Actualizado: 18 de septiembre de 2007, 12:44 EDT
El golf que me salvó la vida
Uno puede amar y odiar a la vez muchas cosas, sobre todo un deporte

APTiger no existía en 1988. Fue una verdadera lástima
-Yo nunca dije eso.
-¡Acaba de decirlo!
-No, lo que dije es que no puedo evitar asociar ciertos momentos felices de mi vida con el golf, que es muy distinto.
-Usted no podría asociar ciertos momentos felices de su vida con el golf si el golf no le gustara...
-Y en cambio sí, mire usted.
-Explíquese, por favor.
-Pero para eso tendré que remontarme un poco hacia atrás.
-Remóntese.
-Hace muchos años, más precisamente a fines de 1988, me sucedió lo que a mucha gente en determinado momento de la vida: tuve hepatitis.
-Y sí, hay gente a la que le ocurren esas cosas. Por suerte una sola vez en la vida.
-Yo no diría "por suerte". Para que sepa, creo que aquellos 45 días en los que padecí esa enfermedad fueron, o estuvieron cerca de ser, los más felices de mi vida.
-¿Por qué dice eso?
-Porque es la verdad. Piense un poco. No siente dolor, no debe ir a trabajar; tiene que estar todo el día acostado, mirando televisión, comiendo galletitas con jalea de membrillo...
-Eso siempre y cuando a uno le guste la jalea de membrillo...
-Si no le gusta es recomendable que la coma igual: es el único reconstituyente hepático natural conocido.
-Bien, continúe.
-Lee, si le gusta leer; escribe, si le gusta escribir; duerme cuando quiere, y cuando se despierta echa mano al paquete de galletitas que descansa sobre la mesa de luz, le unta encima una capa de jalea y come, come...
-Sigo sin verle el lado divertido, pero de todos modos: ¿qué tiene todo esto que ver con el golf?
-Allí voy. Era feliz, tenía todo lo que necesitaba para ser feliz. Al encontrarse en el hígado la reserva energética del cuerpo, y al estar éste enfermo, uno se encuentra un poco debilitado, hay que decir la verdad. De modo que sólo es consciente de que es un hombre enfermo en el momento en que debe, por ejemplo, ir al baño, o levantarse para abrirle la puerta a alguien. Es muy probable que el camino de ida lo realice sin problemas, pero la vuelta a la cama...
-¿Cómo es la vuelta?
-Uno se mueve un poco como esos alpinistas que, sin tubo de oxígeno, ascienden a alguna montaña del Himalaya. Superados los 8.000 metros debe recuperar el aliento a cada paso, es casi una tortura. Pero el enfermo hepático, como la mayor parte del tiempo la pasa en la cama, y como, dado que está enfermo, organizó, para su comodidad, todo lo que necesita para sobrevivir y entretenerse, poniendo todo ello al alcance de la mano, tampoco es que tenga que moverse demasiado.
-¿Y entonces?
-En aquella época, por si no lo recuerda, Alfonsín había instaurado una veda televisiva para ahorrar energía. Entre otras medidas de ahorro forzoso, se había establecido que la televisión, tanto la de aire como la de cable, comenzaba a transmitir recién a las 6 de la tarde.
-Recuerdo vagamente.
-Es algo que seguramente no olvidan las amas de casa, los desocupados y los enfermos. El resto de los mortales es probable que ni siquiera lo hayan notado.
-También deben haberlo notado los trabajadores del gremio.
-Indudablemente, aunque no sé si habrán sufrido o gozado. Las amas de casa, los desocupados y los enfermos, definitivamente, sufrieron. El hecho es que comer galletitas con jalea de membrillo, leer, escribir y dormir pueden llegar a ser actividades tediosas si son las únicas que pueden desarrollarse.
-Uno a veces necesita esparcimiento...

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-Pero acaba de decirme que la televisión comenzaba a las 6 de la tarde. Dios mío, debe de haber sido una tortura.
-Usó la palabra exacta. Era eso.
-¿Y el golf?
-No me pregunte cómo ni por qué, pero lo que voy a contarle es la pura verdad. A las 3 de la tarde, todos los días, en un canal de cable, pasaban partidos de golf.
-Supongo que eso lo haría feliz.
-Feliz es poco. Durante esos cuarenta y cinco días, aquellos partidos fueron el regalo más hermoso que podía haberme hecho la casualidad. Piense un poco en que estado estaría, si llegué a descubrir que a una hora imposible, en un canal, había golf.
-No entiendo, me perdí.
-Amigo mío, mi estado de desesperación era tal que pasaba los canales vacíos, en los que lo único que podía ver, en el mejor de los casos, era una señal de ajuste. Un buen día descubrí eso: que un canal pasaba partidos de golf. Es imposible que usted imagine lo feliz que me hizo ese descubrimiento. Y es igualmente imposible que usted pueda imaginar lo feliz que me hacía mirar aquellos largos partidos. Ver todo aquel verde, acompañar las largas caminatas de los jugadores untando jalea de membrillo sobre mis galletitas. Todo ese mito heroico y ese tributo que se rinde a alguien que simplemente es capaz de meter una pelotita en un agujero... Desde entonces amo el golf.
-¿Y volvió a ver alguna vez, otra vez, un partido?
-¿De golf?
-Sí.
-Ni loco. Me parece el deporte más aburrido que existe. Pero es el deporte que me salvó la vida. Al recordar aquellos drives vuelve a correrme un impulso por los músculos, como si tomara cuerpo en mí aquellos que esos héroes hicieron por mí casi 20 años atrás. Es un deporte que odio, pero que al mismo tiempo amo. ¿Nunca le pasó algo así?
-No.
-Ya le va a pasar.
Guillermo Piro es escritor, periodista y traductor. Publicó los siguientes libros: La Golosina Caníbal, Las Nubes, Estudio de Manos, Correspondencia, Saint Jean-David (poesía) y Versiones del Niágara (novela, obtuvo el Segundo Premio Nacional de literatura). Integra la antología Monstruos realizada por el poeta Arturo Carrera. Sus artículos, críticas, entrevistas y crónicas de viaje han aparecido en Clarín, La Nación, Perfil, Página/12, First, 3 Puntos, La Stampa y Los Inrockuptibles. Integra el consejo de redacción del Diario de Poesía y el consejo de dirección de la revista Confines. Además, mantiene su blog, denominado Wimbledon. Consulta su archivo de columnas.






