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Osorio fue ratificado como DT de México
CHICAGO -- 7-0. Una convulsión sin convulsionados. Una tragedia sin víctimas, a no ser la jornada doliente de la afición. Entre los responsables no hay culpables. El patíbulo se queda quieto. La guillotina no beberá sangre.

Juan Carlos Osorio sigue al frente del Tri. Presentó su renuncia, según Guillermo Cantú. Conciliaron. Reconstruyeron el pacto de entre las ruinas del 7-0 ante Chile. En medio de esa vergonzosa derrota, el entrenador consuma victorias.

Cada quien tendrá su respuesta, pero ¿qué lacera, que hiere, qué hiede más del 7-0 ante Chile? ¿El escandaloso marcador? ¿O la deplorable actitud de los jugadores? La segunda consuma la primera, sin duda.

Y ojo, lo había advertido: un grueso de la afición, sigue exonerando, exculpando, por el soborno de un autógrafo o una fotografía, a los 11 pusilánimes, a los 11 timoratos, a los 11 fanfarrones que idolatra.

La FMF toma una decisión inesperada. Peligrosa, riesgosa, sorpresiva, pero aparentemente acertada.

Pero, también, la FMF toma una decisión tramposa, farsante, corrupta. Se lava las manos. Y los dueños de equipos, que prometieron, como Jorge Vergara, "ir hasta las últimas consecuencias", se acurrucan cómplices a su alrededor.

1.- Ojo: le da un voto de confianza al entrenador colombiano, por encima de los jugadores. Inusitado, totalmente.

2.- Ojo: Osorio no claudica en su punto medular: las rotaciones. Para él son imprescindibles por salud grupal; necesarias por exigencias del rival, y porque en su carrera le han dado éxito, ojo, lo hemos dicho reiteradamente, en clubes, donde el contacto es diario.

3.- Ojo: Osorio no aceptó ninguna de las imposiciones. Ni a un auxiliar mexicano, ni un cambio de timpon en su forma de manejar al grupo, y menos aún en su grupo de colaboradores.

4.-Ojo: Osorio no acudió a la rueda de prensa. Podrán algunos catalogarlo de cobardía, pero, refleja la astucia de Decio de María. Entre todo la perorata de Guillermo Cantú nada rebasó el anuncio medular de la continuidad, ni el enamoramiento de la mosca por su agua de colonia... o su falta de agua de colonia.

5.-Ojo: Osorio tendrá su más cruda, ruda y frontal prueba antes de recibir a Honduras y viajar a El Salvador en el cierre de la fase de grupos de Concacaf. Me refiero al momento de la convocatoria para esos partidos.

6.-Ojo: México ya clasificó al Hexagonal. Si Osorio llama a los europeos, y a otras balas perdidas como Paul Aguilar, es que está decidido a librar una batalla final: la redención colectiva o la renuncia masiva.

7.-Ojo: por otro lado, puede empezar a armar su propia selección, con lo que encuentre en la Liga MX, buscando lealtades genuinas y voluntades absolutas. Un ejército propio.

8.- Ojo: la permanencia de Osorio, es, obviamente, una permanencia condicionada. No la condicionan ni las fórmulas ni las formas, sino los resultados. La consigna es muy clara: cero derrotas en Concacaf. ¿Incluido el eterno Waterloo del Tri en Columbus?

9.- Ojo: Osorio acepta como el gran examen, la Copa Confederaciones, que será el reencuentro eventual con un par de potencias europeas y... ¿con Chile? Los sorteos, manoseados y todo, guardan rencores sadomasoquistas.

Viene pues, un escenario dramático de cambio. Osorio ya no puede equivocarse, y por ello, ya no puede equivocarse en la decisión fundamental: la elección de futbolistas.

Lo tiene claro el técnico colombiano: debe cambiar para evitar que lo cambien. Y debe hacer cambios. Hoy, la rotación de jugadores, e slo único que puede salvar su doctrina de la rotación.

Pero, insisto, no puede permitir que le manipulen su estilo de trabajo, porque hacerlo, sería traicionar sus principios, y entonces sería un espantajo sin autoridad.

Y en ese sentido, se agrega otra victoria de Osorio: prefiere morir por sus convicciones, que morir traicionando sus convicciones.

Y lo que queda claro, es que, como canta su paisano Juan Luis Guerra, en esa travesía de "cruzar el Niágara en bicicleta", no puede perpetrar errores.

Osorio lo sabe: la cicatriz del 7-0 no es un estigma eterno sólo para el futbol mexicano. Él también lo arrastrará como la página ensangrentada de su curriculum.

Nunca llegarán ni el perdón ni el olvido de una afición que hoy, confundida, difusa, dolida, sigue buscando a alguien para sacrificarlo en la picota.

Y hoy, es menos ingenuo, o menos desprevenido el técnico colombiano. Hoy, ya sabe, que en México, las emboscadas visten de pantalones largos... pero también de pantaloncillos cortos.

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Historia de los mundialesGetty ImagesEl arquero argentino Nery Pumpido y el capitán Diego Maradona levantan La Copa del Mundo luego de ganarle a Alemania Federal por 3-2

CHICAGO -- ¿Cómo no recordarlo? ¿Cómo? Cómo si es más genuina, leal y fiel mi memoria que todos los videos de YouTube. ¿Cómo olvidarlo?

El granuja, el pibe de arrabal, de potrero, ya había puesto de rodillas a la Reina (Dios la salve de D10s) y a sus súbditos, con la chapucera mano superando a Shilton.

Aún entre los tramposos hay clases sociales. A estos, a los Diegos, se les llama magos. El resto, viles mendigos y delincuentes.

El 1-0 hacía sangrar al Palacio de Buckingham. El tunecino Alí Bennaceur había legitimizado el hurto más canalla en la historia del futbol, más incluso que el gol fantasma de, mire usted, Inglaterra a Alemania, en la Final de 1966.

'La Mano de Dios', diría después Diego. Claro, no era La Mano de Dios, pero sí, La Mano de D10s.

A veces, sólo a veces, en el deporte, el más horrendo de los crímenes, recibe la penitencia con el más fascinante de los indultos.

Ese día ocurrió. 22 de junio. Estadio Azteca. Cuando aún le cabían a su majestuosidad 124 mil majestuosos corazones en delirio.

¿Cómo olvidarlo? Para qué olvidarlo. Cómo no recordarlo. Porque estaba ahí, en la tribuna de prensa del Azteca. En la fila de atrás, regalo del destino, la Legión de Honor del periodismo deportivo.

Los había leído, vorazmente, cada semana, con semanas de retraso, en El Gráfico, aquel Gráfico, que a veces hurtaba y a veces compraba. Era la mejor academia vía postal, de periodismo deportivo. Docencia absoluta. El arte de investigar. De hacer de historias comunes, epopeyas.

Onésime, Juvenal, Cherquis Bialo, Proietto, Gorín y hasta alguien me dijo que seguro estaba ahí el espíritu de Borocotó. Me sentí bendecido: debía entregar la crónica para El Heraldo de México del partido más codiciado antes de la Final del Mundial de México. Y detrás, los maestros, sin saber ellos de ese anónimo escolapio por correo.

Segundo tiempo. Y Diego Armando Maradona, una vez más, coreado por la devota idolatría de la tribuna.

Y uno sabía cómo comenzaría aquello, con ese regordete melenudo, bajito, con la pelota menos lejos que un arrumaco de tango. Uno sabía cómo comenzaría, pero nunca sabía cómo terminaría.

Pero aquello se fue insinuando. Y las gargantas comenzaron en murmullos. In crescendo. Hasta los alaridos.

Porque Diego abate a la guardia personal de la reina. Scotland Yard aún busca levantarle cargos. Ni Dios salvaría a la Reina de la invasión de D10s.

Y Maradona recibe del Negro Enrique en su propia cancha. "Mirá Diego, que te di medio gol en ese pase", bromearía Enrique después.

Diego Maradona
FOTO:BONGARTSDiego Maradona y la emblemática jugada que lo encumbró como leyenda: 'La Mano de Dios'.

Y comienza la obra más grande en la historia del futbol mundial. Nueve segundos. Doce toques lascivos a la piel tersa de durazno de la gordita blanca.

Diego, pisa, gira, amaga, piruetea. Maestro, música, que el baile comienza. El vals apresuradito de los nueve segundos.

Y se deshace del primer mastín, de apellido Beardsley. Maradona hace del serpenteo y el vértigo un cromo pendulante. Su baja estatura es cómplice de su centro de gravedad.

Los desalmados y desarmados ingleses ya no buscan la pelota, buscan la humanidad del holograma vivaz que transita en tercera dimensión. Estatuas de sal.

Desde las alturas del Estadio Azteca la travesía al Buckingham de Shilton parecía un laberinto inexpugnable. Un callejón sin salida. Pero donde los vulgares ven murallas, Diego ve pasadizos, ve atajos.

El Hércules chaparrón se lanzaba cobre el Cancerbero de seis fauces babeantes y con ojos inyectados de odio. Tenía una espina aún para el Equipo de La Rosa.

La coreografía del asombro en la tribuna. Una danza tribal. De cuerpos y de voces. Nos empezamos a poner de pie. Sí, de nuevo, in crescendo. Y no en homenaje a los cadáveres ingleses exhumados de frustración, caídos en el césped de la catedral mexicana. No. Sino porque Diego Armando Maradona empezaba a pintar su propio mural del Juicio Final en la Capilla Sixtina del futbol universal.

124 mil testigos del asesinato perfecto. Y la cabalgata de Maradona en el corcel invisible de la gloria, con la doncella blanca como bayoneta de perfidia.

Diego entregaba un crisantemo a cada rival caído. Para su tumba. Los aniquilaba de asombro. Si el propio Pelusa no sabía qué inventaría en la siguiente acrobacia, con la musculosa delicadez de su cadencia, cómo demonios podrían saberlo ellos. Su certificado de defunción rezaba: eutanasia.

Primero Beardsley. Y después Hodge. Y Reid. Y Butcher. Y Fenwick, y hasta el arquero Shilton, embobado ya, embelesado ya, resignado ya, cuando Diego encamina ante el altar del 2-0 esa pelota dócil, mientras simultáneamente se colapsaban Buckingham y el Azteca. Dos cataclismos con un mismo epicentro.

Que dulce defunción para Shilton: desde 60 metros y nueve segundos antes, vio venir al heraldo, al portador de su propia muerte, con la ominosa inmortalidad de recibir el mejor gol de la historia.

El Azteca se llena de 124 mil microsismos. Convulsiones. Alaridos. Lágrimas. Bosques de puños al cielo. Ojos desmesuradamente abiertos, como para guardar el momentum de todos los momentos de ese gol. Algunos derrumbados en sus asientos queriendo creer lo que parecía increíble.

Diego hizo que la realidad degradara hasta la vulgaridad todas las fantasías incubadas en las febriles premoniciones de 124 mil privilegiados en el Azteca. Los Mundiales en México han sido los ascensos al Olimpo de los dos mejores futbolistas: Pelé y Maradona.

Gary Lineker tendría que salir a legitimizar su sentencia célebre: "El futbol es un deporte que inventaron los ingleses... pero para que los mexicanos convirtieran en semidioses a sus dos mejores exponentes".

Súbitamente escuché a mis espaldas, en esa sinfonía de Babel, donde el festejo era absoluto, pero con un lenguaje invertebradamente difuso, lo más brutalmente insólito.

Y venía de gargantas argentinas, colapsadas, indecisas entre romper a llorar o en carcajadas. Pero lo escuché clarito, y de esa fraternidad de letrados capaz de narrarme un partido de futbol como una Ilíada y una Odisea.

"Hijo de puta", gritaba uno. Y otro. Y otro más. Los periodistas argentinos tenían un rictus indescifrable en su rostro. Y ese grito se multiplicaba. Yo rebuscaba adjetivos para anotar en mi libreta, y me encontraba con una descripción inusitada de ese gol que cada año, como Gardel, es más legendario, más mítico, y más universal...

Me explicaría uno de ellos: "Es que en Argentina cuando quieres elogiar a alguien le dices que es un hijo de puta, es el mayor elogio, en estos casos".

Los observé. Más a ellos que al carnaval festivo de la cancha. Tenían razón. No había que ir al diccionario de mi memoria.

Me senté. Tomé libreta y pluma. Y empecé a anotar, por disciplina, no porque hiciera falta, el nombre del autor del gol: "Diego Armando Maradona, el mayor hijo de puta en la historia del futbol...".

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CHICAGO -- El desafío es gigantesco. Hay un proverbio como epitafio y mortaja perfecta para esta Selección Mexicana.

"Un gran hombre sobrevive a una gran derrota. Un hombre pequeño no sobrevive a una gran victoria".

¿Podrán esos hombres pequeños, de arrumacos europeos, y de fantasías de idolatría, egocentrismo, fatuidad y auto veneración sobrevivir a esta gran derrota, tras no sobrevivir a una gran victoria?

¿Podrá Juan Carlos Osorio sobrevivir a esta gran derrota con una selección nacional, tras haber sobrevivido a grandes victorias... en clubes?

Todos han perdido su mayor tesoro: credibilidad. Y más grave, credibilidad mutua.

Hoy, queda claro, que los jugadores no volverán a creer en Juan Carlos Osorio...

Hoy, queda claro, que Juan Carlos Osorio ya no volverá a creer en estos ídolos europeos, con rodillas de barro tenochas...

El divorcio es absoluto. No hablo necesariamente de una gran y violenta confrontación. No hablo de sopapos o de insultos. No.

Y no, porque basta ese 7-0 ante Chile, que marcará históricamente a México, para burlas, para sarcasmos y para avergonzarse ante la cicatriz que dejará su rostro de petulancia marcado perenemente. El desfiguro es moral, emocional, por lo tanto, eterno.

Contaré una infidencia. No es una traición. Es ayudarlos a Ustedes, mis tres fervorosos pelagatos asiduos a este espacio, a saber, entender y seguro reflexionar sobre hechos.

Dos días antes del holocausto ante Chile, hubo una encerrona con Osorio, en el hotel del Tri. Grabadoras apagadas, libretas cerradas. Un pacto.

Y Osorio abrió libretas, hizo revelaciones, citó ejemplos, detalló momentos. Y sobre todo dogmatizó sobre ese recurso suyo llamado rotaciones. El ajedrez en un tiovivo.

Era la segunda charla en detalle con Osorio. Leí u ojee u hojee los apuntes en rojo y en azul. Y me detalló el plan de guerra ante Chile. Defendió al jugador mexicano a muerte, a su jugador mexicano, a ése que otros han tachado de idiota funcional, como Ricardo LaVolpe.

"¿Cómo viste?", me preguntó un administrativo del Tri, tras la charla entre el entrenador colombiano y quien era identificado al interior de la selección como "el mayor detractor de Osorio", es decir este reportero.

Expliqué que había confirmado lo de la primera charla privada. El tipo sabe, estudia, pero..., sí, pero...

"Espero que los jugadores no abusen. Espero que no lo traicionen. Puede pasar lo mismo que con Enrique Meza en la selección. No puedes entregar buenas personas a futbolistas abusivos", expliqué.

Los que hemos vivido varios procesos del Tri, en mi caso desde 1984 con Bora Milutinovic, sabemos que, en general, al futbolista mexicano, se le da la mano y mordisquea hasta el pie.

Ese día, después de la charla, por conclusión, por deducciones, sabía cuál sería la formación del Tri ante Chile. No había secretos. Sólo era necesario que los jugadores hicieran lo que mejor saben, pero con la actitud que mejor puedan.

México
MexsportNo había secretos de la formación del Tri ante Chile. Sólo era necesario que los jugadores hicieran lo que mejor saben.

Ocurrió. Ante Chile ocurrió el acto de traición. Ojo: todos se equivocaron, porque en el caso de Osorio, obrar de buena fe, no necesariamente significa obrar con buena fe.

1.- ¿Alguien vio al mejor futbolista de Concacaf y en Holanda, a Andrés Guardado, en los dos últimos juegos de México en la Copa América? ¿Y a Héctor Herrera?

2.- ¿Alguien vio a Paul Aguilar, quien ya había hecho un ridículo miserable en una conferencia de prensa al burlarse de una reportera, y queriendo ser protagonista al estilo de Jorge Campos o Cuauhtémoc Blanco, pero sin tener jamás su personalidad?

3.- ¿Y Héctor Moreno? Y lo más insólito: Miguel Layún pecando de desconcentración en dos goles. Y sin dejar fuera a Guillermo Ochoa y su entumecimiento mental y físico.

4.- ¿Y Javier Hernández? Escondiendo la piernas en dos ocasiones, y al final bajándose de su nicho de europeo, desertor de sus raíces, desobedeciendo recorridos, para ofrecer disculpas.

5.- Ojo: Osorio se equivoca sin duda. Jesús Dueñas es un crack en el barrio de Zuazua y anexas. Y el técnico debió entenderlo.

6.-Y se equivocó con Hirving Lozano, porque en lo personal lo perdí de vista, en utilidad, no en futbolito de relumbrón, desde los momentos críticos de las semifinales de Pachuca. Y Osorio, quien se jacta de leer el alma humana, debió entender que el 'Chucky' no tiene instinto asesino. Los bufones del balón no ganan partidos.

7.- Alguna vez le puntualicé a Osorio, y otros ya lo habían hecho, que el futbolista mexicano es un animal distinto. Manuel Lapuente lo sintetiza: "Hay que hablarle cada día, todo el día, todos los días".

Esa charla debe ser arenga, exigencia, grito, motivación. Javier Aguirre y Miguel Herrera saben hacerlo. Osorio pecó de paternalista. Se llenó de 23 hijos que nunca serán pródigos, aunque pudieran ser prodigios como futbolistas.

Seguramente los fanáticos cegatones, esos que arriman incienso al jugador por la carita bonita, por el cabello ensortijado, por el club en el que juegan o jugaron, o porque alguna vez los compraron sus conciencias con una foto o un autógrafo, estarán en sesgado desacuerdo con que sus ídolos sean expuestos.

Pero, a esos extremistas, es necesario decirles que es más cobarde quien se esconde tras el cobarde. Y ante Chile, abundaron los cobardes.

Este punto crítico que hoy vive el Tri con Osorio, tras el 7-0 a un equipo sin personalidad, sin brío, sin dignidad competitiva, es idéntico al del Chepo de la Torre en el Hexagonal de Concacaf pasado.

Y quedan dos caminos, cuando el Hexagonal Final de la Concacaf ya está enfrente.

1.- Osorio debe olvidarse de ellos, de los que llama "influyentes, y no titulares" europeos, de los que aceptó en conferencia de prensa, sentirse decepcionado, por no haber estado a la altura del reto que fue Chile.

2.- O si no, la selección debe olvidarse de Juan Carlos Osorio, y empezar a manosear entrenadores, por miedo a que las porcelanas europeas boicoteen a patrocinadores y los partidos que se vienen. La selección es prisionera de sus veleidades.

Y a la FMF y a Decio de María, les preocupa más que el estadio de Nashville se llene con el próximo amistoso, ante un equipo, lea bien, de Oceanía o de Concacaf, que restañar las heridas del Tri.

¿Hubo algo más humillante que el 7-0? Sin duda, que tras el 4-0, la afición empezó a desalojar el Levi's Stadium, y la que se quedó en la tribuna, se burló de su selección con olés, y gritándole el "eeeeeehhh...", a su propio portero.

Reitero: ¿podrán los hombres pequeños del Tri sobrevivir a una gran derrota, luego de no poder sobrevivir a una pequeña victoria?

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SANTA CRUZ, California -- Rotación. Una palabra que ha saltado del anonimato a la fama, del tedio al misterio.

Rotación. Hoy se ha convertido en una ruleta de petulancias y desengaños para hablar de la alineación de la selección mexicana.

Juan Carlos Osorio ha hecho de la incertidumbre su mejor ataque en el 'Tri'. La rotación parece obedecer a los caprichos. Pero, aclara él mismo, obedece a la incidencia directa de las virtudes del rival con las respuestas disponibles en su equipo para buscar la victoria.

Y en el GPS del técnico del 'Tri' queda claro que está convencido que todos los caminos lo llevarán a Roma, en este caso al MetLife de East Rutherford, el 26 de mayo, en la Final de la Copa América Centenario.

Los adversarios se rompen la cabeza. El Sudoku aburre, y el Cubo de Rubik, se juega en blanco y negro, al lado de la alquimia táctica de Osorio. El 4-3-3 en el ábaco de Osorio se convierte en Teorema de Pitágoras.

1. "Tongue twister (trabalenguas)", dijo Winfred Schäfer, técnico de Jamaica, enarcando las cejas, como si hablara de superchería.

2. "Es imposible saber a quién va a poner (Osorio)", dijo Washington Tabárez con esa ocasional sonrisa de sarcasmo, antes de repartir camisetas en Uruguay.

3. "Son diferentes hombres siempre, pero es una misma forma de juego", dijo Rafael Dudamel, estratega de Venezuela, quien conoce a Osorio de rivalidades en Colombia.

Parecen casi bizarros los afanes de Osorio para inventar un México distinto -aunque algunos estén convencidos que la mona vestida de seda, mona se queda-.

Y esa obsesión contrasta con sus colegas, que se lamentan cuando no pueden establecer un cuadro base y, menos aún, repetir un once por imponderables del destino: lesiones o tarjetas.

En la más reciente conferencia de prensa, más impaciente que nunca, Osorio desveló un nuevo escenario, o permitió que se interpretara así: diplomacia táctica.

"Somos una familia, en la que todos estamos felices porque todos juegan", dijo para explicar su devoción por esa rotación que antes en México sonaba a aburrimiento, imaginando los giros infinitos de La Tierra sobre su propio eje. El hipnotismo por tedio.

Rotación saltaba en el futbol mexicano como una referencia cuando un equipo debía combinar la escualidez de su grupo en dos torneos distintos. Ahora, Osorio juega a Américo Vespucio y a Galileo: induce a la rotación en un fenómeno de traslación.

Ahora, rotar se conjuga en México sólo en tercera persona de la incertidumbre y el azoro, se conjuga en la tercera persona del singular: Osorio rota.

Reporteros colombianos que han seguido la trayectoria de este gitano seleccionador del 'Tri', que vive su octava asignación como director técnico, recuerdan como con Nacional sumó 17 partidos sin repetir alineación.

Hasta en los acreditados a la fuente cruzaban quinielas para tratar de adivinar la formación en turno de Osorio. La vaquita, el fondo, el monto acumulado de esas quinielas creció exponecialmente hasta competir con la deuda externa de Colombia.

Pero Osorio entregaba títulos. Por lo tanto, si el entrenador deseaba improvisar posiciones y hasta apostar desempolvando jugadores que vivían en el cajón de los trebejos, como ahora Cándido Ramírez, nunca nadie le discutió nada. Había adquirido una brújula con Alzheimer... pero que siempre llevaba a la victoria.

Hoy, sus números con el 'Tri' le han puesto una armadura. Cierto, los experimentos, los ensayos, los atrevimientos, los tanteos, las fórmulas y hasta lo que parece absurdo entran en las contemplaciones delirantes de lo que él simplifica como rotación.

A veces hasta parece un acto de sadomasoquismo o de un espeluznante acto esotérico, con la frialdad mezquina de Maquiavelo. "Sufre que te aliviaré de tu dolor", susurraba Hannibal, antes de engullirse en una parrillada a sus víctimas. Osorio saliva de igual manera.

1. Ante Chile, llama a 'Chicharito', entumido de la banca, y hace el gol al minuto 86.

2. Ante Jamaica, saca de entre bostezos al 'Chucky' y al 'Hermoso' y en momentos de soponcio, Lozano y Oribe se suman y consuman ambos la voltereta del drama.

3. Y ante Venezuela reposiciona a Layún liberando a 'Tecatito' Corona en su ingreso y empieza a tejer el túnel ante la zaga llanera.

4. ¿Más? Cándido Ramírez ante Senegal. O Damm y 'Tecatito', cambios asesinos y letales ante Honduras.

Osorio parece regocijarse con la angustia colectiva. Como que alguien debe avisarle que la afición al 'Tri' ha vivido al borde del soponcio y el patatús durante decenios y que ya anhela jornadas festivas y tranquilas, o al menos, con una dosis menor de escalofriantes participaciones.

El entrenador colombiano está convencido que sobre unas cuantas piedras, que él llama "influyentes y no titulares", es capaz de construir su iglesia de resultados: Layún, Márquez, Moreno, Herrera, Guardado y 'Chicharito'. Piedras angulares de su concierto de ideas para el desconcierto colectivo.

Ante Chile, seguramente la formación que ideó ante la misma selección Roja en el amistoso previo a la Copa América Centenario, seguramente modificará sustancial y obligadamente el cuadro que presentó. Ninguna mujer es la misma en dos citas similares.

Evocando a Jardiel Poncela y su frase legendaria de que "el sentido común es el menos común de los sentidos", Osorio encuentra en su particular riña táctica con el sentido común, la forma más común de darle sentido a esta selección mexicana.

Y en tanto, que se infarte la afición en el tsunami de la angustia hasta los minutos finales, y que los medios elucubren fallidamente sobre su alineación, porque mientras él sume puntos en la anarquía de su flujo de ideas, la rotación seguirá siendo un enigma con pasaporte mexicano.

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SANTA CLARA, California -- México sufría. Vaya que sufría. Minuto 80. Venezuela erguía el edicto del 1-0 en la monumental pantalla del NRG Stadium.

Y el caos que se escondía detrás del caos de ese 1-0: desvirgar al invicto México de Osorio, enfrentar a Argentina, defraudar a 67 mil fanáticos, sembrar más dudas en un campo minado de dudas...

Y Venezuela no sólo se pertrechaba, sino que lanzaba en estampida a sus Cuatro Jinetes del Apocalipsis en vertiginosos contragolpes que ya habían convertido en héroe a otro Jesús, a otro Corona, al arquero...

Pero, en esos momentos cuando el desastre se quita la capucha y cínicamente se muestra, entonces, justamente entonces, aparecen esos llamados héroes incidentalmente accidentales o accidentalmente incidentales. La túnica no cambia el milagro.

'Tecatito' Corona toma el balón en ese sector donde los eruditos anhelan que se consumen las hazañas, ahí, en el último tercio de la cancha. Ahí, donde mueren los profetas oportunistas de los pronósticos.

La épica se consumó en siete segundos. Siete segundos y diez toques de balón. 80 minutos de impotencia del Tri, y a 'Tecatito' Corona le toma siete segundos. Pocas hazañas se han consumado en menos aleteos del destino.

Era una tarea para un superdotado. Y Corona no lo es. "Es un crack", lo bautizó en la pila del asombro Miguel Layún. Y sí, tal vez lo sea.

Pero suelen ser esas hazañas que en un día de desenfado consuman los etéreos, los divinos, como Pelé. Maradona, Messi, Garrincha. 'Tecatito' no es ninguno de ellos. Y no lo será jamás.

Pero al 'Tecatito' le basta y sobra con ser el 'Tecatito'. Es ya sublime ser una réplica perfecta de sí mismo, antes que una réplica defectuosa y contrahecha de cualquier otro, se llame Edson, Diego, Leonel o Mané.

Y 'Tecatito' fue 'Tecatito'. No fue ni la pantera de Pelé, ni el Barrilete Cósmico -dixit Víctor Hugo- de Maradona, ni el vértigo de video juego de Messi, ni el monstruo indescifrable con pata de palo llamado Garrincha. Con sangre de mayo y de yaqui, Corona se limitó a ser Corona.

Ahí, en ese último tercio, donde incuban los David ante la magnitud del Goliath, ahí, comenzó el que deberá ser el gol que salte de las meninges de la Copa América, a codiciar el Premio Puskas.

Ahí, 'Tecatito' explotó. Siete segundos. Con el pie derecho pacta un yugo con la pelota. La esclaviza. Recorta sobre la derecha. El primer soldado amarillo queda expuesto, y el segundo apenas alcanza a leer las placas del bólido en la camiseta. No lo olvidará ninguno de los dos venezolanos: comparsas suicidas.

Corona ya pisa el semicírculo. Ha acariciado ocho veces la pelota, para reorientarle la brújula hacia la Tierra Prometida de la red.

Tres mastines amarillos se asocian a su alrededor. Javier Hernández se ofrece de socio. Terminaría siendo 'Chicharito' el mejor testigo de la invasión de un solo hombre a la fortaleza venezolana.

Para entonces, cuatro segundos después, el balón extiende un cordón umbilical de gloria con el zapato derecho del delantero. Seis antimotines venezolanos lo atosigan, sin saber que en realidad lo escoltan en el pasadizo de la proeza.

Seis segundos y 'Tecatito' ha roto el cerco. Ocho veces ha acariciado a la dócil obesa. Está a dos pasos del manchón de las sentencias. Sólo dos guardianes lo contemplan. Cuatro han claudicado. 'Chicharito' hace aspavientos, una mímica desesperada. Ni él sabe si pedía el balón o si arengaba al compañero.

Por las dudas, Corona amaga y elude ese hoyo negro pintado de blanco, donde los penaltis son palurdas emboscadas. La superstición del goleador.

El décimo golpe al balón, siete segundos después, es el divorcio más solidario: la pelota irrumpe a la derecha del embelesado portero llanero. Dani Hernández reacomoda el desacomodado cuerpo de 1.87 metros. Queda vencido. Su rol en la leyenda será el más amargo: fue la séptima vida que 'Tecatito' le robó al gato venezolano.

Y después, el orfeón megadecibélico. El pandemónium de todos los estruendos. El estruendo de todos los pandemóniums. 'Chicharito' es el primero en levantarlo en vilo, y muestra al 'Tecatito' a la tribuna, que vive un momento de exultante liberación, cuando Venezuela se relamía los bigotes de la victoria merecida.

Pero cuando la tragedia se engullía la esperanza, surgió ahí, en ese último tercio, en siete segundos y con diez escarceos con el balón, uno de esos urgentes y emergentes llamados héroes incidentalmente accidentales o accidentalmente incidentales.

¿Debe 'Tecatito' Corona volver a la incidentalidad de la banca para cuando se le recurra con urgencia para la accidentalidad de los milagros? Juan Carlos Osorio y el dilema de las rotaciones.

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GLENDALE, Arizona -- Pocos antecedentes oficiales y mucha igualdad de fuerzas. México frente a Uruguay. Debut de ambos en la Copa América Centenario. La madre, o abuela, de todas las Copas América.

El 'Tri' en una nueva travesía con nuevo timonel. La Celeste en una vieja travesía con un viejo lobo de mar. Y la arena del Estadio de la Universidad de Phoenix como campo de batalla, en la frigorífica burbuja de un infierno rondando los 119 F.

México llega con una estela relumbrante en números. Juan Carlos Osorio maneja su gestión invicto y sin recibir goles. Detrás de los números, hay un truco.

El saldo es en juegos oficiales de Concacaf y juegos amistosos con Conmebol y anexas. Este domingo, con Uruguay, es un escenario nuevo, agreste, emboscado, para esta zarpante ilusión mundialista. Entre el espejismo y la utopía.

Enfrente, Uruguay. Ávido bebedor del cáliz supremo de Conmebol es más que todos en su zona, ganador de más de estos trofeos que siete países juntos.

Llega chimuelo, pero desdentado. La Celeste, ha perdido los colmillos de su garra... en todos sentidos. El más sangriento --en todos sentidos-- ejecutor en las áreas del universo está fuera de la cancha, pero dentro de la cámara de milagros: Luis Suárez.

Washington Tabárez es todo lo contrario de su adversario. Mientras Juan Carlos Osorio improvisa y pone canicas en un tablero de ajedrez si es necesario, por su parte, el técnico de Uruguay aprieta hasta que dejen de rechinar los muros de acero de su cortina.

Uruguay refuerza su candado y México ensaya sus ganzúas. El primero tiene eficiencia probada. El segundo sólo ha ensayado con cerraduras conkakafkianas.

No está Suárez, pero Cavani es un depredador y Rolán o Stuani o Hernández se agregan a su comando suicida, de un equipo que tiene a la mejor defensa central del mundo, y a los mejores recuperadores de balones de las medias canchas.

Osorio duerme resolviendo crucigramas en matiz celeste, mientras Tabárez sabe que su jauría sólo necesita olisquear la sangre del rival para salir de cacería.

El técnico del 'Tri' sigue convencido de que sus once piezas pueden y deben desplegarse como 33 en la cancha. El don de la ubicación y el milagro de la ubicuidad es un ejercicio de perfeccionamiento diario.

Osorio sabe lo que tiene en la cancha. Antes de firmar su contrato con el 'Tri' creía saber lo que tenía. Después de siete partidos de exigencia variable, el colombiano sabe que lo que tiene es mejor que lo que suponía. Y lo pondera: hay futbolistas comprometidos y disciplinados. Con ese mármol pretende construir un símil del Acrópolis ateniense.

Uruguay y México tienen cinco encuentros de realce. Dos victorias para el 'Tri', dos para Uruguay y un empate.

Una victoria del 'Tri' duele. México le arrebata el tercer sitio en la Copa América Venezuela 2007. Hugo Sánchez vivió ahí su clímax como DT del 'Tri', pues llegaba de perder, ominosamente, la Final de la Copa Oro ante EEUU.

Pero al 'Tri' le supura aún la derrota ante Uruguay en Sudáfrica 2010. Haber ganado entonces habría significado para el 'Tri' evadir a Argentina en la siguiente fase. Pero Javier Aguirre le hizo el homenaje supremo al corazón infatigable de las fatigadas piernas de Cuauhtémoc Blanco.

Pero la relación entre México y Uruguay se trenza en otros terrenos. Importantes jugadores uruguayos llegaron a la Liga azteca, tal vez Roberto Matosas (padre de Gustavo), el más icónico de ellos, pues, además, aún conserva de titular la camiseta del River Plate de todos los tiempos.

Y se puede agregar a Walter Daniel Mantegazza y a Roberto Scarone, porque Juan Ramón Carrasco llegó a pedir su jubilación con una pensión vitalicia en el asilo de Tecos, donde sí descollaron el Patoruzú Alzamendi y el Oso Salazar.

Y entre sus zacapelas hay una histórica. Octubre 31 de 1984. Uruguay 1-1 México. Carlos Muñoz por el 'Tri' y Amaro Nadal por La Celeste. Al final del partido, los charrúas querían sangre. Especialmente la de alguien: Javier Aguirre, quien salía de la cancha con la camiseta con manchas escarlatas.

"No, no es sangre mía, es de esos cabrones". Los relatores se indignaban. Un mexicano había sido más uruguayo que los uruguayos.

Pero este domingo es una historia nueva. Uruguay pretende demostrar que no hay, como ya lo ha hecho, #SuarezDependencia y México, con un comando nuevo, puede acceder al protagonismo de nuevo en una Copa América.

El vencedor de este juego sabe que se asomaría a la segunda ronda del torneo, aunque Jamaica y Venezuela tienen su propio discurso y su propia querella.

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Colombia vs EEUU
Mexsport

ATLANTA, Georgia -- A ritmo de Merecumbé, Colombia ganó. Sin gustar y sin golear, aunque tuvo oportunidad de armar en Santa Clara, un fastuoso y futbolero Carnaval de Barranquilla.

Queda exhibido de nuevo Estados Unidos y la eficiente labor de Juergen Klinsmann para hundir en la mediocridad a su selección. Y claro, sabe dulzón el decir que aquí, se les advirtió de ello. El equipo de las barras y las estrellas ha perdido identidad.

Cómodo, relajado, con los goles de Zapata y James, Colombia administró su esfuerzo. Incluso pecó de petulancia, por eso sufrió sustos a partir del minuto 55. La negligencia se paga con soponcios.

Aún con la victoria holgada, y sin despeinarse en realidad, los cafeteros quedan en deuda, emplazados a mejorar en el torneo. James sigue intermitente, mientras que con la ventaja, Cardona intentaba desde su metro cuadrado de actividad, generar oportunidades de gol. Pero, ambos, con números rojos.

El misterio se incuba en el seno de los colombianos. ¿Los replegó Pekerman? ¿Los replegó el aburguesamiento del 2-0? ¿Los replegó la desesperación de Estados Unidos?

Cualquiera que sea la explicación, la responsabilidad pasa por el cuerpo técnico. Colombia llegó a circular la pelota con 35 toques entre sus pies, con sólo una interrupción en ese ciclo por parte de Estados Unidos.

Era evidente que el dominio colombiano podía haber escrito una goleada histórica a EEUU, pero por algún motivo, los sudamericanos se dedicaron a cuidar piernas y pulmones. La desesperación era del anfitrión, que sufrió el despojo en su casa.

¿Estados Unidos? Sin liderazgo dentro y fuera de la cancha. Extraviado, impreciso, acéfalo, sin ideas, y hasta puede citarse una tibieza inusual, en un equipo atemorizante por su carácter y temperamento. Estados Unidos traicionó la genuinidad de su historia.

Bradley está muy lejos de Donovan, y Dempsey tuvo dos posibilidades entre el sopor colombiano, casi ausente, aburrido incluso de la pobreza futbolera y espiritual de su adversario.

Ese fue el mayor peligro que generó EE.UU. a su visitante: amenazaba con poner a dormir de obviedad y aburrimiento a Colombia.

¿Merece reclamos Colombia? Sin duda. Al relajarse en el fondo, dejó crecer a un Estados Unidos que entró en combustión estrictamente por arrepentimiento y remordimientos.

Y al ataque, con un Cuadrado imponente, a pesar de la inconsistencia del lesionado James y del inapetente y tedioso Cardona, a Colombia le sobraron oportunidades para colgar un escándalo en el marcador, hasta en un balompié que describió mejor que nadie, Ricardo LaVolpe, con aquella frase de "a Estados Unidos lo dirige mi abuela... y si pierde, no pasa nada".

Ahora, EE.UU. está obligado a vencer a Costa Rica y a Paraguay, labor que parece no imposible, pero sí improbable, si quiere ir a la segunda fase de un torneo para el cual rentó sus estadios, pero no rentó un poco de dignidad competitiva.

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SAN DIEGO -- Asertivamente, diría él mismo, Juan Carlos Osorio está descubriendo un espécimen hecho de otro barro, con otra tierra, con otras aguas.

El colombiano se asoma al jugador mexicano, que es un barro hecho con lodo, de muchos polvos, de muchas tierras, de muchas aguas, de muchas vertientes. Impredeciblemente heterogéneo. Una misma raza, decenas de culturas e idiosincracias.

Y claro, él también está siendo descubierto como un prototipo distinto de técnico. Y el jugador escudriña, hurga, observa, desconfía, se relaja, sigue alerta.

Más allá de si Osorio es mejor o no, es distinto. Para la legión europea el impacto debe ser menor. La legión MX aún lo observa como una rara avis: cuando habla, cuando dirige, cuando intima, cuando observa, cuando reprocha...

La simbiosis es aún un misterio. La fusión tiene un catalizador común: el futbol. Y tiene un cordón umbilical bífido: el hambre compartida. Ninguno ha ganado nada más allá de torneos nacionales, acaso Rafael Márquez y 'Chicharito' Hernández, con su escolta de trofeos de alcurnia.

El sincretismo de esta alianza entre jugadores mexicanos y entrenador colombiano raya en el secretismo. Parecería, que es una complicidad para el crimen, diría Octavio Paz, de no fracasar.

Los números son generosos, claro, cierto, en juegos oficiales, en el código postal donde México juega: la Concacaf, es decir, una favela, un cinturón de miseria del futbol mundial.

Ni derrota ni gol en contra. Marcas para presumir en la galaxia peregrina de Concacaf. "No somos proclives al autoelogio (por esos registros), sino a tratar de ser mejores en el siguiente paso", analiza Osorio.

Como sea, esta amalgama jugadores-entrenador no conoce, de momento, la pesadumbre ni el lamento. Y la afición, infestada del exitismo, empieza a juntar llaves para fundir una estatua en honor a Osorio, si encima, en el Hexagonal, logra vencer de visitante a Estados Unidos. Salve César, Salve Osorio.

El futbolista, por las prácticas que se han podido observar, se siente cómodo. Se siente ya confiado. Se siente relajado. Y se siente comprometido. Ya se sabe, lo que más agradece el jugador es la lealtad y la honestidad.

Incluso los medios saborean las circunstancias. Los 15 minutos que promete abrir las puertas, se convierten en media hora o más, sin el auto-estado de sitio en que por decreto propio vivía el 'Chepo' de la Torre, o el escepticismo de Miguel Herrera.

Porque algunos entrenadores no dejaban ver las prácticas por paranoia o superstición (Ricardo LaVolpe), y otros no para que no se supiera lo que sabían, sino para que no se supiera que sabían poco y hacían menos (Hugo Sánchez).

Y el jugador no abandona con rencor el entrenamiento. Osorio no critica los errores, sino que pondera lo bien hecho. No fustiga, sólo felicita. Si hay error, precisa con severidad, para que no se repita.

A ese animal sentimentaloide, frágil, de piel de ala de hada, que es el jugador, le lacera que se le increpe y exhiba de manera voluminosamente procaz, obscena, ofensiva, dictatorial.

No destila ni estila Osorio ese ventarrón puntual y violento, perverso, de vituperios, insultos y mentadas de madre y de burlas, de vejaciones, como cuando Ricardo LaVolpe reprende o cuando el 'Tuca' Ferretti se mofa de que sus jugadores no le pegan al balón como él lo hacía. El poder vuelve tiranos ensoberbecidos a algunos, aunque uno tenga más de un decenio de estentóreos fracasos, y el otro haya ganado cuatro títulos en 47 torneos.

Muy cierto: esa congenialidad no garantiza nada. Rómulo mató a Remo a pesar de que ambos se amantaron simultáneamente de la misma loba. Si las sociedades lactantes se rompen, las futboleras son más frágiles.

Pero, de momento, el pacto genuino ocurre en la cancha. De aquellos a quienes equivocadamente llamó de Fibra 1-A, Osorio ha descubierto que son de otra fibra física y moralmente: son comprometidos y son leales.

En esa nobleza cincelada, bruñida a latigazos violentos de la vida, el jugador mexicano piensa sin saberlo, en la máxima de Voltaire: "No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo".

Y entonces, Layún se empeña en ser más derecho, aunque la zurda sea su catapulta favorita. Y Oribe juega de doméstico, y Andrés Guardado es el misionero, el valet y el prócer de todos. Hay voluntad y hay voluntarios.

Tal vez a veces, Osorio usa coloquialmente un lenguaje que desconcierta a los jugadores. Claro, no hay bibliotecas en los juegos de video ni en el FIFA 16, que es la burbuja en general en la que vive el futbolista. "Lograr hacer inconscientemente lo que tenemos que hacer conscientemente", dice Osorio.

De repente el colombiano, un lector empedernido y nemotécnicamente brillante, puede rescatar conceptos de las decenas de libros leídos y de las miles de notas que ha escrito.

Y cuando suelta una palabra sobreesdrújula en el entrenamiento, algunos jugadores mexicanos empiezan a jugar al Cubo de Rubix con sus neuronas. Y la policromía de ese Cubo, se destiñe en gris.

Viene la gran prueba. Los grandes desafíos. Aunque amistoso, Chile ha clavado su bandera en torneos importantes de Europa. Y ya oficialmente, escanciado por el calendario de la Copa América Centenario, Uruguay tiene a los filibusteros más despiadados.

Ojo: no se trata sólo de poner a prueba a los jugadores, sino a la capacidad del entrenador para orientar y convencer a sus jugadores.

Uno, el técnico, debe hacer impecablemente su trabajo, para que los otros, los futbolistas, crean que pueden hacer impecablemente su trabajo.

En ese sentido, 'Tuca' Ferretti, antes del juego ante EEUU por el boleto a la Confederaciones, nos dijo en corto a un trío de reporteros: "Yo ya hice lo mío, ya les dije todo lo que debía decirles (en los entrenamientos). Ahora todos estamos en manos de esos cabrones".

Como sea, al final, si Osorio tiene que escribir torcido en los renglones derechos de su libreta, o si tiene que escribir derecho en los renglones torcidos de esa libreta, ha encontrado, sin el reto máximo de un traspiés, esa sociedad deliciosamente delincuente con el jugador: la búsqueda de la victoria egoísta, legítima sin duda, honorable también, porque se sabe, por herencia doliente de Napoleón Bonaparte, que "la victoria tiene muchos padres... y la derrota es huérfana".

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SAN DIEGO-- Otro penalti obsequiado por el arbitraje. Un adversario con diez en la cancha por la roja a Aquivaldo Mosquera. Monterrey sólo necesitaba querer para poder ser campeón. Pero se fugó del pedestal.

La mesa estaba servida. Pero Rayados claudicó. Renunció. Se acobardó. Huyó de la prominencia de la gloria. Castrado, no fue masculinamente serio.

Pachuca le arrebató el título, con lealtad, en medio de las deslealtades en ambos juegos de la Final. Se sobrepuso a las heridas arbitrales, y entre un segundo de descuido de la eterna promesa Édgar Castillo, saltó a la heroicidad accidental el cabezazo de Víctor Guzmán, quien ingresó como rescatista para erigirse como el ejecutor del grupo.

En la nómina. Monterrey estaba plagado de figuras, de futbolistas consumados para la trascendencia, pero los baluartes insospechados saltaron desde el pelotón de las víctimas: una noche más de epopeya para Óscar El Conejo Pérez, que hoy es más que los que llenan el botiquín de Juan Carlos Osorio.

Y en la ironía de la tragedia, quien parecía condenado a ser el condenado a muerte, fue el redentor de su equipo: Aquivaldo Mosquera se ganó la roja por impedir que Pabón se pavoneara con el gol de la consagración.

Dejó con diez a Tuzos, que se enamoraba ya resignado de la abnegada esperanza de las tandas de penales. Al final, el villano propiciatorio se transformó en el protagonista redimido con la coronación del Pachuca.

Y entre las sublevaciones urgentes y emergentes de Pérez, Mosquera y Guzmán por los hoy monarcas, los Rayados consumaron la atrocidad de su propio suicidio. Murieron de cobardía, la peor de las muertes.

Porque las circunstancias, si es que cabe tan farsante descripción para los despojos arbitrales al Pachuca en la Ida y en la Vuelta, le entregaron al Monterrey las condiciones inmejorables para ser campeón.

Pero Edwin Cardona despedazó, casi con tufo de traición, el citatorio desde el punto penal. El destino le entregó las llaves de la gloria y de la eternidad en un cobijo majestuoso como es Monterrey, pero...

Con el título en sus pies, en sus manos, y en ese corazón empequeñecido como menudencia de pollo, Cardona se asustó, insisto, ante la prominencia de la gloria, y desperdició el penalti cuando Rayados parecía insinuar una masacre sobre Tuzos.

Un título que se llena de esa fascinación casi mitológica del futbol: los poderosos amparados con el abuso del poder.

Monterrey, pudo, lo supo, debió, pero no quiso, porque, es evidente el sastre de la gloria le confeccionó un frac demasiado grande para Rayados.

Y sin duda, consolidarse, coronarse, consumar el campeonato en medio de tamañas adversidades, agrega un sabor inconmensurable de hedonismo a la coronación de Pachuca.

El universo del futbol mexicano parecía confabular en su contra... y Goliath se quedó con las manos vacías y la sonrisa torcida.

¿Es Cardona el único culpable? Es, sin duda, el Judas convertido en antorcha humana. Pero debe agregarse a un Mohamed que no supo dar la última arenga, la necesaria, la imprescindible, a su grupo.

Y agregar la renuncia de Carlos Sánchez junto con la falta de inteligencia y de autoridad para manejar su caso por parte de la directiva; y claro el egoísmo de Pabón, y la consumada inutilidad histórica de un pecho frío como Cardozo.

¿Y la herencia de Pachuca? La perseverancia, el método, la presencia de tres joyas del futbol mexicano aún pendientes de la madurez consagratoria, como Lozano, Pizarro y Gutiérrez, en medio, cierto, indiscutible, de un equipo que tiene a 11 no nacidos en México en su nómina, y a nueve más diseminados en otros equipo.

Y hoy, al final, en la Final, es más digno vencedor Pachuca, que digno perdedor Monterrey.

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CHARLOTTE -- La afición y la aflicción mexicanas cohabitaron en el Georgia Dome de Atlanta. Entre el gozo y el pozo.

La afición saboreó su catarsis. Ese alarido que es estertor para la FMF e insulto para la FIFA y folklore para la raza: "Eeeeeeeeeh p...o".

Y retumbó con más ahínco, con más decibeles, como si la vida les fuera en ello. Y los que vivían en el anonimato genuino de la imparcialidad se agregaron al carnaval. Estadounidenses y paraguayos alargaron el coro que la FIFA ha clasificado como discriminatorio.

Había dicho el viernes Juan Carlos Osorio que "es un grito que no pretende ofender a nadie". La mexicanización de buena fe del colombiano. Dos naciones unidas por riquezas culturales, devoción futbolística, y el flagelo criminal y sanguinario del narcotráfico. Guillermo Cantú reconoce su sobresalto. Su oído no era taladrado en el Georgia Dome por el fandango, sino por las represalias de FIFA. No lo dice Cantú, pero es así, de la hipócrita FIFA. Se da baños de pureza tras décadas de decadencia moral con su Nerón supremo: Joseph Blatter. La prostituta reclama su virginidad.

México recibe multas y las apela, las repela, y se... resigna. Y Guillermo Cantú enciende la antorcha dispuesto a quemar sus naves. Y lo sabe, con él a bordo.

Cuando las multas se acumulen y una de ellas derrame el vaso de la falaz paciencia de FIFA, entonces la comadrona con disfraz de doncella que regentea Sodoma y Gomorra sacará la guadaña.

Y entonces comenzarán los vetos de estadios, los juegos a puerta cerrada. Hasta que el Tri termine siendo un indigente en su propio país. Recurrirá al asilo deportivo en EEUU.

Guillermo Cantú y la misma FMF tienen miedo siquiera a pensar en las consecuencias extremas. Pero las amenazas existen. Lo reconocen. Lo aceptan, aunque no lo divulguen.

El pánico no es hacia las multas. Ninguna federación de futbol de América, ni Brasil, administra más de 650 millones de dólares en un ciclo mundialista. Dinero hay, pero...

1.- Recordemos que el único país suspendido drásticamente por el uso de cachirules ha sido México, y ocurrió en 1988, a pesar de haber organizado ya dos magníficas Copas del Mundo.

Porque a Brasil también se le descubrieron actas falsificadas y jugadores por encima de la edad permitida y la FIFA, hipócrita y farsantemente, cerró los ojos. México es un país frágil y tentador para imponer sanciones ejemplares.

2.- ¿Está mas en peligro el Tri de no ir al Mundial por el grito mencionado que por la fortaleza de los rivales del área de Concacaf? Así lo percibe la FMF.

La tozudez de la afición con el alarido de "eeeeeeeeeh p...o" es la verdadera Espada de Damocles sobre el pescuezo mexicano, más que el nivel de la zona, con varias selecciones en transición.

3.- En la acumulación de sanciones, en la desesperación malsana, iracunda y frustrada de FIFA, podría simplemente determinar dejar fuera de la eliminatoria mundialista a México. "Por desacato reiterado".

4.- O si en el Mundial de Rusia florece el grito la sanción podría ser extremadamente severa. Más allá de que la afición mexicana piense en desaforar su garganta gritando el apellido del presidente ruso Vladimir... Putin (y se pronuncia Pútin).

La FMF busca soluciones, pero también sus apelaciones han sido rechazadas, mientras hurga en nuevos mecanismos de defensa, porque ya espera la multa y la amonestación por el fervor destemplado en Atlanta, y porque existe el riesgo de que el coro surja en San Diego y hiera los castos oídos de la Santa Inquisición en Zurich.

"Les demostré (a FIFA) que en Vancouver eran aficionados canadienses gritando así, y sólo un mexicano entre ellos, y me dijeron que 'por ese mexicano te castigamos'", reveló Cantú el sábado por la noche, tras el 1-0 de México a Paraguay.

1.- Algunos grupos consolidados defensores de la homosexualidad en México han manifestado con seriedad que el aleluya sardónico de la tribuna mexicana no los enfada ni los insulta, porque entienden, como explica Osorio, que no es una manifestación de repudio, sino de jolgorio para presionar al portero.

2.- Pedirían a los jugadores mexicanos que al despejar el portero contrario, recuperaran el balón para arrojarlo por la línea de fondo, para que el portero despeje nuevamente. Y si el grito continúa, seguirlo haciendo hasta hacer entrar en razón a la fanaticada.

3.- Pedir al portero contrario, con el aval arbitral, que no haga el despeje de meta, hasta que se silencien los gritos, cuantas veces sea necesario en el partido, y pedir apoyo al sonido local.

4.- Que cuando se disponga el portero a despejar, los seleccionados mexicanos se abrecen en media cancha, o se paren ante el portero para impedir el despeje, con la comprensión del silbante.

5.- Contratar a compositores y músicos para dotar a la tribuna a nivel nacional de cánticos deportivos, de apoyo genuino a su equipo, y sin énfasis en insultos sobre el adversario, lo cual raya casi en la inocencia y el candor.

Lo ridículamente irónico, lo patéticamente incomprensible, es que los dos próximos Mundiales que ha otorgado la FIFA son en dos naciones con un cínico, criminal y amenazador odio hacia la homosexualidad, incluso con castigos físicos y pena de muerte, como en Rusia y Catar.

Quedan preguntas abiertas, como si la FMF ha contratado a los mejores abogados posibles en el mundo para apelar estas decisiones, e incluso para tener la astucia de llevarlos al TAS (Tribunal de Arbitraje Deportivo). Aunque, cierto, la reacción podría ser más enconada y visceral.

Ideas sobran. Factibilidad para llevarlas a cabo, es el problema, porque aunque algún sector de la afición lo comprenda, no faltarían los vándalos que eligieran seguir con el grito.

La realidad es que en este momento, aunque no lo promulgue la FMF, la principal aflicción del Tri es su propia afición.

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ATLANTA -- Los dos buscan respuestas, más que resultados. Y buscan respuestas que les obliguen a nuevas preguntas. Los dos buscan más dolencias que sanar, que virtudes que apapachar. Ambos, Paraguay y México.

El marcador del Georgia Dome, como cualquier veredicto, tiene su importancia. A nadie le gusta morir acribillado, ni siquiera de a mentiritas en los juegos de video. Nadie tiene siete vidas gatunas. Ni siquiera los gatos.

Juan Carlos Osorio tiene aún futbolistas en competencia en la Final de la Liga MX, y con veladoras encendidas, rosario en mano y jaculatoria en la boca, para que sus soldados del torneo totonaca no sigan las tribulaciones de Argentina con Messi o de Uruguay con Suárez, claro, guardando proporciones, porque no hay Ferraris en los pits del Tri.

Una postura sabia: hacerle la autopsia al paciente cuando aún se encuentra vivo. Más allá de esta analogía, podrá encontrar cura a sus males, antes de que se muera de un marcador. Y ya lo eternizó Nietzsche: "Lo que no mata, fortalece".

Al entrenador colombiano no le preocupan las cualidades del Tri. Las conoce. Trabaja sobre ellas. Le preocupan, sin duda, las dolencias. El médico no ve salud, ve achaques. Y a Osorio le preocupan los inminentes achaques de su selección.

Aun con Javier Hernández cerca de la mejor forma posible, Osorio necesita convertir a peones en alfiles. Anuncia a Carlos Gullit Peña como bayoneta ante la retaguardia guaraní.

"Falso 9", describe el técnico. Y encumbra al Gullit huasteco como si fuera la versión recargada del Gullit holandés. La urgencia, la fe y la ilusión pueden transfigurar a la Chupitos en Jennifer López.

Lo cierto es que el Gullit no desconoce la posición, lo cual no significa que sea un erudito consumado en esa posición. Osorio acierta cuando habla de su fortaleza, potencia, personalidad y capacidad de definir.

Con Peña ensayaron en ese puesto Matosas, hoy vacante, Pizzi, hoy técnico de Chile, y Almeyda, entrenador de Chivas. Lo hicieron igual que Osorio podría hacerlo ante Paraguay: por necesidad. Todos han parecido convencidos, menos el propio jugador.

México, lo tiene claro, hoy no pretende jugar contra Paraguay, sino contra la versión más uruguaya que su cuerpo técnico cree ver en Paraguay, desde la formación, el parado, el acomodo, hasta las sutilezas ofensivas de las que eventualmente dispone. Claro, hoy, no he visto aún al Suárez o al Cavani guaraní.

Y curioso sin duda, porque en su homilía en la víspera del juego, Ramón Pelado Díaz habla de recobrar el arraigo del futbol ofensivo en los guaraníes, mientras que Washington Tabárez cada vez más fortalece el dique de contención charrúa.

Al final, el ensayo es válido. Es mejor un sparring que cientos de rounds de sombra. Este sparring devolverá golpes, mientras que el abuso de interescuadras aburre más que jugar en video con un árbitro mexicano, es decir, con un invidente.

En medio de ese escenario, Osorio cada vez se atreve más a profanar la frontera de las ilusiones. "Con los siete que hacen falta, la selección mexicana está lista para confrontar a cualquiera".

Claro, sabe que el Tri juega de local en una Copa América, que sigue siendo Copa y es más que nunca de América, aunque se desprendan fracturadas, joyas como Suárez, Neymar, y posiblemente Messi, ante las exigencias que hace el Barcelona este sábado de que no juegue el torneo.

Y, sin duda, para la metodología de Osorio, un hombre obsesionado con el laboratorio de los entrenamientos, la mejor cocina la encuentra en el trabajo diario.

Y la generación de futbolistas mexicanos de la cual dispone, más allá de su calidad futbolística, según el rasero de cada quien, es una generación ennoblecida por cicatrices, es arcilla noble para el trabajo, como lo ha dicho el mismo entrenador, si se es honesto, franco, congruente con lo que se predica.

Por eso, insisto, es una postura sabia hacerle la autopsia al paciente cuando aún se encuentra vivo.

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