LOS ÁNGELES -- Reconozcámosle a Jorge Vergara que sabe bien lo que quiere para sus Chivas.

Reconozcámosle que sabe dónde buscarlo.

Reconozcámosle que no le pone freno a su perseverancia por encontrar el eslabón perdido.

Reconozcámosle que se atreve donde ningún otro directivo mexicano se atreve.

Y vaya intentos genuinos que ha hecho: Hans Westerhoff y Johan Cruyff, el primero respetadísimo en Holanda, y el segundo en el mundo.

Ahora elige a Albert Benaiges, quien afirma que ha arrullado a nueve campeones mundiales con España en 2010, en ese cunero del Barcelona llamado La Masía.

Estos son algunos de los que dice haber cincelado en su paso por La Masía que parece elogiarse en demasía: Víctor Valdés, Pepe Reina, Gerard Pique, David Belenguer, Jordi Alba, Cesc Fábregas, Andrés Iniesta, Xavi Hernández, Joan Verdú, Lionel Messi y Pedro Martínez.

Dicen, quienes lo conocen en Barcelona, que en su etapa al frente de la incubadora azulgrana sí había producción de talentos, y que no es un mérito acuñado por advenedizos como esos que dicen que "esta selección de Costa Rica en el Mundial de Brasil yo la armé", o "este Monterrey de Vucetich, yo lo hice", y si Usted cree que hago referencia a Ricardo LaVolpe, la mala fe es suya, apreciable lector, al interpretarlo así.

Reconozcámosle pues a Jorge Vergara su tesón, su convicción, su devoción, su inversión y su pasión por tratar de hacer de Chivas una versión mexicana del Barcelona o de la escuela del Ajax en Holanda.

Ha invertido millones de dólares en esos esfuerzos. Y es evidente que lo ha hecho de manera correctamente encaminada.

No hay porqué dudar que, eventualmente, Benaiges (mexicano, hijo de refugiados españoles), pueda tener éxito.

Pero, primero, este supuesto fabricante de talentos, debe tener garantizado que podrá culminar su gestión y el tiempo marcado para que su proyecto pase de la intención y de la pretensión, a los hechos.

Lo cierto es que así como Jorge Vergara hace esos notables esfuerzos para pretender que Chivas sea la versión totonaca del Barcelona o del Ajax, o al menos de las escuelas de formación de ambas instituciones, él es quien al final termina abortando los proyectos.

Hans Westerhoff, al ser entrevistado, trata de evitar hasta decir su nombre. Se sintió traicionado desde que fue exiliado con Chivas USA, y su despido le fue notificado a través de Néstor de la Torre, sin que Vergara lo atendiera nunca.

A Cruyff, lo echó Vergara mediante un correo electrónico, en la madrugada de España, a sabiendas de que no podía replicarle de inmediato, y fue echando poco a poco a todos los pioneros y gitanos holandeses que fue colocando en el Rebaño.

A nivel nacional, Vergara no ha sido más exquisito. Ha jugado con la honestidad y buena fe de buen hombre de José Luis Real, y además ha echado a nueve directores deportivos en 12 años.

Y seguramente, en el caso de Benaiges, para evitar posteriores trances burocráticos, le pedirá que al firmar su contrato, también, de una vez, con la fecha en blanco el papel, firme la carta de renuncia.

Vergara se convierte en el lobo de los proyectos de Vergara. Vergara se convierte en el mejor enemigo de Vergara.

Desde que echó a Iván Sisniega, que uno ni siquiera se imagina porqué llegó ahí, si alguna vez, como exitoso pentatleta activo, dijo que detestaba el futbol profesional de México, pero desde esa ocasión, Vergara termina después lastimando la reputación a todos los que, también en su momento, los condecoró con palabras grandilocuentes con sus elogios falsos, sin siquiera conocerlos.

Benaiges llega a unas Chivas desmanteladas. Ya se había explicado que salieron José Luis y Héctor Real, además de Juan Manuel Herrero, Juan Carlos Ortega, Sully Ledesma, Nacho Vázquez, Jaime Pajarito, entre otros, y que incluso el futuro de Alberto Coyote, ya con nexos mínimos, y el de Ramoncito Morales, están condicionados.

Y claro, los mismísimos Paco Palencia y Rafael Puente deben levantarse todas las mañanas a checar de inmediato su correo electrónico, su WhatsApp, Twitter, Facebook, para saber si aún tienen trabajo con Chivas.

Es decir, todo el operativo de fuerzas básicas en el Rebaño ha sido desmantelado. Los supervisores, los filtros, los entrenadores, los formadores, los diseñadores del sistema de trabajo, han sido despedidos,

Benaiges llega a un páramo, a un desolador y fantasmal escenario, a tratar de resucitar la cantera de Chivas de los vestigios que quedan de la estructura original de Hans Westerhoff.

Es muy posible que Benaiges tenga éxito. No hay porqué dudarlo. El problema es que Vergara, cualquier día, a cualquier hora y en cualquier lugar, puede ser influenciado o manipulado, para que decida correrlo destempladamente.

Benaiges podrá esculpir con Chivas un Moisés de Miguel Ángel o tal vez un Frankenstein, pero sin duda, antes, justo antes del último cincelazo o de conectar el switch para levantar al esperpento de la plancha de laboratorio, aparecerá la mano de Vergara para terminar con todo, y enseguida mandar destruir todo lo edificado para comenzar, otra vez, de cero.

Sí, Vergara es el lobo de los mismos proyectos de Vergara.

Pero, reconozcámosle que en cuanto destruya este nuevo juguete con el mentor de los mejores tiempos de La Masía, de inmediato empezará a buscar otra opción.

Y Benaiges pasará a ser el peor de todos los que ha contratado, y el que venga , pasará a ser el mejor, el ideal, el idóneo, el soñado, el nunca bien ponderado de todos los contratados, y que esta vez sí, será capaz de conseguir el milagro.

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LOS ÁNGELES.- Es un predestinado. Y no lo sabe. A pesar de los puntuales, descarados e inconfundibles mensajes que recibe.

Tiene 23 años. Los cumplió la víspera de ser sumariamente homenajeado por la FIFA por la mejor anotación del Mundial, aunque también en la víspera de ser despojado del honor como el mejor futbolista de ese certamen.

James Rodríguez recibe este martes otra señal. El jugador colombiano no paralizó, pero sí centralizó el universo del futbol.

El estrepitoso estimado de 40 mil aficionados en el Santiago Bernabéu, apadrinando su presentación como la contratación fastuosa del Real Madrid, supera incluso en impacto la llegada de Toni Kroos, con todo y su galardón de campeón del mundo. No hubo un país de habla hispana en el que no se transmitiera en vivo su encumbramiento.

Adidas lo presume: tiene un pedido garantizado de un millón de camisetas solamente para Colombia, con el número 10 en la espalda, con el nombre de James, que se pronuncia James, y no "Yeims", explican que por un deseo de sus padres.

El Mundial pudo haber llenado un álbum Panini con sus estampas. Desde el ballet letal en el gol a Uruguay, hasta el semblante de mocoso despojado, abandonado e inconsolable, tras perder ante Brasil y quedar eliminados, con el cobijo generoso de David Luiz.

Sin saberlo, sin quererlo, sin desearlo, sino exclusivamente como una coincidencia exquisita, el mismo jugador consumaba su ejercicio de adulto con seis goles, y, simultáneamente, su incontrolable desconsuelo de imberbe, tras una derrota que le dolía por inmerecida, pagaba de contado, la solidaridad universal tras una injusticia.

Ese gol ante Uruguay, le valió un reconocimiento de FIFA, pero, lamentablemente era un premio de consolación, más que de exaltación.

Porque James Rodríguez merecía la nominación como el mejor futbolista del mundial, y nadie, ni el mismo Lionel Messi, depositario final, entendía como ese reconocimiento le era ultrajado al colombiano.

Sepp Blatter después se lavaría las manos, culpando a su entorno, con un "ni yo me lo explico", cuando más tarde quedaría claro, que él sí fue notificado, consultado, y que el mismo presidente de FIFA, pese a su reacción hipócrita posterior, había aprobado que se le entregara a Messi.

Y surge un torbellino de historias en torno a James. Desde su pasión de siempre por ser el titiritero del Real Madrid, sentado ante videojuegos para jugar como el número 12 de los Merengues.

Los mercadólogos del Real Madrid, aves de rapiña vestidas de Armani, saben que tienen en sus manos a un jugador con un carisma fascinante que incluso, al paso del tiempo, y los resultados, puede rebasar a Cristiano Ronaldo en el altar de las franquicias individuales que manejan.

El rostro aniñado, su estampa de desamparo ante el Paraíso Merengue que se le abre, más los rasgos intangibles de humildad que le marcan en los dos extremos de vivencias del Mundial de Brasil, encajan casi de manera deslumbrante y seductora como una historia emergente en la vida real del futbol, sin necesidad de ser maquillada por guionistas de Hollywood.

Cierto, el desafío más importante de James Rodríguez le espera en unas semanas: hacer con el Real Madrid lo que hizo en el Mundial, y lo que la memoria infalible de Youtube, como abuelo incansable ante sus nietos, relata recurrentemente, desde sus escarceos con Banfield, hasta sus 25 goles con el Porto y nueve con el Mónaco.

"Goles como el del Mundial, ya los había hecho por montones desde el Envigado (a los 16 años)", aseguran algunos de los cientos de amigos, testigos, socios, formadores, compañeros, que hoy se asoman de todos lados.

Ya se sabe, lo dijo Kennedy: "La victoria tiene muchos padres...", y en este momento James tiene más padrinos y padrastros que seguidores en su cuenta de Twitter.

En un club donde ganar es un verbo de conjunción simultánea al de respirar, las exigencias para James en el Real Madrid lo estarán acechando.

Pero quedó claro en el Mundial de Brasil que no se asusta con los Molinos de Viento ni con los Goliats de carne y hueso.

Y dejó en claro que por instinto asume una de las exigencias de la Casa Blanca: jugar con el equipo, por el equipo, para el equipo y en el equipo. Una garantía de que en el vestidor, en la cancha y en su zona de intimidades, tiene muy clara la doctrina a la que debe apegarse.

El técnico de Colombia en el Mundial, Néstor Pékerman, cuidadoso de las formas, ha sido precavido en los elogios sobre el colombiano.

Pero, tal vez, su mejor apología para James Rodríguez, la hizo, sin darse cuenta, en plena Copa del Mundo de Brasil. "Está listo para jugar en el mejor equipo del mundo".

Escueto, Pékerman le dio la más amplia bendición al jugador colombiano, con la garantía además que implican su testimonio y sus antecedentes, pues ha sido el mejor orientador de generaciones de talentos en el futbol de Argentina.

Es decir, si alguien sabe de transformar carbón en diamante, sin equivocarse, ese es Pékerman.

Además, esa enternecedora fábula del anónimo guerrero que se trasforma en conquistador de los elogios en el Mundial, es un poderoso aliciente para los jóvenes, especialmente los de su país, Colombia, de donde saltan de todo el territorio, jugadores portentosos, como el extrañadísimo Falcao, pero sin dejar de lado a Jackson Martínez, Carlos Bacca y Adrián Ramos.

Y, curiosamente, Colombia encuentra las vetas generosas para el artículo de primerísima necesidad del futbol: el gol, cuando además en el futbol mexicano se aprecian dos joyas que Pékerman descuida como Carlos Darwin Quintero y el Topo Rentería.

Vaya, tal vez, incluso, hasta en esas reverberaciones de los efectos de Rodríguez en el Real Madrid, hasta llegue una lección de rebote a un cabeza dura como Teófilo Gutiérrez, a quienes muchos medios de su país consideran con facultades muy superiores a las de James, pero, queda claro, la luz no le enciende en el penthouse.

Pero, insisto, el reto más poderoso para James, está por llegar, pero el mejor aval es ese, el del experto en moldear barro con manos expertas, como Pékerman: "Está listo para jugar en el mejor equipo del mundo".

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Jorge VergaraMexsport
LOS ÁNGELES.- Chivas sangra en la cancha y se desangra fuera de ella. Parece suicidio lento. Jorge Vergara, sin embargo, apuesta porque es una transfusión.

Podría decirse que el Guadalajara actúa de manera incongruente, pero ciertamente lo que hace es fundamentar la congruencia como su modus operandi. Es, pues, congruente con su incongruencia.

En los últimos 10 años. Chivas ha alternado con Atlas, América, y en menor impacto Pachuca, el dominio en los torneos de Fuerzas Básicas en México. Ha sido una lucha constante entre los tres primeros, por protagonizar las competencias con su sangre nueva, aunque lamentablemente, se hace vieja muy rápida por errores en seguimiento y oportunidades.

Apenas hace unos días, Chivas se coronó campeón nacional Sub 13. Refleja pues, que de una u otra manera, y a pesar de la velocidad cómicamente dramática, con la que el dueño de Chivas quita y pone cabezas de mando de sus semilleros, la producción de talentos continúa.

Es decir: su desarrollo de jugadores es tan potencialmente bueno que sobrevive, incluso, a los errores del mismo Jorge Vergara.

Hace unos días, fue cesado José Luis Real junto con su hermano Héctor. Ahora se despiden Javier 'Zully' Ledezma, Nacho Vázquez, Jaime Pajarito, y se habla de que Juan Carlos Ortega, puede seguir sus pasos.

Es decir, los entrenadores que generaron prospectos y trataron de respetar una línea de trabajo heredada desde la época de Hans Westerhoff, son relevados porque "su ciclo se ha cumplido", expone Vergara en Raza Deportiva de ESPNDeportes Radio.

Obvia la incongruencia: quienes generan ganadores de títulos en torneos de fuerzas básicas, ya no funcionan.

Además, queda desligado del equipo Juan Manuel Herrero, "por motivos muy personales y confidenciales", según Vergara, su noveno presidente deportivo en 12 años.

Herrero se oponía a la salida de Real y perdió la batalla con Rafael Puente y Paco Palencia.

Insisto: no se puede llamar incongruente, a alguien que es congruente con 12 años de incongruencias.

Si se van de la cantera varios ex jugadores, en su momento símbolos de Chivas, ¿quién llega a sustituirlos?

Se habla de José Luis Arce como el responsable del cunero rojiblanco. Americanista de cuna y de devoción, propone llegar con Carlos López, y un referente del americanismo, como 'Monito' Rodríguez.

A ellos se agrega Jesús Ramírez, artífice de la selección mexicana Sub 17, campeona del mundo en Perú 2005.

Las versiones son que Chucho Ramírez y Arce ya habrían estado observando viveros rojiblancos en las canchas de La Gigantera.

Vergara ha dicho que no conoce a Arce y que no piensa en Ramírez. Pero, no olvidemos, que lo mismo dijo sobre la incorporación de Puente en su momento.

Y no deja de ser curioso, o congruente dentro de los pasajes de la incongruencia de Chivas, que un hombre como Jorge Vergara, que habla como empresario de capacitar a su personal, de ayudarlo con programas de desarrollo en Omnilife, se contradiga -la congruencia de ser incongruente como oficio-, y no elija la forma de preparar a sus propios instructores.

Desde los divorcios violentos desde la época de Hans Westerhoff, Néstor de la Torre, Juan Manuel Frangie, pasando por Johan Cruyff y hasta el momento actual, al final, Jorge Vergara culpa al universo que le rodea, antes que aceptar su propia responsabilidad.

Decía Platón que "si te digo que siempre miento ¿te estoy diciendo la verdad o no?".

Diría entonces Vergara que "si te digo que soy incongruente, ¿estoy siendo congruente o no?"

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RÍO DE JANEIRO, Brasil -- Este Blog tal vez nunca debió ser escrito. Ni publicado. Traspasa la intimidad. Irrumpe en sensaciones y sentimientos de compañeros de trabajo.

Sin embargo, la respuesta la tienen ellos, aunque tal vez no sepan o no puedan darla, aunque quieran.

Argentino, decime, ¿qué se siente...?

Horas, días antes de la Gran Final de la Copa del Mundo, vi otra cara que ellos, los compañeros de trabajo, no vieron. Vamos, ni el mejor de sus espejos puede desnudar lo que yo distinguía en esos rostros suyos.

En esta empresa, sobran compañeros de miradas limpias. Uno escudriña en sus ojos y es un abuso. Son casas de cristal. Uno lee la gentileza en ellos. Y yo hurgaba sin que, en este caso, estos cuatro, se dieran cuenta.

Buscando esa respuesta a esa pregunta: Argentino, decime, ¿qué se siente...?

Esta ha sido mi séptima Copa del Mundo profesionalmente y mi séptima Final, más la de 1970, de la mano de mi padre.

Por logística, fue inevitable estar cerca de ellos. El fortín de ESPN en Río de Janeiro, nos hacía vecinos mundialistas. Verlos, excitados, inquietos, ansiosos, angustiados, trémulos, convencidos, me ponía la pregunta en el balcón de la curiosidad, pero nunca se arrojó de ahí al océano de la insensatez y la insolencia.

Argentino, decime, ¿qué se siente...?

Hablo de comunicadores que usted conoce, respeta y agradece que estén en ESPN: Andrés Agulla, Hernán Pereyra, Martín Ainstein y Pedro Vita. Sí, todos ellos argentinos y todos ellos personajes que ponen freno a su nacionalidad cuando disponen del espacio informativo.

Antes de sumergirnos en el Maracaná, el domingo, saliendo del set frente al estadio, desde donde ese día se transmitió Raza Deportiva, le grité al entrañable Agulla. "Hey, Andrés, 'hoy todos somos argentinos'".

Ríe largamente y responde: "Andá, callá, mentiroso. ¿Quién te cree eso? ¡Hipócrita!". No pude despedirme de él, después de la coronación de Alemania.

El sábado, molesté a Pedro Vita. Me había dicho que no festejaría si Argentina era campeón de la forma en que estaba jugando. Conocedor de mis oficios de comadrona con el micrófono, se enteró que lo había puesto entre la espada y la pared.

"Mirá -me dijo-, voy a festejar como aficionado, como argentino, pero igual, al aire, diré que Argentina juega mal, juega feo, que no es lo que merece mi país, pero, cómo no voy a festejar, si nunca he visto a Argentina campeón", explicaba Vita.

Y Martín era un misterio. El arcano de los arcanos. Ahí en la terraza del set frente al Maracaná, el mismo día del juego, bebía agua y café. Silencioso, pensativo, meditabundo. Y miraba al cielo como buscando la atención del Cristo del Corcovado.

Yo reía por dentro. ¿Cómo un tipo con experiencia envidiable en Champions, Eurocopas, guerras entre Madrid y Barcelona, y en Mundiales podía pensar, repensar y vivir tan anticipadamente la Final, a pesar de tener la piel curtida entre guerras ajenas?

Hernán Pereyra sólo combate en el micrófono. Sólo con el micrófono. Sólo por el micrófono.

"Mejor hubieran perdido con Holanda", le dije. "Los alemanes les van a hacer no siete, ¡sino ocho!". Y Hernán sonreía apenas, con esa mirada inofensiva e indulgente. La misma que las de Andrés, Martín y Pedro.

"Ya me debes una comida", me responde Hernán. "No quiero que me debas otra, pero por estar compartiendo contigo, una pizza en la playa, es suficiente".

Yo le había apostado que México llegaría más lejos que Argentina en el Mundial. Y ya se sabe lo que ocurrió.

Tras ver las sensaciones de ellos cuatro, más intensa era la pregunta.

Argentino, decime, ¿qué se siente...?

Quienes me conocen en muchísimas coberturas, especialmente mundialistas, saben mi militancia con la ecuanimidad como reportero.

Jamás me han visto, ni me verán, mientras desarrolle este oficio, festejar o gritar un gol de México. Vamos, a nivel clubes, ni siquiera aquel con el que Atlante se coronó campeón en Cancún. Sentado en el estadio, de inmediato busqué el teclado de la computadora, tras verificar al anotador: Clemente Ovalle.

Tal vez es ese Carlos Vela que todos los mexicanos llevamos dentro, que pretendemos hacer menos importante el momento más importante.

Al final, estos cuatro festivos argentinos, parecían vivir en el Monte de los Olivos, reflexionando y orando, antes de la posible crucifixión, que al final ocurrió

Por eso, ver la forma en que traslucían, insisto a través de esas miradas tan limpias, tan puras de los cuatro compañeros, sentía el escozor de preguntarles que sentían, que vivían. Como dice El Principito, la espera antes de la cita, ya los volvía especialmente dichosos a los cuatro.

Por primera vez en un Mundial, fue posible percibir ese arcoíris en gente tan cercana. La ansiedad de una Final. La ansiedad de un título mundial. Las sensaciones y los sentimientos en conflicto con la realidad. ¿Qué se vive? ¿Cómo se vive? ¿Desde dónde se vive?

Y entonces, busqué el atajo de la empatía. Quise calzarme sus zapatos. Imposible. México no ha llegado a esas instancias, sin deslucir la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres.

Pero también pensé, y pienso, que pronto deberá llegar el momento de sensibilizarse de manera similar para el aficionado mexicano. Como ocurrió intensamente ante Holanda en este Mundial. Pero más, aún más.

Ustedes lectores mexicanos, se imaginan, o se creen preparados, para, algún día, de algún siglo, tal vez días antes del Juicio Final, transportarse a ese andén del éxtasis, desde la vigilia, desde la espera, hasta el momento final de una Final.

La próxima vez que vea a esos grandísimos profesionales de ESPN, compañeros, a los que no me alcanza para llamarles amigos, obtendré respuestas, porque la pregunta ahí queda.

Argentino, decime, ¿qué se siente...?

Y cuando tenga sus respuestas, se los contaré en otro Blog, que como este, no debería publicarse, porque, de nuevo, traspasaría la intimidad.

Irrumpiría en sensaciones y sentimientos de compañeros de trabajo.

Pero, ¿a quién le importa un poco de indiscreción?

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RÍO DE JANEIRO, Brasil -- La frase es una proclama genuina: Todos juntos somos mejores que cualquiera. Pero, a veces, esa retórica tiembla. Duda. Se escalofría.

La Final de la Copa del Mundo Brasil 2014 es uno de esos casos extraordinarios.

¿Podrá uno más que once? ¿Podrán once más que uno? ¿Podrán once leones probados y cebados más que un Leo?

La Final se define así, se resume así, se compila así: Messi contra 11 alemanes. Pero, también, irónicamente, contra Messi mismo.

Porque ante Bélgica y Holanda, Messi no jugó a favor de nadie: ni de Argentina ni de Messi mismo. Jugó como capitán sin rumbo en la oncena del desencanto y el extravío. Donde ha militado en un año sabático.

Oficialmente es Argentina contra Alemania. Pero la albiceleste balbucea como grupo, y a veces la salvan la colosal irrupción de sus próceres de 90 minutos de vida... o más, como ocurrió con Mascherano y Romero ante los Oranje.

Pero esta guerra ya no pueden pelearla diez y las circunstancias. Esta batalla final de los finales no pueden librarla diez y los imponderables. Esta madre de todas las guerras ya no pueden confrontarla diez y la eventualidad de un milagro.

En este Juicio Final los diez gladiadores no pueden ser echados al abandono y al Circo Romano, ante esos que hacen del futbol una extensión de su destino: un Apocalipsis donde se mata o se muere, como viven los depredadores alemanas.

Esta vez los argentinos necesitan del que tiene un año viviendo en el ostracismo inexplicable. Ya no bastan sus limosnas de los cuatro primeros juegos para rescatar el templo albiceleste.

Lionel Messi, el ermitaño, debe volver de su autodestierro. Esa autosegregación tiene fecha de vencimiento: este domingo, y como una complicidad exacerbada del destino, lo cita en el Maracaná, en el territorio vedado.

La profanación del Maracaná, derribar los Muros del Jericó brasileño, esta vez bajo la potestad de los alemanes, sólo puede consumarla el ermitaño, el anacoreta, volviendo del autoconfinamiento al que Messi decidió irse un día envuelto con su magia y el incienso.

Porque enfrente sobra lo que Argentina no tiene: futbol de conjunto, variantes, generales que se visten de soldados y soldados rasos que irrumpen como generales. Una escuela de futbol y una escuela de vida.

Pero coinciden en algo: son dos equipos hambrientos de inmortalidad y nutridos de las gestas inmediatas.

1.- Alemania ha puesto siete cicatrices en la piel brasileña que no borrará ni el fin de los días. Será un tatuaje de miseria en el rostro deforme de por vida del balompié brasileño. Al mirarse al espejo, el 7-1 le hará bajar la mirada.

2.- Argentina superó a la soberbia Holanda que se desgastó en maniatar y en ponerle grilletes a un solo jugador, desestimando a los demás. En las correrías de uno, de Messi, el reloj lo mandó al manchón de las sentencias. Y Chiquito Romero se agigantó.

Los alemanes saben que pueden vencer a cualquiera. A todos, pero, tal vez, menos a uno.

Los argentinos ya saben que pueden vencer a cualquiera, pero esta vez, esos todos, esos diez y sus relevos, necesitan del uno, del ermitaño, del autodesterrado.

Ya no pueden los argentinos, como ante Bélgica y Holanda, vivir al filo de los proezas, y en la frontera de los milagros en esa lucha desigual en número. Necesitan ser once contra once. Y en el caso de un Messi pleno, son, y será siempre, 12 contra 11.

Y es una verdad absoluta, si es que hay alguna: Messi puede ser mejor que todos, pero, de momento, este domingo, aún necesita salir de su cápsula de ostracismo, de su autoexilio, para confirmar que sí, que es el mejor de todos, que es mejor que todos, y que es el mejor con todos esos apóstoles que han llevado a Argentina a esta posición inesperada de dejar en ruinas el misticismo que parecía inquebrantable de la fortaleza del Maracaná, incluso sin el vigía permanente de por medio.

De hecho, ya ha violado y violentado los cerrojos de gloria de Brasil, al plantarse en la Final ante Alemania.

Pero, para la otra parte de la proeza, la otra fracción de la hazaña, la más importante, necesita que el sibarita abandone sus desiertos, y de esa manera, cometer la osadía suprema del futbol: poner a ondear vigorosa la bandera argentina, como el Caballo que irrumpe en el Troya de Brasil, en el Maracaná, en ese Castillo Negro, donde en 1950 ya lo hizo Uruguay.

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RÍO DE JANEIRO, Brasil -- El Mundial Brasil 2014 debía ser potestad de otros. De varios, pero de otros.

1.- Debía ser el Mundial de Brasil para conseguir el sexto campeonato del orbe.

2.- Debía ser el Mundial de Cristiano Ronaldo para confirmar su posibilidad de refrendar los mimos de oro de FIFA, y finalmente ser generoso con la selección de su país.

3.- Debía ser el Mundial de España para ratificar que la armonía en la cancha, bajo la cadencia rítmica del tiki-taka, podía ser una escuela envolvente en el universo del futbol.

4.- Debía ser el Mundial de Neymar para colocarse en esferas hasta ahora prohibidas. No pertenece, de momento, ni siquiera a la élite de CR7, y mucho menos puede ser heredero de genios de su raza, de su patria, como Pelé, Garrincha o Ronaldo.

5.- Pero, sobre todo, debía ser el Mundial de Lionel Messi para que certificara incuestionablemente que merece un altar en el mismo retablo donde están Pelé y Maradona.

Y sin duda de estas cinco apuestas casi universales, nadie podía contemplar el fracaso de Brasil, consumado tras el lacerante y desgarrador 7-1 que le impuso Alemania, y que debe ser más doloroso tras las declaraciones de los jugadores germanos en el sentido de que se les pidió tener clemencia y no humillar al anfitrión, algo, al final, sin duda, más humillante que el marcador mismo.

Pero a nivel personal, expectación y expectativas mundiales se apoltronaron con el regocijo de ver a Messi en su manifestación más poderosa, en el clímax de su talento, en la obertura suprema de su virtuosismo.

Seis juegos, y nada. Cierto, cuatro goles, asistencia, y coloca a Argentina a mitad de la ruta en que se encuentra: la Final de la Copa del Mundo.

Pero en los dos recientes encuentros, Messi es el mismo de sus más recientes meses con el Barcelona.

Se especuló siempre, que ese desdén, esa apatía, esa renuncia con el Barcelona, ese año sabático con los azulgranas, era una decisión estricta de cuidarse para el Mundial de Brasil. De no exponerse físicamente, aunque en ello se fuera de por medio Liga, Champions y sobre todo, la respetabilidad culé en Europa.

Y muchos le justificaron de esa manera. "Le ha dado tanto a su equipo, que ahora quiere dárselo a su país", decían algunos antes del Mundial.

Seis partidos y todos siguen esperando. Especialmente porque no se esperaba de él, un jugador que se conformara con sobresalir del montón, sino que en verdad se atreviera a desafiar a leyendas del futbol y de mundiales como los insuperables, y para él inalcanzables, Pelé y Maradona.

Ambos, O'Rei y Diego, no dejaban a su equipo a la deriva. Reclamaban la pelota, arengaban a su grupo, ponían el ejemplo silencioso con acciones estruendosas y explosivas. O si era necesario, pegaban el grito en el momento oportuno. Y confrontaban patadas, y apretaban la pierna.

Tal vez el ejemplo más contundente es el Maradona de 1990. Con el tobillo hecho talco, hecho añicos, infiltrado, poniendo en riesgo su carrera, vomitando en la intimidad del dolor en el medio tiempo, así, fue el caudillo del equipo.

Messi, ante Bélgica y Holanda, especialmente, se escondió. No peleó una pelota con ese ímpetu del capitán de un equipo como el argentino, donde la testosterona del guerrero rebasa el termómetro de cualquier competición.

Es sabido: la casta del futbolista albiceleste no mengua ni envidia ante el ponderado espíritu aguerrido de los alemanes, y mucho menos ante la garra uruguaya.

Y además, Messi no reclama balones, los espera. No ayuda a recuperarlos, para eso tiene a nueve mastines distribuidos en la cancha. Por momentos camina y prueba de ello es que proporcionalmente sus kilómetros recorridos están por debajo hasta de jugadores que no pasaron los octavos de final, y por supuesto palidecen ante los de sus compañeros.

Pelé y Maradona no eran así, guardando distancia incluso respecto a las diferencias de ritmos e intensidad físico-atlética de hoy.

Todos pues, siguen esperando a Messi. A que el jugador que debía consolidar su matrimonio con la inmortalidad en Río de Janeiro, lo consiga y lo consume.

Le queda un partido. Le quedan 90 minutos. O 120. Pero son, y para él deben ser, los 90 ó 120 minutos más importantes de su carrera. Podrá jugar en Rusia 2018, sin duda, pero esta debe ser la gran oportunidad de su encumbramiento. La gloria no debe esperar. La consagración no puede esperar.

Es cierto que Bélgica y Holanda, en especial en ciertos momentos del juego, demostraron su riqueza en disciplina táctica, por la forma tan impecablemente sincronizada en la que lograban encapsular a Leo. Era evidente que habían practicado más en los días previos sobre cómo anularlo, por encima de cómo imponerse al equipo argentino.

Y seguramente ocurrirá lo mismo este domingo con Alemania, en el que estará aún más aislado de lo que estuvo ante Holanda y Bélgica.

Pero Messi debe entenderlo: tiene una deuda con Argentina, tiene una deuda con millones de seguidores de otras nacionalidades que lo idolatran, que lo veneran, que lo reverencian, y tiene una deuda con el Barcelona y su afición, a los que dejó atónitos, estupefactos y amargados en la temporada 2013-2014, pero que se verían recompensados al saber que su sacrificio fue exaltado y redimido en Brasil 2014.

Pero sobre todo, Messi le debe a Messi. Un portento de futbolista como el que es, no puede irse como una pieza más del ajedrez argentino.

Incluso, ha fallado como capitán. El genio, en impasse, en letargo, es él. Sin duda. Pero, el caudillo, el capitán sin gafete, el poder tras el trono, es Mascherano.

Prueba de ello es cuando se acerca a Chiquito Romero y le dice: "Esta es tu noche para convertirte en héroe", y sale a atajar los penales a Vlaar y Sneijder.

Ese mensaje, esa arenga, esa motivación, ese discurso estremecedor, no correspondía a Mascherano, sino al capitán, a Messi. Pero El Jefecito sabía y sabeque el jefe, es él y no Messi.

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SAO PAULO, Brasil -- Holanda no tuvo a Krul y Argentina tuvo a Romero. Y el que a hierro mata a hierro muere.

Los Oranje se metieron a semifinales con un portero emergente como ataja penales, pero esta vez no pudieron usarlo. En tanto, Romero cortó el hálito de vida mundialista a Holanda al atajarle el cobro a Sneijder.

El trámite, los 120 minutos, fue una batalla entre hienas: ninguno se atrevía con audacia, con temeridad, sino que esperaban que milagrosamente, el otro cayera muerto para cebarse sobre él.

La consigna en ambos, para ambos, era no perder. Y la ecuación de renuncia, se complementó de manera perfecta: jugaron ambos, Holanda y Argentina con 10, porque sus "10" en la cancha nunca ejercieron el liderazgo implícito.

Sneijder quiso, intentó, reclamó balones, pero su jornada fue tan rotundamente errática que falla el penalti que es el golpe de gracia para su equipo.

¿Y Messi? Sigue siendo Messi. Flota, sin gravitar. No pelea balones, no se atreve a exigirlos y en el dos a uno que le hicieron en la cancha, sólo logró una jugada a profundidad, precisamente cuando perdió la marca de un segundo escalonamiento holandés.

Sí: con sus "10" inoperantes, ambas selecciones jugador con diez, y más con músculo y adrenalina que con talento, pero siempre priorizando no cometer errores.

En ese trámite intenso, transpirado, masculino, el desenlace desembocó en el drama de los penaltis.

Esta vez Van Gaal no pudo usar el arma secreta que eliminó a Costa Rica en la tanda de penaltis. Sus cambios se habían agotado y Krul se quedó como testigo quieto. Y Cillessen demostraría que es un excelente portero de 90 ó 120 minutos, incluso con dos recortes suicidas sobre Higuaín y Agüero en el área, pero en la serie a matar o morir, apenas adivinó la ruta de uno de los disparos, pero sin atajarlo.

Y Romero se sublimó. Atacó y atajó impecablemente los cobros, atajó dos, a Vlaar y Sneijder, y con ello envió a Argentina a la Final de la Copa del Mundo ante Alemania.

¿Le alcanza a la albiceleste para dar el paso sobre los Panzers que destrozaron a Brasil 7-1?

Igual se pensaba que Argentina sería incapaz de detener el volumen de juego de Holanda. Sufrió, y en realidad, a sangre, sudor y lágrimas, pero lo consiguió, en especial teniendo como figura absoluta a Mascherano, quien dejó en claro que es el verdadero capitán del equipo, aunque el gafete deambule sin autoridad y sin peso, en el bíceps del distraído Messi.

Por el tercer lugar irá Holanda ante Brasil este sábado. Y para los anfitriones, el escenario dantesco que se abre, es estremecedor: parece difícil que superen a los Oranje, y es probable, más que posible, que Argentina sorprenda a la temible Alemania, lo que implicaría dar la vuelta olímpica en la catedral suprema del futbol brasileño.

¿Y Messi? El Mundial lo sigue esperando. Se tomó un año sabático a costa de los intereses del Barcelona y se asumía que era el sacrificio que hacía para mostrar su más explosiva forma y fórmula de talento en Brasil 2014. El ayuno sigue. Y los vómitos también.

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SAO PAULO, Brasil -- Brasil 1-7 Alemania. Cinco veces campeón del mundo. Siete veces humillado. Su propio reino ha sido devastado por la poderosa armada alemana.

Brasil quería parecerse a Alemania. Alemania decidió imitar, en medio de su rigidez guerrera, algunos fundamentos de Brasil. ¿El saldo? La nación más alegre del mundo conoce la extrema tristeza.

Tarde o temprano debía ocurrir: Brasil traicionó sus principios, traicionó su linaje, traicionó el dogma de hacer del futbol, arte y regocijo.

Eligió, como los palurdos del futbol, el músculo y la mezquindad. La nación de la cadencia y el ritmo, exilió ambos atributos de su principal pasión: el futbol. La samba del futbol brasileño queda reducida a espasmos violentos de epilepsia, es decir a convulsiones grotescas, bajo el dogma de Luiz Felipe Scolari.

¿Las ausencias de Neymar y Thiago? Pesaron, sin duda. Pero fue evidente que Scolari nunca pudo armar un equipo con un sello y una personalidad. Nunca tuvo un plan opcional. Pensó equivocadamente que Neymar era indestructible y que por lo tanto Brasil era indestructible.

Brasil queda hecho cenizas. Llega el momento de reconstruirse. Después del Maracanazo de 1950 ganó cinco títulos mundiales. Tal vez, sólo tal vez, sea capaz de reinventarse entre los vestigios amargos de la mayor humillación sufrida por un equipo anfitrión en la historia de los Mundiales.

Y las vejaciones fueron varias, más allá del terror del 7-1, un marcador que es un relato de pánico. Queda una generación marcada y destruida. Y hoy Klose es más que Ronaldo en la historia de los goleadores.

Y Felipao y Parreira quedan como los caudillos de la decadencia y el suicidio. Ganaron dos títulos (1994 y 2002) apelando a la mezquindad y la ruindad, pero amparados en jugadores notables, especialmente en Corea del Sur/Japón.

Pero, además, Brasil encaró a una horda de jugadores marciales, militantes, combatientes, que le desbordaron en descarado mano a mano.

Estos alemanes son psicópatas tácticos pero con delicadas maneras cuando tienen el balón. Hacen caricias mortales con la bayoneta en ristre. Matan con tan delicada crueldad o con tan cruel delicadeza, que Brasil se enteró tarde que apestaba a fiambre.

Se sabe ya que los alemanes juegan más confortablemente en la adversidad. La hidra de 58 mil gaznates hambrientos, que amenazaba con tragárselos desde la tribuna del Mineirao, al minuto 29 desfalleció abierta en canal.

El 5-0 en menos de media hora, fue el acto de decapitación más expedito en la historia de las Semifinales de una Copa del Mundo. Parecía que Alemania llevaba prisa por sentarse a analizar a su futura víctima: Holanda o Argentina.

Y a partir de entonces, sorpresivamente, Alemania tuvo manifestaciones insólitas de piedad y clemencia, lujos inexplicables, lo hemos dicho, en una nación que declara la guerra al decir gracias: "danke", y se pronuncia cercanamente a "tanque".

Y los Panzers alemanes sembraron histeria en un país que preparaba los festejos para lo que debía ser un inminente sexto título mundial. Una nación preparada para declarar el miércoles como día feriado nacional, se encuentra con un miércoles de luto nacional.

No hubo hexacampeonato, sino exequias para las ilusiones de 200 millones de brasileños.

Alemania, bajo un plan de guerra impecable e implacable, no sólo ridiculizó y anuló los espasmos ofensivos de Brasil, incapaz de encontrar en Hulk, Fred, Bernard y el pecho frío Oscar, imaginación, vehemencia y testosterona.

Y tras terminar de castrar, de emascular, a jugadores ya castrados y emasculados mentalmente por la ausencia de Neymar, Alemania se burló de los cotizados zagueros brasileños, en especial de un vecino suyo, Dante, quien vivió su propio infierno, al ser rebasado, ridiculizado y superado con el futbol veloz e implacable de los brasileños.

Era evidente que los dos últimos goles eran una imprudencia despiadada de Schurrle, cuando el jugador del Chelsea, descortésmente, sacó a pasear sus instintos carroñeros, para hacer dos estupendas anotaciones, que marcaban la trasgresión de humillación a burla y degradación sobre Brasil.

Pero lo cierto es que Brasil era una invitación abierta a la vejación y el bochorno. Alemania no despreciaba la oportunidad magnífica de erguir su figura y sus dominios, desde Europa hasta América, y para conseguirlo era necesario poner de rodillas al campeador más poderoso del continente y del mundo.

Alemania terminó sin fatiga. Y no sólo espantó a Brasil, sino que Holanda y Argentina, semifinalistas de este miércoles, disputarán el derecho a tratar de confrontarse cara a cara, ante la bestia alemana que ondea, orea y muestra al mundo la zalea amarilla de un scratch que fue de oro y ha sido reducido a cobre.

En su canción Tigresa, Caetano Veloso deleita afirmando que "ella con algunos hombres fue feliz, con otros fue mujer".

Este martes, Brasil, la nación ha dejado de ser feliz.

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RÍO DE JANEIRO, Brasil -- Real Madrid se cimbra. Se ha roto una de sus columnas históricas. Pero su muerte, irónico, lo fortalece.

La importancia, la trascendencia, el peso de Alfredo Di Stéfano fue, ha sido, es tan poderosa en la Casa Blanca que su fallecimiento la fortalece.

La frase pertenece a Jose Ramón Fernández en cátedra este aciago lunes en Raza Deportiva: "Di Stéfano fundó futbolísticamente al Real Madrid".

No le falta razón. La memoria tecnológica de La Saeta Rubia es pobre. Los videos escasean. Las fotografías se multiplican más que en ángulos de una misma proeza, que en el número de proezas.

Pero la memoria sobre los inmortales divaga, pero no se equivoca. Las reminiscencias de la gloria tienen raíces eternas. Las leyendas siempre sobreviven a los mitos. Y Di Stéfano es una leyenda.

Cuando hablamos de que la muerte de Di Stéfano fortalece al Real Madrid es por la lección de trascendencia. Las huellas más profundas se inmortalizan con hechos.

La Saeta Rubia se convirtió sin duda en el Patriarca de la Casa Blanca. Las grandes estrellas, inferiores a la constelación generacional de Di Stéfano, tenían tres protocolos al entrar al Real Madrid: firmar un contrato, saludar a la afición y finalmente besar la mano del jugador que le ungía con la pureza del uniforme.

Hasta un entrenador rebelde, enemigo de otras leyendas y otros mitos que no sean los suyos, encontró un pacto común de respeto total hacia Di Stéfano, como José Mourinho, quien enfrentó una batalla abierta con la historia madridista, sin dejar al final una estatua honorífica con vida.

Los números de Di Stéfano quedan como aranceles inmortales de su grandeza. Títulos europeos, de goleo, intercontinentales.

Al final debe ser el único jugador que ha extendido sus territorios en dos continentes, porque si bien en Europa queda la herencia intocable, también, inevitablemente, por crianza, por cuna, por origen, por genética, Di Stéfano prevalece como embajador de la cultura argentina por el futbol. No lo enseñaron a jugar en Europa, sólo lo recibieron en el estado perfecto de madurez.

En un universo desleal e irrespetuoso, en el que se venera más la palabra de los sabios cuando mueren que cuando viven, las verdades de Di Stéfano se consolidan casi como epístolas que saltan de Libros Sagrados de la cancha.

Se cansó de insistir en que "el Real Madrid no es aspirante a ser Campeón de Europa, el Real Madrid debe ser el finalista a vencer en cada Champions", y como promulgación genuina de un merengue genuino, queda claro, que se convierte en Ley Suprema de la Casa Blanca.

Sin duda, como manifestación pura de la devoción de un futbolista, prevalece el homenaje a la dama perfecta del jugador en cada partido de futbol.

Una escultura con una pelota y la expresión genuina: "Gracias vieja", manifiesta la percepción clara de Di Stéfano de agradecimiento a la figura preponderante del juego.

Hoy, sin duda, la mayoría de los futbolistas rinden homenaje más al patrocinio, a la vanidad, a la apariencia, al color de los zapatos, y a la goma con que se encopetan, que a la Eva de la cancha.

Di Stéfano nunca olvidó que la pelota es la deidad. Y esa no es una lección para el madridismo, sino para el futbolista de cualquier generación.

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RÍO DE JANEIRO, Brasil -- La pregunta se quedó archivada. Era evidente que para participar en la conferencia de prensa de Holanda este domingo en el Estadio José Bastos Padilha del Flamengo, era imprescindible ser rubio y de ojos claros. Pero, creo, la genética no me ayuda.

Estaba ahí, en el estrado, Tim Krul. Surfeando hábilmente en la tabla de la fama, sobre la cresta de la ola mundialista. Le acompañaba el portero titular naranja, Jasper Cillessen.

Súbitamente, el '23' se convirtió en el número uno. Ocupa el sitio más alto de popularidad en los Países Bajos. Y el arquero número uno pasó a ser el número dos.

Tim Krul
Getty ImagesEl héroe holandés, Tim Krul, gesticula durante su conferencia en Río de Janeiro
Se pretendía saber las sensaciones de que en un Mundial donde los porteros se han convertido en protagonistas de todos los dramas y todas las comedias, él, Krul, quien menos minutos, menos balones, menos soponcios ha tenido en la cancha, desbancó a todos.

Hoy el arquero suplente holandés esfumó las atajadas heroicas de héroes que ahora son sólo figuras regionales.

Hoy, Krul ha mandado al anecdotario las extraordinarias jornadas de Keylor Navas; las 15 atajadas en el fusilamiento de Bélgica a Tim Howard, y la gesta poderosa de Guillermo Ochoa ante el poderío de Brasil.

Krul salió de la banca un minuto antes de que concluyera el juego entre Holanda y Costa Rica para irse a la fase de penales.

Asombro. Azoro. Comenzando por su titular, Cillessen, quien al menos hasta el sábado por la noche era su amigo, según lo dice; pero comenta que es su ejemplo, su socio, y lo cita como referencia de porteros en Europa. Si antes lo miraba de arriba a abajo, hoy debe mirarlo de abajo a arriba.

Krul confirma que él y Van Gaal tenían un pacto secreto, un pacto de sangre. Si había penales, jugaría. Era un secreto sellado con sangre. Y así permaneció. Cuando los 120 minutos se consumían, los dos lobos se relamían los bigotes.

Cillessen reconoce que por segundos cayó en las garras del estupor, del desaliento, de la confusión. Y deja entrever que casi se palpa toda su humanidad, para saber si estaba vivo o si estaba lesionado o si estaba entero, al ver desde las bancas, los aspavientos para que saliera, con el letrero luminoso en rojo con el número 1, y con el '23' en verde.

Como los maridos con una cornamenta como ornamento, fue el último en enterarse del amasiato táctico entre Van Gaal y Krul.

"¿Qué está pasando aquí?", se preguntó Cillessen. La respuesta le llegaría primero en la banca y después en la cancha.

Cuando Krul es anunciado, las estadísticas del portero del Newcastle inglés no confesaban nada. Había atajado apenas dos de los últimos 20 penales cobrados en su contra.

Sus antecedentes no revelaban, ni remotamente, que fuera un atajador excelso en penaltis. Y él mismo lo reconoce en la conferencia de prensa de este domingo.

Pero en los cinco disparos de los ticos siempre encontró el viaje misterioso de la pelota. De los cinco atajó dos: a Bryan Ruiz y a Michael Umaña.

Con su nombre de superhéroe cósmico del Siglo XXX, Krul salvó a Holanda del ímpetu costarricense, y se convirtió en el protagonista del Mundial, este personaje, nacido en el monedero favorito de los condes holandeses, en La Haya, ciudad de la que por cierto es el único emisario en el contingente mundialista anaranjado.

Tras debutar a los 18 años, en lo que parece una exótica tienda de helados delicatesen, de 93 sabores, ADO Den Haag, hoy con menos segundos de juego que las llamadas que ha recibido de felicitación desde Holanda, se convierte en el portero más famoso en la historia de los Mundiales.

No hay secretos detrás de esa adquirida habilidad para atajar los penaltis críticos. Reconoce que hay instinto, acepta que hay reflejos, pero fundamenta el mérito en el trabajo de preparación. "Parece que esta es mi misión en este Mundial", dice entre risas.

Y mientras Krul atajaba penaltis ante los ticos, con esa frialdad o indiferencia de quien sale cada día a ganarse el pan desde una aburrida oficina, un soso consultorio o una rutina de checar boletos en un cine, Cillessen se consumía de nervios, de ansiedad. Lo acepta: no eran celos, era desear que su, hasta el sábado, amigo, socio, confidente, colega y, sobre todo, suplente, hiciera bien su tarea.

"Las festejé mucho (las atajadas de Krul), porque lo importante era el equipo. Hoy Tim es el jugador más famoso del equipo, pero porque yo le di la oportunidad", comenta entre risas, ante un aparentemente apacible Krul, quien le dio 23 sorbos, acaso cabalísticos, a la botella de agua, como reflejo más de los nervios del confesionario mediático, que por una eventual sed, porque la sesión de entrenamiento sería posterior a la charla con los medios.

Lo cierto es que Krul ha revalorizado al portero suplente. Del tipo que viaja y sólo toma las fotos de los titulares, se ha convertido en arma secreta. Del valet del arquero titular, se ha convertido en el ogro, en el coco, que usa Van Gaal para espantar a los delanteros rivales cuando el Juicio Final se traslada al manchón penal.

A partir de Krul y la argucia de Van Gaal, el arquero suplente debe diversificar sus habilidades, y no consumirse como turista o burócrata mundialista, esperando desperezada y desesperanzadamente a que el titular se entierre una uña para poder jugar.

Ha llegado el momento de los porteros multifuncionales. Ya no están ahí para completar la nómina, sino para vestirse en héroes de ocasión.

A partir de Krul y la astucia de Van Gaal, a los porteros suplentes se les debe colocar en un gabinete con el letrero: "Rómpase en caso de incendio... o de penaltis".

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RÍO DE JANEIRO, Brasil -- ¿Cuánto propuso Brasil? ¿Cuánto de los fundamentos del jogo bonito usó? ¿Dónde está el amo y señor feudal con la nómina más poderosa del Mundial? ¿Cuándo maravilló para ser mejor que Colombia?

La pregunta sigue: ¿y dónde está Brasil?

La victoria de los amazónicos se explica, se justifica, se contabiliza, pero no se le embadurna con la grandeza de los adjetivos.

Para hablar del triunfo de Brasil uno recurre a los inventarios, no, como uno lo desearía, a los argumentos maravillados con el asombro.

No es una victoria sucia o flagrantemente percudida, pero menos una victoria fragantemente consumada. Pero que la euforia entendible de los brasileños, no permita que se arrime incienso donde sólo pueden arrimarse cuestionamientos.

1.- Dos goles con errores de Colombia. ¿Qué hacía Sánchez cuando Thiago bufaba a su espalda? ¿Qué hizo Ospina al atacar mal el disparo de David Luiz, pensando en la postal histórica antes que en sus deberes?

2.- ¿Cómo ornamentar o cómo esconder o cómo camuflar que Brasil necesitó de una falta cada tres minutos para contener a Colombia?

3.- ¿Cómo razonar ante la tarjeta roja que mereció Julio César en el penalti? O como pasó ante México, Thiago terminó en la cancha a pesar de la reincidencia.

4.- La victoria puede no conseguirse con brillantez y luminosidad, así pasó con Alemania sobre Francia, pero, seguramente, no debe consumarse con las costras repugnantes de los tres cuestionamientos anteriores.

En esa raquítica frontera que marcan el resultado y el trámite del juego, de nuevo se impactan verdades irrefutables que hasta suenan contradictorias: Brasil no merecía ganar, pero tampoco, necesariamente, merecía perder. Colombia, no merecía perder, pero, sin duda, tiene derecho a rebelarse -cierto, inútilmente ya- ante la serie de emboscadas, ajenas y propias, que le impidieron ganar.

A Colombia le llegó la medianoche en su personaje de Cenicienta en el Mundial. Pero, al igual que la fantasía del cuento, las arpías confabularon contra ella.

Imperdonable el error de marca de Sánchez cuando era su único cometido, y tenía ventaja geográfica sobre Thiago en la disputa del balón. Y Ospina, en un Mundial donde los porteros marcan referencia, él marcó la nefasta diferencia: ese balón era suyo, más allá del impacto dirigido de David Luiz.

Y el árbitro, con su larga estela de sospechas en el futbol español, ensucia el juego. Se equivoca y quiere compensar. Compensa y se equivoca nuevamente al recompensar.

Colombia podrá irse como se han ido otras selecciones en este Mundial: ultrajada por el arbitraje, y también, claro, por sus propios errores.

Lo cierto es que con la evidencia de su futbol y de sus buenos futbolistas, la selección de Néstor Pékerman dejó la pregunta más vigente que nunca en esta Copa del Mundo: ¿Y dónde está Brasil?

Una falta cada tres minutos marca incuestionablemente que, en general, hizo uso en el momento y en el espacio de la cancha más adecuados, de la infracción que frena más que la que hiere, además de que otro par de ocasiones, dramatizaciones baratas le regalaron tiempo, le regalaron posesión, mientras que Colombia empezaba a dudar cuantos vestidos de amarillo había en la cancha.

Claro, a nadie debe extrañarle que Brasil sabe golpear. Tal vez no hay afanes de mutilar al contrario, pero sí de destazar las intenciones del contrario, y que además en la mezquindad de los jueces, sabe que encontrará un saldo bajo de tarjetas amarillas.

¿Le alcanza a Brasil para superar a Alemania? Parece difícil.

Especialmente porque ni Brasil tiene la respuesta a la pregunta testamentaria de Colombia: ¿Y dónde está Brasil?

Sí, está en Semifinales, pero sin asumir la responsabilidad absoluta que corresponde a un Pentacampeón Mundial, anfitrión y favorito para ganar su propio torneo.

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