Pasado el primer mes de la temporada, varios managers están sentados en una silla caliente, tras el arranque desastroso de sus respectivos equipos.

Las gerencias lo primero que hacen es cortarle la cabeza a los directores, en busca de revertir el mal comienzo y desde ya hay suenan dos candidatos principales a quedar sin trabajo en las próximas semanas: Joe Girardi (Yankees de Nueva York) y Fredi González (Bravos de Atlanta).

La pregunta es quién se irá primero.

Fredi Gonzalez
Daniel Shirey/USA TODAY SportsLos Bravos de Fredi González tienen la peor ofensiva de todas las Grandes Ligas, con promedio colectivo de .224, 83 carreras producidas en 27 partidos.
Los Bravos, con el peor récord de todas las Grandes Ligas (7-20 hasta los juegos del miércoles 4 de mayo), parecen los más desesperados y ya se habla de Bud Black, ex manager de los Padres de San Diego, como posible sustituto del cubano González.

Atlanta tiene la peor ofensiva de todas las Grandes Ligas, con average colectivo de .224, 83 carreras producidas en 27 partidos y apenas seis cuadrangulares, único equipo con menos de diez bambinazos.

El pitcheo no anda mucho mejor y figura en el lugar 26 entre los 30 conjuntos de las Mayores, con efectividad combinada de 4.84.

Pero los Bravos no fueron construidos este año para competir, sino simplemente para completar un calendario de 162 juegos, pues la franquicia está en modo de austeridad, a la espera de inaugurar su nuevo estadio la próxima temporada.

Con las piezas que tiene, González no puede hacer mucho más y en su caso, no sería justo mandarlo a la calle después de hacer el "trabajo sucio" de soportar estoicamente los golpes, cuando la gerencia decidió no reforzar la capacidad competitiva del equipo.

Simplemente, las cosas le están saliendo a los Bravos de la manera que se esperaba, de la forma en que se planificaron y cualquier otra exigencia sería pedirle peras al olmo.

La cuestión cambia en el caso de Girardi.

Luego de llevar a los Yankees a la postemporada en el 2015, las expectativas eran mucho más altas, aun cuando eran conocidas las lagunas de un equipo envejecido, atado a contratos disparatados que impiden a la gerencia gastar a manos llenas como en los tiempos del difunto George Steinbrenner.

Joe Girardi
Raj Mehta/USA TODAY SportsLos Yankees de Joe Girardi están haciendo acopio de paciencia hasta que puedan salir de tantos veteranos sobrepagados.
Los veteranos tienen un año más y el tiempo les está pasando factura. La producción de carreras es la penúltima de todo el béisbol, sólo mejor que la de los Bravos.

Alex Rodríguez es su máximo jonronero e impulsador, con cinco y 12, respectivamente, pero bateaba para un anémico average de .194 antes de irse a la lista de lesionados por 15 días.

Mark Teixeira, Chase Headley y Didi Gregorius son outs casi seguros cada vez que van a batear y el peso ofensivo está recayendo principalmente en Brian McCann y el dominicano Starlin Castro, uno de los pocos refuerzos que tomó el equipo en el invierno.

Pero peor ha sido su pitcheo, ya que tiene efectividad de 4.54.

Con la sorpresiva adquisición del cubano Aroldis Chapman, los Yankees tienen al que puede ser el trío de relevistas más dominante de la historia, junto al dominicano Dellin Betances y Andrew Miller.

Chapman regresa de una suspensión el 9 de mayo, pero para que él, Miller y Betances puedan hacer su trabajo, necesitan tomar el juego con ventaja, algo que los abridores no han podido hacer casi nunca.

Solamente C.C. Sabathia tiene más de un triunfo en todo el staff de lanzadores y el japonés Masahiro Tanaka exhibe un buen promedio de 2.87.

Los otros tres abridores (Nathan Eovaldi y los dominicanos Michael Pineda y Luis Severino) trabajan de manera combinada para 6.04, con 55 limpias en 82.1 innings.

Como mismo Atlanta está en un compás de espera, hasta que tenga listo su nuevo estadio, los Yankees están haciendo acopio de paciencia hasta que puedan salir de tantos veteranos sobrepagados, antes de volver a abrir la billetera y conformar un equipo joven y competitivo.

Pero si el viejo Jefe estuviera vivo, con ese balance de 9-16 y en el sótano divisional, posiblemente ya Girardi estaría aplicando para beneficios por desempleo.

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Definitivamente, los tiempos han cambiado para mal y los verdaderos héroes son una especie en peligro de extinción.

Mientras el gran Roberto Clemente pasó a la inmortalidad entregando su vida por el prójimo, las estrellas multimillonarias de hoy están tan enfermas de egocentrismo y alejadas del resto del mundo que en su mayoría son incapaces de mover un dedo por sus semejantes menos favorecidos.

La inminente cancelación de la serie entre los Piratas de Pittsburgh y los Marlins de Miami en San Juan por el miedo al contagio con el virus del zika es una bofetada al recuerdo de Clemente.

Estadio Hiram Bithorn  Serie del Caribe
AP Photos
Mientras las Grandes Ligas aún no han tomado una decisión definitiva sobre la serie en el Hiram Bithorn de San Juan, el equipo de la Capital del Sol ya fijó su posición al respecto. Los jugadores de los Marlins realizaron una votación secreta sobre el viaje, previsto para los días 30 y 31 de mayo, aunque los resultados no se darán a conocer hasta el fin de semana.

Así lo hizo saber el lanzador derecho Tom Koehler, representante del sindicato de jugadores dentro del equipo surfloridano.

Koehler dijo que durante la reciente serie en Milwaukee, recibieron una información alarmante de Grandes Ligas y del Centro para el Control y Prevención de Enfermedades sobre el zika y sus consecuencias.

El serpentinero señaló que entre las recomendaciones recibidas por las autoridades sanitarias, en caso de viajar a San Juan, estaban quedarse dentro de la habitación, viajar del hotel al estadio, usar mangas largas y sobre todo, no incluir en la delegación a ninguna esposa embarazada.

Según el diario El Nuevo Herald, que cita informes de la prensa local de Pittsburgh, los jugadores de los Piratas quieren mover la serie al Marlins Park de Miami, a pesar de ser uno de los equipos más populares en la Isla del Encanto, precisamente por Clemente.

Existen maneras de evitar la picada del mosquito Aedes Aegypti, transmisor de la enfermedad, como el uso de ropa adecuada y aplicación de repelentes, aunque ningún método sea seguro 100 por ciento.

Pero los héroes corren riesgos, como los enfrentaron los médicos de varios países que fueron hasta Africa a combatir la reciente epidemia de ébola.

Ir a jugar a San Juan, en momentos en que Puerto Rico está devastado por un terremoto financiero y su gente necesita aunque sea un soplo de esperanza, sería el mejor tributo al noble boricua que murió llevando ayuda humanitaria a la Nicaragua destruida por el sismo de 1972.

Los peloteros tienen el derecho de decidir y nadie puede obligarlos, pero sería justo entonces que ningún jugador de los Piratas o los Marlins sea elegible al premio Roberto Clemente, al menos no en este año.

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Bryce Harper, Mike Trout
Getty ImagesA juicio de muchos, Bryce Harper y Mike Trout son los dos mejores jugadores en MLB en la actualidad... y ninguno de ellos llega a los 25 años.
Las Grandes Ligas están viviendo un cambio generacional con la inyección de jóvenes talentosísimos cuyas edades no rebasan más allá de los 25 años.

Esta nueva ola que domina el béisbol en la actualidad puede atribuirse a varios factores.

Uno de ellos es fortuito y tiene que ver con la coincidencia en tiempo de muchos peloteros de primer nivel, algo tan normal como que en otros momentos la camada de jugadores no siempre sea tan buena.

Pero a mi modo de ver, el dominio actual que van imponiendo los más jóvenes es consecuencia directa de la lucha contra el uso de sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento deportivo.

Si bien es una guerra que nunca terminará, el interés de MLB para atacar a los tramposos ha dado resultados y cada vez son menos -- al parecer -- los que acuden al engaño para sobresalir.

Y parte de ese engaño era la extensión de las carreras deportivas a edades inusuales, donde lo normal es que comience un declive natural.

Así vimos a Barry Bonds disparar sospechosamente 73 jonrones en una temporada a los 37 años de edad, por sólo citar un ejemplo de muchos que abundaron en la era de los esteroides.

En esta época post-esteroides, el béisbol le pertenece a los jóvenes, aquellos con más reflejos para reaccionar a envíos que llegan a casi 100 millas por hora en fracciones de segundos hasta el plato.

Ojo, no quiere decir que no hayan excepciones, pero solamente unos pocos elegidos por los dioses del béisbol pueden seguir derrochando su talento cuando la mayoría de sus compañeros de generación ya vieron pasar sus mejores momentos y muchos se fueron al retiro.

Pero no todos los días salen los Ichiro Suzuki, David Ortiz o Adrián Beltré, que consiguen competir con la sangre fresca que viene como un tsunami a reclamar los puestos cimeros del mejor béisbol del mundo.

Lo cierto es que estamos siendo testigos del nacimiento de una generación brillante, que tiene posiblemente en Bryce Harper y Mike Trout a sus dos principales exponentes.

Hasta los juegos del miércoles 20 de abril, los bateadores de 25 o menos años habían acumulado el 30 por ciento de los 411 jonrones registrados en la joven temporada. Esa cifra supera en un cinco por ciento la registrada en el 2015 y es mucho mayor que la del 2010, cuando los jovenzuelos consiguieron en 18 por ciento de los bambinazos.

Jugadores de 25 o menos lideran los principales departamentos ofensivos de las Mayores.

El dominicano Manny Machado, de los Orioles de Baltimore, tiene el average más alto (.407) y acumula más hits que nadie (24).

Carlos Correa and Manny Machado
Getty ImagesCarlos Correa y Manny Machado representan la sangre latina joven dentro del béisbol de Grandes Ligas.
Harper, de los Nacionales de Washington, es el máximo remolcador de carreras (22) y va empatado en cuadrangulares (8) con el novato Trevor Story, de los Rockies de Colorado. Nolan Arenado, también de los Rockies, los secunda con seis vuelacercas y 16 remolques.

El jardinero de los Nacionales es dueño también del promedio de slugging más alto (.849), delante de Machado (.780) y Story (.758).

Y el venezolano Jose Altuve, de los Astros de Houston, es el máximo robador de bases (7).

Entre las estrellas que dominan los titulares beisboleros en la actualidad, la lista de jovencitos es larguísima, más allá de los ya mencionados.

¿Dónde dejamos a Kris Bryant y Addison Russell, de los Cachorros de Chicago? ¿O los boricuas Carlos Correa y Francisco Lindor, de Houston y Indios de Cleveland, respectivamente?

Aunque hemos estado oyendo de él desde el 2013, es ahora que el cubano Yasiel Puig acaba de llegar a los 25 años.

Igual pasa con el venezolano Salvador Perez, uno de los mejores catchers de todo el béisbol, que a sus 25 años ya acumula tres Guantes de Oro con los Kansas City Royals.

La cosa es ver cuántos de ellos son capaces de mantenerse en la élite más allá de sus años picos, para convertirse en los Big Papis, Ichiros o Beltrés del futuro.

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Muchas veces los héroes nacen de la casualidad. Si el dominicano José Reyes no estuviera envuelto en problemas legales que lo han mantenido fuera de los diamantes, quizás nunca hubiéramos disfrutado de la historia más excitante de esta primera semana de la temporada.

Trevor Story es el primer jugador en más de 100 años de béisbol en disparar seis jonrones en sus cuatro primeros partidos de Grandes Ligas.

Aún es prematuro, pero la historia de Story recuerda aquella del novato Lou Gehrig, prospecto de los Yankees de Nueva York que un día sustituyó a Wally Pipp, titular de la primera base y se quedó por los siguientes 2,130 juegos.

Trevor Story
AP Photo/David ZalubowskiTrevor Story pasa por la primera base y festeja con el coach Eric Young tras dar cuadrangular ante los Padres.
Lo curioso es que este muchacho texano de 23 años no era siquiera considerado el principal prospecto de los Rockies de Colorado.

Diferentes listados, desde Baseball America hasta Fangraphs.com, pasando por la propia estructura de ligas menores de los Rockies, lo situaban entre los lugares siete y 11 entre las promesas de la organización.

Los reportes lo señalaban como un bateador de poder ocasional que podría llegar a ser un pelotero ''decente''. Nada más.

Pero se ganó su espacio en los entrenamientos primaverales, en los que conectó seis jonrones y remolcó 13 carreras en 20 partidos. Con 18 hits en 53 turnos, su average fue de .340 y su promedio de embasamiento (OBP) de .407.

Fangraphs.com, considerada la biblia de la sabermetría, le proyectaba, a lo sumo, 18 bambinazos, asumiendo que abriría como titular en ausencia de Reyes.

Pero los números no miden el hambre de un jovenzuelo ansioso por aprovechar las oportunidades que les pone delante la vida, a sabiendas de que no todos los días se presentan esos chances.

Story parece haber llegado para quedarse y ahora mismo, tras sus seis vuelacercas en los primeros cuatro juegos de su carrera, la proyección matemática es nada menos que de ¡243 jonrones en la temporada!

Eso triplicaría el récord de Barry Bonds (73 en el 2001) y todavía le sobrarían 33 bambinazos más.

Obviamente, es imposible mantener ese paso y eventualmente, posiblemente tan pronto como en el siguiente juego, verá cortada su impresionante racha.

Pero teniendo en cuenta las condiciones del Coors Field de Colorado, donde jugará la mitad de sus partidos, perfectamente podría superar la treintena de cuadrangulares al concluir la campaña.

Semejante irrupción en las Mayores debe tener ahora mismo a los ejecutivos del equipo rompiéndose la cabeza y tratando de encontrar un destino para su campocorto titular, cuya suerte aún está en manos del comisionado Rob Manfred.

Al menos, ya el quisqueyano libró de la responsabilidad penal, cuando su caso por violencia doméstica se desestimó por los tribunales de Hawaii.

Pero se espera una suspensión por parte de Manfred, como ocurrió con el cubano Aroldis Chapman, cerrador de los Yankees.

El problema para Dick Monfort, dueño de los Rockies, es dónde encontrar a quien decida asumir todos y parte de los 44 millones que se le adeudan a Reyes de su contrato hasta el 2017, apostando a que el equipo no ejercerá opción sobre el jugador en el 2018 y le pagará otros cuatro millones para dejarlo en libertad.

Ya Monfort, deslumbrado como el resto del mundo del béisbol por el explosivo debut de Story, parece estar ''armándole la cama'' al dominicano, con declaraciones como que ''si hizo algo malo, que pague'' y ''habría que ver las reacciones de los fanáticos'' ante alguien involucrado en un incidente de violencia doméstica.

Pero esa es la parte oscura de esta historia.

Los reflectores están sobre Story, quien ha puesto en ridículo cualquier proyección sobre su carrera, incluso las más optimismas.

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Le tomó apenas tres juegos a la nueva regla de deslizamientos en segunda base para que fuera aplicada y provocara uno de los finales de partido más extraños de la historia.

La llamada 'regla Chase Utley' fue decretada en el tercer encuentro de la temporada entre los Azulejos de Toronto y los Rays de Tampa Bay en el Tropicana Field y justo para el out 27.

Los Rays ganaban 3-2 en el noveno, cuando los Azulejos llenaron las bases con un solo out y en turno venía el cuarto bate Edwin Encarnación.

El dominicano bateó una rola por tercera y el antesalista Evan Longoria buscó la doble matanza por la vía 5-4-1. José Bautista, quien corría de primera a segunda, se deslizó en la intermedia, aunque el tiro llegó con tiempo para ponerlo fuera.

Pero en el deslizamiento buscó con su mano izquierda la pierna derecha del camarero Logan Forsythe, lo cual le hizo tirar mal a primera.

La pelota se escapó y entraron dos corredores que pusieron la pizarra 4-3 favorable a los visitantes.

Pero el manager de Tampa Bay, Kevin Cash, reclamó la jugada y tras revisar el video, los árbitros decretaron out a Encarnación por interferencia de Bautista, a tenor de la regla 6.01, emitida tras la brutal entrada a segunda de Chase Utley sobre el campocorto panameño Ruben Tejada en los playoffs del 2015.

La interferencia fue clara, clarísima, intencional o no, podría haber sido decretada incluso si no existiera la regla Utley, que busca proteger a los defensores de la intermedia de entradas grotescas para romper dobles matanzas.

Pero el director de Toronto, John Gibbons, no lo vio así.

"Es una vergüenza. Entiendo la intención de la regla, pero eso es cuando un corredor busca intencionalmente a un fildeador para dañarlo. Esto es béisbol y no sé qué es lo que realmente quieren".

Ahora bien. ¿Qué hubiera pasado si en vez de Bautista agarrar por el tobillo a Forsythe con la mano, lo derribaba con el impacto del deslizamiento dentro del rango de tres pies de ancho alrededor de la almohadilla?

Utley se salió de su camino unos cuantos pies en busca de las piernas de Tejada, pero ¿cuál sería la decisión arbitral si el choque entre corredor y defensor se produce justo sobre la base y eso le impide el tiro a primera para completar una doble matanza?

Ahí no habría interferencia, por mucho que le haya dolido el golpe al jugador a la defensa.

Esto apenas comienza y ya veremos unas cuantas decisiones polémicas en torno a la intermedia, de la misma manera que ocurrió en su momento con la regla 7.13 y los bloqueos del plato por los receptores, que entró en vigor de manera experimental en el 2014.

Por cierto, ¿alguien se enteró cuando esa regla dejó de ser experimental y pasó a definitiva? ¿O es que siguen experimentando?

Mientras tanto, Bryce Harper sigue abogando en su campaña de hacer divertido el béisbol nuevamente.

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MIAMI -- El derecho Jose Fernandez le envió un claro mensaje al nuevo manager de los Marlins de Miami, Don Mattingly.

En cuatro entradas propinó siete ponches y aceptó apenas dos hits en cuatro episodios a los encumbrados Yankees de Nueva York en choque de exhibición en el Marlins Park y puso en tela de juicio la decisión de Mattingly de no designarlo abridor en el Juego Inaugural de la temporada 2016.

José Fernández
AP Photo/Rob FoldyEl cubano José Fernández, que jamás ha perdido un juego en su carrera en el Marlins Park, lució ante Yankees.
Fernández, que un día después de anunciarse al taiwanés Wei-Yin Chen como sorpresivo abridor del primer día de la campaña había lanzado cinco innings sin hits, volvió a demostrar que era él, por muchas razones el indicado para iniciar la temporada.

Las razones que se han barajado para semejante decisión son muchas, pero que a la larga demuestran cuán fracturada podría estar la relación entre el jugador y la gerencia de la franquicia.

Cuando el cubano lanza en el Marlins Park, donde jamás ha perdido un juego en su carrera, la asistencia sube considerablemente.

Hay quien alega como razón para dejarlo para el segundo partido el hecho de que la noche inaugural siempre atrae público, ávido de béisbol después de tantos meses de inactividad, sin importar quien se sube a la lomita.

Fernández detrás de Chen garantizaría dos juegos seguidos de asistencia copiosa, aunque eso es bastante especulativo y está por verse.

Lo cierto es que el cubano solamente tuvo un desliz, al soportar un jonrón de Brett Gardner, uno de los dos únicos hits que permitió.

Abanicó a siete bateadores y tuvo un control impecable sobre sus envíos que marcaron hasta 98 millas por hora, sin regalar pasaportes.

Gústele a quien le guste y pésele a quien le pese, Fernández es la cara de la franquicia, con todo y que Giancarlo Stanton es dueño del mayor contrato en la historia del deporte y posee un poder descomunal, quizás único, a la hora de pegarle a la pelota.

Pero el carisma, el liderazgo y la conexión con la comunidad miamense que tiene el lanzador no la consigue Stanton por mucho que se esfuerce.

''Ese juego (inaugural) lo quiere abrir hasta A.J. Ramos'', dijo en su momento Fernández, refiriéndose al cerrador del equipo, para resaltar la importancia simbólica de primer juego de temporada.

En definitiva, el juego de exhibición, primero de dos antes de arrancar las acciones oficiales el próximo martes 5, fue victoria para los Yankees, 3-2.

Con pizarra 2-1 favorable a los anfitriones en el principio del noveno, Lane Adams le botó la pelota con un hombre en base al cerrador de los peces para poner números definitivos en la pizarra.

Entretanto, sólo queda esperar a ver qué pasa el día inaugural y si la decisión de Mattingly valió realmente la pena.

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Bryce Harper
Mitchell Layton/Getty ImagesBryce Harper ha sido el principal promotor de romper la regla de no celebrar los vuelacercas.
El béisbol es un juego de diez reglas esenciales y un entramado de más de 200 subdivisiones, acápites y enmiendas que lo convierten en un deporte de difícil comprensión para muchas personas. A eso súmenle una serie de veintitantas "reglas no escritas", que dictan el comportamiento que deben tener sobre el terreno y para sus rivales los jugadores, de respeto al juego y cuya violación lleva implícita una represalia en forma de pelotazo a las costillas.

Nunca busque romper un juego sin hits con un toque de bola; jamás intente robar una base con gran ventaja en la pizarra y no pase sobre el montículo camino hacia el dugout, después de haber sido puesto out.

Estas son apenas algunas de muchas otras normas éticas que pueden llegar a desatar la tercera Guerra Mundial si no se cumplen al pie de la letra.

Algunas de ellas son lógicas; otras, discutibles. Y en mi manera de ver las cosas, al menos una de ella, inaceptable.

¿Por qué un bateador no puede celebrar cuando dispara un cuadrangular?

El jonrón es la expresión suprema del béisbol, el clímax del juego, el acto de gloria extrema, como lo es el gol en el fútbol, el touchdown en el fútbol americano o una canasta de tres puntos en el último segundo de un partido de baloncesto.

En casi todos los deportes, el acto de anotar, de llevar puntos a la pizarra, llámese como se llame, es motivo de una celebración merecida, en ocasiones repleta de aspavientos y gesticulaciones exageradas.

Los futbolistas cuando marcan un gol casi que hacen un striptease, camiseta afuera, mientras que un touchdown se traduce en saltos y bailes que rayan con la ridiculez.

Una clavada en el aro, frente a la cara de un contrario, viene acompañada de expresiones de fuerza, donde los autores muestran sus músculos en señal de poder.

E incluso en el béisbol, cuando un lanzador poncha, digamos, al poderoso cuarto bate del conjunto rival, en situación de bases llenas, los gestos y gritos no se hacen esperar.

Entonces, ¿qué hace distintos a los bateadores, que los ata a ciertos códigos que les prohíbe celebrar sus éxitos?

En las últimas semanas Bryce Harper, Jugador Más Valioso de la Liga Nacional en el 2015, ha sido objeto de severas críticas por defender el derecho a la celebración de los bateadores cuando conectan un jonrón.

Harper, los dominicanos Carlos Gomez, José Bautista y David Ortiz o el cubano Yasiel Puig son una suerte de especie en extinción, cuyos festejos por sus batazos de cuatro esquinas son mal vistos por quienes se han erigido en defensores de la moral de los pitchers.

Incluso lanzadores que tienen el raro don de batear han sido víctimas de estos moralistas.

En su último turno al bate del 2013, en que ganó el premio de Novato del Año del viejo circuito, el cubano José Fernández, de los Marlins de Miami , sacó la pelota de jonrón, primero que conectaba en su carrera.

Por dos segundos se quedó en el plato admirando su obra antes de echar a andar las bases y al llegar al home, el entonces cátcher de los Bravos de Atlanta, Brian McCann, le echó en cara ese tiempo que demoró viendo el recorrido de la pelota.

Lo peor fue que el propio manager de los Marlins en aquel momento, Mike Redmond, tiró a su joven estrella a los leones, obligándolo a disculparse públicamente en una rueda de prensa.

No se trata de ir ahora al otro extremo y que los bateadores hagan señas ofensivas a los serpentineros tras batearle un bambinazo.

No hablamos de pasar el dedo por la garganta como un cuchillo, gesto que todos entienden como una amenaza de muerte.

Pero celebrar un jonrón no debería molestar a nadie, ni debería ser objeto de un acto de represalia en el próximo turno. Mucho menos tendría el siguiente bateador que pagar los platos rotos con un bolazo en las costillas.

¿Quiere venganza? Ponche en la próxima oportunidad al mismo que ahora le botó la pelota. Esa sería la verdadera revancha.

Que vivan las celebraciones de los jonrones. A fin de cuentas, no hay nada más difícil en el mundo del deporte que reaccionar en fracciones de segundo para pegarle a una pelota que viene a 95 millas por hora.

Eso hay que festejarlo. Es un derecho de quienes lo consiguen.

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El vetusto estadio Latinoamericano, próximo a cumplir 70 años en el mes de octubre, fue escenario de un acontecimiento histórico y extraordinario.

En presencia del presidente estadounidense, Barack Obama, y del gobernante cubano Raúl Castro, los Rays de Tampa Bay se fueron a La Habana a celebrar un partido de exhibición frente a la selección cubana.

Lo de menos fue el resultado del partido, que ganaron los visitantes 4-1.

Lo trascendental de la jornada fueron las lecciones que dejó, de cara a un futuro que se ve inmediato e inevitable.

Cuando el camagüeyano Dayron Varona se paró a batear en el plato como primer hombre en la tanda de los Rays, se convirtió en el primer pelotero desertor en volver a jugar en la isla.

Dayron Varona
Joe Raedle/Getty ImagesDayron Varona se convirtió en el primer pelotero desertor en volver a jugar en la isla en un uniforme de Grandes Ligas.
Hizo bien el alto mando de Tampa Bay en incluirlo en su embajada, a pesar de ser el único de los asistentes que no pertenece al roster de 40.

Su participación sentó un precedente de algo a lo que las intransigentes autoridades cubanas deberán empezar a acostumbrarse, por muy amargo que les resulte el trago.

Ver a Luis Tiant lanzando la primera pelota, junto a Pedro Luis Lazo, fue algo extraordinario también, porque desmontó el muro que el gobierno cubano estableció en torno a sus peloteros profesionales, de quienes estuvo prohibida cualquier mención en casi seis décadas.

Seamos honestos. Varios artículos en la prensa cubana han tratado de reescribir la historia y presentar a la isla como víctima, achacándole a la política de Estados Unidos la culpa de la desaparición de una relación beisbolera fluida y natural entre ambos países.

Obama
AP Photo/Pablo Martinez MonsivaisEn un hecho sin precedentes, los presidentes de EEUU y Cuba, Barack Obama y Raúl Castro, se sentaron juntos a disfrutar del partido en el Estadio Latinoamericano.
Para nada mencionan que fue Fidel Castro quien eliminó el profesionalismo en el deporte y desterró a los jugadores rentados de la memoria nacional, para poder alinearse al estilo sociopolítico de la Unión Soviética en el contexto histórico de la Guerra Fría.

Beisboleramente hablando, el juego reveló el bajo nivel actual de la selección cubana, incapaz de descifrar los envíos de Matt Moore.

No estamos hablando de Clayton Kershaw, Dallas Keuchel o Madison Bumgarner, quienes conforman la élite del pitcheo zurdo de Grandes Ligas.

Derek Jeter and U.S. President Barack Obama
Olivier Douliery/Sipa USAObama se detuvo a saludar al ex capitán de los Yankees, Derek Jeter, quien viajó a Cuba como parte de la delegación de MLB.
Moore es un pitcher por encima del promedio, que intenta regresar a su mejor forma tras pasar por el quirófano y a quien el equipo Cuba que enfrentó en 1999 a los Orioles de Baltimore posiblemente hubiera masacrado.

Si las autoridades de La Habana no acaban de entender que los peloteros cubanos que están en las Grandes Ligas son tan cubanos como los que juegan en la isla, podemos desde ya pronosticar un fracaso estrepitoso en el IV Clásico Mundial del 2017, que podría incluso obligar a la otrora selección nacional a tener que buscar su boleto para la quinta edición de este certamen en un torneo clasificatorio como los que han celebrado este año en Australia, México y Panamá.

El convocar a Kendrys Morales, a Yasiel Puig, a José Abreu y compañía NO depende de un acuerdo previo con MLB, ni del maltrecho y casi inexistente ya embargo comercial, sempiterna excusa para justificar cualquier cosa que pase en Cuba.

Depende de que alguien allá acepte de una buena vez y por todas que el béisbol es parte de la cultura y la identidad nacional y no una bandera política, ni propiedad de una persona o un grupo específicos.
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Rays de Tampa Bay será el segundo equipo de Grandes Ligas que juegue en Cuba en medio siglo, luego de que lo hicieran los Orioles de Baltimore en 1999.

Cuba
Getty ImagesLos peloteros cubanos demostraron ante los Senadores que tenían calidad para jugar en el mejor béisbol del mundo.
Sin embargo, esas no fueron las únicas ocasiones en que la entonces poderosa selección amateur cubana enfrentó a jugadores de Ligas Mayores.

En 1977 los cubanos efectuaron en Caracas una serie de cinco juegos contra una selección de profesionales venezolanos, entre los que se encontraban David Concepcion, Tony Armas, Luis Salazar, Baudilio Díaz y César Tovar.

Armas y Díaz eran entonces bisoños en el mejor béisbol del mundo, Salazar estaba por debutar y Tovar ya estaba retirado, mientras que Concepción brillaba como campocorto en la Gran Maquinaria Roja de Cincinnati.

Cuba pasó como una aplanadora por encima de los profesionales venezolanos, con triunfos por marcadores de 9-1, 6-0, 11-2, y 5-4, mientras los dueños de casa sólo lograron llevarse un triunfo 5-4.

Pasarían 16 años para que los cubanos volvieran a enfrentar a un equipo de gran calibre.

Cuba acababa de ganar el torneo de béisbol de los Juegos Centroamericanos y del Caribe que se celebraron en noviembre en la ciudad puertorriqueña de Ponce y aprovechando su presencia en la Isla del Encanto, se pactó un juego de exhibición ante los Senadores de San Juan, en ese momento líderes de la liga invernal profesional.

El 1 de diciembre saltaron las escuadras al terreno del estadio Hiram Bithorn, repleto de 20 mil espectadores.

Los cubanos contaban con sus habituales estrellas como Omar Linares, Antonio Pacheco, Orestes Kindelán y Lázaro Valle, entre otras, que hubieran sido fácilmente material de Grandes Ligas.

Acaparaban todos los títulos posibles de la Asociación Internacional de Béisbol Amateur y llevaban una cadena de 100 victorias consecutivas en eventos oficiales.

En las filas de los Senadores aparecían Carlos Baerga, Javy López, Carmelo Martinez, José Vidro, Ryan Thompson, Edgar Martínez y Carlos Delgado.

Entonces se usaba el bate de aluminio en los certámenes amateurs y se acordó para el partido de exhibición la utilización indistinta de ese o del de madera.

El derecho Lázaro Valle, de veloz recta y mortífero slider, fue el abridor por los visitantes, mientras que por los locales lo hizo Carlos Reyes, nacido en Miami de raíces cubanas.

Ambos serpentineros se enfrascaron en un duelo a ceros, hasta que en el inicio del sexto episodio, el intermedista Pacheco disparó un doblete y el antesalista Linares pegó jonrón ante el relevista Dave Telgheder.

JavyLopez
Getty ImagesEn Cuba mencionar el nombre del boricua Javy López es como decir una mala palabra.
San Juan reaccionó en el cierre de ese mismo capítulo por hits consecutivos de Lee Tinsley y John Mabry. En esa última conexión, el jardinero derecho cubano Ermidelio Urrutia, padre del actual jugador de los Orioles Henry Urrutia, cometió costoso error que permitió la primera carrera de los boricuas.

Con otro sencillo, Baerga llevó a Mabry hasta tercera, desde donde anotó por wild pitch de Valle, para igualar la pizarra 2-2. En el inicio de la novena Cuba volvió a la carga con hits seguidos de Lourdes Gourriel y Víctor Mesa ante el taponero de los Senadores, Shawn Holman.

Este intentó sorprender a Gourriel en tercera base y cometió un error que permitió su anotación, tercera de Cuba. El zurdo Omar Ajete vino a cerrar el partido por los visitantes y tras retirar a Carmelo Martínez, recibió imparable al derecho de Ryan Thompson.

Le tocó el turno a Javy López, entonces prospecto de los Bravos de Atlanta, quien decidió escoger para ese turno un bate de aluminio, de mayor bote que los de madera.

Con un poderoso swing envió la pelota sobre las cercas del jardín izquierdo para dejar al campo a los cubanos con pizarra de 4-3 y desatar una de las celebraciones más recordadas en la larga historia del Hiram Bithorn.

A pesar de la derrota, los cubanos demostraron ser capaces de medirse de tú a tú con cualquier rival, por muy capacitados que fueran.
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No importan las diferencias políticas que hayan llegado incluso al borde de desatar una guerra nuclear. De nada valen las ideologías distintas, capaces de fomentar odio entre pueblos y gobiernos.

A pesar de todo ello, los caminos de Estados Unidos y Cuba siempre han tenido un punto de encuentro, propiciado por el béisbol.

No pasaron muchos años desde que se inventara el juego en el Norte para que en Cuba, todavía colonia de España, se abrazara con la misma pasión de sus creadores.

Fue tal el furor con que comenzó a vivirse el béisbol en Cuba que las autoridades coloniales españolas prohibieron el juego, pues los independentistas aprovechaban las concentraciones de público que asistía a los partidos para conspirar.

De hecho, fue la isla en 1878 el tercer país es tener una liga organizada, después de Estados Unidos y Canadá.

Pero muy pronto el nivel de juego en Cuba superó al de los canadienses, limitados en su desarrollo por los crudos inviernos.

Desde finales del siglo XIX, los equipos estadounidenses pusieron sus ojos en la mayor de Las Antillas, donde el clima era mucho más benévolo y el rápido desarrollo alcanzado por el deporte en la isla propiciaba buenos topes con los peloteros norteamericanos.

La primera visita de un equipo estadounidense se remonta a 1879. El Worcester, que un año después sería afiliado a la Asociación Nacional, se convirtió en el primer equipo profesional norteamericano en viajar a Cuba, aunque no existen reportes de cuántos juegos celebraron, ni sus resultados.

A partir de ahí y hasta 1959, el año en que Fidel Castro llegó al poder, la presencia de novenas norteamericanas era habitual, ya para realizar sus entrenamientos primaverales o para efectuar series de exhibición ante conjuntos isleños.

Los mejores peloteros de las Grandes Ligas pasaron por Cuba en las primeras seis décadas del siglo XX. Babe Ruth, Ty Cobb, Christy Matthewson, Ted Williams, Willie Mays, Jackie Robinson, Sandy Koufax, Johnny Mize, Roy Campanella y Duke Snider fueron algunos de los más encumbrados peloteros que pisaron los terrenos de la isla.

Y antes de 1947, junto a los mejores exponentes del patio, jugaban a la par las estrellas de las Ligas Negras, como James "Cool Papa" Bell, "Talúa" Dandridge, Oscar Charleston y Raymon Brown. Momentos memorables quedaron a lo largo de tantos enfrentamientos.

En 1908, los Rojos de Cincinnati efectuaron 11 partidos ante los clubes Habana y Almendares, los que mayor rivalidad despertaban en la liga profesional cubana.

Entonces se jugaba en el Almendares Park y fue ese el escenario en el que comenzó a tejerse la leyenda de José de la Caridad Méndez, un muchacho de 21 años que luego brillara en las Ligas Negras hasta llegar al Salón de la Fama de Cooperstown.

Méndez, del equipo Almendares, enfrentó tres veces a los Rojos y le propinó 25 escones, con 24 ponches propinados y apenas ocho hits permitidos.

A partir de ahí, al derecho cubano se le conoció como El Diamante Negro.

En 1910 llegaron los Atléticos de Filadelfia, campeones de la Serie Mundial, y los Tigres de Detroit, con su estelar Ty Cobb.

Con todo y su corona en el clásico de octubre, los Atléticos cayeron 5-2 ante los pitcheos del Diamante Negro, que un año después los blanqueó 4-0.

Pero Cobb fue la sensación del momento, por su tórrida ofensiva y su irascible temperamento.

En uno de los partidos agredió al cátcher del Almendares, Gervasio González, molesto porque este no soltó la pelota y lo puso outs a pesar de un duro deslizamiento en el plato.

Victor Mesa
AP PhotoFidel Castro prohibió el béisbol profesional en Cuba a partir de 1961.
El incidente requirió la intervención de las autoridades, tras lo cual el Melocotón de Georgia juró que no volvería a jugar con peloteros negros.

Uno de los equipos que más veces visitó la isla fue el de los Gigantes, que en 1911 llegó bajo el mando de John McGraw y con el estelar Christy Matthewson como as de la lomita.

El derecho de los Gigantes ganó tres juegos en la serie y perdió uno, justamente frente a Méndez, a quien la prensa estadounidense comenzó a apodar el "Matthewson negro".

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el autor de una frase que recoge la grandeza del lanzador cubano. Presumiblemente fue McGraw, el Pequeño Napoleón, quien dijo que si tuviera a Méndez junto a Matthewson, antes de septiembre aseguraban el campeonato y podrían irse a pescar mientras esperaban por la Serie Mundial.

Los Gigantes regresaron en 1920, con un refuerzo de lujo en sus filas: Babe Ruth.

El empresario y promotor cubano Abel Linares negoció pagar 20 mil dólares por la presencia de Ruth, que venía de disparar 54 jonrones con los Yankees de Nueva York ese año.

Ruth terminó la serie con promedio de .345, con diez hits en 29 veces y par de bambinazos y los Gigantes ganaron seis de nueve juegos, con dos derrotas y un empate.

Fue tal el éxito de taquilla que generó la presencia del Bambino, que Linares convenció a otro promotor, Juan Lageyre, para que le pagara tres mil dólares adicionales por un juego extra en Santiago de Cuba. En una de las dos derrotas de los Gigantes sobresalió Cristóbal Torriente, también inmortalizado en Cooperstown junto a José de la Caridad Méndez.

Torriente disparó tres cuadrangulares y un doble en un partido el 6 de noviembre. Cuando los periodistas le preguntaron sobre su gran actuación, cuentan que el cubano dijo "Señores, no me entrevisten a mí, pregúntenle a Babe Ruth que da jonrones todos los días; los míos fueron de casualidad''.

La última vez que los Gigantes toparon con equipos cubanos fue en 1937 y contaban en sus filas con dos jugadores del patio: Tomás de la Cruz y el legendario Adolfo Luque, primer latino en participar en una Serie Mundial (1919 con Cincinnati), quien se encontraba ya retirado, pero fue invitado por el equipo.

Pero ni De la Cruz como abridor, ni Luque como relevista, pudieron frenar a un equipo cubano formado por peloteros de los diferentes clubes de la liga profesional, que se impusieron 7-3 en el primer juego. Nueva York perdió dos juegos más ante Habana y Almendares, antes de ganar un choque ante el club Fortuna, de la Unión Atlética Amateur.

Volvieron a enfrentar al Almendares, que contó con el apoyo desde las tribunas del ex campeón mundial de ajedrez José Raúl Capablanca.

Los Gigantes perdieron por cuarta ocasión a manos de equipos profesionales y un día después enfrentaron a una selección de los distintos clubes.

El manager Bill Terry envió a la lomita al inmortal Carl Hubell, quien tuvo como rival nada menos que a Luis Tiant Sr., el padre del que fuera una estrella de los Medias Rojas de Boston en los años 70.

Hubell estuvo impecable y Nueva York se impuso 7-3, pero en un nuevo desafío ante las estrellas cubanas, tras 12 innings de lucha, las partes acordaron un empate a una carrera.

Los Gigantes regresarían luego a realizar sus entrenamientos primaverales y topar con otros equipos de Grandes Ligas que estaban en funciones similares, pero nunca más jugaron contra clubes cubanos. Los Dodgers, entonces basados en el barrio neoyorquino de Brooklyn, y los Rojos fueron los dos últimos equipos de Grandes Ligas en visitar Cuba para sus entrenamientos, en 1959.

La isla vivía momentos de gran efervescencia política, tras la llegada al poder de Castro, quien dos años después eliminó el profesionalismo en el deporte.

Y 40 años después llegaron los Orioles de Baltimore, que ganaron a la selección amateur cubana en el estadio Latinoamericano, pero luego perdieron cuando los antillanos le devolvieron la visita dos meses después.
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Hector Olivera
Butch Dill/Getty ImagesOlivera fue firmado originalmente por los Dodgers con un contrato de seis temporadas y 62.5 millones de dólares
Aroldis Chapman, Yoenis Céspedes, Yasiel Puig, José Fernández, Jose Abreu y así, cada año irrumpe en el firmamento de las Grandes Ligas una nueva estrella cubana.

Los equipos apuestan en grande, a veces hasta más de la cuenta, con tal de descubrir a la próxima figura de primer nivel salida de la mayor de Las Antillas.

Hector Olivera
Butch Dill/Getty ImagesOlivera fue firmado originalmente por los Dodgers con un contrato de seis temporadas y 62.5 millones de dólares
A veces las cosas salen bien y los dividendos de esa nueva sensación terminan siendo baratos, como en el caso de Abreu, convertido en uno de los mejores bateadores de la actualidad.

¿Quién, entonces, será la nueva estrella cubana en el 2016?

La respuesta podría estar en los Bravos de Atlanta: Héctor Olivera.

Firmado como agente libre por Dodgers de Los Angeles con un contrato de seis temporadas y 62.5 millones de dólares, Olivera fue transferido a los Bravos a mitad de la pasada campaña y aunque jugó en 24 partidos en septiembre, su elegibilidad como novato se mantiene intacta.

En 79 turnos al bate conectó 20 imparables, cuatro de ellos dobles, un triple y par de jonrones, con 11 carreras impulsadas y average de .253.

Habitual defensor de la segunda base, Atlanta decidió utilizarlo en el jardín izquierdo y con esa finalidad se desempeñó en la liga invernal de Puerto Rico con los Criollos de Caguas, donde dejó promedio de .400 (20-8) en cinco encuentros.

Olivera jugó 10 campañas con Santiago de Cuba, donde bateó para average de .323, con 1,020 hits, 185 dobles y 105 cuadrangulares, con 433 carreras remolcadas.

Próximo a cumplir 31 años está maltratando la pelota en la pretemporada, donde hasta los juegos del jueves 17 encabezaba a todos los bateadores en hits con 16 y marchaba séptimo en average (.411).

A la defensa ha jugado 62 innings sin errores, muestra de que la transición de la segunda base a los jardines la ha podido hacer sin dificultades.

Superado el nerviosismo lógico de quienes debutan en septiembre, cuando se expanden los rosters de los equipos, Olivera parte ahora con la confianza de jugar todos los días y ya con cierto conocimiento del tipo de pitcheo que va a enfrentar.

"Hice una buena preparación física durante la temporada muerta y ahora aquí estoy ajustando mi bateo para cuando comience la temporada", le dijo Olivera al colega Enrique Rojas en una entrevista la pasada semana.

"Me preocupo por la técnica y golpear la bola. Mientras más juegos pasen, más me adaptaré y las conexiones serán más sólidas. Me siento bien y le estoy dando bien a la pelota, después llegarán los extrabases", añadió en esa ocasión.

El muchacho es hijo de un pelotero de igual nombre, que en la década de los 80 fue uno de los bateadores más temidos en el béisbol cubano.

Héctor Olivera padre fue el primero en batear sobre la marca de .400 desde que se instauraron las series nacionales tras la eliminación del profesionalismo en la isla en 1962.

En 1980 promedió para .459 y fue por varios años el bateador designado de la entonces poderosa selección nacional, pues, a diferencia de su hijo, no era un buen defensor y su corpulencia lo hacía un hombre lento.

Al parecer, aquí se aplica el refrán de "hijo de gato, caza ratón", aunque en este caso el Junior es un pelotero mucho más completo.

Ahora sólo queda esperar el arranque de la temporada para saber de si los números de la primavera son un espejismo o si está listo Olivera para ser la nueva estrella cubana en las Grandes Ligas.
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