La imagen prohibida
Todo el mundo puede ver los errores de los árbitros en tiempo real... menos los árbitros
BUENOS AIRES -- Un amigo me dice: "Estoy viendo muchas jugadas extrañas; el fútbol está muy extraño". No sé exactamente a qué se refería ni si su percepción obedecía al consumo de algún fármaco, pero deduje lo elemental: el hombre estaba viendo más jugadas raras, más jugadas lindas, más jugadas. Muchas más. Les pasa a muchos desde que el fútbol va completito y en tiempo real, tanto el fin de semana como los días laborables. Los futboleros, aunque más no sea para despuntar el vicio, si les da el tiempo (el domingo es ideal), se anotan como espectadores eventuales de partidos que antes ignoraban.
Por no hablar de la multiplicación de la audiencia de los partidos selectos, los codiciados clásicos que ahora son totalmente gratuitos. En suma, todo el mundo ve todo o, por lo menos, mucho más que antes. De modo que los árbitros, además del tribunal tecnológico que estudia sus fallos al final del día, tienen un público más amplio que les cuentan las costillas en el mismo momento en que cumplen su trabajo. Con tantos testigos de los errores suena más inexplicable y hasta cruel con los referís que no exista una instancia de revisión que les permita retractarse por lo menos de sus deslices más graves, los de mayor incidencia en el partido. Por caso, un gol concedido indebidamente.
Todo el país tiene a disposición un generoso despliegue de cámaras para, digamos, comprobar que Buonanotte tocó voluntariamente dos veces la pelota con la mano antes de que le hicieran el penal en el River-Boca. Todo el país salvo el juez.
A primera vista, todos (salvo Laverni) advirtieron la infracción. Pero contaron además con las repeticiones desde diversos ángulos para chequear, antes de que Ortega pateara el penal, la increíble omisión del árbitro. Aunque pudo evitarse, la injusticia fue consagrada. Se trata de un caso rarísimo: nadie duda de la inocencia del acusado, pero igual debemos asistir impávidos a su ejecución.
Otra ceguera temporaria: en el partido Vélez-Newell´s, el equipo rosarino hizo un gol gracias a que Somoza se quedó enganchado y habilitó a Boghossian. Pero a Somoza lo estaban agarrando, asfixiando y acaso sodomizando tan ostensiblemente que no se explica cómo el árbitro Favale no se dio cuenta. Claro, está prohibido que algún colaborador que logre ver la jugada con más detalle gracias al servicio detallista de las cámaras lo rescate del papelón y contribuya a establecer un fallo justo.
En tiempos de voyeurismo deportivo sin límites, a los pobres árbitros no les habilitan ni una miserable pantalla donde rever (ellos o un asistente) las jugadas que les dejaron dudas o en las que metieron la pata. El arbitraje artesanal y la defensa del error como exaltación de la espontaneidad son pavadas sin sustento. Sólo conducen a la iniquidad que, para colmo, es inapelable.
Alejandro Caravario nació en Buenos Aires en 1963. En más de 20 años de actividad en el periodismo gráfico, pasó con suerte diversa por innumerables redacciones: Clarín, El Gráfico, Llegás, 7 Días, Perfil, Crítica de la Argentina, entre otras tantas. Fue uno de los fundadores del diario deportivo Olé y director de su revista, Mística. De pluma versátil, ligeramente esquizoide, se ha movido en géneros que van desde el deporte hasta la reseña literaria. En sus momentos de ocio, que no son pocos, se aboca a la narrativa: es autor de un libro de relatos (Sangra), y tres novelas (Costumbres de la carne, Palermo y Mamá se hizo las tetas, ésta última inédita), obras de notable mérito, de las que, lamentablemente, el público casi no se ha enterado. Consulta su archivo de columnas.
