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Orioles cayó apaleado por Marlins 8-5
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Los Marlins de Miami se han convertido en el hazmerreír de la Liga Nacional, por no decir de todas las Grandes Ligas.

Un equipo armado para competir por la supremacía de la División Este del viejo circuito, hoy luce incapaz de ganar ni un mísero juego.

Aficionado de Marlins
Jorge MorejónUn aficionado de los Marlins sostiene un cartel pidiendo el regreso de Mike Redmond al timón del equipo
Cuando restan aún más de 110 partidos de la temporada, las apuestas en torno a estos Marlins completamente desinflados se enfocan en cuántas derrotas sufrirán, con la mira puesta en el récord de 108 fracasos de la campaña de 1998.

El cambio de manager tras el despido de Mike Redmond el pasado domingo sólo sirvió para añadir más miserias a la novena, con récord de 0-5 bajo la batuta del nuevo "director", Dan Jennings.

Tan mal ha lucido el equipo bajo las órdenes de Jennings que ya comenzaron a aparecer en las gradas del Marlins Park carteles de reclamo para que reintegren a Redmond en el puesto de mando.

El nuevo "manager" (las comillas son a propósito, con toda la ironía del mundo), que antes de su nombramiento el lunes pasado se desempeñaba como gerente general de la franquicia, ha venido a echarle más sal a la herida.

Jennings al parecer sigue pensando como gerente e insiste en mantener a un improductivo Christian Yelich como titular del jardín izquierdo, por encima del legendario japonés Ichiro Suzuki.

El equipo le extendió contrato a Yelich en el invierno por casi 50 millones de dólares, mientras que el veterano Ichiro firmó por apenas dos millones.

Todo indica que el negocio se impone sobre el deporte, aunque los resultados en el terreno hablen por sí solos: en los juegos en que Yelich ha iniciado como titular, los Marlins tienen récord de 3-20. Cuando es el japonés quien comienza en la pradera izquierda mejoran las cosas a marca de 13-7.

Y si Jennings o el dueño Loria quieren regirse por la parte del negocio, entonces aprovechen quizás lo único rescatable que podría tener en ese sentido el equipo: Ichiro en pos de los 3,000 imparables.

Solamente le faltan 127 y los podría conseguir este mismo año, si recibe mayores oportunidades de juego.

Caso similar en el joven Justin Bourn. En las pocas veces que le han permitido jugar lo ha hecho muy bien, tanto defensiva, como ofensivamente, proyectándose como el cuarto bate que protegería a Giancarlo Stanton.

Pero hay 16 millones que pagarle a Michael Morse y no van a tenerlo en la banca, porque una vez más "billetera mata galán", aunque el equipo se hunda cada vez más en el pantano de los fracasos.

Nadie se explica tampoco la insistencia en llamar desde el bullpen a Steve Cishek, responsable de varias derrotas.

Cishek ya perdió el puesto de cerrador tras desperdiciar cuatro oportunidades de salvamentos y ahora se le trae para tratar de contener rebeliones rivales como relevista intermedio, papel desempeñado con la misma inefectividad, como si intentara apagar un fuego con gasolina.

Para rematar, Mat Latos y el venezolano Henderson Álvarez fueron colocados en la lista de lesionados tras el inicio de la serie del fin de semana ante los Orioles de Baltimore.

¿Qué les queda a los fanáticos del equipo, esos que se han mantenido fieles contra viento y marea a lo largo de una historia plagada de traiciones?

Quizás esperar por el regreso de José Fernández, el energético serpentinero que metía más gente en el estadio por el espectáculo de verlo lanzar.

Pero Fernández se llama José, no Salvador. Y este equipo parece incapaz de levantarse ni con un batido de ciertas pastillitas azules.

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Entre los muchos disparates que ha cometido Jeffrey Loria como dueño de los Marlins de Miami, este, posiblemente, sea el mayor de todos.

Dan Jennings, gerente general del equipo, fue nombrado este lunes nuevo manager, en sustitución del despedido Mike Redmond.

La experiencia de Jennings como director se limita al equipo de la secundaria Davidson de Alabama, allá por los años 80.

Aclaremos esto: Jennings es un hombre de béisbol, con gran experiencia y olfato para detectar talentos escondidos en Ligas Menores o la pelota colegial.

También tiene un vasto historial en funciones directivas y gerenciales, además de contar con lo que llaman "don de gente" o capacidad para lidiar con personal en los mejores términos.

Pero al nombrarlo manager, Loria vuelve a faltarle el respeto a la fanaticada y a las propias Grandes Ligas, al desvalorizar un equipo, como en los tiempos en que salían al campo jugadores de escasa categoría para jugar en las Mayores.

Cuando el dueño nombró a Mike Redmond en el 2013, en sustitución del experimentado y polémico Ozzie Guillén, al menos el ex receptor ya había dirigido con éxito en las Menores a dos equipos afiliados a los Azulejos de Toronto, aunque su designación fue vista como la de alguien a quien Loria pudiera manejar a su antojo.

Jennings podría ser más de lo mismo, un títere de Loria, sin el poder de réplica de Guillén o de antecesores como Joe Girardi o Fredi González.

Pero encima de eso, con menos capacidad táctica que Redmond, que ya eso es mucho decir.

Algunos dirán que no es culpa de Jennings que lo hayan designado mentor. Y en parte no lo es. La responsabilidad principal recae en quien lo nombra.

Pero también deberá asumir Jennings los errores que cometa por aceptar un trabajo para el cual son pocos los que creen que está capacitado.

Así que no se queje cuando el dueño lo eche por inepto y pase a integrar el club de los despedidos, junto a Jeff Torborg, Girardi, González y Guillén.

Una vez más Loria se burla de la gente, justo cuando el público había comenzado a retornar poco a poco al parque de pelota y la asistencia, aunque sigue siendo la tercera más baja de todas las Grandes Ligas, ya superaba los 20 mil 300 como promedio.

¿Cuál es el próximo paso? ¿Desmantelar el equipo, una vez más? ¿Forzar a Giancarlo Stanton a salirse de su contrato cuando cumpla 30 años para no tener que pagar el grueso de los 325 millones?

Y eso que creíamos que ya lo habíamos visto todo con este señor.

Para Jennings, buena suerte. Démosle el beneficio de la duda, no vaya a ser que por esas cosas de la vida, nos sorprenda.

Para Loria, simplemente levantar la guardia como boxeadores y prepararse a recibir el próximo golpe bajo.

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Se le agotó la paciencia a Jeffrey Loria y echó a Mike Redmond, quien desde ahora pasa a engrosar la lista de managers despedidos por el dueño de los Miami Marlins.

Jeff Torborg, Joe Girardi, Fredi González y Ozzie Guillén habían pasado antes por eso, mientras que Edwin Rodríguez renunció antes de que lo botaran.

No quiero hacer ahora leña del árbol caído, pero Redmond era, a juicio de muchos, el manager menos capacitado en todas las Grandes Ligas y en gran medida el responsable del mal camino del equipo.

Los Marlins se armaron durante el invierno lo suficientemente bien como para dar pelea en la división Este de la Liga Nacional, pero casi dos meses después figuran en el penúltimo lugar.

A un manager pueden salirle bien o mal las estrategias, porque eso es parte del béisbol, pero dirigir contra toda lógica en situaciones absolutamente lógicas o en otros casos aferrarse a los clásico por temor a equivocarse eran el pan de cada día de Redmond.

Ya a principios de temporada estuvo en la silla caliente, luego de un mal arranque, pero en ese momento, Loria le tiró un salvavidas. De pronto aparecieron los triunfos, porque los equipos nunca son tan malos como lucen en las derrotas, ni tan buenos como lucen en las victorias.

Coincidentemente, la racha de victorias ocurrió en el tiempo en que Christian Yelich estuvo en la lista de lesionados y el veterano Ichiro Suzuki ocupó su puesto en el jardín izquierdo.

Pasó el tiempo y Yelich regresó y con él, las derrotas. Ojo, no estoy culpando al ganador del Guante de Oro del 2014 de los fracasos del equipo.

Pero quiero ponerlo de ejemplo de una regla no escrita del béisbol: alineación ganadora NO se cambia.

Ichiro, a pesar de su edad, lo estaba haciendo como nos ha acostumbrado a lo largo de su carrera y su presencia en la alineación era un estímulo para los más jóvenes, privilegiados de poder jugar con una leyenda.

El japonés le saca .100 puntos de average a Yelich, pero cuando el joven regresó, le devolvió su puesto titular, como si se tratara de un jugador consagrado.

Otro caso de mal manejo de los hombres, pero a la inversa, ocurrió con Justin Bourn y Michael Morse.

Cada vez que el zurdo inicialista recibió una oportunidad la supo aprovechar, mientras que Morse, con toda su experiencia, ha quedado a deber.

Y no estamos hablando de una super estrella como Ichiro, que esté pasando por un mal momento. Morse ha sido un jugador del montón, con destellos por ratos.

Pero a Redmond le tembló la mano, como no le tembló en el caso de los catchers J.T. Realmuto y Jarrod Saltalamacchia.

Ejemplos para descalificar el trabajo del ahora ex manager son muchos y lo raro es que hubiera llegado hasta ahora y no le hubiera agotado la paciencia a Loria en el mismo arranque de campaña.

En esa oportunidad se manejó el nombre de Wally Backman, manager del equipo de Triple A de los Mets, como posible sustituto.

Consumado el despido, sólo nos queda esperar hasta el lunes para saber quién asumirá la dirección de los peces.

Y en este caso, no cabe para nada el refrán de que vale más malo conocido, que bueno por conocer.

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Rob ManfredPatrick McDermott/Getty ImagesManfred se manifestó abierto a la posibilidad de reducir el calendario de juegos de Grandes Ligas.
Rob Manfred quiere dejar desde temprano una huella como comisionado de las Grandes Ligas y está abierto a introducir una serie de cambios -- para bien o para mal -- en el béisbol.

Está bien que valore las propuestas, aunque en algunas de ellas se le vaya la mano, como la de reducir la temporada regular de 162 a 154 juegos.

Es cierto que el calendario es largo y agotador, sobre todo desde la instauración de los juegos interligas, que obliga a realizar viajes extra no contemplados cuando no existían los enfrentamientos entre equipos de ambos circuitos, pero recortar ocho partidos no va a hacer una diferencia significativa en cuanto a descanso.

Por otro lado, regresar a la cifra anterior a 1961 eliminará prácticamente de golpe la posibilidad de ver a algún jugador atacar un récord.

Por ejemplo, ahora mismo, con el paso que lleva el segunda base de los Marlins de Miami, Dee Gordon, podría terminar la temporada con 265 imparables, tres más de los 262 que bateó su actual compañero de equipo Ichiro Suzuki en el 2004.

Quítenle a Gordon unos 30 turnos al bate en esos ocho juegos que se eliminarían y adiós esperanzas de superar la marca de Ichiro.

Pero quizás eso sea lo de menos. Lo que hace más difícil de asimilar la idea de Manfred es la cantidad de dinero que se dejará de ganar en esos ocho partidos.

En lo que va de temporada 2015, el promedio de asistencia a un partido de Grandes Ligas es de 29,216 fanáticos.

Pongámosle un precio barato a las entradas, digamos, unos 25 dólares (las hay más y menos caras que eso).

Eso significa 730,400 dólares por partido sólo en taquilla. Por esos encuentros: 5,843,200 dólares que dejarían de entrar al bolsillo de cada dueño.

A eso súmenle los gastos por venta de mercadería y consumo dentro del estadio.

Añádanle el dinero que las televisoras dejarían de ingresar por anuncios comerciales en ocho transmisiones menos.

Y todo eso multiplíquenlo por cada uno de los 30 equipos de las Grandes Ligas.

¿Quién va a pagar todo eso? ¿Manfred? Donde manda Don Dinero no manda comisionado, así que difícilmente prospere esa idea.

Además, están los fanáticos, los verdaderos amantes del espectáculo, que para nada verán con agrado que les quiten ocho capítulos de un espectáculo que disfrutan desde la A a la Z.

Entiendo que la propuesta de Manfred estaría basada en el interés por la salud de los peloteros, sobre todo los pitchers, afectados por una epidemia de lesiones que casi siempre terminan en el quirófano.

Pero los exorbitantes salarios que ganan los jugadores bien merecen un esfuerzo de ocho partidos más, pues no se trata para nada de que los propietarios los estén explotando como si fueran bestias de carga.

Tal vez la solución para los serpentineros abridores esté en la creación de rotaciones de seis y no de cinco, como se usa en la liga profesional japonesa y donde no se ven tantas molestias en los brazos.

Quizás ahí está la clave de por qué los tiradores nipones duran tan poco cuando dan el salto al mejor béisbol del mundo.
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Alex Rodríguez llegó ya a 660 jonrones y ahora enfoca su mira hacia los 3,000 hits.

Alex Rodriguez
AP Photo/Elise AmendolaDe seguir su ritmo actual, Alex Rodríguez debe llegar a la mítica cifra de los 3,000 imparables antes del Juego de Estrellas en julio.
El controversial jugador necesita menos de 50 imparables para convertirse en el segundo que llega a los tres millares con el uniforme de los Yankees de Nueva York, después de Derek Jeter.

Ojo: El Capitán disparó todos sus cohetes con el glorioso uniforme de rayas, mientras que A-Rod bateó sus primeros 966 con los Marineros de Seattle y los siguientes 569 con los Vigilantes de Texas, antes de pasar a los Yankees.

Los tres mil hits es una cifra que usualmente le abre las puertas del Salón de la Fama de Cooperstown a quienes lo consiguen, aunque ya sabemos que Rodríguez o el cubano Rafael Palmeiro, por ahora, no tienen acceso al templo de los inmortales.

El bambinazo 660 con que Alex Rodríguez igualó a Willie Mays en el cuarto lugar de los jonroneros históricos representó su hit 2,956, a 44 de los tres mil.

Después de que Alex Rodríguez llegue a esa marca, posiblemente antes del Juego de Estrellas, ¿quiénes serán los próximos aspirantes a rebasar los tres millares de imparables?

En la actualidad, diez peloteros activos ya pasaron de los dos mil hits, con A-Rod como líder entre ellos.

suzuki
Suzuki
El siguiente en la lista es el japonés Ichiro Suzuki, ahora con los Marlins de Miami.

Ichiro, el bateador más fino de su generación, necesita 140 incogibles para acabar de cimentar su camino hacia Cooperstown, algo que nadie pone en duda, incluso si no llegara a los 3,000.

Suzuki pasó nueve temporadas en el béisbol profesional japonés antes de saltar a las Grandes Ligas en el 2001 y muchos se preguntan qué hubiera pasado con el récord de Pete Rose de 4,256 hits si el samurái no hubiera perdido ese tiempo en su país.

Ichiro está ahora mismo como regular de los Marlins ante la lesión de Christian Yelich, pero una vez que este último se recupere, perderá tiempo de juego, por lo que su entrada triunfal al club de los 3,000 hits debería producirse en la temporada del 2016.

Beltre
Beltré
Luego de que A-Rod e Ichiro lleguen, el próximo en fila es el dominicano Adrián Beltré, antesalista de los Texas Rangers.

Beltré empezó la campaña con 2,604 y a sus 36 años todavía parece tener gasolina suficiente para tres temporadas más, las que necesitaría para los casi 400 imparables que aún le faltan.

Para el 2017 veríamos al quisqueyano dando un paso más hacia Cooperstown, si es que todavía hay alguien que no crea en sus sobrados merecimientos.

Pujols
Pujols
Su compatriota Albert Pujols le sigue los pasos, con un año menos de edad, aunque entró antes que Beltré en la curva descendiente de rendimiento.

Pujols arrancó el 2015 con 2,519 y aunque a lo largo de su carrera promedia 192 imparables por año, lo cierto es que en las últimas cuatro campañas, su media de cohetes es de 155.

Uno de los mejores bateadores del siglo XXI, cada vez es más difícil que el dominicano nos sorprenda con un temporadón de lujo, como cuando estaba con los Cardenales de San Luis y fue tres veces el Más Valioso de la Liga Nacional. Pero debe llegar a los 3,000, probablemente en el 2018.

Un año después, debería estar arribando a la mágica cifra el mejor pelotero venezolano de todos los tiempos.

Cabrera
Cabrera
Miguel Cabrera, de los Tigres de Detroit, tiene apenas 32 años y mucho camino por recorrer aún.

Tenía 2,186 hits al comienzo de la campaña y todavía anda lejos de entrar en el descenso de su línea de rendimiento.

De mantener por tres o cuatro campañas más el paso de 195 cohetes por año y teniendo en cuenta el declive lógico posterior, siempre y cuando no tenga interrupciones por lesiones, debe llegar a los 3,000 en el 2019.

Y paren de contar. Al menos, entre los jugadores activos con más de 2,000 hits, no hay nadie más con posibilidades aparentes de alcanzar el próximo millar.

Torii Hunter (Mellizos de Minnesota), con 2,340 hits y 39 años, el boricua Carlos Beltrán (Yankees de Nueva York, 2,331 y 37), Jimmy Rollins (Dodgers de Los Angeles, 2,317 y 36) y los dominicanos Aramis Ramírez (Cerveceros de Milwaukee, 2,194 y 36) y David Ortiz (Medias Rojas de Boston, 2,169 y 39) parecen más cerca del retiro que de los 3,000 imparables.

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El derecho dominicano Ubaldo Jiménez dominó a su antojo a los Medias Blancas de Chicago y los Orioles molieron a palos a Jeff Samardzija, pero no hubo nadie que aplaudiera el triunfo de la novena de Baltimore.

Orioles Fan
Tommy Gilligan/USA TODAY SportsLos fanáticos de los Orioles no pudieron presenciar la victoria vía paliza de su equipo en Baltimore.
Por primera vez en la historia de las Grandes Ligas, un juego se celebró a puertas cerradas y sin público en las gradas, decisión que se tomó debido a los disturbios raciales que se registraron en Baltimore durante los últimos días.

De hecho, las revueltas obligaron a suspender los dos primeros partidos de la serie con Chicago y ya se decidió que los próximos compromisos de los Orioles ante los Rays de Tampa Bay, se trasladarán al Tropicana Field de St. Petersburg, con Baltimore jugando como local.

La decisión de las Grandes Ligas fue acertada, en aras de la seguridad de los peloteros y de los propios pobladores de la ciudad.

Haber permitido la presencia de público, con lo caldeados que estaban los ánimos, podría haber tenido consecuencias catastróficas.

Los juegos a puertas cerradas y graderías vacías son bastante comunes, lamentablemente, en el fútbol, donde la violencia de los fanáticos ha provocado más de una tragedia.

En la pelota, al menos en las Mayores, es un hecho inédito, aunque sí ha habido que trasladar los partidos de escenarios en otras oportunidades.

Las razones son múltiples, desde disturbios sociales y desasters naturales, hasta cuestiones netamente comerciales, como cuando en el 2011, los Marlins jugaron como locales en el Safeco Field de Seattle al ceder su estadio para un concierto de la banda de rock U-2.

De vuelta al partido de este miércoles, al jugarse sin público, se rompió cualquier récord anterior de la asistencia más baja a un juego de Grandes Ligas.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre la peor concurrencia.

Algunos aseguran que fue de 347, cuando unos pocos miamenses se aventuraron al Sun Life Stadium, antigua sede de los Marlins, para un partido con los Rojos de Cincinnati, en medio de la amenaza de la llegada del huracán Irene.

Otros apuntan al juego de los Indios de Cleveland y Boston Red Sox en Fenway Park el 1 de octubre de 1964 ante apenas 306 fanáticos.

Y extraoficialmente, 12 personas presenciaron un choque en los albores del béisbol profesional, en 1871, mientras que un partido de 1928 habría tenido tres asistentes, aunque el dato no está confirmado y podría tratarse de un error tipográfico.

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Tras pasar cinco temporadas en la Liga Americana, el derecho Max Scherzer cambió de circuito este año al firmar con los Nacionales de Washington por siete campañas y 210 millones de dólares.

Adam Wainwright
Mike McGinnis/Getty ImagesAdam Wainwright sufrió una lesión al momento de querer correr a la primera base tras un turno al bate
Ya Scherzer había estado en la Nacional anteriormente, pues debutó en Grandes Ligas en el 2008 con Diamondbacks de Arizona, pero al parecer ya había olvidado que en el viejo circuito, los lanzadores también batean.

A raíz de la lesión que sufrió la pasada semana su colega de los Cardenales de San Luis, Adam Wainwright, que lo sacó de acción hasta el 2016, Scherzer ha encabezado una suerte de campaña en favor de la aplicación del bateador designado en la Nacional, tal como se hace en la Americana.

En primer lugar, la lesión de Wainwright, ocurrida al iniciar una carrera a primera base, pudo haber sucedido de igual manera en una acción defensiva y no se debió necesariamente al acto de batear.

Simplemente le tocó, quizás porque no había calentado lo suficiente o tal vez por alguna molestia leve anterior. O sencillamente porque a veces los pies se tuercen, así porque sí.

En su alegato, Scherzer dice que antes de verlo batear a él, incapaz de conectar la pelota, los fanáticos preferirían ver batear al Papi David Ortiz, por citar a uno de los mejores bateadores designados de todos los tiempos.

De cierta manera no le falta razón. Ortiz es un gran toletero, que gracias a la existencia de la figura del BD, ha extendido su carrera y la ha llevado a niveles cercanos al Salón de la Fama de Cooperstown.

Y como el dominicano, muchos otros se han visto favorecidos por la creación desde 1973 en el joven circuito de esta posición, que de no haber sido, los habría mandado al retiro mucho antes.

Sin embargo, esto dice la primerísima de todas las reglas por las que se rige este deporte:

"Regla 1.01: El béisbol es un juego entre dos equipos con nueve jugadores cada uno, bajo la dirección de un director, para ser jugado en un terreno cerrado de acuerdo con estas reglas, bajo la jurisdicción de uno o más árbitros".

Max Scherzer
Rob Carr/Getty ImagesMax Scherzer aboga porque en la Liga Nacional también se tenga bateador designado como en la Americana
Si partimos de ese punto, el uso del bateador designado es una violación que altera el juego.

No hay que llegar a esos extremos de considerar al BD como una violación de reglas, pero de que altera, el juego, claro que lo altera.

El juego de la Liga Nacional, por la debilidad ofensiva que implica el pitcher, conlleva más estrategias, más pensamiento táctico de los managers y mejor utilización de su banca y bullpen.

Es el béisbol en su esencia más pura, que muchos amantes de esta disciplina se rehúsan a abandonar.

Aplicar el designado en el viejo circuito sería privar a los más puristas de uno de los últimos reductos que le quedan al béisbol tal como se concibió en sus orígenes.

La Americana es una liga mucho más ofensiva, donde se juega más al batazo, si bien requiere menos despliegue táctico de los mentores.

Pero para gustos se han hecho los colores. Dejen las cosas como están y todos quedarán complacidos, tanto los defensores del béisbol más estratégico de la Nacional, como los que gustan del juego más ofensivo de la Americana.

En los juegos interligas y en la Serie Mundial, cada cual deberá seguir adaptándose a las reglas del estadio donde se juegue, con los beneficios y perjuicios que ello implica.

Y Scherzer, que tome prácticas de bateo y no se queje tanto, que sus 210 millones bien merecen un esfuerzo adicional con el madero en la mano.

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Yordano Ventura es uno de los más talentosos lanzadores jóvenes de todo el béisbol, que ya ha probado su calidad incluso en grandes escenarios como la Serie Mundial.

El derecho dominicano de los Reales de Kansas City tiene una poderosísima recta que frisa las 100 millas por hora, que combina con envíos de rompimiento que resultan devastadores para los bateadores rivales.

Jeff Samardzija
AP Photo/Andrew A. NellesJeff Samardzija golpea a un jugador de los Reales durante la gresca ante Medias Blancas
Pero Roma no se hizo en un día y si el muchacho no es capaz de controlar su temperamento explosivo y aprende a respetar el juego, su carrera podría verse acortada por razones extradeportivas.

Por tercer partido consecutivo en que le tocó lanzar, Ventura causó un problema que provocó que se vaciaran las bancas.

Primero fue el pasado 12 de abril ante Angelinos de Los Ángeles, cuando el pitcher encaró a Mike Trout luego de que este anotara una carrera.

Albert Pujols, quizás el más respetable y respetado pelotero dominicano de la actualidad, tomó cartas en el asunto y se interpuso para impedir que las cosas fueran más lejos.

Luego, en declaraciones a ESPNRadio, Pujols aconsejó a Ventura que aprendiera a respetar al juego y a los peloteros, tanto de su equipo, como a los rivales.

En su siguiente apertura, tras ser castigado con un racimo de cinco carreras en el cuarto inning por los Atléticos de Oakland, coronado por cuadrangular con dos en bases de Josh Reddick, golpeó intencionalmente con una recta de 99 millas al siguiente bateador, Brett Lawrie, en represalia por el bambinazo.

Lo peor es que a pesar de que Lawrie se marchó campante con su dolor hacia primera, Ventura se le acercó y empezó a gritarle, como si fuera el lanzador el ofendido.

Nueva trifulca y jugadores fuera de los dugouts por culpa de un joven mal educado que al parecer cree tener a Dios cogido por las barbas. Resultado: expulsado el serpentinero.

Y este jueves, ante los Medias Blanca de Chicago, le regaló a José Abreu un bolazo a 98 millas, a lo que el cubano respondió como debe hacerse en esos casos: con doblete contra las cercas en el siguiente turno para empatarle el partido a dos carreras.

De hecho, el embasar a Abreu con pelotazo en el cuarto inning le costó la primera carrera de Chicago.

Pero cuando Ventura terminó de meter la pata hasta el fondo fue cuando fildeó un roletazo de Adam Eaton y sin razón alguna, antes de lanzar la pelota hacia primera base, le gritó al corredor: ¡F******k you!!!

Volvió a arder Troya y hasta golpes se lanzaron. ¿Qué consiguió con eso Ventura? Que lo expulsaran nuevamente y junto a él a sus compañeros Edinson Vólquez y Lorenzo Cain, además de Jeff Samardzija y Chris Sale, de los Medias Blancas.

Este muchacho de brazo de hierro, pero con cerebro de pollo, debe escuchar a sus mayores, como Pujols y revisar la historia de las Grandes Ligas, llenas de casos como el suyo, de peloteros talentosísimos que no llegaron a nada.

Todavía el dominicano está lejos de alcanzar la categoría de estrella y esas energías debería emplearlas mejor en desarrollar sus innegables condiciones y en madurar como persona.

Ojalá no tenga que lamentar mañana el haber tirado su carrera por el inodoro por su actitud de chiquillo malcriado.

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Los Marlins de Miami se armaron durante el invierno lo suficientemente bien como para dar pelea en la división Este de la Liga Nacional.

Aunque los Nacionales de Washington partieron como amplios favoritos, a los Marlins se les señalaban como los más indicados a plantarle cara a los de la capital del país.

Sin embargo, después de dos semanas de competencia, Miami está en el sótano divisional, con apenas tres victorias y diez derrotas, luego de ser barridos en una serie de cuatro partidos ante los sorprendentes Mets de Nueva York .

Las cosas le han salido mal a los peces, cuyo punto más débil, según los análisis precontienda, está en la poca capacidad analítica y táctica de su manager Mike Redmond.

Para muchos, Redmond es uno de los dos peores directores de todas las Grandes Ligas, a la par de Don Mattingly, de los Dodgers de Los Ángeles. Es cierto que el manager no batea, ni lanza, ni fildea, responsabilidades que quedan absolutamente en manos de los jugadores.

Pero varias de las diez derrotas que ya suman los Marlins tienen su base en gran medida en el mal manejo de sus piezas por parte del mentor.

El récord de 3-10 es el segundo peor de todo el béisbol, detrás de los Cerveceros de Milwaukee (2-10), sotaneros de la división central del viejo circuito.

Pero a diferencia de los Cerveceros, la versión de Miami del 2015 se armó para ganar, mientras que Milwaukee no sumó prácticamente nada y se debilitó durante el invierno con la salida de dos de sus principales abridores, los mexicanos Yovani Gallardo y Marco Estrada.

Giancarlo Stanton, el hombre de los 325 millones de contrato, ha estado intermitente en su rendimiento, con una elevadísima frecuencia de ponches de uno cada 3.2 veces al bate, con apenas dos bambinazos.

El cuerpo de abridores, que se esperaba fuera uno de los puntales del equipo, sufrió temprano la baja del venezolano Henderson Álvarez.

Solamente Dan Haren, el hombre que se negaba a lanzar para los Marlins, ha sido consistente en sus dos salidas, en las que mereció ambas victorias, aunque sólo obtuvo una, porque el cuerpo de relevo dejó escapar una ventaja de siete carreras.

Fuentes del equipo aseguraron a The Miami Herald que la permanencia de Redmond en el cargo está en peligro e incluso ya hay un potencial sustituto con nombre y apellido, que sería Wally Backman, manager del equipo de Triple A de los Mets.

Pero donde dije digo, digo Diego. La gerencia se apresuró en negar los rumores, al asegurar que Redmond está tranquilo en su sitio&por ahora.

Veremos cuánto le dura la paciencia al dueño Jeffrey Loria, quien desde que compró el equipo en el 2003 ha despedido a Jeff Torborg, Joe Girardi, Fredi González y a Ozzie Guillén, en tanto forzó la renuncia de Edwin Rodríguez.

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Hace 60 años, el 17 de abril de 1955, un jovencito puertorriqueño de apenas 20 primaveras se paró por primera vez en un terreno de Grandes Ligas, sin imaginar que se convertiría en una de las leyendas más respetadas en la historia del béisbol.

Ese día disparó el primero de sus 3,000 hits y capturó las pelotas iniciales que lo convertirían en ganador de 12 Guantes de Oro por su excelencia defensiva en el jardín derecho.

"Quiero ser recordado como un pelotero que dio todo lo que tenía que dar", dijo en una ocasión Roberto Clemente Walker, el legendario número 21 de los Piratas de Pittsburgh.

Estadísticas aparte, Clemente superó sus deseos, pues su grandeza trascendió más allá de los terrenos de béisbol, donde jugó con una intensidad pocas veces igualada.

Clemente fue un líder indiscutible de los peloteros latinos de su generación, en una época donde eran contados con los dedos de las manos los jugadores procedentes de Cuba, Puerto Rico, México, Venezuela o República Dominicana.

"Mi gran satisfacción proviene de ayudar a borrar opiniones gastadas acerca de los latinoamericanos y los afroamericanos".

Si bien antes de Clemente hubo decenas de latinos, principalmente cubanos, en las Grandes Ligas, el hijo más ilustre de Carolina es un referente obligado cuando se habla de aquellos que pavimentaron el camino para que hoy brillen en el mejor béisbol del mundo hombres como David Ortiz, Carlos Beltrán o Yasiel Puig.

"Era grande como jugador, grande como líder, muy humanitario en las causas a favor del prójimo, grande como inspiración para la juventud y para todos los involucrados en el béisbol y en cualquier deporte", dijo en 1973 el entonces Comisionado de las Grandes Ligas, Bowie Kuhn, al anunciar post-mortem el ingreso del puertorriqueño al Salón de la Fama de Cooperstown.

Apenas unos meses antes, el 31 de diciembre de 1972, Clemente murió trágicamente cuando su avión se estrelló en Nicaragua, a donde había ido a llevar ayuda humanitaria a las víctimas del terremoto que azotó la nación centroamericana.

La manera heroica de su muerte engrandeció su leyenda y llevó a las Grandes Ligas a crear un premio con su nombre para honrar a aquellos jugadores más involucrados en tareas humanitarias en sus comunidades.

Porque, más que un jugador de invaluable talento, Clemente fue un humanista, que dejó un ejemplo para generaciones.

"Cuando tienes la oportunidad de mejorar cualquier situación, y no lo haces, estás malgastando tu tiempo en la Tierra", dijo en una oportunidad el Gran Clemente, que vivió en consecuencia con sus palabras y aprovechó cada minuto de su existencia.

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Alexander Guerrero es un tipo de pocas palabras. Por eso ha preferido enviar con sus oportunos batazos un mensaje claro al manager Don Mattingly.

Desde que el mundo es mundo, el que batea es el que juega. Conectar con precisión una pelota que viaja a más de 90 millas por hora es el acto más difícil del béisbol.

Si usted no es un fildeador excelente, pero su rendimiento en el plato es superior, habrá que abrirle un hueco en la alineación, de todas, todas.

Guerrero, firmado por los Los Ángeles Dodgers el año pasado, quedó en el roster de 25 después de la primavera gracias, en parte, a una cláusula de su contrato que impedía al equipo enviarlo a Ligas Menores.

Pero independiente de esa cláusula, el cubano, a quien se le señalan deficiencias defensivas, se ganó su puesto a fuerza de batazos.

El domingo, con Juan Uribe padeciendo molestias en el tendón de la corva izquierda, Mattingly le dio al cubano la oportunidad de abrir como titular en la antesala.

Era la primera vez en su carrera que comenzaba un partido en Grandes Ligas y el muchacho aprovechó la ocasión, con sencillo, doblete y su primer jonrón, con cuatro carreras impulsadas. Un día después remolcó otras dos, incluida la decisiva en el cierre del décimo episodio.

Y contra toda lógica, a pesar de su bate caliente, el manager lo envió a la banca y trajo de nuevo a la alineación a Uribe.

El dominicano tiene una larga y digna carrera en las Mayores, pero atraviesa un mal inicio de contienda y más allá de cualquier nombre, un director debe aprovechar a sus jugadores más calientes y tratar de sacarle el máximo a ese momento.

Además, dirigir no se trata sólo de elaborar estrategias (algo en lo que Mattingly no califica entre los mejores), sino también hay que ser un poco maestro y psicológo, para poder manejar las diferentes individualidades de caracteres distintos, estimularlos a dar todo sobre el terreno, enseñarles que cada uno tiene un papel importante dentro del grupo.

Pero no. Al mandarlo a la banca de vuelta, Mattingly mandó un mensaje equivocado, que afortunadamente al cubano le resbaló sin hacer mella.

La respuesta de Guerrero fue contundente: en el cuarto inning lo enviaron a batear de emergente, con el marcador desfavorable 1-4 y un corredor en base y sacó la pelota del parque. Más claro ni el agua.

En dos partidos completos y un turno como sustituto, suma par de bambinazos y ocho carreras impulsadas.

Encima de eso, no ha lucido mal en la antesala, con todo y que es una posición que apenas comenzó a practicar durante los entrenamientos primaverales.

El muchacho ha sobrepasado las expectativas y merece más oportunidades. Mattingly debe aprovecharlo mientras le dure este impulso.

¿Y si no es cosa de unos días y ese es el paso que mantendrá en cada ocasión? Mejor para él y para el equipo. Quizás sea Guerrero, contra todos los pronósticos la estrella cubana de este año.

Aunque Mattingly tiene corta memoria y no quiere recordar que fue Yasiel Puig el que le salvó el empleo hace dos temporadas.

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