su casa, y ahí fue derrota (ante Estudiantes) más empate (contra Olimpo). Con una salvedad y es que no sólo los resultados fueron desalentadores, sino, y esto es fundamental, no está apareciendo su fútbol atildado y desequilibrante, ese que lo puso como equipo sensación en la primera parte del semestre. Ahí es donde se encienden las alarmas.

Explicaciones se escuchan muchas, que los equipos ya le tomaron la mano, que los juveniles no asumen protagonismo cuando les toca ingresar, pero más allá de determinados factores hay uno que es preponderante y tiene que ver con lo físico. Marcelo Gallardo no apeló tanto a la rotación. La sucesión de buenos resultados los tentó a no hacer demasiado recambio y eso a la larga se paga. Más aún si se implementa un sistema táctico que demanda tanto esfuerzo del cuerpo.

Y hoy, con un recorrido largo sobre sus espaldas, hay jugadores que están sintiendo el trajín de jugar dos veces por semana. Eso se observa en su juego. Muchos dirán que es presentar un escenario demasiado apocalíptico para un equipo que perdió un solo partido en la temporada. No es la idea. Sí, en cambio, marcar aspectos que ya se venían vislumbrando. La rotación y el posible escenario complicado desde lo físico era algo que se lo colocaba como uno de los adversarios más complicados de enfrentar en el mediano plazo. Hoy ese momento llegó y las consecuencias están a la vista.

Es innegable que la inminencia del Superclásico le otorga a cualquier detalle una magnitud mayor. Y es lógico porque ese partido, más aún cuando es eliminatorio y correspondiente a la semifinal de una copa internacional, potencia con la misma intensidad tanto lo bueno como lo malo. Tampoco hay que se injustos. Más allá de que Gallardo haya tenido (o no) la íntima convicción de que les iba a dar el físico para las dos competiciones, no se debe soslayar que el plantel de River tiene bien diferenciado quiénes son los titulares y quiénes los suplentes. No es un equipo largo. Aunque en el discurso el entrenador haya dicho que para él no existían los titulares ni los suplentes, los hechos demuestran claramente que si hay un equipo principal y un grupo que viene algunos escalones atrás.

Es la merma futbolística la que lleva a pensar en un futuro complicado. O al menos no tan próspero como se imaginaba hace algunas semanas. Los diez días que se vienen serán determinantes: Boca como visitante, Racing (por el certamen local) y la revancha antes el Xeneize, colocarán a River hacia un rumbo definido. Si no tiene un final feliz no será motivo para condenar a un proceso, pero sí sacará a la luz errores de estrategia, logísticos. Pero claro, si se corona con una vuelta olímpica Gallardo podrá hacer las correcciones en un contexto de mayor tranquilidad. Se viene la fase del "todo o nada", y el anhelo del Millo hoy se topa con una realidad que hace poco tiempo atrás parecía impensada....

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El final del invicto

Actualizado el 13 de noviembre de 2014
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- A lo largo de los últimos partidos jugados por River, siempre hemos destacado el amor propio como valor agregado de un equipo que venía sufriendo el desgaste por la seguidilla de compromisos. Un plantel corto, con escaso recambio de características parecidas a los titulares, obligaron a Marcelo Gallardo a posponer en más de una oportunidad a una necesaria rotación. Así fue como el técnico decidió darle descanso a una porción mínima de futbolistas. En este contexto, la merma de rendimiento se hacía notoria. Pero siempre esa convicción y ganas de ir para adelante lo fueron salvando de lo que parecían ser seguras derrotas.

Todo esto obliga a mirar la realidad de manera objetiva, y de esta se desprende que no llama la atención que River se haya quedado en 31 partidos el invicto de no conocer la derrota. Para Estudiantes la tercera fue la vencida. Después de haber perdido en los dos choques de Copa Sudamericana, el Pincha se tomó revancha y le recordó al Millo que es un equipo terrenal, capaz de caer en peligrosos vaivenes. La noticia es que River perdió. Y la verdad es que no sorprende. Por el contrario, los flojos partidos que venía disputando (de los últimos 13 en 10 arrancó perdiendo) eran una invitación a que pensemos que esa costumbre de ganar tendría una corta vida. Eso ocurrió finalmente. Un equipo con una diferencia táctica importante respecto de lo que venía haciendo (marcó con tras en el fondo) y con futbolistas ausentes (porque deben representar a sus selecciones o porque les dieron descanso), no estuvo a la altura de lo que venía desplegando el puntero del campeonato. Y ya expresamos en diferentes entregas que los suplentes no tienen el funcionamiento de los titulares. Son habilidades casi antagónicas. Algunos acompañan bien, pero aún les falta una vuelta de rosca para ser ellos los que tengan en sus pies la posibilidad de modificar el rendimiento.

La derrota previa sufrida por Lanús a manos de Tigre, dejó dos interpretaciones abiertas: una, la que se manifiesta por lo bajo, y es que River dejó pasar una posibilidad notable de afianzarse en la cima del campeonato. Y la otra, que muchos optaron por erigir, que dice que es mejor perder cuando lo mismo le sucede al inmediato perseguidor. Lo concreto es que continúa al tope de las posiciones y que su escolta no le acortó la brecha. Pero más allá de especulaciones y otras yerbas, lo que la gente quiere es que River vuelva a ser River en los partidos con Boca, por la Copa Sudamericana. Ese es el sueño, el anhelo, el deseo, la exhortación. Al hincha los títulos le interesan, pero mucho más eliminar a Boca. Por eso, cuando escuchan que el próximo oponente es Olimpo y no el clásico rival, enseguida empiezan a imaginarse en sus mentes lo que podrá suceder. Inclusive algunos, cuando se retiraban del Monumental tras haber resignado el invicto, sugirió que no era malo perder ahora, porque podría ser una alarma para despertar en el Superclásico. Lo destacado es que Estudiantes terminó con el invicto de River, ahora habrá que ver sí eso lo revitaliza y motiva de cara a lo que se le viene...

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BUENOS AIRES -- Con el final de temporada ahí a la vista, comienzan a surgir algunos temas de preocupación para cualquier equipo que esté afrontando con posibilidades ciertas dos competencias: la rotación se vuelve algo inexorable, y, de la mano de ella, la merma del funcionamiento también se transforma en un tópico imposible de esquivar.

Porque son muy pocos los clubes del mundo que tienen titulares y suplentes de la misma jerarquía. Y River no escapa a esa regla.

En cada puesto que Marcelo Gallardo decide cuidar, la diferencia de rendimiento, por lo general, es notoria. De hecho para jugar ante Vélez en Liniers, el técnico ordenó cinco modificaciones respecto del once que le había ganado a Estudiantes en la Copa Sudamericana, y esa transformación de casi medio equipo se vio reflejada en el juego. Al punto de que fueron muy pocas las veces a lo largo del semestre en las cuales River dio una sensación de vulnerabilidad tan grande como la que se vio en el primer tiempo en Liniers.

Previsible e inevitable que eso suceda. Porque sostener el ritmo de dos partidos por semana con la intensidad de juego que propone el Millonario sin hacer una rotación, redundaría en una historia sin final feliz. Por esto es que le está costando cada vez más resolver sus pleitos. Lo que hace algunas semanas era sencillo, hoy se transformó en trabajoso. Con el agravante de que River se convirtió en el equipo a vencer, con lo cual sus rivales redoblan esfuerzos cuando lo enfrentan. Sería algo así como el lado oscuro de ostentar un invicto.

Si bien hay cuestiones técnicas y tácticas que no necesitan de una verificación empírica, Gallardo se llevó de Liniers una idea irrefutable: si hay un jugador imprescindible para el esquema del Millo, ese es Leonardo Pisculichi. Es el alma futbolística del equipo, el conductor, el que abastece, el que hace jugar, el cerebro. Sin él dentro del campo, aunque parezca desmedido, River se vuelve previsible y vulgar. Sin exagerar, son dos equipos distintos cuando Piscu está y cuando no. Y el técnico no tiene a otro futbolista de características similares al cual acudir a la hora de darle descanso.

Por eso su ausencia la siente, la sufre, la padece. Gallardo probó con el chico Lucas Boyé rotando posiciones con Teo Gutiérrez, retrasándose ambos en forma alternada para tomar el balón en tres cuartos, pero ninguno de los dos mostró la aptitud del ex hombre de Argentinos.

Pese a todo, como River es un equipo que está muy fuerte de cabeza y que posee la plena convicción de que atacando puede cubrir cualquier falencia, es que no dejó su invicto en el Fortín. Ahora suma 31 partidos sin conocer lo que es ser derrotado y alcanzó la cifra más alta de su historia, igualando la marca del año 1922. No es poco, más aún si tomamos como contexto un fútbol actual que se caracteriza por su notable paridad. Y pensar que cuando renunció Ramón Díaz, aún paladeando el título de campeón, todos conjeturaban sobre la mochila que iba a tener que acarrear el entrenador que se hiciese cargo. Con ese supuesto estigma llegó Gallardo y trajo a River hasta estos días donde tiene abiertos dos frentes de pelea. Además todos hablan de la forma en la cual llegó hasta este envidiable sitio. Un escenario impensado. Pero real. Y sí, podríamos decir que "Gallardo lo hizo".

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