BUENOS AIRES -- No voy a ser yo quien descubra el talento de Novak Djokovic. No seré quien describa la calidad de sus golpes, muchas veces lacerantes, siempre inteligentes.
San La Muerte: este año, en París (Getty Images)
No repasaré su crecimiento, su transformación desde ese espigado adolescente que auguraba tempestades a este hombre formado desde los hombros que no se inmuta y resuelve, que juega en velocidad, que se mueve en carpeta con la comodidad de pocos. No jugaré el juego del elogio, menos ahora. Djokovic es el campeón de París, ganó un Masters 1000. Felicidades.
No seré yo.
Pero quiero hablar de Djokovic. Quiero hablar, por ejemplo, de cómo entró a la cancha en el primer duelo de este torneo que supo llevarse. Quiero hablar de esa máscara mortuoria que -casi en coincidencia con la noche de brujas- él supo llevar. Quiero hablar de este fantasma de la ópera tenística.
Quiero hablar de sus imitaciones a jugadores y de aquella otra máscara, un antifaz, diría, que el mismo muchacho se calzó para generar una evidente imitación del mítico avispón verde y -calculo- para robarle una sonrisa a la muchachada parisina.
Quiero hablar de su rol, de su autoimpuesto rol, de su evidente rol de bufón en un circuito que lo quiere tanto por su simpatía extratenística como por su rendimiento en los courts.
Y quiero todo esto porque quiero explicarme. Necesito entender. ¿Por qué, Djokovic? ¿Por qué la risa, por qué ese lugar? Hasta su apodo, apodo marketinero, extranjero, anglófilo, lejano a un serbio, agiganta la curiosidad: Djoker. Le dicen. Por similitud fonética: Joker. El bromista. El bufón.
Me respondo solo, y pienso en la ciclotimia. Pienso en los tiempos de guerra de su Serbia infantil. Pienso en los inviernos de guante y campera en los que, acompañado
de Ivanovic, Jankovic y Tipsarevic, forjaba una camada ganadora entrenándose en una piscina vacía por la falta de canchas en Belgrado.
Pienso en Múnich, y esos dos años que pasó lejos de su familia en una academia de tenis. Ahí lloraba. Muchas veces lo declaró: pienso en el contrario del llanto. El rey de la risa. The Djoker.
El avispón verde, o algo así, en 2008 (AP)
Pienso en su actuación: hace de Sharapova, de Roddick, de Nadal. Avisa: "Tengo nuevos personajes". Pienso en su propia identidad, en cómo de jovencito buscó la nacionalidad británica seducido por los bares de una Inglaterra que él mismo venció en la Copa Davis.
Pienso en el liderazgo temprano que ejerció en medio de sus compatriotas: hace tres años los juntó y les prometió que alguno de ellos ganaría un Grand Slam antes de terminar 2008. Fue él quien lo logró, cuando se coronó en Australia.
Pienso en Federer, en Nadal, en su espera como número tres del mundo. En sus victorias y en sus derrotas. En la frustración de no poder trepar. En la sensación de estar en el podio de la idolatría, con la certeza de que hay obstáculos insuperables.
Pienso que desde el humor buscó batallar para encontrar un lugar único. Pienso que -sin descuidar su estilo en la cancha- logró que lo identificaran como un hombre simpático, que lo quisieran por sus chascarrillos, que le pidieran muestras de talento teatral, pruebas de circo.
El poeta mexicano José Emilio Pacheco lo dice mucho mejor de lo que hubiera podido decirlo nunca: "Ante el agobio de la desventaja/ queda la alternativa de ser bufón o ermitaño./ Pero, indolente,/ como soy o como me hicieron,/ preferí volverme invisible".
Djokovic no es indolente. No es invisible, tampoco. Y, agobiado por un mundo en el que Federer es Federer, en el que el tenis tiene mandamases, veteranos, Safines, vedettes, amores, elegidos y Nadales, el serbio ya ejecutó su elección.
SLIEMA -- Jugó, perdió, saludó. Se fue. Sin estridencias. Sin nostalgia evidente. Marat Safin dejó la cancha en un Grand Slam por última vez. Fue tras su derrota ante Jurgen Melzer por la primera ronda del US Open. Caminó despacio, y nos dejó a nosotros, a todos nosotros, los fanáticos del tenis y su tenis, los perseguidores de talentosos con rabietas, los apostadores del carisma, los detractores de la perfección, con el corazón un poco vacío.
El último saludo de Marat en un Grand Slam (Getty Images)
Se va porque se cansó. Y es lógico. La realidad es que Safin siempre pareció padecer el tenis más de lo que pudo disfrutarlo. Es justo decir, brevemente, que este ruso contó desde el principio de su carrera con unas herramientas naturales y un talento absolutamente fuera de serie. Siempre fue un dotado: su revés, impresionante; su adaptación a las superficies, impecable; su potencia, inmejorable.
Su cabeza resultó siempre el problema.
Pero al mismo tiempo, fue siempre un problema que lo convirtió en encantador: ¿o acaso no nos emocionamos con sus gritos, con sus lágrimas, con sus rupturas de raquetas, con sus victorias inesperadas? ¿O acaso no nos encantó con su diatriba en inglés, en español, en ruso, con su cara de galán de novelas?
Además... un problema...
Leo esa palabra e imagino lo subjetiva que es su definición. Safin fue número uno del mundo (un mérito que le llegó a destiempo: demasiado temprano en su carrera), ganó dos Grand Slams. También la Copa Davis. Pero muchos pensaron que iba a ser Federer. Y él fue Safin.
¿Qué significó ser Safin?
-Significó ganar un primer Grand Slam justamente en la Nueva York de su retiro ante el inmenso Pete Sampras. Y que en la conferencia de prensa celebratoria por esa victoria llegara un carrito con bebidas, disparador de una pregunta: -"¿Te vas a emborrachar esta noche?"- y de una respuesta -"Entre nosotros, espero que sí"-.
-Significó terminar ese mismo año del milenio con siete títulos individuales (tuvo 15 en su carrera), y los dedos del mundo señalándolo como la nueva estrella indiscutida y naciente de un tenis mundial que necesitaba recambio.
-Significó vencer a Roger Federer en la semifinal de un Abierto de Australia, en 2005, en el que pocos apostaban por él. Y ganar ese título, su último gran éxito individual antes de consagrarse con Rusia en la Davis al año siguiente.
-Significó bajarse los pantalones en una cancha de tenis. Y que el mundo dude de su cordura. Y que lo vapuleen por ser poco serio. Y poco dedicado.
-Significó ser el hermano de una joven número uno del mundo dedicada cien por ciento al tenis y que su coach, Ion Tiriac, realice una de esas odiosas comparaciones: "Si Marat hubiera tenido el 10 por ciento de la dedicación de Safina, hubiera sido número uno del mundo por 10 años. Ahora, si Safina tuviera el 10 por ciento del talento de Marat, sería número uno por 10 años".
-Significó que la propia Dinara, su protegida tenística, declarara en público: "A veces no entiendo a mi hermano".
-Significó que un compañero de vida y de equipo como Dimitry Tursunov, remarcara lo obvio. "Quizá le fue así de bien porque no se lo tomó en serio. De otro modo habría estado demasiado presionado, demasiado rígido. Él nunca pidió su talento. Es una pena que todo el mundo intente meter su nariz en la vida de Marat, que todo el mundo tenga una opinón. Pero él no piensa que su vida haya sido un espiral descendente. Y la mejor parte es que realmente no le importa ni un poco".
Ayer se fue sin despedirse, con un leve saludo y un partido que no alcanzó.
BUENOS AIRES -- Cualquier halago, cualquier metáfora, cualquier adjetivo y cualquier figura retórica que se pueda blandir, incluso inventar, para definir un momento como el que vivió Roger Federer al coronarse en Wimbledon será -como mínimo- incompleta.
Aún peor: queda en riesgo de volverse un argumento reiterativo, cursi o banal. Habrá que evitar cualquiera de las tres cuestiones.
Así que, en cambio, tengo una propuesta.
Desde bien chico presencié homenajes reiterados desde deportes varios a los máximos exponentes de una camiseta. El retiro de la casaca número 10 de la selección argentina de fútbol, por ejemplo, para inmortalizar a Maradona. O bien la preservación definitiva del jersey 23 de Chicago para que nunca nadie vista como lo hizo Michael Jordan.
Estas disciplinas de equipo lograron con bastante éxito materializar una sensación popular: la idolatría. Llevar a cabo un tributo no tiene que ver solamente con la tradición deportiva, con el reconocimiento institucional o con la excelencia en el rendimiento. Está ligado, además, con ese vínculo insondable que tienen los genios con sus seguidores.
Quizá sirva como ejemplo una pequeña escena del norte de Buenos Aires. Apenas terminó el partido de Federer contra Roddick, una ovación sostenida explotó en los departamentos vecinos al mío. Deben haber sido cuatro, cinco o diez muchachos que gritaron como si fuera un pariente el triunfo de un suizo a 13 mil kilómetros de distancia en un partido de tenis. Ese tipo de ilógica debe tener un premio.
Yo digo que retiren el número de Federer: el número uno. Que desaparezca el número uno del ránking mundial. Quitemos ese escalón. Que el mejor, a partir de ahora, sea el número dos. Y que Federer sea siempre el uno.
Lo que está en el pasado, es pasado. McEnroe, Connors, Borg... incluso Safin. Ellos fueron número uno. Pues bien, yo digo que mantengan su condición de ex, y que representen una época del tenis que pasa a estar extinta.
De ahora en adelante no existirán más. La dinastía se acaba aquí, porque hemos encontrado eso que tanto estábamos buscando: un uno para siempre.
Que de aquí en adelante no queden dudas cuando se habla del número uno del mundo. Que no se discuta nada, nunca. Que el problema de si este hombre de Basilea es o no es el mejor de la historia quede zanjado con una decisión institucional.
Federer, uno. Para siempre.
Me dirán que es ridículo, que es imposible, que es castrador: ¿Y si en el futuro aparece alguien que es aún mejor que Roger? ¿No superó él a Sampras, que había superado a Borg? ¿No pasó él mismo los récords de Laver, que tan perennes parecían?
Admito en este punto el flanco débil de la teoría.
Pero qué importa, muchachos. Nosotros homenajeemos. Si aparece uno nuevo veremos qué hacer.
BUENOS AIRES -- Este Wimbledon parece tener adjunto cierto sentido de justicia, tanto actual como retrospectiva. Es que, más allá de la ausencia de Nadal, y del avance aterrador del antiestético Ivo Karlovic, el torneo inglés parece haber premiado a esos jugadores que mejor tratan (o, de alguna forma, han tratado) al césped a lo largo de su vida.
Es que algo caprichosamente, el campeonato más tradicional del tenis nos ha tirado en la cancha a dos camadas definidas: los de antes, los de hoy. Hay algún infiltrado, pero en síntesis hay ex números unos, fúturos números unos y top tens actuales y de antes. Quizá sea eso lo que está haciendo de este torneo algo tan atractivo. Es un campeonato que -en estética y costumbres- manifiesta su pasión por un pasado perdido, un torneo retro en el que sus aficionados se visten de Pat Cash o Johny Mac. Un torneo en el que jugadores que brillaban hace 10 o 7 o 5 años hoy juegan como si brillaran todavía.
De cara a los cuartos de final, hacer pronósticos sería temerario. Sería insano, poco profesional. Es por eso, justamente, que lo voy a intentar. Un poco de futurología, adivinanza, pasto para aquellos lectores que aman insultar cada uno de los errores en los pálpitos, sin importar la justificación. Basta de conservadurismo sin sentido. Hay que jugar un poco. Después de todo, su reacción indignada de receptores cuidadosos es tan arbitraria como mis anticipos. Así que, allí vamos, invitándolos a que ustedes también dejen sus pronósticos y sus razones. ¿Y si me equivoco? Bueno, no será la primera vez que me haya equivocado. Vamos uno por uno, en orden de ránking.
Federer vs. Karlovic: No hay que menospreciar al enorme sacador croata (dicho sea de paso: Ljubicic, Ancic, Cilic y Karlovic, equipo temible para una serie de Davis sobre superficie rápida): es imposible tomar a la ligera a un muchacho que logra casi 40 aces por partido como promedio. Sin embargo, no parece haber una manera de que el altísimo Ivo pueda frenar la marcha triunfal de un suizo que viene aceitado, motivado y tan talentoso como siempre. No imagino, por ejemplo, cómo haría el altísimo Karlovic para devolver con éxito y sin molestias los tan variados y tan eficaces tiros con slice que juega Roger. Tampoco lo veo quebrándole el servicio al número uno del tiempo.
Si ustedes siguieron en detalle el último partido del gigante croata, habrán notado que Verdasco tuvo varias oportunidades para quedarse con el cuarto set, que finalmente cayó en manos del ganador. Federer no dejaría pasar esas oportunidades, de eso no tengo dudas. Y aunque Ivo tira como una mula con su servicio (y a veces también con su drive) no lo veo dúctil como para lastimar a Fedex.
Para mí, el suizo lo limpia en tres sets, con posibilidades certeras de que sean tres tie breaks. Quizá se jueguen cuatro, pero no más.
Murray vs. Ferrero: El mosquito es uno de los históricos premiados por el viejo infierno verde: el ex número uno del mundo recibió un wildcard, viene jugando bien y sabe de qué se trata moverse sobre pasto: de hecho, estuvo en cuartos de final de este mismo torneo hace dos años, y cayó con el que sería campeón, Federer, tras sacarle un set. ¿Y entonces?
Creo que Murray está pasando un momento excepcional. El partido que jugó ayer fue una prueba tanto física como mental para un jugador que tiene tanta presión como aliento. El hecho de nunca haber ganado un Grand Slam, y de intentar lograrlo en casa, podría haber tenido un efecto perjudicial en su juego. Sin embargo el escocés se desempeñó en forma casi perfecta hasta ayer, y su sufrimiento ante Wawrinka -creo yo- lo dejó fortalecido y con pocas ganas de confiarse.
En cuanto a las caracterísiticas de juego de cada uno, no veo un golpe en el que se saquen grandes diferencias. Sí pienso que -aunque esta semana Ferrero fue más ofensivo- las devoluciones de Murray junto a su excelente movilidad le dan una ventaja a priori.
Y aunque el español -que jugó bien durante todo el año, hay que decirlo- seguramente querrá demostrar que su talento es algo vigente, y no pasado como se sospechaba, sostengo que la victoria será del británico.
Digo: Murray en cuatro. Pero nada cómodo.
Djokovic vs. Haas: Quizá el duelo con pronóstico más cerrado. En cualquier otro momento y en cualquier otra superficie, Djokovic sería favorito sin pestañar. Pero Haas es otro de los muchachos que está firmando una resurrección. Tras su excelente Roland Garros -perdió con el campeón- entró a Wimbledon lleno de confianza y entre mañas y malicias pasó incluso los desafíos más difíciles (léase Cilic, en cinco sets).
Físicamente está pleno y se lo ve seguro con cada golpe. Es ofensivo y regular. Eso puede molestar a Djokovic que -sigo insistiendo en este punto pese a que gana sus partidos- es muy ampuloso en cada uno de sus movimientos. Arma cada golpe demasiado largo, y eso le quita tiempo ante una pelota que en césped no corre ni pica como en las otras superficies. Hasta ahora me viene cerrando la boca. Así que intentémoslo de nuevo.
Digo Haas en cinco, probablemente 10-8 en el último. Muy parejo y con posibilidades de ir para cualquiera de los dos lados.
Roddick vs. Hewitt: Este es el partido icónico de la nostalgia, y por supuesto el que más expectativas despierta (al menos en mí). Dos ex número uno, dos ex finalistas de Wimbledon (uno campeón, el otro multifinalista), dos que vienen jugando excelentemente bien.
De Roddick queda poco que decir: su saque es inigualable -no sólo en potencia- desde que le agregó efectos y dirección en desmedro de su apabullante velocidad, que continúa siendo apabullante. Su derecha está corriendo y con el revés ya no es tan inconstante como antes. El problema parece seguir siendo la volea: siempre hace demasiado swing hacia atrás, cuando debería dejar quieta la raqueta. Por lo demás, no sube tanto a la red...
Hewitt es el que más ha sorprendido con su vuelta a los primeros planos. Jugó bien desde enero, en aquella Copa Hopman de escasa convocatoria que lo vio brillar en un par de partidos difíciles, sobre cemento. En Roland Garros amenazó a concretar algo grande pero se topó con un Nadal intratable que lo barrió.
Ahora viene por los fueros perdidos. Sumó dos victorias impactantes. Ante Del Potro, por supuesto, pero sobre todo ante Stepanek, a quien venció en cinco sets tras perder los primeros dos. Y destaco ese triunfo porque se basó en su propio mérito. Fue él quien ganó el partido en base a devoluciones impresionantes y disparos que supieron cómo y dónde lastimar.
Su forma de pegar, plano, hacia abajo, hace mucho daño en césped. Igualmente creo que el partido se inclinará para el lado del estadounidense. De todas formas, y aunque los dos estén mental y anímicamente en alza para mí, Andy está firme y con la cabeza madura. Además de tener las piernas más frescas que su rival.
Digo Roddick en cuatro sets. Y que Wimbledon me ayude.
BUENOS AIRES -- Wimbledon es un lugar especial, de eso no hay dudas. Desde la superficie en adelante, está lleno de pequeños detalles que lo transforman en excepcional. Pero diría que hay una característica distintiva que marca cada una de sus particularidades: la tradición.
Serena y su blazer a la inglesa. Cool e inútil (Getty Images)
El torneo es lo que es, vale lo que vale, por ser tradicional. Por ser el más tradicional, diría. Por ser único en su especie. Y es que, además de haber acumulado años de altísima gloria, los organizadores del viejo infierno verde supieron explotar al máximo todo lo que rodeó desde siempre las gradas de Londres. El torneo supo, para decirlo de alguna manera, armar un marketing de su propia tradición. Todos se visten de blanco, los postes son de madera, los umpires andan de verde y violeta, los jueces de línea usan sombreros de ala ancha y en los alrededores se vende champagne o frutillas con crema.
Con el paso de los años, el exceso de antigüedad se transforma en una cualidad definitivamente redituable, y Wimbledon explota a fondo la nostalgia.
Quizá por eso nos resulta tan hermoso verlo a Federer, representante estético de un tiempo perdido, de maneras simples y lujos funcionales, precalentando en sus partidos con un pantalón largo y ceñido, y con un chaleco que -en el colmo de la coquetería- no es blanco, sino beige.
La emoción va de la mano de estas cuestiones escenográficas. No hay ningún otro lugar en el que Federer pueda salirse con la suya usando un saco cruzado, así clarito como el que usa, para entrar en la cancha.
Los nuevos zapatos de Federer (Getty Images)
Este año Roger incorporó una novedad: unos zapatos con el logo de su marca estampado en el talón izquierdo, y una copa wimbledoneana bordada en el derecho. El detalle, un número cinco en medio de ese trofeo, que simboliza la cantidad de títulos del suizo en el pasto británico.
Entre las chicas, Serena Williams estrenó un tapado largo con el que entra y sale de la cancha. Calculo que tendrá que ver con el frío o con la lluvia, ambos tan londinenses. Hasta ahí entiendo la lógica, pero la muchacha también usa el abrigo durante el peloteo. Raro. También tuve oportunidad de verla, tras ganar su partido de primera ronda, gastar unos diez minutos en volver a ponerse el tapado, abrocharlo, tirarse al hombro un bolsito misterioso (en el que jamás sabremos qué lleva) y su raquetero, para ir al vestuario.
Ahora la pregunta del millón: si está yéndose a bañar, ¿para qué se pone el tapado? La respuesta es obvia, sí: publicidad. Pero hay maneras.
Me dirán que no es novedad. Que Nadal ya usó una espantosa remera en Roland Garros -esa en la que llevaba tachados los años en los que se había coronado-. Podrán alegar también que Sharapova inaugura en cada Grand Slam -más que nada en el US Open, que se juega por la noche-, algún espamentoso vestido elegante sport. O que la propia Serena ya había usado un bolso en el Abierto de Australia, este año.
Sin embargo, aquí la lógica es otra. La cuestión es buscar una regresión estética, un look retro, una imagen vintage. Algo acorde a la paquetería que simboliza ese estilo W.
Es una fina línea la que va desde allí al ridículo. Federer sabe caminarla. Serena, no.
BUENOS AIRES -- El comienzo de la temporada de césped marca también la inauguración anual de una lógica distinta. Durante dos semanas, algunos factores agigantan su influencia -como el servicio- y otros comienzan a sumar importancia tan sólo por el cambio de superficie. Si uno sabe correr la cancha y logra buena movilidad sin patinar, entonces tiene ventaja. Si uno maneja el slice, bajo, veloz, agresivo, entonces tiene ventaja. Si uno tiene tiros potentes -que quizá no son tan lacerantes sobre polvo de ladrillo- entonces tiene ventaja.
Es curioso que cada característica enumerada parezca provenir del catálogo Roger Federer. Pero no es novedad: el suizo es el jugador perfecto para el césped. Quizá le faltaría cerrar los puntos en la red un poco más. Pero es claro que por su técnica depurada y por su momento anímico, el Gran Fedex es tan candidato en este Grand Slam como lo fue en los 20 anteriores.
¿Quién más puede destacarse en el torneo? (La frase es adrede porque "desbancar al suizo" me parece excesivo). Van los que, para mí, en orden de importancia, pueden alcanzar instancias finales en el pasto inglés.
1. Andy Murray. Parece obstinado, ¿verdad? ¿Por qué se habla tanto de un hombre que en Grand Slams no puede plasmar lo que logra en otros momentos del calendario? Porque tiene un talento descomunal, y bien propio. Este muchacho alimenta día a día la tentación de compararlo con Johny McEnroe. Le falta temperamento, es cierto. Y mucha sopa para llegar a ser lo que fue el americano. Pero obsérvenlo jugar. Pega empujando la pelota, como sin esfuerzo. Tiene una aceleración explosiva en la derecha cuando decide jugar ángulos y un revés con el que decididamente hace lo que quiere. Si esta semana se atreve a arriesgar un poco más y a cerrar la red para sacar partido de sus tiros de fondo será el contrincante más peligroso para Federer. Sé lo que están pensando: final del US Open, año pasado. Y, sí. Yo estoy pensando lo mismo. Pero el escocés ya le ganó alguna vez al número uno del tiempo. Podría hacerlo de nuevo. No digo que lo hará. Pero podría. Después de todo, es local.
2. Andy Roddick. Sé que a esta altura muchos estarán condenándome por jugar a lo seguro. Pero no puedo evitar que Roddick aparezca en esta lista. Cada día juega mejor. Soy un convencido de que agregó repertorio a su tenis desde aquel momento en que perdió el número uno. Hoy es un jugador más aplomado, con más control desde fondo de cancha, con mayor variedad de golpes y con una cabeza madura. Para colmo, es simpatiquísimo: nunca se lo ve fastidioso, protestón, renegado ni peleador. Nada de Bad Boy. Es un señor. Y juega. Juega. No hace falta que hable de su saque. Sí de su derecha: cuidado. Después de todo Roddick en Wimbledon es el tipo con una racha más parecida a la de Federer en Roland Garros. Si el suizo había perdido tres finales y una semi con Rafa, Andy cayó en dos finales y una semi nada menos que contra Roger, desde 2002 a 2005. Durante los últimos años le costó bastante más. ¿Y ahora? Si le fue tan bien como le fue en Roland Garros, todo es posible.
3. Marin Cilic. Bien. Basta de obviedades. No voy a hablar de Djokovic, ni de Del Potro. Sí, son buenos y todo eso, pero uno debería dejar de hacer movimientos tan ampulososo para pegar cada golpe y el otro debería medir 10 centímetros menos para llegar cómodo a los slices bajitos que se van a cansar de jugarle. Así que Cilic, también alto, altísimo. Con una movilidad envidiable para su tamaño y una potencia de golpes que por alguna razón está pasando inadvertida. Tiene un servicio sólido y toma decisiones inteligentes. Su cuadro podría ayudarlo un poco. Recuerda un tanto a Ancic, pero sería algo así como una versión 2.0, mejorada y actualizada. Si pueden verlo en césped, háganlo. No creo que los defraude. Será, al menos, interesante estudiar cómo se adapta a este torneo que ya lo vio en octavos el año pasado.
4. Tommy Haas. El niño de oro ha vuelto. Este alemán, ex tres del mundo y complicado rival para Federer en Roland Garros, tiene una virtud invalorable en el pasto: su velocidad en el armado del golpe. Es muy difícil desbordarlo por rapidez de pelota. Comete pocos errores y es capaz de desquiciar al más pintado. También juega a favor su experiencia, su excelente momento tras tantos años de impass y su sensación -probablemente permanente a esta altura- de que no tiene nada que perder.
5. Dimitry Tursunov. Es un riesgo, pero cómo le pega a la pelotita... Viene de ganar un título en Eastbourne con mucha autoridad, y si bien es cierto que no tuvo grandes rivales, su nivel fue realmente alto. Tiene potencia en su derecha y buena lectura de cancha. Arriesga mucho, quizá demasiado. Cuando acierta, gana sus partidos. Cuando erra, los pierde. Si fuera un poquito más constante estaría por arriba de lo que está en el ránking mundial. No lo es. ¿Se puede pensar en que gane regularidad durante estas dos semanas? Difícil, pero si llega a tener un buen partido contra un favorito, yo no tengo dudas: se lo va a llevar.
6. Radek Stepanek. Pueden pensar que estoy loco pero miren detenidamente el cuadro y verán que el checo tiene la oportunidad de su vida en Londres. Si hace los deberes, debería llegar sin problemas a la cuarta ronda. Y ahí... ¿Quién sabe? No le falta solidez, es muy versátil con su servicio y tiene un revés que lastima. También jugó en alto nivel en Roland Garros. Y entra en la categoría de "tenista desquiciante": su defensa enloquece a cualquier mortal. Está un paso más abajo que Federer o Murray, claro. Pero puede lograr hacer algo de ruido.
Germán Herrera, futbolista, ¿tiene algo de Nadal? (ESPN)
BUENOS AIRES -- Tsonga se parece a Alí. Sí, claro. Obvio. ¿Cuántas veces se ha dicho?
Llueve en Roland Garros, y el aburrimiento lleva a cualquier destino con tal de aliviar el fanatismo tenístico. Entonces se dispara un juego, como un ejercicio de la estética y el divertimento, entre esos amigos que nunca se pierden los partidos de la ATP. Y se lanza el ridículo.
Federer como eslabón perdido entre Tarantino y Arjona (ESPN)
El siguiente es un ejercicio nacido en el ocio y compartido con afectos, con colegas y con otras personas que también lo hacen sin saber que lo hacemos nosotros: hablo de buscar parecidos entre los tenistas, o buscarles a los tenistas parecidos con famosos, artistas o deportistas de otras disciplinas.
¿Qué más puedo decir? Las imágenes harán su trabajo, por supuesto. Quizá quede destacar que esto es un ejercicio puramente lúdico (por lo cual no hace falta indignarse ni tomarlo seriamente), y pedir -como siempre- la participación de los lectores: son bienvenidos, en los comentarios, a aportar alguna similitud que hayamos extraviado.
¿Hablas conmigo? De Niro joven, Novak Djokovic (ESPN)
También me veo obligado a agradecer al blog www.fuebuena.com.ar, que comparte esta locura de emparejar símiles y aportó desde su página algunas de estas creaciones.
PRIMERO, LOS PRIMEROS
Vamos por orden de ránking: se dice que Germán Herrera, futbolista argentino surgido en Rosario Central, ex jugador de San Lorenzo y hoy jugador de la Liga de Brasil, tiene mucho de Rafael Nadal. Puede ser. Admito que se parecía más cuando era joven.
En cuanto a Federer, es un clásico: todo el mundo sabe que es casi idéntico al Arjona de la primera época. Lo que no sé si es tan popular es su cercanía gestual a Quentin Tarantino. Seguramente seré vilipendiado por esta comparación. Pero la sostengo.
Davydenko y Gaizka Toquero, del Athletic Bilbao (ESPN)
Aún no encontré un duplicado efectivo para Murray, y en cuanto a Djokovic, me apoyaré en los amigos de Fue Buena: ellos sostienen que es igual al Robert De Niro de "Taxi Driver". No lo descarten, quizá las características superficiales nos despisten un poco. No se desanimen: hay que bucear en los detalles.
POR DEPORTE
Sólo voy a nombrarlos, ustedes deciden. Guillermo Cañas es casi igual a Mauro Camoranesi, el jugador de la Juventus y de la selección de Italia.
El ruso Tursunov y Mark Knowles. ¿Quién es quién? (ESPN)
Nikolay Davydenko comparte más que la pelada con Gaizka Toquero, el delantero del Athletic Bilbao que le hizo el único gol del conjunto vasco al Barcelona en la final de la Copa del Rey.
Entre tenistas también se parecen: la más indiscutible semejanza es la del ruso Dimitri Tursunov y el doblista de Bahamas Mark Knowles. Me remito a la evidencia. También se puede agregar a Gastón Gaudio y a Diego Hartfield. Ambos argentinos, ambos apodados "Gato". No es casual.
Willy Cañas se parece a Mauro Camoranesi (ESPN)
Una nueva adquisición en este tema de los parecidos es la del brasileño Franco Ferreiro, emparejado ad hoc con el delantero de Real Madrid Gonzalo Hugaín.
Algunas un poco más arbitrarias: para mi gusto, el ruso Igor Andreev tiene cosas de Zlatan Ibrahimovic (futbolista sueco del Inter) y Feliciano López guarda algunos rasgos -pero algunos, solamente, y con menos evidencia- de Manu Ginóbili.
Una única que tiene que ver con el espectáculo: ¿Paul-Henri Mathieu se parece a Vince Vaughn? Creo que sí, aunque de a ratos.
Aire latino: el brasileño Ferreiro y Gonzalo Higuaín (ESPN)
FANTASÍAS ANIMADAS
Estas son las más difíciles de sostener y de graficar, pero yo puedo asegurar con bastante certeza que Diego Junqueira es muy parecido a Jay Sherman, aquel crítico de cine algo retacón que protagonizaba la serie de dibujos animados "The Critic".
Me han dicho que Stepanek es una mezcla entre Dominik Hrbaty y Gollum, aquel personaje tétrico del Señor de los Anillos. Los invito a imaginar esa fusión...
Un momento particular de la estética de Del Potro (ESPN)
Dejé, adrede, la mejor para el final. Otro aporte de los amigos de Fue Buena. Miren e intenten negarlo: ¿este momento estético de Del Potro no tiene mucho de "Wolverine"?
También podría decir (en un orden mucho más argentino de las cosas) que Eduardo Schwank, tanto como su coterráneo Sebastián Decoud, remiten más de lo que desearían a la caricatura "Shrek", y por propiedad transitiva a Christian Fabbiani, el Ogro, jugador de River.
Por ahora, no tengo más que agregar. Sin embargo, los invito.
BUENOS AIRES -- Gaudio perdió, era casi obvio. Me duele decirlo, pero así es. En el momento en que el cuadro le arrojó a un top 20 como rival de primera ronda se pudo escuchar el gamesetandmatch que dictaminaba su derrota. Fue en sets corridos, ante Stepanek.
Ahora se le caerá al Gato. Se dirá que no es lo que era, que es un pechofrío y todas esas barbaridades baratas que se suelen decir cuando alguien pierde un partido.
Yo no pienso hacerlo.
Más bien tengo pensado rescatar todo lo bueno que arrastra este regreso a París. Iré punto por punto.
1. Entrar en ritmo. Gaudio necesita partidos como este que jugó, contra tenistas de primer nivel real, con velocidad de pelota lacerante y mentalidad ganadora. Está claro que su rival de hoy no tuvo ninguna intención de "sumar experiencia": fue a buscar el partido desde el primer punto. Y, debo decirlo, no lo pasó por arriba a Gastón. Es cierto que fue más, que lo dominó, que lo incomodó. Sin embargo, para mi gusto esta fue una prueba positiva para el argentino: demostró que con la práctica suficiente puede entrar en el nivel del circuito grande. Quizá ya nunca más pueda ganarle a un top 50, pero sin dudas demostró que podrá -en un futuro no tan lejano- jugar de igual a igual.
2. Volver a jugar en un marco ATP. Nada menos que en Roland Garros, además, ese torneo que tanto lo ha alimentado. Creo que anímicamente puede significar mucho para Gaudio volver a ser parte del circo grande, tener una pizca de ese sabor a gloria que significa la alta exposición. Insisto: no se lo vio desbordado, ni nervioso, ni impaciente. Sólo perdió. Era esperable. Pero perdió en el Abierto de Francia. Y no es poco.
3. Entender qué tiene y qué le falta. Un duelo como el que jugó tiene que dejarle una doble enseñanza. Primero, cuáles son sus fortalezas y cómo puede aprovecharlas de ahora en más (su revés cruzado sigue siendo muy bueno, todavía tiene un gran toque, físicamente no tuvo problemas) y cuáles sus defectos (tiene que trabajar mucho con el saque, no debe ser tan lineal en sus ataques) para no repetirlos.
4. Mostrar y mostrarse que su talento es útil. ¿Seguirán sirviendo mis drops? ¿Y mis globos? ¿Y mi forma de jugar? El tenis cambió mucho desde que Gastón salió campeón de Roland Garros, pero la respuesta es sí: la habilidad continúa siendo un arma funcional. Si a eso se le puede agregar un repertorio sólido de golpes de fondo, entonces habrá mayores chances de retornar a los puestos más altos del ránking.
5. Comprender que existe un proceso que cumplir. Muchos tenistas creen que van a volver del retiro y van a empezar a ganar partidos como si nada. Eso no es así, no puede serlo. Quizá haya funcionado más o menos de esa manera entre las mujeres, pero el circuito masculino es ultracompetitivo y pasa factura siempre a aquellos que deciden tomarse un tiempo sabático. Gaudio dijo un par de veces que él le apunta a 2010. Este juego fue una confirmación: sin trabajo no habrá victorias. No todavía, al menos. Falta tiempo. De hecho diría: falta mucho.
Una última reflexión, puramente estética: ¡qué lindos puntos se jugaron hoy, cuando lúdicamente Stepanek lo desafió a Gaudio al toqueteo cerca de la red! Uno, dos destellos. Yo no necesito que Gaudio gane. Con un par de toques a mí me alcanza.
Dejen que se me pase el ensueño, permitan que abandone la fantasía y denme un momento para que pare de imaginármelo levantando la Copa de los Mosqueteros como un gesto de redención. Aguarden que me seco las lágrimas, que me sueno los mocos y descarto el lagrimeo. Bien, ahora déjenme decirles lo que todos ustedes están esperando que diga.
Gaudio está con ganas, la clave, siempre (Getty)
Gaudio es un crack.
En mis años de fanático tenístico, pocas afirmaciones me resultaron tan dogmáticamente ciertas. Gaudio es un talento, un tipo cuyas cualidades están fuera de toda discusión. Y ahora va a jugar Roland Garros. La noticia es sólo eso, una noticia: le dieron un wildcard. Pero el que haya crecido de la mano de esa incoherencia metafísica Gaudiana podrá comprender lo que estoy diciendo: este retorno es algo más que un retorno. Es una revancha, diría, casi. Pero no para él, que tanto mal se ha hecho con su cabeza de furia. Sino para nosotros, que como inconmovibles fieles contemplamos su ascenso, su azotamiento y su caída. Hasta -el peor de los castigos- su ausencia.
Creo que ya quedó claro: yo soy un seguidor de todo lo que puede ofrecer Gaudio, incluso de sus miserias pero no sólo de ellas. Soy un empedernido admirador de su tenis menottista, lúdico, sorprendentemente fresco. De sus declaraciones tan lejanas a las de ocasión. De su conducta desenfadada y algo irresponsable. Como dice mi amigo, el genial Bruno Altieri (que, ustedes lo sabrán, escribe de básquet en esta página): "Gaudio debería ser un estilo de vida".
Ahora bien, ¿Gaudio está loco?.
Sí, también. Que vivan los locos como Gaudio. Que tiren drops en los match points y que saquen la lengua y que griten en los estadios y que dejen sonar sus teléfonos en medio de un partido.
Que viva la locura -su locura- que llena de pimienta este circuito. Que viva el lujo hasta sin resultados.
Cualquier análisis tenístico estará de más. Yo vi jugar al Gato en Buenos Aires en sus principios de Copa Davis, y le pegó un paseo tremendo a más de un pintado. Yo lo vi ganar un Grand Slam. Tirar la raqueta bien alto y asegurar que era un pésimo tenista. Y lo vi quedarse cinco títulos en un año, así, como si nada. Y lo vi caer en ese pozo autogestionado. Lo vi, como todos lo vimos, pero con la esperanza de un regreso incomprensiblemente alimentada por el fanatismo.
Aún mantengo una apuesta con un colega periodista: hace casi dos años pusimos una cena como monto compensatorio, yo decía que Gaudio iba a volver a estar entre los 20 mejores tenistas del mundo. Él decía que tenían que internarme en un psiquátrico.
Cuando Gastón ganó el Challenger de Túnez, mi colega me mandó un mensaje de texto: "¿No tendré que pagarte esa cena, no?".
¿Qué puedo decir? ¿Que tiene un gran revés? Lo tiene. ¿Que corre rapidísimo? Lo hace. ¿Que tiene una mano como pocas? Es cierto. ¿Que me van a tener que pagar una cena? Imposible saberlo. Pero qué importa.
Gaudio va a jugar Roland Garros.
Este verano lo vi de cerca en la Copa Argentina, y mostró que tiene algo de ganas y mucho de nivel como para meterse de vuelta entre los mejores. También despertó una nostalgia casi olvidada: ese partido en el Buenos Aires Lawn Tenis, en 2005, cuando manejó a voluntad a Rafael Nadal -al mismísimo Rafa que esa temporada ganaría su primer Roland Garros- en un duelo para el encanto.
Lo recuerdo como si fuera hoy. Gastón arrancó el partido desmotivado y sobreconfiado, y cayó 6-0 en el primer set. Después se enojó. Tuvo ganas. Desparramó magia, pintura y genialidad para dar una lección de movimiento, angulación y victoria. Sacó a Nadal de la cancha. Lo sacó. Yo nunca vi algo igual con Rafa. Gaudio ganó 6-0 y 6-1, y eventualmente festejó como campeón del torneo. Nadal declaró algo así como que imponerse en ese partido, contra ese tenis, era imposible. Esa palabra quedó fija en mi cabeza: no dijo difícil, dijo imposible.
Creo que nunca se había graficado como ese día su naturaleza bipolar. Gaudio es Harvey dos caras. Puede ser un irritante gritón, al lado de las líneas blancas. Y puede ser, si tiene ganas, el jugador más estético del mundo (con la excepción de Federer, digamos para ocultar nuestra enfermedad). Su problema siempre fue mantener una regularidad como Dr. Jeckyll sin que viniera Hyde e hiciera volar todo por el aire.
Pero todo aquello es parte del pasado. Ahora jugará ese torneo que lo llenó de fama, que lo marcó como grande, que acabó con las discusiones acerca de la temperatura de su pecho.
BUENOS AIRES -- No voy a mentir sorpresa, pero sí necesito alegar nostalgia. El retiro anunciado -en los dos sentidos de la palabra- de Guillermo Coria obliga al recuerdo, en principio. El recuerdo del juego sagrado, de tiempos de gloria, de un áurea de imbatibilidad naranja. Pero también llama a una reflexión posterior que sólo sabría materializar con la siguiente pregunta: ¿hace cuánto se retiró Coria?
Guillermo Coria ya es oficialmente un ex jugador
Digamos, para ser justos, que este nuevo Guillermo nos regaló a los argentinos (muy propensos a alinearnos en los triunfos individuales de los compatriotas como si se tratara de una representación colectiva) algunos de los momentos más dulces que el fanatismo puede ofrecer, al punto que llegamos a exagerar y compararlo con aquel otro, viejo Guillermo.
Ganó títulos, consiguió triunfos difíciles y rachas de victorias, jugó la Copa Davis con la ilusión -hasta entonces extraviada- de ganarla y fue uno de los primeros abanderados de una generación de éxitos.
Tiró drops. Sobre todo, tiró drops. Mágicos -de ahí su apodo- y maravillosos drops cargados de cuestionamientos lógicos. Drops imposibles.
Cualquier admirador de este tenista de Venado Tuerto o de Rufino (según el origen atribuído) tenderá a exaltar su manera de defender, su velocidad de piernas y su capacidad para desenvolverse cómodo en polvo de ladrillo. Hablará de su juego de ángulos. De su mentalidad ganadora. Y de su extraordinaria mano.
Yo me quedo con su mano. Y con ese recuerdo invencible. Pero recuerdo, al fin, de un tiempo que se va haciendo añejo.
Quizá como un regalo para los esotéricos y los creyentes en el destino, Coria anunció su retiro en esta semana que tiene al circuito tenístico con los ojos en Roma. La capital italiana fue, en efecto, el lugar de su última gran batalla tenística: allí, en 2005, llevó a cinco sets a Rafael Nadal.
Y perdió. Pero qué importaba. En ese partido el argentino logró regalarnos una impresión tan perpetua como falsa: que él era el único que podía frenar al actual uno del mundo en su mejor terreno: el polvo de ladrillo. Lo pensamos siempre. Todos. Hasta ayer.
Después de ese duelo épico vino lo que vino. Esa es la historia. Cuatro años de nada o casi nada. La cuesta abajo inevitable de todos, pero anticipada. Pienso: si tiene 27 ahora, tenía 23 entonces. No fue el hombro, no fue el saque. Fue su cabeza. Coria dejó de ser Coria y de creer en Coria. Su pasado de crack lo hundió siempre un poco en la exigencia y se le hizo imposible volver a ser lo que él creía que era.
En junio de 2006 tuve mi único contacto directo con él. Fui a hacerle una entrevista a Venado Tuerto. Me recibió gustoso, y hasta me invitó a jugar al fútbol y a comer un asado. Pero la entrevista me la negó. "La hacemos por teléfono, mañana", me dijo.
Así fue.
La frase que me dejó aquel diálogo telefónico todavía está en mi cabeza: "Voy a volver a ser top ten", me dijo.
Hoy sé que me mintió.
En algún punto del camino él mismo perdió de vista qué quería ser. Se quedó mirando lo que era, lo que había sido, y no supo más qué buscaba ni dónde. Se habló de problemas personales y de infidelidades desmentidas. Se habló de posibilidades gloriosas de vuelta. Se habló de su nivel extraordinario en los entrenamientos.
Se habló. Pero, como siempre, nada.
Hace tiempo que nada. Hace cuatro años, diría, que nada. Quizá tres. Pero no menos.
Entonces, ¿Guillermo Coria se retiró ayer?
Yo respeto hondamente el recuerdo de su actividad. Coria me parece un tenista para los libros, un jugador que debe ser respetado y recordado como parte de una refundación. Pero creo que su decisión ya había sido tomada por él. No por el bajo nivel -mucha gente juega challengers y es feliz- sino por su nivel pasmoso de autoexigencia, y por el nivel horrendo de exigencia que nosotros mismos le impusimos.
Pero, mientras tanto, nada.
Si Coria básicamente no jugaba, ¿por qué va a dejar de jugar? No. Este retiro es otra cosa. Es la firma de una sentencia que ya estaba escrita y ejecutada.
Hay un libro de Isidoro Blaisten que se llama "El mago". En ese libro, un cuento que se llama "El mago". Se trata de un microcuento, que tiene apenas dos líneas y que se me antoja particularmente oportuno para describir con pocas palabras este retiro deportivo supuesto. Dice así:
"Nada por aquí, nada por allá. ¡Pero quién fue el degenerado que me lo cambió de lugar!".
BUENOS AIRES -- René Lavand es, a falta de una palabra más completa, un mago. Un ilusionista, dirían algunos. Especializado en trucos de cartas. Es argentino pero obtuvo fama mundial por algunas de sus particularidades en escena. En principio -en un detalle difícil de obviar-, Lavand hace todos sus trucos con una sola mano, la izquierda, ya que perdió la derecha en un accidente cuando tenía apenas nueve años.
Roger, y un momento Lavand: magia con una mano (Getty)
René Lavand es, a falta de un calificativo más afortunado, un mago manco.
Sin embargo, la atracción de los espectáculos de Lavand no radica en el morbo, ni en la asombrosa capacidad que ha desarrollado en desventaja con el resto de sus colegas alrededor del mundo. Lo más atractivo de su magia radica en su expresivo manejo de la pausa y el silencio como recursos dramáticos, y en los tiempos del engaño. Contra el concepto común de prestidigitación, él labró uno fabricado a su medida: la lentidigitación. El movimiento del artista en este caso no tiene que ser explosivo, ni veloz, ni imperceptible. Lavand trabaja despacio, sin prisa, como si quisiera aclarar que no tiene nada que ocultar. Va sin mentiras y hasta sin trucos. Sin magia. "No se puede hacer más lento", enuncia en cada uno de sus finales, entre el aplauso.
Más lento. Cuando pienso en esta temporada de polvo de ladrillo que comienza en el circuito ATP, no puedo evitar una asociación estrecha: la magia es más impresionante en cámara lenta. El tenis, a su manera, se ve mejor cuando los protagonistas pierden posibilidades de velocidad. Su magia nos impresiona de otra manera, nos quita el aliento porque entendemos que allí se trabaja mucho más que la fuerza bruta, que la capacidad aeróbica, que el golpe fortuito o buscado hacia la línea.
Hay algo profundamente intelectual en el juego sobre polvo de ladrillo, algo que remite -y disculpen este paralelo tantas veces trazado, pero creo que es exacto- a las batallas ajedrecísticas más severas. Una discusión mental y ejecutoria entre ataques y defensas, y lecturas, y sorpresas. Redescubrimos una técnica que parecía escondida a nuestros ojos. Volvemos a hablar de grips, de empuñaduras, de cuerdas.
Los golpes no son en sí mismos, sino que toman significado por lo que van generando. Un golpe llama a otro golpe. Los puntos no se ganan: se arman para ganar. La trascendencia de un tiro se sabrá, pero no ahora, sino dentro de dos tiros.
Los winners son más dificultosos, la arcilla amortigua el desplazamiento de la pelota, los jugadores cuentan con la ventaja de poder patinar para salvar una bola forzada, el slice es menos veloz y el top spin es más doloroso.
No se puede hacer más lento.
Creo que es eso, justamente, lo que tanto nos cautiva de un match que puede estirarse cuatro o cinco horas: ese cambio de menos en la velocidad, la capacidad traslativa que -quizá por única vez en el año- tenemos para pensar golpes a la par de los tenistas, la lectura clara de lo que buscan los jugadores en cada punto, el trabajo táctico más desglosado y la notoriedad de los cambios de estrategia. El polvo permite otra lectura. Revela los trucos. Hace que todo sea más evidente, sin mentiras, sin búsquedas explosivas. Sin magia.
Y eso es lo más impresionante que la magia puede ofrecer.
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Pablo Cheb Terrab
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Tenis
Pablo Cheb Terrab fue redactor y editor de la sección Deportes del Diario Perfil y redactor y co-director de la revista Un Caño. Actualmente es redactor y editor de ESPNdeportes.com.