Actualizado: 24 de noviembre de 2006, 16:37 EST

Algo más que talento

La transformación de Schumacher hasta ser un campeón imbatible

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Martín Urruty Por Martín Urruty
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BUENOS AIRES -- Durante mucho tiempo no tuvo más que talento. Nada menos. Su padre, Rolf, era albañil y regenteaba la pista de karting de Kerpen, cerca de Hürth-Hermülheim, donde nacieron sus dos hijos. Elisabeth, la madre, atendía el buffet. Sin embargo, jamás incentivaron demasiado la inclinación de Michael y Ralf por las carreras. A Rolf le gustaban otros pasatiempos sin tanto vértigo, como la pesca.

A los cuatro años, Michael Schumacher aceleraba un artefacto armado con un chasis de karting y motor de cortadora de césped. Su padre ataba el aparato a su mano mientras barría la pista en Kerpen y el pequeño se apuraba hasta donde le daba la cuerda y regresaba. Cuando empezó a competir, siempre con materiales que otros descartaban, se destacó. Como en Alemania se otorgaban licencias para karting a partir de los 14 años y la competencia era más fuerte, optó por sacar un permiso de Luxemburgo, que lo daba desde los 12 y, además, no tenía representantes.

Los títulos en karting, con apoyo de amigos de la familia, no alcanzaron para pagar una prueba en un auto de Fórmula Ford. A Schumacher le hacían falta 500 marcos que no tenía. Entonces, Jürgen Dilk, que había tomado nota del chico, acomodó los números para que compitiera en Fórmula König. Sus demostraciones y el campeonato fueron credenciales que llamaron la atención. En Salzburgo, a fines de 1988, saltó de 7º a 1º bajo la lluvia en la vuelta inicial. Esto terminó de impresionar a Willi Weber, dueño de un equipo de Fórmula 3 alemana, que volvió a sorprenderse cuando quiso conocer al piloto: "No entendía cómo alguien que manejaba con tanta naturalidad podía ser tan tímido".

Michael Schumacher
APEl alemán llegó a la Fórmula Uno y la cambió por completo
Otra vez, no había dinero. Astuto, Weber le propuso a Schumi que se dedicara a manejar; él le daría materiales y conseguiría recursos. En el primer ensayo, Schumacher fue 1s5 más veloz que Franz Engstler, el piloto titular del equipo. Michael terminó 3º en su primer año, 1989, y fue campeón en 1990. El dueño de la escuadra WTS, Weber, es su apoderado hasta hoy y construyó un emporio alrededor de la figura de Schumi.

EL VALOR AGREGADO
La intención de Alemania de impulsar un piloto a la Fórmula Uno acompañó el proyecto para reclutar jóvenes que llevó adelante Mercedes-Benz. Schumacher, su compatriota Heinz-Harald Frentzen y el austríaco Karl Wendlinger fueron compañeros en los prototipos de sport, Grupo C, armados por el suizo Peter Sauber con motores Mercedes. En esa etapa, mostró una de sus cualidades principales: su contracción al trabajo. Algunos veían más destreza natural en Frentzen, pero todos concluían en que Schumacher era quien más se esforzaba.

En la pista, aprendió así a manejar mucha potencia, supo armar y cumplir estrategias de carrera y a administrar el uso de los neumáticos. Afuera, tomó cursos de retórica, aprendió a responder entrevistas y a relacionarse en inglés, mejoró sin pausa su condición física y hasta empezó a pulir la timidez que lo hacía parecer hosco. Entonces, ya tuvo más que su talento.

Llamó la atención en su debut en Fórmula Uno, en la pista belga de Spa-Francorchamps, donde jamás había competido. Aunque corrió sólo un kilómetro por la rotura del embrague del Jordan-Ford, largó 7º y ya había avanzado un par de lugares en la partida. En la carrera siguiente, el Gran Premio de Italia, apareció sobre un Benetton gracias a la gestión rápida de Jochen Neerpasch (ex piloto, en ese momento director de carreras de Mercedes-Benz y propulsor del programa de jóvenes) y Weber, y la intervención de Bernie Ecclestone. Schumacher llegó 5º en Monza, delante de su experimentado compañero de equipo, el brasileño tricampeón Nelson Piquet.

EL PILOTO COMPLETO
En el lugar justo en el momento indicado, Schumacher aprovechó los recursos y la capacidad de Benetton, un equipo joven y hambriento de gloria, conducido por el sagaz Flavio Briatore. Ganó carreras y títulos, los únicos dos que tuvo la escudería de la firma textil. La muerte de Ayrton Senna, a quien como espectador había deslumbrado en el Mundial de karting de 1979 y con quien luego peleó adentro y afuera de la pista, lo ungió como el sucesor del brasileño. Schumacher fue la figura que necesitaba la Fórmula Uno para encarrilarse luego de la catastrófica temporada de 1994.

Michael Schumacher
APEl heptacampeón mundial arribó a Ferrari en 1995
Con 19 victorias y dos títulos, los de 1994 y 1995, llegó a Ferrari. La casa de Maranello lo convirtió en el piloto mejor pago de la historia, récord que mejoró con cada renovación de contrato. Además, encontró un ambiente armado a su alrededor. El francés Jean Todt, nombrado director deportivo en 1993, que le había ofrecido ese año un lugar a Senna en el equipo, rodeó a Schumi con los hombres que pidió: el estratega y director técnico Ross Brawn y el diseñador Rory Byrne como principales acompañantes. Schumacher había trabajado -y ganado- con ellos en Benetton.

La impronta Schumacher sintonizó con rapidez en Ferrari, antes desangrada por las luchas internas y los vaivenes políticos. La perseverancia y predisposición al trabajo son rasgos del alemán que también se encuentran en otros grandes: Juan Manuel Fangio fue un emblema de esos rubros, como en su respeto por la tarea de los mecánicos; Senna tenía un afán constante por la perfección, no admitía fallar; Alain Prost podía depurar su técnica una y otra vez. Schumi corrió en una época en que las estrategias jugaron rol principal y él las manejó como antes hicieron Fangio y Prost. Contó, además, con el plus de velocidad que Senna y Jim Clark mostraron en estado puro.

Cuando la sequía de Ferrari, que llegó a 21 años sin títulos de pilotos, parecía infinita o después, ya consagrado sin discusión, cuando equipo o proveedores no le dieron un auto acorde con su estirpe, Schumacher no se quejó en público. Pidió, reclamó, sugirió, alentó y empujó a todos al límite, pero siempre mirando hacia adentro, lejos de micrófonos, cámaras y grabadores. Un jugador de equipo, que supo volcar a todos a su favor, otra virtud que desarrolló. Así llegó a completar 11 temporadas con la Rossa, otro hito sin precedentes y de improbable repetición.

Sus victorias, la sucesión de récords que hoy se sospechan inmejorables y sus títulos no le hicieron perder un ápice de incentivo. Como si su único gusto fuese ganar. Quizá por eso su actitud profesional fue intachable: condición física perfecta siempre, capacidades intactas hasta el último día. Y veloz como antes, como ahora.


Martín Urruty es periodista especializado en automovilismo desde 1993. Trabajó en el diario Clarín y en Radio Rivadavia y fue co-autor del libro \"Formula 1 -50 años- La eterna pasión\". Actualmente es redactor del diario deportivo Olé, y además es de columnista del SportsCenter Latino de ESPN, de ESPN Radio en Rivadavia y de ESPNdeportes.com. Consulta su archivo de columnas.