Luis Aguiar
Fotobaires.comAguiar es un tema complejo para Pizzi

BUENOS AIRES -- En el fútbol hay frases que repiten una y otra vez, como si fueran verdades inamovibles, pero pocos se ocupan de analizar si efectivamente son eficaces. Una de ellas es que "los buenos jugadores hacen a los buenos equipos". Y que se completa con otra que dice que "el técnico debe poner siempre a los mejores".

Si un técnico determinado tiene imaginación, se anima a arriesgar, toma decisiones radicales y mueve las piezas del tablero inteligentemente, probablemente esa suma de buenos jugadores pueda desembocar en un gran equipo.

El primero que se nos viene a la cabeza (¿a quién no?) es Brasil del 70. Dice la leyenda que Mario Zagallo decidió poner juntos en el equipo a cinco jugadores extraordinarios, más allá de que todos jugaran de lo mismo. Nos referimos a Pelé, Jairzinho, Gerson, Tostao y Rivelino, es decir los "cinco diez" del Lobo.

Pero así como decimos esto, también se debe explicar que el Lobo Zagallo no los tiró en la cancha para que hicieran cualquier cosa, sino que decidió que cada uno cumpliera un rol dentro de la estructura del equipo.

Por eso, Jairzinho era puntero derecho. Tostao abanicaba por la izquierda del ataque. Gerson era media punta, ya que su lentitud lo ponía en el centro del cuadrado que formaban sus compañeros, para hacer descargas milimétricas. Y Rivelino y Pelé, de gran movilidad, se turnaban en el armado de la jugada. Cada uno cumplía un rol. Cada uno sabía para qué estaba y el entrenador, a su turno, los había ordenado en el campo de juego con la idea de ir sin miramientos hacia el arco rival.

Comparar a uno de los mejores equipos de la historia con el fútbol argentino actual, parece un chiste, pero el ejemplo sirve para sostener que no importa tanto si un jugador es mejor o peor, sino que lo único básico es encontrarle el mejor lugar en la cancha con una idea de fútbol ofensivo.

Veamos lo que pasa en San Lorenzo. Aguiar es considerado clave por Pizzi. Pero esa decisión no es un síntoma de audacia, sino de prudencia. ¿Por qué? Porque no lo pone donde debería estar (como doble cinco, con Mercier o con Kalinski) sino que lo ubica en el sector izquierdo del ataque, con lo que le quita valor a la capacidad de Aguiar. En ese lugar, el uruguayo pierde su importancia, ya que sus movimientos son previsibles y perjudican a San Lorenzo, porque le quita sorpresa al ataque y no aporta lo que podría darle si jugara como corresponde: un volante central con llegada. El ingreso de Aguiar, un muy buen futbolista, deja en la más absoluta soledad a Stracqualursi. Es decir, falla el sistema.

¿Debería salir Aguiar del equipo? No necesariamente. El técnico debería mover las fichas para armar el mejor equipo con los mejores jugadores que dispone. Aguiar debería ser doble cinco y así podría sumarle al equipo una de sus grandes virtudes: desprenderse por sorpresa para llegar a posiciones de gol. Pero para eso debería entrar Alan Ruiz (por citar un ejemplo) como generador de juego y debería salir Kalinski o Mercier. Es decir, Pizzi debería arriesgar. ¿Está dispuesto a hacerlo?

Otro problema se le presenta a Zubeldía en Racing con Mario Bolatti. Tiene que jugar. Pero para que semejante cinco entre a la cancha, debe salir alguien. ¿Quién? ¿Zuculini? ¿Pelletieri? Y si sale uno de ellos, ¿quiénes entrarán por las bandas? ¿Villar, Camoranesi, Pérez Guedes?

Villar y Pérez Guedes le darían a Zubeldía más variantes ofensivas pero regresos complicados. Camoranesi, que no luce tanto, equilibra más. ¿Qué hará? ¿Priorizará al orden y la contención o la audacia?

Con estos ejemplos queda claro que no necesariamente los mejores jugadores son los que deciden el rumbo de un equipo. En realidad, el rumbo se determina cuando un entrenador resuelve si quiere arriesgar o si prefiere cubrirse las espaldas.

Zubeldía y Pizzi tienen la palabra.