Actualizado: 13 de noviembre de 2008, 17:49 EST

Por un lugar en la foto

La final de la Davis despertó un desconocido fervor deportivo entre algunos políticos

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Alejandro Caravario Por Alejandro Caravario
ESPNdeportes.com
Archivo

Macri
Fotobaires.comMauricio Macri defiende la sede del Luna Park
BUENOS AIRES -- La política profesional es el reino de la sobresignificación. ¿Qué quiere decir esto? Que, por ejemplo, si el señor Rosa se saca una foto con el señor Blanco, dará lugar a una serie de inferencias automáticas, todas ellas orientadas a definir la proximidad entre ambos.

No hace falta que medie declaración, programa común acordado previamente ni gesto físico (un beso efusivo tal vez, al menos en la frente). La foto alcanza para interpretar la disposición de ambos a, según los casos, dialogar, cerrar filas como opositores, tramar una alianza y así. No es que una imagen vale por todas las palabras; las vuelve innecesarias.

Esta lógica parece funcionar a pleno en el tira y afloja para establecer la sede de la final ante España por la Copa Davis. Se sabe que los argumentos deportivos recomiendan salir del polvo de ladrillo y, preferentemente, jugar bajo techo. Sería una manera de equilibrar fuerzas con un adversario temido, con el invencible Nadal como mascarón de proa.

Se barajan tres alternativas: Córdoba, Buenos Aires (queda el Luna Park porque al Parque Roca acaban de bajarle el pulgar) y, última en ingresar a la disputa, Mar del Plata. Al margen de las obras contra reloj que requieren los estadios para cumplir con los requisitos impuestos por la FIT, la supuesta ganancia política que implica ser la sede de una definición semejante alienta las candidaturas. Todos quieren estar en la foto.

Según esta línea de pensamiento, una victoria tenística en Buenos Aires llevaría agua para el molino de Mauricio Macri, posibilidad que al oficialismo no le cae precisamente simpática. Por eso habría presionado para incluir el polideportivo marplatense (capacidad original, alrededor de 7 mil espectadores; contra los 12 mil exigidos), en la provincia dominada por un amigo de la casa, Daniel Scioli.

Llevar la final a la cuna de Guillermo Vilas (credencial exhibida para terciar con autoridad en la mesa de oferentes) también impediría que infle el pecho Juan Schiaretti, mandamás cordobés y ex amigo del Gobierno, muy compenetrado con las cuitas de los productores agropecuarios.

Se dice que incluso la presidenta Cristina Fernández apuntó los dedos que tanto ajetrea en público hacia la Ciudad Feliz, y que con los sponsors que arrimaría el gobernador Scioli se podría cumplir con las ampliaciones en tiempo y forma.

Es probable que ninguno de los interesados lo tome en realidad como cuestión de Estado. Los hombres y mujeres lanzados a operar saben que la foto (en el mejor de los casos, con la ensaladera en alto y algún inequívoco referente político dentro de cuadro) no les deparará más que quince minutos de fama prestada. Pero, como decía una periodista que supo cosechar amigos poderosos en la década pasada, "todo suma".

Aunque el rédito sea modesto, proviene de una chance caída del cielo. Se trata de esperar sentados alguna salpicadura de la gloria ajena. Como hacen los dictadores, pero con menos esfuerzo y menos convicción en los efectos de la propaganda.

Entre los jugadores que pretenden regular hasta la temperatura ambiente (me recuerda a esos entrenadores de fútbol que ordenan embarrar la cancha antes del partido) y las deliberaciones políticas para ver quién se cuela en el podio, la adrenalina deportiva va cediendo ante la amansadora burocrática. El que debe estar impaciente por participar es el vicepresidente Cleto Cobos, aficionado al tenis y a las fotos, todo un experto en desempates. Sería un desenlace acorde con este poker de advenedizos.


Alejandro Caravario nació en Buenos Aires en 1963. En más de 20 años de actividad en el periodismo gráfico, pasó con suerte diversa por innumerables redacciones: Clarín, El Gráfico, Llegás, 7 Días, Perfil, Crítica de la Argentina, entre otras tantas. Fue uno de los fundadores del diario deportivo Olé y director de su revista, Mística. De pluma versátil, ligeramente esquizoide, se ha movido en géneros que van desde el deporte hasta la reseña literaria. En sus momentos de ocio, que no son pocos, se aboca a la narrativa: es autor de un libro de relatos (Sangra), y tres novelas (Costumbres de la carne, Palermo y Mamá se hizo las tetas, ésta última inédita), obras de notable mérito, de las que, lamentablemente, el público casi no se ha enterado. Consulta su archivo de columnas.