El ídolo sin ciudad
Una vuelta por Rosario buscando sin éxito señales que hablen de Lionel Messi
ESPN.com

Cómo jugaba Lionel Messi de niño
Reuters/Alfredo CeloriaRosario, la ciudad natal de Lionel que no muestra señales del ídolo
Imago/Icon SMIAl detenernos en la ciudad, con Paul buscamos algún tipo de reconocimiento, casualmente en un principio. Saben lo que quiero decir. El Trofeo Heisman de Billy Cannon está en exhibición en Baton Rouge, y hay un bar convertido en santuario en el pueblo de Brett Favre. Signos alrededor de todo el mundo dejan que los que están de paso por esos lugares sepan que ese pedazo de tierra una vez ha producido algo de grandeza: un héroe del fútbol, una estrella de rock, un astronauta. Durante nuestro primer día en Rosario, no he visto nada que nos indicara que Messi había crecido aquí. A la mañana siguiente, comiendo empanadas de la estación de servicio, vimos un bar de deportes cruzando la calle, a pocas cuadras del viejo barrio de Messi. En las ventanas había fotografías grandes de Muhammad Ali, Maria Sharapova y Rafael Nadal. Pero nada de Messi.
En los días que siguieron, el patrón se iba a repetir a lo largo de la ciudad. Nunca podrías saber que es de Rosario. Ni siquiera en la primera cancha que Messi jugó, la cual encontramos mientras el sol se escondía en un paisaje lunar urbano de edificios de apartamentos de estilo soviético y perros aulladores. En la pared exterior, con colores vivos y líneas abstractas, alguien había pintado con aerosol un mural de grafiti. La banda en la cabeza y el rostro me resultaban familiares. Santo infierno, me reí. Ese es Keith Richards. Luego vi los labios enormes al lado de Keith, mientras que otra cara fuera de contexto entró en foco: ¡Mick! En el lugar donde Messi jugó por primera vez, los Rolling Stones capturaban la imaginación más que él. Desconcertado, y seguro de que me había perdido de algo evidente, describí lo que había encontrado -o, mejor dicho, lo que no había encontrado- a un entrenador de jóvenes de la localidad que sabe de Messi y su familia. Me sentí mejor. Él veía a Rosario de la misma manera que lo hicimos nosotros, y se imaginó cómo reaccionaría si su ciudad natal lo rechazara. "No sientes que sea la ciudad de Messi", dijo David Treves. "Si eres el mejor jugador del planeta y ni siquiera recibes el mínimo cariño de tu propio pueblo, la mayoría diría: 'Váyanse al infierno. Me quedaré en Barcelona para seguir engrosando mi billetera'".
Por último, llevamos la guía a la oficina de turismo local.
"Estamos interesados en Leo Messi", le dijimos al joven detrás del mostrador. "¿Hay algo en la ciudad que se pueda visitar?".
Uno de sus compañeros de trabajo se rio entre dientes.
El muchacho respondió que no.
Hector Rio/ActionplusEl bar VIP, que maneja la familia de Leo. No se ven sus partidos
"Extraer sangre de una piedra"
Más allá de la falta de reconocimiento visible, pronto encontré algo más amargo que la mera ambivalencia. Una noche, caminando de regreso después de cenar en la Avenida Pellegrini, la vibrante zona de restaurantes de la ciudad, con Paul entramos en una sala con poca luz donde se jugaba billar. Todo el mundo miró por un momento, examinándonos. Las paredes eran de yeso, tenían manchas de cigarrillo, estaban descuidadas y no tenían ninguna clase de adorno. El humo flotaba en el aire. Una máquina de espresso desgastada estaba silbando. No se escuchaba música. Hombres entrados en edad rodeaban las mesas de billar, mientras que otros estaban sentados en grupos pequeños, sosteniendo cartas, o jugando al dominó. Dos mujeres de gruesos tobillos hablaban con el camarero. Una de ellas hizo un gesto admonitorio con uno de sus dedos a un muchacho jugando al pool. Más tarde, nos contó que había trabajado en los Estados Unidos para la mafia, y que una vez llevó 16 kilos de cocaína hasta la costa este en un automóvil. Con cierto detalle, describió lo que se siente que te arranquen las uñas con alicates. Paul, haciendo caso omiso a mis señales de que cerrara su maldita boca, le preguntó si alguna vez había matado a alguien, y él dijo que no. Entonces le guiñó un ojo. Pedimos unos cuantos litros de cerveza, jugamos una partida de billar y sacamos el tema de Messi al anciano que servía las bebidas.
"Él no ha ganado nada para la Argentina", dijo.
Así como hemos visto poco de él en Rosario, muchos de sus ciudadanos ven muy poco de él en sí mismos. Messi es tan desconocido para la gente de su ciudad natal como lo es para mí, sentado en mi oficina viendo su famoso gol contra el Getafe una y otra vez en YouTube. Ellos no entienden cómo juega, o cómo actúa, y no ven una evidente causa y efecto, no hay una formula x + y = z, que lo explique. Maradona, a él sí lo entienden. Creció en medio de un ambiente violentamente pobre, en un barrio llamado Villa Fiorito. Toda su vida fue una constante pelea para escapar de los hechos de su propio nacimiento, y cuando lo logra, e incluso cuando falla, sus compatriotas reconocen su lucha. Ellos entienden la fuente de su talento y de sus demonios. Todo lo que Maradona ha hecho puede explicarse por las duras calles de Fiorito.
ESPNMessi de niño: hincado, el segundo desde la izquierdaHabía un problema, sin embargo, un océano que separaba el potencial de la realización. Cuando Messi tenía 9 años, dejó de crecer. Los médicos descubrieron una deficiencia hormonal y empezaron un régimen de inyecciones diarias, que él mismo se colocaba, llevando por todos lados una heladera portátil cuando se iba a jugar con sus amigos.
"¿Voy a crecer?", preguntó Messi entre lágrimas.

Su equipo de fútbol, uno de los grandes de la ciudad, Newell´s Old Boys, accedió a ayudar a pagar los medicamentos, pero, a medida que los costos se fueron elevando, dejó de hacerlo. Frustrado, su padre encontró a alguien dispuesto a pagar: el Barça. Así que cuando Leo tenía 13 años, después de que la Máquina del '87 ganó su campeonato final, él y su padre, Jorge, se trasladaron a España. Antes de que Messi se marchara, pasó por el despacho de su doctor para decirle adiós. Schwarsztein le deseó suerte y Messi le regaló su diminuta camiseta de Newell´s con el número nueve en la parte posterior. Lo autografió, luego se fue con su padre hacia el aeropuerto de Buenos Aires, cambiando su cómoda vida por una nueva y desconocida.
Su madre, en última instancia, se quedó con sus hermanos, dividiendo la familia, y Messi, siempre tímido, tuvo dificultades. Cuando lloraba, que era a menudo, se escondía. Él no quería que su padre lo viera así. Su familia entera giraba en torno a su futuro, el Barça incluso accedió a emplear a Jorge mientras Leo se formaba en la famosa academia de fútbol juvenil. Asistía a clases, de mala gana, pero en realidad era un atleta profesional a la edad de 13 años. Pasaron cuatro años. Durante este tiempo de soledad, cuando él era un niño manteniendo a su familia, pasó de ser Lionel a ser Messi.. Había crecido. Schwarsztein tenía razón. Maradona mide 1,65 metros. Messi mide 1,67 de altura. La siguiente vez que la gente en Rosario oyó su nombre, él era una estrella. "Es difícil ser un héroe en tu propia ciudad", explicó Marcelo Ramírez, un amigo de la familia y locutor de radio que nos mostró mensajes de texto de Messi. "Él no crecí aquí. Perdió el contacto con la gente. Él es una figura internacional más que un rosarino".

En muchos sentidos, es un hombre sin país.

Messi nunca revela nada. Cuando Sports Illustrated le envió el profiler de las estrellas, S.L. Price, para entrevistarlo, todo lo que consiguió Price fueron 15 minutos de respuestas insubstanciales y desanimadas. Un periodista italiano llamado Luca Caioli escribió una biografía completa de Messi que contenía básicamente una revelación: los amigos y la familia admitían que Messi es un misterio incluso para las personas más cercanas a él. "Cuando no está muy bien", dijo una de sus amigas cercanas, Cintia Arellano, al escritor, "Leo es un poco solitario. Se aísla. Se mete en sí mismo. A veces ha sido así conmigo.

Testigos El envejecido entrenador de Messi durante su niñez sacó un cigarrillo de un paquete de marca y apretó el filtro. Sonrió con nostalgia, tenía una mirada con capas de felicidad, asombro y lamento.
"Messi está custodiado dentro de una caja de cristal", dijo Ernesto Vecchio.
Él nos llevó a la vieja escuela de fútbol de Newell's Old Boys, lleno de mesas de picnic que armaban los padres que cuidaban a los niños con camisas holgadas. Newell's es uno de los clubes profesionales más populares en Rosario, y al igual que la mayoría de los equipos de fútbol tiene un vibrante sistema de desarrollo juvenil. Messi entrenó en esta cancha, en días como éste. El cielo estaba alto y con un azul profundo, se sentía un frío de invierno tardío en el aire. A un lado, los niños pateaban una pelota, esquivando la fila de árboles sin hojas entre las gradas y una valla elaborada con las barandas recortadas de un pasamanos.
"Todos quieren ser como Messi", suspiró Vecchio.
Durante años, sintió una especie de resentimiento hacia su ex jugador. Algo ocurrió aquí en esta escuela, un poco de magia, y Vecchio jugó un papel importante. Mucha gente lo hizo. Debería haber algún reconocimiento. En su lugar, se los conoce como los tontos miopes que permitieron que se les escape una leyenda. El ex funcionario de Newell´s, responsable de los pagos de la hormona de crecimiento de Messi todavía tiene con él los recibos, que parecen falsificaciones, tratando de demostrar que él no fue quien tomó la más tonta de las decisiones en la historia del deporte profesional. Las cicatrices permanecen. Vecchio ni siquiera podía ver a su ex jugador. Hace dos años, hablando con un periodista de un periódico sensacionalista de Londres, ofreció el lamento de todos los que han quedado atrás: Messi ha olvidado sus raíces.
"Han pasado más de 10 años desde que hablamos", dijo en ese entonces. "Es una lástima que los niños olviden algunas cosas cuando se encuentran con el éxito. En 2006 me enteré de que estaba en Rosario y fui a su casa para ponernos al día con los viejos tiempos. Me dijeron que no estaba allí, pero era mentira. Debió haber tenido miedo de que le preguntara algo. El dinero cambia un poco a la gente".
Nos sentamos en una mesa en la cafetería de la escuela.
"¿Cuándo fue la última vez que habló con él?", le pregunté, a la pesca de la respuesta esperada. Él no me la dio.
"Hace un año", dijo.
Sebastian Granata/LatinContent/Getty Images
Vecchio esperó una respuesta en medio de una multitud de aduladores.
Messi dijo que sí. El guardia lo acompañó hasta una mesa con Jorge y Leo, que sonrió y se puso de pie para darle un abrazo a su viejo entrenador. Messi no mencionó las viejas citas de que salieron en los periódicos. Vecchio los besó en la mejilla y le contó el orgullo que sentía cada vez que veía un partido de Barcelona. Pensó que su ex jugador estaba feliz de verlo, pero no lo sabía con certeza. Messi dijo poco. Jorge dominó la mesa. Vecchio sentía el tictac del reloj mientras hablaba, rodeado por una multitud. Poco se podía distinguir del Messi en Barcelona en comparación con el Messi en Rosario. Vivía en una burbuja de fama. Había sido así durante años. Había pasado de estar solo para estar siempre rodeado de gente, que a veces es lo mismo. Vecchio le preguntó a Jorge si imaginaba que alguna vez ocurriría esto. Jorge dijo que no. Los cinco minutos de Vecchio terminaron, y volvió a pasar a través del caos, sustituido por otro solicitante.
Sentado con nosotros en la cafetería, Vecchio dijo que no había pedido nada. Sin embargo, tres meses después de esos cinco minutos, Jorge Messi lo contrató para trabajar para la fundación de la familia. El trabajo de Vecchio es descubrir el próximo Leo Messi.
Un vistazo detrás de la pared

"Es pequeño y muy cerrado", explicó el locutor de radio, Ramírez, cuando Paul y yo lo interrogamos una tarde sobre los detalles. Hay un grupo de personas en Rosario con el que Messi habla por teléfono o intercambia mensajes de texto casi todos los días. Hay otro grupo, más grande, que sabe de él con menos frecuencia, en días festivos u ocasiones especiales. Pasa su tiempo con sus tías y tíos, con sus primos, con sus hermanos, y con un pequeño grupo de amigos. Su madre se encarga de alejar a cualquier persona que siente que quiere sacar alguna ventaja de él. Messi no tiene problema de que sus amigos incluyan a otras personas para pasar el rato con él, siempre y cuando no pidan nada. Él no ha hecho un nuevo amigo en mucho tiempo. La mayor parte de sus personas de confianza son sus compañeros de equipo en la Máquina del '87. Les manda mensajes de texto antes de jugar partidos importantes en Argentina.
El arquero de aquel equipo juvenil, Juan Cruz Leguizamón, uno de los más viejos amigos de Messi, nos recibió una noche. Eligió un café local llamado El Cairo, un lugar literario descolorido con una sala bien ventilada y ventanas de cristal de altura y un techo alto. Es uno de esos bares en los que pareces subir a la máquina del tiempo que encuentras a menudo en América del Sur. Una banda brasileña tocaba música y tuvimos que gritar el uno al otro por encima de todo el ruido de fondo. Finalmente, se tomaron un descanso y pudimos hablar. Leguizamón es atlético, ahora jugador de Central Córdoba. Tiene los ojos azules y pestañas delicadas. Le pregunté qué parte de la vida de Messi no le gustaría experimentar. Él se rio. "Como le he dicho a él hace poco, lo único que no me gustaría tener de él es su cara".
Cuando Messi está en casa, nos cuentan, le gusta jugar al fútbol, tanto en los patios como a los videojuegos.

"¿Messi siempre juega como Messi?" Le pregunté.
"Su equipo siempre es Barcelona", dijo Leguizamón, sonriendo, "y él hace de capitán".
Los amigos de Messi se sienten un poco intimidados. Hace años, él era mejor que ellos, pero la diferencia ahora es exponencial. Leguizamón vio una fotografía de Messi bromeando en las prácticas del Barça, atajando. Su forma era perfecta, natural, como si hubiera estado jugando en la posición desde siempre. Leguizamón incluso llamó y preguntó si la imagen era real. "Sí, es Messi", le dijeron. "Somos conscientes del hecho de que tenemos el mejor jugador del mundo delante de nosotros, pero hay una cierta confianza en el sentimiento de que todos somos iguales. Hablamos sobre la vida de todos. Pasamos tiempo juntos. Hay bromas".
"¿Por ejemplo?", le pregunté.
"Sobre muchas cosas", dijo, sonriendo. "Sobre sus orejas, por ejemplo".
Reuters/La CapitalPara terminar
Rodeamos la ciudad, pasando de una dirección a la otra, de puerta en puerta, en busca de los miembros de la familia. Buscamos pistas que nos dieran alguna señal de lo que podría estar pasando en el interior de Messi. Nadie que es muy bueno en algo es del todo normal. Todos ellos son empujados, o arrastrados, por cuestiones que rara vez salen a la superficie. Muchas veces esas cosas son recuerdos de lo que solían ser, y de dónde solían estar.

Estacionamos y caminamos por las calles. Una protesta de trabajadores se hizo eco a través de un megáfono metálico a pocas cuadras de distancia. Por último, nos detuvimos frente a una casucha de ladrillo azul con el jardín del frente lleno de basura semi-organizada. Un bote enorme de cajas de cartón, un barril de botellas rotas de Heineken. El cerco estaba caído. Los parientes lejanos de Maradona vivían aquí, como ocupantes ilegales realmente, ganándose la vida revolviendo los contenedores de basura. Una vecina me dijo que me fuera. Ella conoció a Diego cuando era niño, era amiga de su abuela. "No viene", dijo. Nunca viene aquí.

Su padre pasa mucho tiempo en Barcelona, pero tienen un complejo de la familia fuera de la ciudad. Su madre se mudó de su antigua y simple casa, él le compró un departamento en el edificio más lujoso de Rosario, una torre de vidrio espejada y metal pulido llamada Aqualina. Se parece a un delgado crucero parado sobre la popa. La mamá de Messi tiene un departamento que ocupa el piso 26 por completo, nos han dicho que tiene cuatro dormitorios, dos terrazas y un pequeño apartamento para los sirvientes. Ella acaba de salir, dijo el portero.
El viaje de su nueva a su vieja vida nos llevó a lo largo de la orilla del río, pasando por el puerto. Giramos a la derecha de la carretera hacia el sur de la ciudad. El domingo, había hombres construyendo una casucha en la acera de salida. El lunes, se veía que la ropa de los niños estaba colgada de una soga fuera de la misma.
Su tía y su tío aún viven en la misma casa. Había un elegante Audi negro Elevadores de granos alcanzaban su punto máximo por encima de los tejados, fuera de lugar, como bombeadores de petróleo en el medio de un estacionamiento en el oeste de Texas.
Su tía y su tío aún viven en la misma casa. Había un elegante Audi negro estacionado en el interior de la puerta. El área del garaje me resultaba familiar, entonces me acordé. Había visto un video de Messi jugando al fútbol aquí con sus sobrinas y sobrinos pequeños, esquivando y amagando, moviendo el balón con los pies pequeños sin que los niños se lo pudieran quitar. La expresión de su rostro es la misma que cuando juega frente a millones de fanáticos.
Reuters/Toru Hanai
En Internet está lleno de videos tributo con alguna versión del título "Messi no se tira al piso", un rasgo raro en un deporte donde los jugadores tienden a rodar por el suelo como si fuesen heridos de bala cuando un oponente hace tanto como respirar encima de ellos. Abundan las teorías acerca de la razón por la que Messi no se cae, acerca de su carácter o de su respeto por el juego, pero creo que es mucho más simple. Si se lanza, pierde el balón. El muchacho que se vio obligado a crecer rápido sólo es feliz cuando juega. Se ríe cuando anota. Pone mala cara cuando pierde. Se pone de mal humor. Cuando era joven y fue expulsado de una de las prácticas, el entrenador lo vio con la cara apretada contra una valla, dejando ver su deseo de jugar incluso desde la distancia. Cuando lo expulsaron de un partido como profesional, lloró. Un adjetivo común surgió después de eso: un aniñado. Él actúa como un niño de 13 años de edad.
Tocamos el timbre. La calle era de clase media. Un hombre respondió: probablemente el tío de Messi, y dijo que su tía estaría de vuelta en unas pocas horas. Dejamos una nota. Me quedé fuera un poco más antes de regresar al automóvil. Esta es la casa donde, en la víspera de Navidad hace unos años, un fanático de Suecia pasó y fue recibido por el propio Messi, quien lo invitó a entrar. Hablaron en el pasillo durante media hora. Messi a veces parece ajeno a su realidad, como si no se diera cuenta de que es famoso. Hay videos, tomados por temblorosas cámaras de teléfonos móviles, que lo muestran esperando para recoger su propio equipaje en el aeropuerto, o caminando hacia la línea de taxi, seguido por los fanáticos. Gana millones de dólares al año y espera por el equipaje y por lo general vuela en líneas aéreas comerciales, y uno tiene la sensación de que no es porque él está tratando mantener un perfil humilde, sino, más bien, porque no conoce nada mejor. Parece un sonámbulo hasta que tiene una pelota entre sus pies. En ese momento, vuelve a la vida.
En modo interrogativo
Desde que quedé fascinado con Messi, mucho antes de que Paul y yo nos paráramos frente a la casa de su tía, dos preguntas alimentaron mi fascinación. ¿De dónde viene su magia en la cancha? ¿Por qué desaparece cuando termina el juego? Es por eso que vine a Rosario, porque me preguntaba si la ciudad en sí era la respuesta a ambos interrogantes. Era algo impredecible. Quiero decir, todo el mundo es de alguna parte, y a veces eso influye en quienes son y en ocasiones no. Estuve leyendo sobre Stephen Hawking no hace mucho. Él nació en el norte de Londres durante el Blitz. Le gustaba remar antes de que su enfermedad, la esclerosis lateral amiotrófica, lo dejara incapaz de hacer otra cosa más que pensar. Su padre estudiaba la relación entre los parásitos y hospedadores. ¿Eso explica sus descubrimientos? ¿O son coincidencias? ¿Era su destino ser Stephen Hawking, o se puede volver a través de su vida y encontrar la alquimia única del amor y de la presión, del éxito y del fracaso, que le dio un codazo de un lado a otro, para finalmente impulsarlo a repensar nuestra forma de ver la oscuridad en torno a nosotros? Un pasado podría explicar el éxito, incluso un éxito extraordinario, pero ¿puede explicar la genialidad? ¿Qué podemos aprender de un pueblo? ¿Puede descifrar el misterio del juego de Messi, o la forma en que se encoge cuando termina el partido?
"Lionel no está"

Se ubica en la calle Estado de Israel, escondida en un laberinto de calles de una sola mano. Después de dar vuelta a la lavandería pintada de azul con burbujas blancas, seguimos los números, contando hasta el 525. La primera vez, antes de que nos diéramos cuenta de cómo conducir hasta aquí, estacionamos antes de llegar y caminamos. La calle parecía sin salida en una casa y seguimos un estrecho callejón a la izquierda que nos llevó de nuevo a la calle. El patio de Messi da a la casa de Cintia Arellano, la autora de la cita sobre la sangre de una piedra. Ella todavía vive allí. A una cuadra de distancia, un estilo de música argentino, llamado cumbia, se podía escuchar a través de una ventana abierta, cargada de golpes graves y bocinazos fuertes. Es la música favorita de Messi. Un iPod y unos auriculares pueden llevarlo de regreso a casa en un segundo.
La casa se veía básicamente como las otras casas de la cuadra, sólo un poco más grande, con unas pocas modificaciones, incluyendo una cerca alta, una cámara de seguridad. Era blanca, con necesidad de una mano de pintura. Los toldos sobre las pequeñas terrazas en el segundo piso estaban hechos de chapa. Persianas de madera cubrían las ventanas. Nos paramos en la puerta y escuchamos. Parecía que alguien estaba en casa. Paul tocó el timbre. Contestó una mujer.
"Lionel no está", dijo. "Está en España".
La mujer dijo que se encargaba de la limpieza, y que ya nadie vivía en la casa. Los Messi han pasado por todo el mundo, pero les gusta que la casa para permanezca limpia, como si todos pudieran volver a esta calle y reanudar la vida que abandonaron cuando Leo se fue para convertirse en una estrella. La música resonaba en las casas de concreto. La señora de la limpieza no nos supo decir por qué la familia mantiene una casa vacía. Mientras estaba allí escuchando la música, una idea comenzó a tomar forma.
Maradona creció en la pobreza y ha pasado toda su vida huyendo de la casucha de ladrillo azul, sin mirar atrás, sin poder escapar. Maradona ha hecho todo lo posible para olvidar Fiorito, pero Messi ha hecho todo lo contrario. Él, o tal vez su familia, se aferran al pasado, como si la preservación de la modesta casa en Estado de Israel al 525 conservara algo más importante y más difícil de definir.
Una peregrinación
Lluis Gene/AFP/Getty Images
Hay un artículo periodístico europeo que leí que me parece relevante. Hace unos meses, tomó un jet privado aDubrovnik, Croacia, donde un coche lo llevó al otro lado de la frontera con Bosnia en la ciudad de Medjugorje. Hay un santuario allí, que atrae a peregrinos de todo el mundo, ya que en 1981, seis jóvenes de la localidad dicen haber visto a la Virgen María, y algunos de ellos todavía dicen comunicarse con ella. Messi fue el invitado de uno de los visionarios, como se los conoce.
Elvis Barukcic/AFP/Getty ImagesEl delantero visitió a un joven que dice haber visto a la Virgen María
Rodolfo Molina/EB/Getty ImagesLos hermanos de Messi: Rodrigo y Matías junto al jugador
Una tarde, vimos a tres hombres jóvenes fuera de la antigua casa de Messi. Un elegante y deportivo Audi negro con las ventanas oscurecidas estaba estacionado en la acera. Paul y yo nos acercamos.
"¿A qué velocidad va?", le pregunté, señalando el automóvil.
"Doscientos y algo", dijo Matías Messi.

Matías, el hermano del medio, parecía un futbolista profesional: de jogging, con una barba descuidada, el cabello peinado con gel hacia arriba y grandes diamantes colgando de cada oreja. Se parecía más a Cristiano Ronaldo que a Leo. Su trabajo es la gestión de VIP. A su lado estaba Rodrigo Messi, el mayor, que vive habitualmente en España. Llevaba una sudadera con capucha sobre la cabeza. El tercer hombre era su primo, a cuya madre le habíamos dejado los mensajes. Toda la escena fue extraña. Aunque tenían otros lugares en los que podían estar, habían vuelto a pasar el rato en su antigua casa. No en la casa, sino en la calle. Hacía alrededor de una hora, Barcelona había terminado un partido en España.
"Dos goles de Messi", dijo Matías.
Lo llaman así. No es Leo, o "mi hermano". Messi. Matías fue el que más habló, mientras que Rodrigo y su primo se molestaban entre sí como si fueran niños.
"¿Qué mirás?"
"A vos te estoy mirando, idiota, te voy a romper la cabeza".
"No, tarado, te voy a pegar, en serio".
El único momento en el que los otros realmente se metieron en la conversación fue cuando Paul mencionó a Ronaldo, el extravagante delantero del Real Madrid y principal rival de Messi.

"Disculpa", dijo Paul.
"Tené cuidado con eso", dijo Rodrigo.
"Entiendo", dijo Paul.
"Está bien", dijo Matías, riendo. "No conozco otro jugador que sea tan presumido como él".
Describieron la casa como el centro emocional de una familia dispersa, y cuando los hermanos miraron la pintura descascarada, Matías murmuró una expresión española que se traduce, más o menos, como "este pedazo de m---". En los años desde que Leo se trasladó a España, Matías dijo, las piezas tangibles de la casa se han vuelto más importante para Messi que para los miembros de la familia que nunca se fueron. Esta casa, y sobre todo la casa de su tía, que Matías describe como un "refugio" para su hermano, las grandes comidas de los domingos con la familia, incluso los compañeros de equipo que conoce desde la infancia. Leo anhela esas cosas cuando está en el exterior. Trata de llenar un vacío, este muchacho que nació en Argentina y cumplió la mayoría de edad en España. Nunca le gustaron los robots o los autos de juguete, sólo quería patear una pelota. Cambió su infancia por el deporte que ahora juega de manera profesional con una alegría infantil. Su infancia en Rosario hasta los 13 años tal vez no lo haya moldeado, pero dejar la ciudad, sin dudas lo ha hecho.
"¿Qué pasaría si se vendiera la casa y no le dijeran nada a Leo?", le pregunté.

Un proyecto en construcción
Messi sigue volviendo a Rosario, impulsado por la obligación, seguramente, pero es probable que también lo haga por otra razón. Él trabaja en el mantenimiento de las conexiones con su ciudad natal. Se inicia con la forma en que habla. Yo crecí en Mississippi, pero, después de pasar por tantos lugares, dejé las entrañas de mi acento sureño en el Medio Oeste. El acento irlandés de Paul se ha ido debilitando con el tiempo y la distancia. Pero Leo nunca perdió el acento rosarino que es muy específico, y ha vivido en España casi el mismo tiempo que vivió en la Argentina. Esa es una elección.
Después de una lesión, cuando necesitó un mes de rehabilitación, vino aquí para someterse al tratamiento. Y aunque los medios sensacionalistas lo relacionaron con una supermodelo tras otra -no es tan infantil como para no saber cómo hacer eso- se ha establecido con una chica que conoce desde su infancia. Su familia conoce la familia de ella, y viceversa, y ahora está embarazada de su primer hijo, que llegará en octubre. Newell´s ya ha hecho planes para presentar al niño con una tarjeta de membresía especial.
Su larga disputa pública con su antiguo equipo, y la del equipo con él, ha llegado a su fin. Financió un nuevo gimnasio y la construcción de una residencia en el interior del estadio para alojar a los jugadores jóvenes. Dos días antes de su inauguración, caminé por el interior debajo de las tribunas, rodeado por el zumbido de las sierras y el eco de los martillos, creando el mismo tipo de academia donde se formó en España.
Enrico Fantoni/Hollandse Hoogte
Ha conservado los mismos amigos. Ha conservado su antigua casa, que Ramírez ha confirmado que sigue siendo de la familia debido a Messi. "Lionel no quiere venderla", dijo. "Como una especie de memoria, él quiere quedarse con ella".
Siempre regresa, aun cuando es inconveniente. Hace un tiempo, nos dijo Ramírez, Messi y el equipo nacional argentino estaban entrenando en las instalaciones del equipo, cerca del aeropuerto de Buenos Aires. La práctica terminó una noche a las 6, y Messi fue directo a un auto y viajó durante tres horas hacia Rosario. Cenó con su familia, se fue a dormir, se levantó a la mañana siguiente y viajó de regreso a Buenos Aires a tiempo para entrar en la cancha.
"¿Por qué lo hace?", le pregunté a su antiguo médico.
Nos sentamos en la oficina de Schwarsztein, donde acababa de leerme los mensajes de texto del día anterior. Hizo una pausa, hablando en inglés, tratando de articular una idea acerca de Messi y las razones por las que regresa a casa.
"Ha sido muy difícil para él salir de Rosario", dijo finalmente. "Sufrió mucho".
Ahí está, por fin, bajo un montón de capas: la imagen familiar de la causa y el efecto. Algo sobre el dolor de Messi por perder su infancia hace que siempre parezca que está en

Eternamente joven
Pasada la 1 de la mañana, al final de nuestro viaje, los amontonamos con otras personas alrededor de una mesa en un rincón oscuro de un hotel de Rosario. Me sentía como en La Habana, perseguido por una especie de nobleza desvanecida. Juan Cruz Leguizamón se sentó con nosotros. Habíamos estado hablando durante casi tres horas. Ya era tarde.
"¿A qué crees que Leo le tiene miedo?", le pregunté.
"A dejar el fútbol", dijo.
"No puedo imaginar un Messi de 50 años", le dije.

"La verdad es que", dijo su amigo cercano, "yo tampoco".
De regreso en casa Saliendo de la ciudad, Paul puso un disco de Pogues. Él cantaba, pensando en su casa, y miré por la ventana hacia los puestos de venta de naranjas y alimentos en el borde de la carretera. La Ruta 9 avanza paralelamente a la suavidad serpenteante del río Paraná, que riega las filas interminables de soja verde. Las tierras de pastoreo se extienden hacia el cielo. Este es el camino que llevó a Messi lejos de casa cuando él era un niño tímido, nostálgico y el que lo trae de vuelta ahora que es una estrella. Las banderas ondeaban en lo alto. Los molinos de viento bombeaban agua, y me imaginé a un Messi de 13 años de edad recorriendo este camino con su padre. Todo sobre el exterior de su vida cambió después de ese instante, en un primer momento para peor, más tarde para mejor, pero nunca podremos saber lo que ocurrió en su interior. Nos conformamos con destellos, como pensar en Messi desandando ese camino desde hace mucho tiempo, tres horas de ida y tres de vuelta para pasar una noche fugaz, persiguiendo las cosas que perdió en este camino.
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