Si tuviéramos un martillo...

... destruiríamos la lista de HR, y daríamos brillo a la mejor estadística en el deporte

Actualizado el 7 de julio de 2010
Por Peter Keating
ESPN The Magazine

Getty ImagesBasados en los ajustes de ESPN The Magazine, Barry Bonds ya no es el líder jonronero de la historia.
A los managers, periodistas deportivos, y fans de béisbol pseudosofisticados les encanta ensalzar las virtudes de la bola pequeña -- todas las pequeñas cosas que no aparecen en la hoja de anotaciones, como tomar la base extra, batear detrás del corredor y romper la doble matanza. Bueno, ¿sabes lo que es más importante que las cosas que no aparecen en la hoja de anotaciones? Las cosas que sí aparecen. Es por eso que están en la hoja de anotaciones. Y aunque la velocidad y los sacrificios revelan la complejidad del juego en equipo, el acto poco sofisticado de masacrar pelotas demuestra su valor.

En pocas palabras, batear una bola fuera del parque es la habilidad más importante en el béisbol. ¿Por qué? Porque los jonrones son peligrosos, y representan la idea de que un solo turno al bate podría dar vuelta un juego. Es por eso que el "Shot Heard 'Round the World" [El batazo escuchado en todo el mundo] de Bobby Thomson sigue resonando, es por eso que los fanáticos de los Medias Rojas se retuercen cuando oyen el nombre de Bucky Dent, y es por eso que recordamos tan vívidamente la majestuosa bomba de Albert Pujols contra Brad Lidge en el Juego 5 de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional 2005. Es esa cualidad de cambiar un juego lo que hace del jonrón la mejor estadística de los deportes, y una gran parte de por qué el registro de jonrones es tan reverenciado.

Claro que hasta la comida empieza a perder su sabor cuando se sirve demasiado. Y recién ahora estamos digiriendo una comilona de 15 años durante la cual los jonrones fueron tan comunes que comenzaron a perder su impacto dramático. De 1876 a 1994, un jugador conectó 50 jonrones o más en una temporada solamente 18 veces. Entre 1995 y el 2002, sucedió otras 18 veces. Cuando la potencia de Mark McGwire, Sammy Sosa y Barry Bonds alcanzaba su punto máximo, toda clase de logros extraordinariamente raros -- como un jugador bateando 60 jonrones en una temporada -- pasaron a ser algo común. Para cuando Bonds superó la marca total de jonrones de Hank Aaron en el 2007, el temor a la potencia de Bonds por sus oponentes había reducido sus apariciones en el plato a una serie de bases por bolas intencionales interrumpidas por explosiones monumentales. Lo más terrible fue que los jonrones se tornaron casi aburridos, y las marcas que alguna vez apreciamos tanto perdieron su valor.

Pero las cosas ya no son así -- las anotaciones han bajado, los ponches subieron y un joven as diferente parece lanzar un juego perfecto cada dos semanas -- pero todavía necesitamos una manera de poner las febriles estadísticas de fines de los '90 y principios del 2000 en perspectiva. Es un poco más complicado que decir que la potencia estalló y desde entonces ha regresado a la tierra. El total de jonrones ha bajado gradualmente desde su punto más alto del milenio, pero lo que realmente ha disminuido es el dominio, la capacidad de los mejores jonroneros de diferenciarse de la manada. Y nos cuando damos cuenta de eso, podemos comparar con precisión los jonrones en diferentes épocas -- y finalmente poner el récord de jonrones en su contexto adecuado.

Empecemos por esto: La temporada pasada, los bateadores de la Liga Americana conectaron 2,560 jonrones, o 2.92 cada 100 apariciones al plato. Fue la sexta frecuencia más alta en la historia de la liga, cerca del registro de 1999. Pero Mark Teixeira y Carlos Peña empataron el liderato de la liga con apenas 39 cuadrangulares, tras una temporada en la que Miguel Cabrera encabezó la Liga Americana con 37 jonrones -- la cifra líder más baja desde 1989. En la Liga Nacional, Pujols pegó 47 jonrones la temporada pasada, o 6.71 cada 100 apariciones al plato, para liderar la liga. Eso es un índice impresionante, pero la diferencia entre la marca de Pujols y el promedio de la LN (2.49) fue de apenas 4.22 jonrones cada 100 apariciones al plato, la menor diferencia desde 1992.

Verás, todas las estadísticas del béisbol se compilan en un contexto con dos extremos -- el líder y el promedio. El promedio de la liga representa el equilibrio entre la ofensiva y la defensa en un determinado año. Reemplaza los juegos de día con juegos de noche, como lo hizo el béisbol en la década de 1940, y los promedios de la liga para bateo y slugging sufren una caída. Baja el montículo y reduce la zona de strike, como se hizo en 1969, y los numeritos ofensivos pegan un salto.

En muchas categorías, la media ha rondado el mismo número en toda la historia del béisbol, lo que crea la ilusión de que es fácil comparar las estadísticas a través de las épocas. Por ejemplo, los bateadores tienen un porcentaje de embase colectivo de .329 esta campaña -- el mismo que en 1977 o 1945. Pero hay otro factor a considerar: el líder de la liga, quien representa el grado en que un determinado jugador puede superar a sus compañeros. Y esta brecha ha variado mucho con el correr de los años. En 1908, Honus Wagner bateó para .354, lo que fue un 48 por ciento mejor que la media de la Liga Nacional. En 1925, Rogers Hornsby bateó para .403, superando el promedio de la liga en un 38 por ciento. En 1991, Terry Pendleton bateó para .319, apenas un 28 por ciento mejor que la liga. Sin embargo, cada uno de ellos ganó un título de bateo en dichas temporadas.

Cuando el nivel de talento mejora en el béisbol, las diferencias entre los líderes de la liga y los promedios de liga en general se encogen. Esto puede sonar extraño, pero el biólogo evolucionista Stephen Jay Gould utilizó este fenómeno a mediados de los años 80 para explicar por qué los peloteros de las grandes ligas ya no batean para .400. También es la razón por la cual LeBron James no logra compilar las estadísticas de Wilt Chamberlain en la NBA moderna. Cuando todos mejoran, la capacidad de dominar disminuye. Pero ha habido momentos en los que la brecha se amplió, y los bateadores líderes se dispararon lejos de la media. Esto sucedió en la década de 1920, cuando Babe Ruth resucitó el béisbol y una nueva generación de bateadores de poder vino a dominar el juego. Y acabamos de salir de otra época semejante. En 1998, McGwire increíblemente conectó 7.72 jonrones más cada 100 apariciones en el plato que el promedio de la Liga Nacional; en el 2001, Bonds conectó 8.02 cada 100 apariciones en el pato más que la liga, una medida de dominio que excede las registradas por Ruth. Son estos numeritos los que han vuelto a la tierra durante el transcurso de las últimas campañas. El bateo parece más normal ahora porque el dominio está volviendo a sus promedios históricos.

¿Los esteroides estuvieron detrás de las grandes brechas? Probablemente. Pero si ponemos a todos los jugadores en el contexto del promedio de la liga y el líder, podemos evitar toda la histeria que existe en torno a las drogas para mejorar el rendimiento. Simplemente supongamos que cuando Mike Schmidt lideró la Liga Nacional con 36 jonrones en 1974, su total representó el mayor grado en el que un jugador podría haber dominado la liga ese año, y digamos lo mismo sobre el 60 de Ruth en 1927 y los 73 de Bonds en el 2001. Por el bien de las comparaciones, es la diferencia entre la liga y los líderes lo que realmente importa, no las posibles razones por las cuales ha cambiado la brecha.

Por ejemplo, en 1999, Sosa bateó 63 jonrones en 712 apariciones al plato, o 8.85 por cada 100 apariciones al plato. El promedio de la Liga Nacional ese año fue de 2.86 cada 100 apariciones, y el líder de la liga (McGwire) conectó 9.83. Por lo tanto, Sosa llenó el 85.8 por ciento de la diferencia entre el promedio de la liga y el líder de la liga. A los efectos de esta comparación, trasladaremos el rendimiento de Sosa a condiciones perfectamente medias. Desde 1920, el comienzo de la era del béisbol en directo, los bateadores promedio de la liga han promediado 1.94 jonrones cada 100 apariciones al plato, mientras que los líderes de la liga han promediado 6.60. Eso nos da una diferencia de 4.66.

Para calcular el total ajustado de Sosa, comencemos con la tasa media histórica: 1.94 jonrones cada 100 apariciones, lo que da 13.8 jonrones en 712 apariciones al plato. A esta cifra, le añadiremos el 85.8 por ciento de la diferencia entre el líder de la liga y el promedio de la liga. En este caso, 85.8 por ciento de 4.66 es 3.99. Por lo tanto, a una tasa de 3.99 jonrones cada 100 apariciones al plato, Sosa conectaría 28.5 cuadrangulares en 712 apariciones al plato. Ahora súmale 28.5 a 13.8 y Sosa tiene un total ajustado de 42.3 vuelacercas, un número impresionante, pero no histórico.

No tenemos que discutir sobre los métodos de entrenamiento de Sosa, ni sobre la expansión o el crecimiento de la población, o si el pitcheo ha mejorado o empeorado desde los viejos tiempos. Con este método, que llamaremos El Sistema de Traducción de Jugadores Época-por-Época (PEET, por sus siglas en inglés), simplemente podemos observar que aproximadamente un tercio de los jonrones de Sosa se debieron al contexto de su competencia -- la frecuencia con la que los bateadores conectaron jonrones en 1999 y el grado en que los bateadores podían diferenciarse del resto de la liga.

Cuando pasamos a los jonroneros líderes de todos los tiempos por el sistema PEET, queda claro qué numeritos fueron inflados o tapados por los diferentes niveles de dominio. Traducido a un ambiente promedio, Ken Griffey Jr., Sosa, Alex Rodríguez y McGwire quedan afuera del Top 10, mientras que Mel Ott, Reggie Jackson, Schmidt y Ted Williams se encuentran entre los primeros 10 (ver el gráfico a continuación). Estos gráficos, que comparan cómo fue el rendimiento de Schmidt y Rafael Palmeiro (uno de los mayores perdedores según nuestros cálculos) respecto de la media y el líder en sus carreras, debería ayudar a ilustrar cómo funciona el PEET. Palmeiro, quien a veces al principio de su carrera conectaba menos jonrones que el promedio, pierde 90 cuadrangulares en PEET, y Schmidt, quien siempre estuvo cerca del líder de la liga, gana nueve. Y aunque muchos fans modernos tal vez no sepan mucho acerca de Ott, su destreza con la bola larga no debería ser olvidada. El grande de los Gigantes de Nueva York de la década de 1930 gana 139 jonrones con PEET, más que cualquier otro jugador. Ott terminó en el Top 10 de su liga en jonrones 18 veces, empatado con Aaron y Ruth por el récord de todos los tiempos.

Es difícil igualar al Bambino, quien llenó el 97 por ciento de la brecha entre el promedio de la liga y los líderes de la liga durante la parte de su carrera de béisbol en directo. Aarón no fue tan dominante, cubriendo el 70 por ciento de la brecha durante su carrera. Pero al igual que en la vida real, su consistencia como bateador de poder (por no mencionar el hecho de que tuvo 3,323 apariciones al plato más que Ruth) lo pone en el tope de la lista PEET. Y a diferencia de la vida real, Aaron supera a Bonds (71 por ciento de la diferencia) en nuestra lista. Según nuestros cálculos, a Bonds le hubiera resultado muy difícil conectar 700 jonrones en la era de Aaron, mientras que si Aarón hubiera jugado en los años 90 y principios del 2000, probablemente hubiera llegado a 800. Bonds ha tenido una gran potencia, pero su estatus como el rey de jonrones de todos los tiempos es un producto del contexto.

Por otra parte, también lo es cada estadística -- hasta que la miras de la manera correcta.

Peter Keating es escritor senior para ESPN The Magazine.