El gen argentino
¿Por qué hubo mil y una excusas para justificar la derrota en la final de la Copa Davis?
BUENOS AIRES -- Los argentinos siempre tenemos que encontrar una justificación. Típico. Nos cuesta entender que nos gane alguien superior a nosotros. Imposible, si somos los mejores. Un buen ejemplo fue lo ocurrido el fin de semana pasado, con la derrota de la Argentina frente a España por la Copa Davis.
Con todo a favor, sin Nadal, con una cancha especialmente preparada para esta final y el mejor público del mundo, ese que hace temblar hasta al rival más encumbrado. Si no somos primeros en el resultado, somos primeros a la hora de buscar excusas. Entonces, la culpa de la caída la tuvo el mal clima del vestuario, la soberbia de Nalbandian, las peleas por la sede, las discusiones por los premios y no debe faltar alguien que le adjudique al viento marplatense alguna responsabilidad, aunque la final se haya jugado en cancha cubierta.
Nos pasa seguido y en otros ámbitos. La culpa de que haya pobres en la Argentina y de los tantos problemas que nos toca vivir a diario no es de nuestros gobernantes, los mismos que se vienen reciclando con nuevos discursos desde hace años en el poder, sino del FMI, el Club de París, Estados Unidos, los fondos buitre y una lista interminable de enemigos para todos los gustos.
Nos pasa en el fútbol, el deporte nacional. ¿Cómo aceptar que el último mundial lo ganamos hace 22 años? Si somos los mejores del mundo. Sin ir más lejos, frente a Alemania en el Mundial 2006 nos quedamos afuera en los penales por la culpa del arquero Jens Lehmann, que se llevó un machete en el que figuraba adónde iba a patear cada jugador.

Veamos que opinan algunos tenistas de primer nivel sobre el deporte que practican. Dice Gastón Gaudio: "Para un tenista, la familia es lo peor que hay". Para José Acasuso: "El del tenis es un ambiente egoísta y con mucha envidia". Juan Mónaco: "Siempre esperás que a tu rival le pase algo, aunque sea un amigo o el tipo con el que compartiste la habitación la noche anterior". (Declaraciones del libro La Legión Habla, publicado en 2007 por Ediciones Al Arco).
Los argentinos vivimos en el exitismo. Nalbandian hasta hace pocos días era el Rey David; hoy está en el ojo de la tormenta. Pregunto: ¿Nalbandian cambió de la noche a la mañana? ¿Antes era un fenómeno con sus compañeros, consultaba todas sus decisiones, era amable con la prensa? No. Sin embargo, con él se llegó dos veces a la final de la Davis.
Aclaración: no conozco personalmente a Nalbandian. No me gusta su forma de ser fuera de la cancha. Al contrario, no me cae simpática. Tal vez porque recuerdo que hace unos años, cuando el cordobés daba sus primeros pasos, me lo crucé en la entrega de premios Olimpia que organiza el Círculo de Periodistas Deportivos de Buenos Aires. Yo estaba con otros colegas en la entrada del Teatro Coliseo y un Nalbandian mucho más joven, sin tanto temor de la prensa como hoy, merodeaba a los periodistas como una mosca a la miel. Rogaba por una nota. Los tiempos cambian. Ahora es él quien maneja los tiempos, el que se hace rogar. Ojo, no es el único en el deporte nacional, donde abundan personajes que -antes de ser famosos o tener mucha plata- actúan como el cordobés.
Las derrotas sirven para sacar los trapitos al sol y, a través de esos trapitos, buscar excusas que justifiquen el fracaso. Del Potro, el Messi del tenis, pasó a ser para muchos el gran responsable de la derrota. ¿Para qué viajó a Shangai? ¿No le importa el país? ¿No siente la camiseta? ¿Se lesionó de verdad o arrugó? ¿Le pesó la final? Llovieron los interrogantes-cuestionamientos para un pibe de 20 años que salvó las papas del fuego en la semifinal contra Rusia, ganando un punto clave, y que todavía tiene un largo camino por recorrer.
Todos coincidieron en resaltar el buen humor de los tenistas españoles apenas llegaron al país, el dialogo fluido con los periodistas, la buena onda con los simpatizantes. Es cierto y es para destacar, pero eso no los hace un mejor "equipo". Por el contrario, los nuestros estaban más serios, parecían malhumorados, la relación con la prensa y con el público era distante...
¿Qué nos sorprende? Este es un problema habitual en los argentinos que nada tiene que ver con el espíritu de "equipo", sino que se relaciona con una cuestión cultural, con una manera de ser, algo que daría para una análisis sociológico mucho más extenso. Una imagen familiar en el país es ver a jugadores de fútbol pasar de largo muy apurados cuando bajan del micro o salen del hotel, con los MP3 al mango y los auriculares en las orejas, con el fin de evitar el contacto con los fanáticos que los esperan para sacarles fotos o pedirles autógrafos. Ojo, hablamos de equipos exitosos donde muchos tienen "cara de culo", pero igual salen campeones.
Nos asombramos cuando llegan figuras del exterior, la selección de fútbol de Brasil es un buen ejemplo, y con muchos más títulos que los nuestros sobre las espaldas andan de buen humor por el lobby de los hoteles, charlan con los hinchas, hacen chistes y responden lo que les preguntan sin tanto drama. Viven de otra manera.

Señores, no perdimos por egoístas, por soberbios, por la histeria de Nalbandian, por el viaje de del Potro a Shangai, por los problemas de vestuario, porque no dejaron que los periodistas se alojaran en el mismo hotel que el de los tenistas, por las peleas por los premios, por las vueltas interminables con la sede, porque los muchachos estaban enojados. A ver: es obvio que siempre es mejor trabajar en un grupo donde todos se llevan bien, donde no hay peleas, malentendidos ni puntos de vista diferentes.
Hay matices, es cierto, pero las relaciones humanas son conflictivas siempre, en menor o mayor medida. Sobran ejemplos de equipos-grupos humanos, en cualquier actividad, que no se destacan por llevarse bien fuera de la cancha pero que adentro pueden ser los mejores. Volvamos a un caso reciente y resonante del fútbol. En Boca, Cáceres habló pestes de Riquelme en una radio paraguaya, Riquelme se enteró y le respondió sin filtro a cuanto micrófono se le puso adelante, se armó un revuelo bárbaro en el plantel. ¿Qué pasó? A la semana Boca le ganó el superclásico a River, en el Monumental después de cinco años, y comenzó una remontada que hoy lo tiene peleando el torneo.
Perdimos porque España tiene mejores jugadores. O al menos estaban mejor para jugar la final. Así de fácil. Decimos: "Qué mala suerte, se nos lesionó Del Potro", pero no registramos que España vino sin ¡Nadal! A lo largo de los últimos años comprobamos que la Argentina en Copa Davis es Nalbandian-dependiente. Se puede criticar todo del cordobés fuera de la cancha, pero hay poco para reprocharle adentro, sobre todo cuando juega representando al país. Tal vez con el tiempo encontremos al jugador que se necesita para acompañar a Nalbandian en este sueño esquivo que es la Copa Davis (Del Potro, por ejemplo).
El caso de España sirve: sin Nadal, Feliciano López y Fernando Verdasco mostraron la suficiente categoría para lograr que la ausencia del 1 no se extrañara. López y Verdasco, cada uno por su lado, pensando en ganar "su" partido.
Basta de verso. Individualidades, no equipo. Superioridad del rival porque es mejor, no por cuestiones externas que vienen como anillo al dedo para justificar que los argentinos somos los mejores. No lo somos.
Fabio Dana es periodista deportivo desde 1995. Trabajó como redactor en el Diario Deportivo Olé de Buenos Aires entre 1996 y 2002. Estuvo en la cobertura de dos Juegos Panamericanos: Mar del Plata 95 y Winnipeg 99. Actualmente es redactor del diario Clarín de Buenos Aires y columnista de ESPNdeportes.com. Consulta su archivo de columnas.



