Lionel MessiJorge Guerrero/AFP/Getty ImagesAcusan que Lionel Messi llamó a Karanka, "muñeco de Mourinho"

LOS ÁNGELES -- "Porque los guapos no son tan sapos/Porque los buenos no son tan grises/Ni los sabios tan serios, ni los pobres tan feos", cantan a dúo un catalán como Serrat y un madridista (por el Atlético) como Sabina con los acordes de la Orquesta del Titanic.

Y la deliberación de dos fanáticos encontrados del futbol encaja con la tragicomedia mediática que rodea a Lionel Messi.

Dos aseveraciones le quitan a Leo el papel tapiz de mustio y lo gradúan de mosquita muerta.

Una tiene testigos. Callejón certifica que Messi sí encasilló como "muñequito de Mourinho" al auxiliar Karanka.

La otra tiene testimonios con pies de barro sin hornear: en el estacionamiento del Bernabéu llamó "bobo, que eres un bobo", a Arbeloa, y lo amenazó con un escenario agreste en el Camp Nou: "Ya nos veremos en Barcelona", espetó al madridista cuya esposa lo aguardaba en el auto.

Y la confrontación se volvió universal. Unos, en ese desliz insano de convertirse en conciencia de la vida ajena, sin ser inspector de la propia, crucifican al argentino, lo postulan como hipócrita magnífico y como un farsante detrás de ese rostro de escolapio en el limbo.

Madridistas en su mayoría, crucifican a Messi en un oportunismo fascinante para, de pasadita, iconoclastas de CR7, sacarle lustre a la imagen de otro notable, al que le ha dado por estar triste y ejercitar con mayor fruición berrinches, rabietas y sofocones ante las injusticias arbitrales.

Ojo: afortunadamente, este ejercicio corrosivo del madridismo por bajar del altar de Santo Messi de Atocha y de promover la recanonización de CR7, es totalmente inocua, inofensiva, intrascendente.

En este momento, nadie duda que Leo debió fustigar a Karanka como el patiño de Mourinho, pero pocos creen que haya confrontado a Arbeloa para llamarle "bobo", según unos, o "pelotudo" o "boludo", según otros testigos que juran y perjuran más sobre suposiciones e interpretaciones que de hechos.

Dice un proverbio árabe que "la verdad tiene dos sabores: uno dulce, para el que la dice, y otro amargo, para el que la oye".

Para los devotos veneradores de Messi, las dos versiones son injurias, son calumnias, son farsas.

Para ellos no cabe la humanización pecaminosa de un tipo que ellos convierten en semidiós por su exquisitez inigualable en la cancha. Para los barcelonistas es un sacrilegio, un perjurio, atreverse siquiera a contemplar que Leo no es perfecto, ya no solo como futbolista sino como ser humano.

La religión al servicio de Dioses provoca confusiones. La religión al servicio de seres humanos, provoca delirios, demencia.

Y para los fervientes idólatras de Messi que contemplan las denuncias como una posibilidad, que conceden pero no ceden, recurren a la inmediatez de la justificación, alegando que Messi reacciona contra Karanka y Arbeloa, porque eventualmente uno habría sido el adiestrador y el otro el mastín, para que se desarrollara la carnicería sobre los tobillos de La Pulga.

Partamos del principio de que las acusaciones sean ciertas: Messi se equivoca. Flagrante y rotundamente.

Y lo irá asimilando, y en esa astucia evidente, aprenderá a usar fuera de la cancha, esa misma arma implacable que usa en la cancha: el guante blanco. La indiferencia es la mejor venganza contra los bravucones. Haber saludado y sonreído, sin haber insultado a los madridistas, habría consumado la venganza más elegante de todas. El mensaje sería claro: tu mejor odio ha sido perdonado.

Si todo es cierto, Messi agredió con la misma bajeza con la que él supone fue agredido por sus hoy víctimas que él consideraba ayer sus villanos.

Partamos ahora del principio de que las acusaciones son falsas, lo cual cuesta creer ante la exasperación de Messi contra David Villa, y aquel balonazo consciente, y peligroso, contra la tribuna del madridismo.

Habíamos advertido que Messi evidenciaba en la cancha ya mayor madurez. Futbolísticamente con la pelota y sin ella. Y en otros aspectos de cancha, ha empezado a confrontar árbitros, a azuzarlos, a exponerlos, y encandece el tono de sus reparos, cuando sufre faltas.

Por momentos, de provocado pasa a provocador, y ese es un acto de astucia valedero. Es un acto de argucia, cierto, poco noble, pero que pretende intimidar al intimidador.

La historia muestra un caso brutal: el que hasta el momento sigue siendo el mejor futbolista de todos los tiempos, y que seguramente Messi puede bajar de ese nicho, y hablamos de Pelé, quien ejercía justicia por su propio pie. Guadaña por guadaña. El veredicto: fractura. La sentencia: a veces de por vida.

Pelé toleraba dos faltas, algunas brutales, y advertía a su cazador: "no te vuelvas a acercar". Hubo, dicen sus biógrafos, 13 víctimas. Cuando O'Rei entendía que sus advertencias no habían encontrado eco, tendía la emboscada. Dejaba correr unos centímetros de más el balón. La bestia se arrojaba a sus pies, y la tragedia era inmediata: tibia y peroné del rival tronaban con un quejido seco bajo la plancha de Pelé y de su ejercicio de la Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente.

A Pelé lo retiran a patadas descaradas, obscenas, en los Mundiales de 1962 y 1966. Aprendió a defenderse.

Ney Blanco, compañero de Edson Arantes do Nascimento en el Santos y en el Scratch, compadre, confidente suyo, relataba como dantesco el momento en que Pelé pasaba de víctima a verdugo. "Nosotros hablábamos con el jugador que lo marcaba, después de la segunda falta se lo advertíamos. No nos hacían caso. Recuerdo que cuando veíamos lo que iba a pasar le gritábamos 'no Edson', pero él creía que era la única manera de protegerse".

No imagino a Messi defenderse de esa manera, como nunca lo hizo tampoco Maradona.

Al final, si estos desplantes indecentes de Messi, de ser ciertos, contra Karanka y Arbeloa, son su forma más despiadada de defenderse, siempre será mejor verlo ejercer justicia en la jungla de esa manera, que de la forma en que lo hacía Pelé, que recordemos es un humanista y un filántropo.

Decía Sir Francis Bacon que "la verdad es hija del tiempo, no de la autoridad". Sí, sólo el tiempo desnudará al verdadero Lionel Messi: si es simplemente ese sublime gnomo superdotado, o si en ese cuerpo de Pulga habita un Doctor Jekyll con la pelota... y también un Míster Hyde.