Angel Martinez/Real Madrid via Getty ImagesVarane anotó el empate para los Merengues.
LOS ÁNGELES -- La audiencia invocaba a los dioses. Evocaba a esos sobrenaturales del futbol. Convocaba a los artesanos de lo impensado y de lo impensable.

Pero, todo quedó entre mortales. No hubo un instante sublime en el que los elegidos alteraran el forcejeo equilibrado en la cancha. Bueno, acaso uno, brevísimo, letal, pero insuficiente.

1-1, entre Real Madrid y Barcelona. Suspenso y misterio arrullan la espera. La Copa del Rey no tiene rey ni bufón, ni príncipe ni alfil. Ojo: hay pausa pero no hay tregua.

Los dos excepcionales del futbol, navegaron, casi naufragaron en los contrastes.

Cristiano Ronaldo activo, pendular, insistente. Tuvo el gol en la cámara de sus escopetas. Falló una de manera bochornosa, en el umbral del gol, cuando Pinto estaba jugando a la estatua de sal. La pelota la empujó con un metro de imprecisión y de imperfección para el Adonis de los perfecto: CR7.

¿Lionel Messi? Stuart Little se la pasó huyendo de los gatos. Lo cazaron siete veces de manera descarada, cínica. Pero el argentino jugó al polen: las abejas lo circundaban y le daban lancetazos cuando apenas tocaba la pelota, que en realidad la tocó tan poco.

Pero, a Messi le basta una milésima de segundo para escribir eternidades. El infinito no es un ocho acostado, es un 10 en acecho. Un rebote y anticipa, todo, en un mismo paquete, sin burocracias, sin demoras.

En el mismo punterazo Leo arma un Lío y cita al pelotón de fusilamiento: anticipa, despoja, recupera, ordena, dirige y entrega. Fábregas la empuja con la serenidad que le faltó en otras dos similares.

Cristiano fue fuelle y se quedó salivando de consternación ante las que erró. Messi fue un chispazo, fugaz, y de un punterazo conjugó esos seis verbos mencionados antes, y le dio al Barcelona la ilusión de la esperanza.

Fue el 1-0. Pero el Barcelona pudo embarazar el marcador de mellizos, trillizos, cuatrillizos, pero Pedrito, Fábregas y dos balones a los postes, con el enfado de Xavi por haber olvidado la pata de conejo o el trébol de cuatro hojas en el vestidor.

Los dos equipos perdonaron. CR7 y Benzema verán la repetición y seguramente preguntarán "¿quién es ese semejante idiota que falló esa imperdonable?". Luego verán el mismo rostro que el espejo les flirtea cada mañana.

Aún así, en la comparecencia de este miércoles, en la que se abre la disyuntiva de si los dioses del futbol son seres afortunados con imperfecciones o seres perfectos con infortunios, el 1-1 satisfizo paladares.

Cierto: ha habido mejores batallas, las habrá seguramente, pero, de momento, baste el regocijo y el homenaje porque los elementos naturales, los cuatro puntos cardinales de estos clásicos, siguen ahí: coraje, compromiso, dignidad y sangre.

A pesar de desaciertos sin consecuencias, quienes trataron de treparse a ese carrusel donde en realidad sólo pueden ir de polizontes, los porteros Pinto y Diego tuvieron su mérito y tienen su crédito.

Incluso en el caso de López, le da argumentos a José Mourinho para que su venganza indecorosa y decorada de hipocresía, contra Iker Casillas, siga vigente. No es mejor López como no es mejor Adán, pero Mou no necesita de verdades, sino de pretextos para enclaustrar al que él cree informante desvergonzado de la Carbonero.