Actualizado: 4 de noviembre de 2009, 12:54 EST

4 días, 3 noches y 1 millón de dólares

El tiempo que pasé junto al mejor jugador de póker del mundo, Phil Ivey

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Por Chad Millman
ESPN The Magazine

Este artículo salió publicado en la edición del 2 de noviembre de ESPN The Magazine.

Phil Ivey es el mejor jugador del mundo. Esto es un hecho, indiscutido por cualquiera que pudiese ser el mejor si no fuera por la existencia de Ivey. Y los jugadores de póker -al menos los mejor- consideran que su éxito tiene que ver con su habilidad para vivir el momento.

¿Cuál es la movida que la situación demanda? Call. Check. Raise. Fold. La mejor jugada en el póker es la mejor jugada para uno mismo, y cada decisión revela una verdad sobre el jugador que la realiza. "Esa es la razón por la que éste es el mejor juego de todos", dice Ivey. "Cada día que juego, aprendo algo -sobre el juego y sobre mí".

Considerando que los jugadores de póker viven el momento y teniendo en cuenta que, a los 32 años, Ivey es el mejor del mundo, el siguiente enunciado también tendría que ser cierto: Phil Ivey es el mejor viviendo el momento.

Y me decidí a probarlo.

The Mag me pidió que investigara la vida de Ivey de cara a la mesa final de la Serie Mundial de Póker, que comienza el 7 de noviembre. Y el martes 8 de septiembre a las 17:00, recibí una llamada del mánager de Phil, Chris "Gotti" Lorenzo, más conocido por ser el co-fundador junto a su hermano Irv, de la discográfica de hip-hop, The Inc. "Mañana, Phil va a viajar e su jet desde Los Angeles hasta Connecticut, luego a Montreal y Austria, para jugar un poco", me dijo Lorenzo. "Pásame tu número de pasaporte si puedes venir".

Y se lo pasé.

9 de septiembre, 20:35, Grand Pequot Tower en el Foxwoods Casino, Connecticut.
Si, Phil Ivey es un jugador profesional de póker, pero catalogarlo así limita el alcance de su juego. Es como decir que Jay-Z es solamente un rapero. Ivey es un jugador completo, un hombre con la necesidad y el nervio para gastar obscenas cantidades de dinero en póker, deportes colegiales, dados o su propia partida de golf. El tipo de muchacho cuya reputación lo persigue a cada lado que va.

"¿Quién quiere que su hijo sea un apostador?", dice la mamá de Ivey, Pamela. "Sólo pecados pueden surgir viviendo tu vida en un casino".

"¿Quién quiere que su hijo sea un apostador?", dice la mamá de Ivey, Pamela. "Sólo pecados pueden surgir viviendo tu vida en un casino".

En cuanto se enteró que Ivey estaba encaminado por este rumbo, Allen Samuels, un ejecutivo de Foxwoods cuyo empleo es mantener contento a las "ballenas", se puso a preparar la Grand Pequot Mashantucket Suite de dos pisos. Un mayordomo trajo una langosta y la sirvió en un bandeja de plata junto a un racimo de uvas. El hogar fue encendido. Llegaron suficientes flores para llenar la habitación. "No se puede pagar para alojarte aquí", explicó Samuels. "Está reservada para nuestros clientes mas especiales".

Como Ivey. A las 8:35, la limosina provista por Foxwoods llega al hotel. Tres maleteros, un mayordomo y Samuels están parados en la entrada con sonrisas en sus caras. Pronto sabremos que esto sucede a menudo cuando Ivey llega a un casino. Samuels saluda y dice, "Tenemos un lugar listo". "Vamos", dice Ivey.

No vino aquí para jugar póker. Este es el comienzo de lo que Lorenzo llama un tour de "craps", dados. Los High Rollers no apuestan en el piso principal del casino. Lo hacen en salones privados, lejos de los jugadores comunes. Entonces Ivey se dirige al ascensor. Mide casi 1.90 metros y se mueve lentamente, con desgano. En su suite especial, una mesa de dados está acompañada de un pagador que controla los dados, dos dialers que manejan las fichas y un supervisor. Sigo a Ivey, junto a Lorenzo y dos productores televisivos de E:60. "¿Alguien quiere vino?", pregunta Ivey. Entonces gira hacia donde se encuentra el mayordomo y le pide con una sonrisa, "Trae la mejor botella de la casa".

Art StreiberDonde quiera que vaya, Ivey cuenta con su mánager, Lorenzo (a la derecha), y su grupo de amigos.
El cuarto se aquieta. Ivey toma los dados y los lanza hacia arriba, en un arco iris. Luego caen a la mesa. El juego ha comenzado.

Así es como se ven estas escenas en las películas: un caballero elegante de traje se reclina sobre la punta de la mesa, las fichas se apilan cada vez más alto, brillan las mujeres glamorosas, los curiosos gritan y los tragos se derraman en la alfombra del casino. La excitación es palpable.

Pero así son las cosas en la vida real: silencio, como si el juego se llevara a cabo en una biblioteca. Los dados caen suavemente sobre el paño, el pagador anuncia el resultado y todos se mantienen muy quietos. "Esto es serio", había advertido Lorenzo antes. "Es dinero real".

Si, si lo es. Ivey lanza un seis y pone 50 mil dólares al seis. Tira un nueve y le pone otros 40 mil al nueve. Entonces lanza un siete y las fichas desaparecen. Lorenzo toma su turno. Lanza un nueve. Ivey pone 40 mil a ese número. Un cuatro: 30 mil al cuatro. Un seis: 50 mil al seis. Nueve. Ivey cobra. Cuatro. Ivey cobra. Siete. Las fichas desaparecen. Y así sigue la acción. Gana, gana, pierde.

La pila de Ivey crece lentamente, pero gane o pierda, su expresión permanece inmóvil, una versión más cálida de una animación suspendida en el tiempo. Lejos de las mesas, su tono habitual es el sarcasmo, seguido de una rápida sonrisa para hacerte saber que está bromeando. Le gusta bromear con sus amigos. Le gusta que le hagan bromas. Pero su cara a la hora de jugar no invita hacer ningún análisis. Sigue tu camino, dice. No hay nada que ver aquí. Una virtud provechosa para un jugador de póker.

A los dados, sin embargo, no es tan fácil hacerles trabajo psicológico. Luego de 25 minutos, Ivey tira otro siete y pierde. "Eso es todo", dice. "Vamos". Son las 9:05. Ivey ha ganador $185 mil dólares. Cuando se está retirando, el mayordomo finalmente regresa con el vino, un Chateau Latour de 1986. Precio: 2.100 dólares. Lo llevamos para el camino.

9 de septiembre, 23:45 p.m., Aeropuerto Groton-New London, Groton, Connecticut.
Aparentemente, volar desde Las Vegas a Los Angeles y a Connecticut en un período de 36 horas antes de entregar un plan de vuelo levantó ciertas banderas rojas en Canadá. Razón por la cual, en el momento, en lugar de estar volando hacia Montreal, estamos en tierra. Nuestras valijas están siendo revisadas, y nos están interrogando en el hangar. Mientras un agente aduanero revisa mi cepillo dental, escucho a otro que le pregunta a Ivey, "¿Has ido alguna vez a Marruecos?".

"¿Eh?", pregunta Ivey.

El póker ha llevado a Ivey a lugares donde ni siquiera soñaba ir durante su infancia en el norte de New Jersey. Su abuelo Bud, quien vivía en la misma casa, le enseñó a jugar. "Le rogaba", dice Ivey. "Me hacía trampa para ganarme porque no quería alentarme a jugar".

Ivey era tan competitivo que se ponía loco cuando sus amigos lo derrotaban jugando potes por centavos. Poco después de egresar de la preparatoria, les dijo a sus padres -mamá Pamela, quien trabajaba en una aseguradora y ahora vive en Vegas; y papá Phil Sr., un obrero que falleció en 2005- que quería ser jugador de póker profesional. Naturalmente, quedaron pálidos. "¿Quién quiere que su hijo sea un apostador?", dice su madre. "Sólo el pecado puede surgir de una vida dentro del casino".

Sus padres veían un gran potencial para perder donde él veía la oportunidad. Y por un tiempo, tuvieron razón. A los 19, Ivey se fue a vivir sólo y comenzó a trabajar como telemarketer. Cada fin de semana, con una identificación falsa de nombre "Jerome", tomaba un ómnibus que en dos horas lo dejaba en Atlantic City, donde gastaba todo su salario en las mesas de póker del Tropicana. Pasaba tanto tiempo en el Trop -18 horas por día- que los dialers comenzaron a llamarlo No Home Jerome (Jerome Sin Hogar). Cuando quebraba y se perdía el último bus a casa, dormía en la vereda. Ese era el ciclo que a sus padres les preocupaba, derrotado y perdido. Para ellos, el juego nunca iba a llevar a Ivey a donde está ahora: en un pequeño aeropuerto esperando que lo dejen volver a despegar.

El mánager del aeropuerto se acerca, llevando en sus manos una revista de póker con Ivey en la portada. "Supongo que no te conocen", dice. "¿Te molestaría firmar?", Ivey alegremente toma una birome y firma. Y dos horas después, cuando nuestro avión es finalmente liberado, saca 1000 dólares de su bolsillo, se los entrega a Lorenzo y dice, "¿Puedes darle esto al mánager? Me siento mal por haberlos mantenido despiertos hasta tan tarde".

Phil Ivey sabe lo que es trabajar.

10 de septiembre, 12:30 p.m., Casino de Montreal
"Hola, soy Phil Ivey", dice desde su teléfono, sentado en el asiento trasero de una limosina enviada por el Casino de Montreal. "Necesito que transfieran 1 millón de dólares de mi cuenta por favor".

Es una suma que va más allá de mi lógica, me cuesta entender que el mundo no hace pedidos de este tipo. "Sé que es mucho dinero pero me gusta apostar", dice Ivey. "Lo llevo dentro mío. Trato de manejar lo que gasto jugando dados o blackjack. Al final del año, no quiero que esa suma sea más grande de lo que gano jugando póker".

Ivey no se considera un hombre de números: "En el nivel que juego, se convierte en algo más psicológico que matemático", dice.

Ivey tiene mucho dinero, algo que siempre fue su meta. Cuando le contó a sus padres sobre sus aspiraciones en el póker, agregó que no quería trabajar 40 horas por semana. Quería ser rico. Y lo es. Lo suficientemente rico como para conducir un SLR McLaren ($500K) y un Rolls-Royce Phantom ($400K) y vivir con su esposa, Luciaetta, es una enorme casa en un campo de golf en Las Vegas. Lo suficientemente rico para volar en un avión privado. Lo suficientemente rico para pagarle la universidad y la escuela de leyes a su hermana. Lo suficientemente rico para ofrecer en una subasta de caridad en DC, un viaje ida y vuelta para dos a Las Vegas, cinco noches en una suite en el Bellagio y 5000 dólares para expensas al mejor postor. Lo suficientemente rico como para sorprenderse cuando le pregunto cuánto dinero tiene. Todo lo que dice es, "Pago mucho dinero en impuestos".

Y lo suficientemente rico como para ser escoltado a un cuarto trasero en el Casino de Montreal, donde una mesa de dados, con una placa grabada con su nombre, espera. El casino pagó 40 mil dólares para fabricar esta mesa a medida, sólo para él.

Ivey firma un cheque de 1 millón de dólares y recibe a cambio una pila de fichas y un par de dados. Ivey vuelve a lanzar los dados a lo alto, casi tocando las alas de las palomas que decoran el techo del salón. Gana, pierde. Luego de unos minutos, ha perdido 360 mil dólares. El cuarto está paralizado.

Lorenzo toma su lugar. Tira un cuatro. Ivey pone 30 mil al cuatro. Tira un ocho. Ivey pone 50 mil al ocho. Nueve: 40 mil al nueve. Cuatro. Gana. Seis: 50 mil. Nueve. Gana. Ocho. Gana. Está en racha. Ivey cobra cientos de miles de dólares. El dealer no puede contar lo suficientemente rápido. Apenas puedo seguir la acción. Si estuviéramos en el piso principal, los apostadores correrían a la mesa. Aquí, sólo habla el pagador. Cuando Lorenzo finalmente pierde, Ivey tiene 2.5 millones de fichas. Luego de pagar su cuenta, le quedan 1.5 millones de dólares. Ha estado apostando por 20 minutos.

Y luego me pregunta si quiero tirar. No quiero, pero antes de negarme Lorenzo se corre y el pagador me pasa los dados colorados. Trato de relajarme pero estoy tan duro que apenas puedo doblar mi cadera. Tiro un seis. Ivey pone 50 mil al seis. Un nueve. Apuesta otros 40 al nueve. Ocho: 50 mil. Cinco. 40 mil. Cuatro: 30 mil. Diez: 30 mil. Son 240 mil dólares cubriendo la costilla de números. Me siento mejor. No le he hecho perder dinero. Pero tampoco le he hecho ganar nada. El siguiente tiro es por el dinero. O para perderlo todo.

Tiro un siete. Atrapado. "Hombre", Ivey balbucea. "Sabía que no ibas a traer suerte". Mientras juntan las fichas, quiero desaparecer. Luego de mi tiro, Ivey toma su turno y pierde. Ocurre lo mismo con Lorenzo. Arruiné el momento. Soy el Cooler, quien enfrío la situación. "Eso es todo", dice Ivey. "Vámonos". Se retira con una ganancia de 752 mil dólares.

"Nada mal", dice Lorenzo mientras vamos saliendo. "Casi un millón de dólares en menos de 24 horas".

10 de septiembre, 16:13, rue de la Montagne, Montreal
"Tengo una idea", dice Ivey en la limo, la que se dirige al aeropuerto antes de volar a Salzburgo, Austria. "Vayamos a Ámsterdam". Levanta el teléfono. "Hola, soy Phil. Se supone que iremos a Austria, ¿pero podríamos ir en cambio a Ámsterdam?". Está hablando con el hombre que maneja el avión. "¿Cuáles son nuestras opciones? ¿Dublin? ¿Londres? ¿Y Ámsterdam? Genia. Gracias".

Somos siete en el auto. "Votemos", dice Ivey. Él opta por Dublin porque nunca ha estado ahí. Lo mismo sucede con otros dos pasajeros. Pero cuatro de nosotros nos mantenemos firmes con Ámsterdam. "Ok", dice. "Esto es una democracia".

Vuelve a llamar. "Frenaremos en Ámsterdam. Gracias".

Cuando cuelga le pregunto, "¿Cómo sabías que tenía mala suerte?".

"Podía verlo", dice. "Lucías tenso".

Ivey ve tics y cosas que el resto no ve. Este es uno de sus talentos. Cuando se sienta en una mesa serio, con los auriculares en sus oídos, es como un robot evaluando las vulnerabilidades de los rivales. Aunque muchos profesionales calculan las probabilidades en las manos, Ivey no se considera un hombre de números. "En el nivel que juego, se convierte en un juego más psicológico que matemático", dice. "Debes meterte en la cabeza de tus rivales y descubrir qué están tratando de hacer con tus potes y que están diciendo y porqué, cuál es el significado detrás de todo eso".

Piensa en todo y no concede nada. "Tú no apuestas mucho", me dice durante el viaje.

"No en los casinos", le digo. "Me da miedo perder"

"Pero", dice, "podrías ganar.

Art StreiberEntre ganar 750K y saludar a las masas en un festival, el hombre necesita tomarse una siesta.
Ivey cree en la suerte, el misticismo de los dados y las cartas y el karma de las personas lanzando o jugando. En Foxwoods, le pregunté a Ivey porqué dejaba la mesa después de sólo 20 minutos, incluso aunque estaba arriba 200 grandes. "Se lo que los dados van a hacer", dijo. "Es una sensación en la que creo. ¿Es enfermizo?".

No, realmente no. Ivey es un apostador, los apostadores están tan atados a fuerzas cósmicas como los astronautas. Pero su fe en las estrellas desaparece cuando se trata de póker, donde argumenta que no es un juego de suerte. Y puede que esté en lo cierto. La primavera pasada, dos investigadores de la Universidad de Hamburgo publicaron un papel que lo respalda. Ingo Fiedler y Jan-Philipp Rock estudiaron millones de manos de Texas hold 'em Sin Limite jugadas por 51.761 jugadores en Internet. Descubrieron que los resultados de un jugador promedio que es un perdedor no mejoran después de 1000 manos, debido a la falta de habilidad más que por el azar de la repartija. La habilidad para aprender, no las cartas, es lo que hace al jugador. "La pregunta no es si es un juego de talento o suerte", concluyeron los investigadores, "sino de cuándo se convierte en un juego de habilidad".

El reto más grande para el bankroll de Ivey entonces nunca será la mala suerte. Es el muchacho que pasa 18 horas jugando en Internet, mano tras mano, trabajando para ser el próximo Phil Ivey.

11 de septiembre, 8:22 a.m., Spuistraat, Ámsterdam
Luego de viajar toda la noche, Ivey y yo caminamos por los senderos empedrados de Ámsterdam. Es una mañana templada. Los ciclistas circulan en manadas a nuestro alrededor.

Ivey nunca ha discutido públicamente la historia sobre cómo vive -y cómo apuesta- que lo han llevado a tener un estado de culto entre cierto grupo de fanáticos. Para él, el tiempo que pasa trabajando tiene un valor preciso, no sólo en dinero ganado sino en progreso logrado. Pero ahora que ha alcanzado la mesa final de la WSOP, Lorenzo lo ha empujado a salir un poco a la luz. Es una celebridad de clase A entre las celebridades de clase A, mandándose mensajes de texto con Michael Phelps sobre la posibilidad de asistir a un evento de caridad en DC, viendo los recitales de Jay-Z tras bambalinas, jugando golf con Michael Jordan. Está descubriendo que ya no es fácil mantener una vida privada. "No se si puedes ser una celebridad y el mejor jugador del mundo", dice un amigo de Ivey, el veterano jugador de póker Howard Lederer.

Ivey quiere saber cómo es que las entrevistas lo van a ayudar a ser mejor jugador de póker en los momentos que importa. Y el hecho de haber pasado más tiempo jugando que mostrándose, es lo que hace que sus colegas lo respeten tanto, a pesar de su cara de piedra. "Es el jugador de los jugadores y es el mejor del mundo", dice Lederer. "El debate ha terminado. Este es un deporte de combate; para ganar debes causar daño. Y Phil tiene una desesperada necesidad de ser el mejor, combinada con una tremenda audacia. No puedes lastimarlo".

Art StreiberLa oficina de Ivey tiene todo lo necesario para poder jugar tranquilo al póker y a otras cosas más.
En 2000, cuando tenía 23, Ivey ganó su primer brazalete de la WSOP en uno de los 23 torneos que había antes del Main Event. En 2002, ganó tres más. En 2003, terminó 10º en el Evento Principal. En 2005, consiguió otra pulsera. Este último año sumó dos más, llevando su total a siete, el sexto más ganador de la historia. Y cuando la mesa final comience, a pesar de que sólo está séptimo de nueve en cantidad de fichas, será el gran candidato a quedarse con el triunfo. "Todos sueñan con ganar el Evento Principal; cualquiera que juegue póker y te diga lo contrario está mintiendo", dice Ivey. "Sería por lejos mi mayor logro en el póker".

Pero su dinero real lo gana directamente en mesas vivas. En 2006, el millonario Andy Beal, un genio matemático, desafió a un grupo de jugadores de póker conocidos como La Corporación a una serie de Heads-Up. Un equipo de alrededor de 15 estrellas enfrentó uno a uno a Beal y se encontraron en un pozo de 10 millones de dólares. Luego Ivey se sentó a jugar. En tres días, le ganó 16.6 millones de dólares a Beal, quien desistió de la partida y dejó el póker para siempre. Ivey nunca ha dejado de hacer dinero. El año pasado, ganó más de 7 millones de dólares jugando en Internet. Y aunque ya ha ganado 1.2 millones por llegar a la mesa final -y podría llegar a ganar 8 millones más si sale victorioso- ha realizado apuestas paralelas que le valdrían otros 4 millones. Y ese es Ivey en su salsa: quiere ganar dinero. Pero también quiere que los que pierden dinero a su pesar, sientan el ardor.

11 de septiembre, 12:30 p.m., Prins Hendrikkade, Ámsterdam
Phil: "¿Te sientes mal por haberme hecho perder 240 mil dólares?".

Me: "Realmente sí".

Phil: "Te creo".

12 de septiembre, 2:58 p.m., Salzburg Arena
Una docena de los mejores jugadores de póker del planeta están alineados detrás de una cortina en el segundo piso del estadio, esperando para saludar a los fanáticos que llegaron invitados por Full Tilt, la sala de póker online. Una máquina de humo suelta una nube negra y las luces comienzan a brillar. Se siente como si estuviéramos en una pelea de la UFC. "Realmente me gusta esta canción", le digo a Ivey. Me mira de arriba abajo, y luego me regala una sonrisa grande. Uno por uno los jugadores son presentados y caminan a través del humo para saludar a los 5000 fanáticos. Ivey es el último en ingresar.

Los fanáticos rodean el escenario, sacando fotos con sus celulares. Durante nuestra caminata en Ámsterdam, Ivey me dijo que sentía que las cámaras de E:60 le estaban "robando el alma". Lo dijo mitad en broma, mitad en serio. Ahora, cientos de cámaras están terminando el trabajo. Luego de una breve conferencia con los 12 profesionales, Ivey es uno de los cuatro que se queda para una sesión de autógrafos. Un fanático le cuenta de un sitio francés en el que han "photoshopeado" su cara simulando diferentes escenas de su vida. Este es su mundo ahora. Al final de la sesión, un fanático grita, "¡Phil Ivey es el rey!".

El rey, sin embargo, ya va saliendo. Su avión lo espera para llevarlo a Munich, donde jugará algunas partidas de póker de alto nivel. El avión despega a las 7:20; el tiempo de vuelo son 17 minutos.

No hay momento que perder.