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Mirada de Faitelson: Los mini-ejércitos

No es, tampoco, un gran descubrimiento. Muchos clubes del futbol mexicano le dan apoyo a sus grupos de barristas más radicales, apoyos que van desde boletos para el estadio, el pago de la transportación para cuando el equipo actúa de visitante, ayuda en especie (ropa, comida, etc.) y hasta dinero en efectivo. La violencia que durante los últimos años se ha generado en las tribunas y en las explanadas del futbol mexicano es responsabilidad, muchas veces, de los propios clubes.

LOS ANGELES -- Cuando el elevador se detuvo en el cuarto piso, apareció la sonrisa fresca y radiante de Cristian "El Chucho" Benítez. Unos segundos más tarde, en el quinto piso del mismo edificio, la puerta volvió a abrirse y al ascensor entraron dos personas vestidas con la camiseta americanista de la década de los ochenta, ataviados con banderas y maquillados con los colores azul y amarillo.

Hace un par de semanas, tuve la fortuna o poca fortuna de dormir en el mismo hotel donde pernoctaba el América para un partido en Tijuana. Y lo que me llamó la atención fue el muchacho que me saludó y que se identificó como parte de la porra "Monumental" del América.

-Y ustedes... ¿Duermen aquí?, le pregunté.

-Sí, me dijo antes de agregar: "La directiva nos consiguió habitaciones".

-¿Y vienen en autobús desde la ciudad de México?, le pregunté.

-No, en avión y de aquí nos vamos a Aguascalientes donde el martes jugamos la Copa.

No es, tampoco, un gran descubrimiento. Muchos clubes del futbol mexicano le dan apoyo a sus grupos de barristas más radicales, apoyos que van desde boletos para el estadio, el pago de la transportación para cuando el equipo actúa de visitante, ayuda en especie (ropa, comida, etc.) y hasta dinero en efectivo.

La violencia que durante los últimos años se ha generado en las tribunas y en las explanadas del futbol mexicano es responsabilidad, muchas veces, de los propios clubes.

Los días románticos, aquellos del papá con el hijo en la mano, de las familias, del futbol como un espectáculo y una distracción ha ido desapareciendo poco a poco. Los clubes, copiando un ejemplo sudamericano, se dieron cuenta de que podrían mantener control sobre los porristas no solo para efectos de apoyo durante el partido, también para lograr ciertos cometidos. Un "grupo de choque", con voz, con identidad, con fuerza para empujar ideas y tendencias. "Un mini-ejercito al servicio de equipo", me dijo alguna vez la macabra voz de un directivo. ¡Imagínese usted!

Todavía recuerdo aquellos lunes en la Ciudad Universitaria donde el entrenador Hugo Sánchez antes de reunirse con el plantel y el gerente deportivo, se sentaba con los tres líderes de las porras para delinear "la estrategia" de la semana. "Necesito que me ayuden en esto, que presionen a tal jugador o que empujen tal situación". O quizá aquel episodio en las tribunas populares del Estadio Azteca, cuando tras una derrota ante León, La Monumental, a coro, pedía la salida de Javier Perez Teuffer como presidente del América. Después de ello, jamás "La Monumental" volvió a pedir la cabeza de un dirigente americanista. O las investigaciones periodísticas que revelaban que en las tribunas de Pumas se vendían bebidas alcohólicas o que en la explanada del Azteca se revendían boletos bajo el amparo de las porras.

Los clubes crearon, fomentaron y apoyaron la generación de grupos radicales, de jóvenes que van al estadio y que apoyan, impulsan, se entregan con cantos, gritos, bailes, fenómeno que, al final, ha degenerado en grupos con poder que confunden la pasión con la violencia.