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La Selección Mexicana, esa insaciable y despiadada arpía

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¿El enemigo #1 de México? (3:01)

Los malos resultados aún en juegos amistosos, han puesto a Gerardo Martino como la pieza clave de los errores de esta gestión en la selección. (3:01)

LOS ÁNGELES -- Seguramente Gerardo Martino nunca se había sentido así antes. Ni siquiera tras consumados los fracasos con Argentina y Barcelona. Irascible. Desbocado. Desesperado. Desarmado. Perdido. Fracturado. Harto. Desalentado. Abandonado. Impotente. Y más, mucho más.

La Selección Mexicana tiene ese perverso canto de sirenas: seduce, embauca, exprime, destruye, aniquila, maldice. Muchos marineros que se hicieron a la mar con ella desaparecieron, no volvieron a ganar nada, no volvieron a levantar un título: Sven-Göran Eriksson, Hugo Sánchez, Ricardo La Volpe, Chepo de la Torre, y algunos más deambulan en salas de psiquiatría como Juan Carlos Osorio. Bora Milutinovic fue “desterrado” y Miguel Mejía Barón huyó de la cloaca.

Es, la Selección Mexicana, una Circe, moderna y futbolera. Como en La Odisea, hurta memorias, habilidades, almas y voluntades. Entrega despojos, alfeñiques mentales, mascotas sin pasado... y sin futuro.

Acaso sólo Manolo Lapuente y Miguel Herrera lograron sobrevivir y, curiosamente, levantaron títulos con las Águilas del América, después de que el primero cae en la emboscada de Rafael Lebrija, y el segundo, en la trampa de su propia y piojosa personalidad.

Javier Aguirre mantuvo su vigencia, pero le ayudó tal vez el nunca vivir un proceso completo de cuatro años con el Tri. Después del fracaso ante Estados Unidos en 2002, ganó la Copa del Rey entre la púdica austeridad del Osasuna. En su regreso, para el Mundial de Sudáfrica, ganó una Copa Oro (2009), y en 2021, con Rayados, la triste limosna de la Concachampions.

Al Vasco lo conozco desde su época como jugador en América, Chivas y Atlante. Es más, es un confeso y habitual inquilino de este espacio. Cito esto, para que Usted dimensione el momento a relatar.

Copa América de Colombia. Ocurrió en Pereira, la ciudad llamada “querendona, trasnochadora y morena”. Coincido en el elevador con Aguirre y su esposa Silvia. Saluda Javier y se viene un vacío. “Mira, Silvia, él es, él es...”, y necesita tomar mi acreditación para leer el nombre y el medio: “Él es fulanito de tal”. Así de brutal, amnésico, agresivo, puede ser el estrés de dirigir a México.

Tiempo después, revivo el pasaje con el mismo Aguirre. “Yo veía a Bora (Milutinovic) y a Miguel (Mejía Barón), ‘linguiri, linguiri’, por aquí, por allá, felices. Pero adentro, es una chinga, es muy jodido, te carcome, ni cuenta te das. Es un privilegio, pero a un precio muy elevado”.

Algún día alguien podrá revelar con pelos y señales el infierno de Juan Carlos Osorio, sus escapadas, sus terapias extremas dirigiendo al Tri. Era el epítome de una precisión que hizo Mario Carrillo antes del juego contra Suecia en Rusia 2018. “Hoy, rodeado de todos, es el tipo más solitario del mundo. Está solo, y contra todo”, reflexionaba.

Por eso, llama la atención la capacidad de sobrevivir de Lapuente y Herrera. Seguramente porque no debieron vivir sumergidos en el marasmo brutal de un proceso de cuatro años. Manolo presentó su renuncia en un chantaje sentimental, creyendo que no se la iban a aceptar, pero Lebrija no titubeó. ¿El Piojo? Tiró un puñetazo en Filadelfia, tras ganar, con saqueos arbitrales, la Copa Oro, para defender la doncellez pública de su familia, y fue echado.

El Tri entreteje esas emboscadas. Saca lo mejor del tipo, como entrenador, pero también se ensaña, se ceba, sobre las fragilidades del ser humano. Eso sí, es una jaula de oro con diamantes. Hay que pagar hasta con la dignidad, a veces.

Ahí adentro, hay que conciliar caprichos, humores, tumores, promotores, patrocinadores, egos, intereses, amenazas, promesas ajenas, berrinches, y encima, lidiar con 23 tipos que a su vez tienen que lidiar con presiones de familia, clubes, promotores, patrocinadores, y su propia inseguridad.

Osorio intentó convencer a sus futbolistas de que no jugaran con y por esas arpías que llevaban a cuestas: “Jugar, por el juego mismo”, les dijo, y apeló con conceptos que rebasaban las entendederas de sus jugadores, hasta con el mito del “cerebro reptiliano”. Fracasó ante la rebelión de las Divas Rubias, encabezada por Javier Hernández.

Hoy, Martino vive aterido. Diría Carrillo, rodeado de tantos, es el tipo más solitario del mundo. Ciertamente, es el principal responsable de ello.

1.- Ninguneó la rivalidad con Estados Unidos, y cargó con cuatro humillaciones en juegos oficiales, incluyendo dos finales. Nunca entendió el espectro social de que jugar contra Estados Unidos es como para Argentina encarar a Inglaterra.

2.- Se tomó casi un año sabático en 2020, aunque la FMF puso un vuelo privado a su disposición para que regresara a México. Y en 2022, alargó las vacaciones, con la Liga Mx ya en marcha. Abusó de la ¿nobleza?, desautorizada de Gerardo Torrado.

3.- Su Tri-tanic ya naufragó, y él aún no se da cuenta. Cree que los que fueron sus almirantes y hoy son tristes grumetes, rescatarán el barco. ¿Hector Herrera, lesionado y bebiendo y bailando en un concierto? ¿Un Andrés Guardado con un corazón tan enorme como la artrosis en sus rodillas? ¿La paquidermia rapidez de Héctor Moreno? ¿Los vestigios de Jesús Gallardo?

4.- Su última aparición, un ridículo ante Paraguay, demuestra que perdió el control incluso de sí mismo. Acusa de extorsión a Alejandro Zendejas, pero reconoce no haber hablado con él. Se lamenta ser visto por la afición como el “enemigo público número uno de México”, y jura –sin perjurio–, que hay una campaña en su contra, por parte de ex técnicos y exjugadores.

En aquellos tan ya idos tiempos de bonanza, en los que le coquetearon con un segundo proceso hacia el Mundial 2026, ciertamente tenía jugadores para soñar con una hazaña, claro, antes del sorteo, que le coloca con Argentina, Polonia y Arabia Saudita.

Después, vendría el brutal accidente de Raúl Jiménez; Tecatito Corona sigue desahuciado; Chucky Lozano ya desarrolló, a fuerza de lesiones, fobia a las convocatorias moleras; Herrera, ya se dijo, se trata sus lesiones bailando y bebiendo con el Grupo Firme, mientras sus obsesiones como Rodolfo Pizarro y Jesús Gallardo, ya merecen epitafio.

Ya Martino acusó los efectos de vivir agobiado por el canibalismo despiadado del ojo del huracán tricolor. Su ojo derecho fue la primera luz de alerta. Su familia le recomendó que renunciara. ¿Para qué ofrendar su salud a esos descastados, mal agradecidos, desagradecidos, neuróticos, injustos, ignorantes e insensibles mexicanos? Y su familia tiene razón.

Coincidiendo con Andrés Guardado, Martino cree, como náufrago aferrado a un carcomido madero, que el hostigamiento externo fortalecerá voluntades y hará milagros a la hora de enfrentar a la más sólida Argentina de los últimos años.

Martino cree en sus líderes: Guardado, Jiménez, Guillermo Ochoa, Moreno y el festivo Herrera. Debe recordar que ellos mismos enmudecieron, se paralizaron, desertaron emocionalmente, cuando Osorio les preguntó si estaban listos “para jugar el partido de su vida” ante Brasil en Rusia 2028. Ese silencio posterior, fue un acta de defunción y un acto de renuncia.

Por eso, para Martino, para el #TataMartirio, ya no debería tratarse de soñar con una épica de época en Qatar. Debe tratarse de sobrevivir a un proceso brutal, crudo, cruento, impío, como lo es dirigir a una billonaria arpía de tersos, flamantes y tricolores uniformes.