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Una caricia, después de tanto cachetazo

publicado: lunes, 16 de noviembre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

Astrada

Dyn

El Negro Astrada no termina de enderezar el rumbo

BUENOS AIRES -- El envión nunca termina de ser lo suficientemente generoso como para poner, de una vez por todas, en funcionamiento la máquina. Las alegrías siempre se vuelven efímeras, mezquinas, si se quiere. Un River que sigue sin parecerse a River. Más allá de los avances en el juego, de la voluntad casi épica que le meten los jugadores en cada partido, de las ganas, de la entrega. Pero independientemente de los condimentos con que sazonen al equipo los fines de semana, no existe un River que no pueda ganar dos partidos seguidos. Algo que parece tan sencillo y es, en verdad, un estigma. Eso va contra natura. Y ese escenario espinoso se ha vuelto cotidiano. Cuando parece que la remontada comienza, siempre aparece un estorbo. No existe una mejoría sin goles, está claro, y hoy no se concibe a un River que los haga. Ergo, salir de la mediocridad depende de abandonar un círculo vicioso que ya se ha instalado en las entrañas de un equipo flaco en su autoestima. El Millo se convirtió en un experto de la dilapidación. Se pierde los goles hechos, posee la poco envidiable y rara virtud de transformar en uuuuhhh!! lo que tiene que ser gooool!!.

Hay piezas en que parecen no poder tocarse. Por ejemplo, Matías Almeyda le aporta al mediocampo orden, marca, distribución segura del juego y hasta alguna que otra asistencia por encuentro. Cuando la urgencia, las necesidades, lo mandan para la línea de fondo, no desentona, es cierto, pero si no está de "5" el equipo lo siente. Nicolás Domingo aún no logra cumplir con eficacia ese rol. Sí le puede aportar entrega, lucha, pero es imposible pedirle que se convierta en el encargado de entregar prolijamente la pelota. Porque no está capacitado para hacerlo. Y esto de que el titular es indispensable podría trasladarse a otros puestos. Ahí se explica lo del andar errático.

Pero volvamos al tema de ganar un par de partidos al hilo. River lleva casi dos vueltas completas sin poder enhebrar victorias consecutivas. La última vez que paladeó "semejante hazaña" fue allá por la segunda y tercera fecha del torneo pasado, cuando venció a Central y a Banfield. Desde ahí en adelante, siempre las conquistas llegaron de a una y fueron seguidas por empates o derrotas. Aquello que antes era habitual, hoy forma parte de un objetivo que, por ahora, resulta inalcanzable. Insólito, pero una realidad que debe ser modificada.

Astrada trabaja para torcer este rumbo. Se lo ve en la semana. Busca variantes, rota futbolistas, intercambia posiciones, utiliza nuevos esquemas tácticos. Igualmente siempre se llega a lo mismo: River genera situaciones de gol, pero las desperdicia sistemáticamente.

Al menos hasta fin de año, momento en que debería producirse un recambio, la gente tendrá que resignarse a observar con desazón cómo el equipo desnuda, ante quién lo mire, una alarmante carencia de tres cuartos de cancha hacia adelante. Luego, cada uno maquillará sus excusas como mejor le convenga. Hablaran de mejoría, de juego asociado, de lo que la retórica más depurada encuentre para darle color a un presente gris. Pero lo inexorable es que a River le cuesta horrores hacer un gol y, muchas veces, esa desesperación por no culminar en la red las jugadas que crea, terminan mutando en ansiedad algunas acciones bien concebidas (y, obviamente, mal finalizadas).

La clasificación para la Copa Libertadores ya es una ilusión imposible de acceder, por eso a River sólo queda buscar torcer las rachas negativas. Sería una buena manera de preparar la cabeza del plantel para modificar esta sofocante historia. Porque, repetimos, el nivel de juego no es malo. Convertir en algo tangible aquello que elucubra en su cabeza, sería el comienzo de una reacción. Tan simple como ilusorio. Ese momento no debería demorar mucho más en llegar. Es que todo esfuerzo requiere de una contraprestación emotiva para conseguir extenderlo en el tiempo. Si no, la desesperanza termina socavando la confianza, y ya hemos visto lo que puede suceder con un equipo flaco de espíritu...



Una caricia, después de tanto cachetazo

publicado: lunes, 16 de noviembre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- Créanme, en los minutos finales, cuando la historia ya estaba resuelta, más de un hincha de River tenía los ojos colorados. Hasta se les notaba en el rostro una cierta tensión, como si estuviesen conteniendo un irrefrenable impulso que les empujaba desde adentro, que pugnaba por sacar todas las tensiones acumuladas a lo largo del semestre. Sí, aunque le parezca exagerado, ví mucha gente lagrimear. ¿Gente llorando por ganarle a Atlético Tucumán en el Monumental? Quién diría...

El Muñeco Gallardo volvió a festejar (Fotobaires.com)

El paradigma de la exageración, un emblema irrefutable de la realidad que atraviesa River. Seguramente aquellos más entrados en años observarán semejante postal con el orgullo mancillado, pero ese rosario de desdichas que vienen soportando casi no les abrió un resquicio a las alegrías, por más pequeñas que éstas sean.

Por eso, exagerados o no, los hinchas encontraron espontáneamente el camino de la emoción para desenredar ese nudo que comprimía sus gargantas. No sería justo hacer valoraciones respecto de la forma de expresar sentimientos. Sí se pueden realizar interpretaciones, y la que parece más obvia es que el hincha está harto necesitado de alegrías, de volver a sentir que un triunfo no es algo inalcanzable sino una meta que no requiere de la épica para ser conseguida. Vamos, quién puede creer dentro del Mundo River que, en condiciones normales, una victoria de local contra Atlético Tucumán puede desatar tanta algarabía. Nadie. Pero si hacemos una lectura minuciosa del presente Millonario comprenderemos inmediatamente los motivos de lo que ocurrió.

River estaba necesitando una victoria así. Trabajosa, dura, angustiante, esas que se consiguen cuando todas las partes sienten que se está llegando al extremo, cuando parece que el equipo se empantana en un camino peligroso. Ahí es cuando hay que apelar al orgullo, desempolvar (si es que lo hay) el talento, dejar que fluya el virtuosismo. Es cuando todos perciben que no es posible seguir coqueteando con la vergüenza.

El domingo, para salir adelante hacían falta reflejos, y, comenzando por el Negro Astrada, siguiendo por los referentes y terminando por los más inestables futbolistas, todos respondieron. Cada uno en lo suyo. El técnico, porque tuvo la velocidad mental para reaccionar y, con cambios acertados, torcer una historia que se presentaba esquiva. Los jugadores, porque comprendieron que no era posible continuar sumando --y sumándole a los hinchas-- desencantos. Así fue como un día River volvió a ser River. Sin lujos ni estridencias, pero recorriendo un camino que ya tenía olvidado.

De todo lo narrado surge una pregunta inevitable: ¿Significará esta victoria el tan esperado trampolín anímico que está necesitando, o sucederá como en el post Argentinos Juniors, que tras el deseado momento de felicidad llegaron dos derrotas seguidas? El paso a paso es, más que nunca, un aliado inseparable. Porque resulta imposible separar la conquista de la forma en qué se consiguió.

Antes de llegar a paladear ese dulce sabor, el equipo recorrió pasajes de incertidumbre futbolística, de desacoples, de falencias inocultables. Por eso, todo debe colocarse en su justo espacio. Es cierto que el triunfo les revitalizó el ánimo, les fortaleció el espíritu, pero no menos concreto y real es que aún el funcionamiento colectivo e individual está lejos de ser el óptimo. Fue un mimo en medio de tanta desazón, una caricia que no hace olvidar la seguidilla de cachetazos, pero sí le reconstruye a River parte de maltrecha autoestima.


Promesas y desengaños

publicado: miércoles, 11 de noviembre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- Finalmente, y después de un desfile casi interminable de posibles candidatos que anduvieron postulándose durante meses, son cinco las listas que se han presentado formalmente en la medianoche del martes para el acto eleccionario que se realizará el 5 de diciembre.

Tras una jornada cargada de negociaciones, de búsqueda de consenso, de intento por sumar votos, quedaron un par de cosas que sobresalen del resto y que merecen ser destacadas. Una alianza importante y la corroboración de que ser oficialista representa una estigma excluyente para cualquiera que desee continuar con la política del club, son los dos puntos para analizar.

Hay un estigma de ser oficialista (Getty Images)

En una elección que se presenta muy cerrada, sin candidatos que aglutinen, al menos en las encuestas, las preferencias de los socios, la unión entre Rodolfo D'Onofrio y Hugo Santilli, que llevará además a Enzo Francescoli como manager, ofrece, en los papeles, la primera luz de distancia por sobre el resto.

Eso sí, la alianza acerca, a la vez, dudas sobre la forma en que convivirán dos grupos que fueron gestándose en forma independiente y que terminaron configurando una especie de matrimonio por conveniencia. Ese interrogante se potencia a la hora de observar a dos peso pesados de esta película, como lo son Francescoli y Santilli, quienes deberán pulir algunas diferencias históricas que ambos arrastran (surgidas en los inconvenientes que se presentaron en la operación de compra del pase del uruguayo), antes de embarcarse en cualquier proyecto.

La alianza que quedó trunca fue la que hasta último momento estuvieron intentando conformar Antonio Caselli y Daniel Passarella. Una conjunción de vanidades, egos e intereses contrapuestos, impidió que se pusiesen de acuerdo en el lugar que debía ocupar cada uno dentro del nuevo organigrama. Para que se comprenda, ninguno quería bajarse de la presidencia.

El otro ítem que sobresalió en una noche movida fue el del estigma de ser oficialista. Aquel directivo que acompañó a José María Aguilar hasta estos días, sólo por esa incondicionalidad, encontró una involuntaria sentencia. La frase más utilizada en la campaña, y que se potenció sobre el cierre de las listas, es: "Yo no llevo aguilaristas".

Diego Quintás, actualmente a cargo del fútbol amateur, es el único que consiguió sortear ese escollo. Irá como candidato a vocal titular por Donofrio. El resto de los integrantes de la actual comisión no tendrá lugar (al menos en los puestos visibles). Y aquí donde más controversias se generaron fue en el seno del búnker de Passarella. Es que a último momento el Kaiser metió mano y dejó afuera a varios aguilaristas que estuvieron trabajando arduamente junto a él. Domingo Díaz (quien después buscó atenuar el impacto de la noticia al decir que no tenía ningún cargo prometido), Jorge Carullo, quien se encargó de poner en orden todo lo relativo al conflictivo tema de la aprobación de la candidatura en la Inspección General de Justicia, y Raúl Valverde, del departamento social, son los nombres más emblemáticos que se han quedado al margen de los cargos.

Idas y vueltas, promesas y desengaños, las elecciones en River entran en su fase final. Y muchos de los que conocen la interna, afirman que este último tramo de la campaña será el más intenso y en el que se utilizará pirotecnia pesada.

LAS LISTAS

Rodolfo D'Onofrio - Hugo Santilli - Guillermo Cascio.
Antonio Caselli - Alfredo Davicce - Norberto Alvarez.
Daniel Passarella - Diego Turnes - Omar Solassi.
Mariano Mera Figueroa - Carlos Lancioni - Stéfano Di Carlo.
Daniel Kiper  Asseff - Patricia De Luca.


Es hora de mirar hacia el descenso

publicado: domingo, 8 de noviembre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- Cuando desde esta columna alertamos, hace ya bastante tiempo, que River debía empezar a mirar con respeto la tabla de promedios para el descenso, algunos lo tomaron casi como una herejía.

Astrada hace lo que puede con lo que tiene (Fotobaires.com)

Observaron socarronamente la idea y casi que abordaron con tono irónico un tema que, en verdad, es cada día más delicado. En un club que marcha con piloto automático, y no precisamente porque todo funcione de maravillas, sino que camina de esa manera porque, como ya nada está en su lugar, sólo se deja que pase el tiempo, ninguna presunción debe ser sospechada como apocalíptica.

Y no hablamos de política. Desde este lugar siempre nos hemos mantenido, y nos mantendremos, al margen de los intereses que tienen quienes se mueven en ese terreno, pero el desgobierno es tan notorio y tiene una incidencia tan grande en lo que ocurre en el fútbol, que es un punto imposible de soslayar.

De los altos mandos nadie da la cara, nadie sale a explicar lo que ocurre. Leonardo Astrada, ahora, y Néstor Gorosito, antes, son los únicos que le pusieron el rostro a la crisis.

Con una gran valentía intentan, partido tras partido, encontrar las palabras que puedan graficar lo que sucede. Pero más que esa buena voluntad, se necesitan decisiones y diagnósticos más crudos, que ellos desde su posición no pueden dar (al menos públicamente).

No hay que dar demasiadas vueltas. Lo que ocurre se cae de maduro. Cuando la sucesión de fracasos es tan extensa, se fundamenta sólo con una explicación: al plantel lo conforman jugadores que no están a la altura de las exigencias que demanda la institución. Sencillo. Crudo, duro, rotúlelo cómo quiera, pero es así. Y esto no viene de ahora, es algo que, desde aquí, alertamos hace ya algunas temporadas.

Por eso remarcamos lo de la falta de pericia conductiva dirigencial. Por ejemplo, ¿por qué piensan ustedes que River, un club que siempre se posicionó en un sitio envidiable dentro del mercado internacional de pases, no puede vender jugadores?

Se argumentó que la crisis global congeló los mercados, que las instituciones del exterior padecen por la falta de liquidez, etc, etc, pero más allá de que no se puede desconocer que el cimbronazo existió, sería otra muestra de ceguera extrema atribuirle a eso la nula llegada de ofertas por los futbolistas. A ver si se entiende, no los pidieron porque no tienen jerarquía. Y se quedaron acá formando parte de un equipo mediocre. Basta de verso, muchachos.

Si no, repasemos. Cuando se abre un libro de pases siempre ocurre lo mismo. Comienza a trascender de un supuesto interés por fulano o por mengano, que un club del Congo está dispuesto a pagar 15 millones de dólares por sultano, pero mágicamente después todo queda en la nada. Luego circula la nómina de destacadas estrellas que van a incorporar, y terminan revolviendo en la mesa de los saldos. Más verso.

Y ahora River padece las consecuencias de tanta ineptitud. Compró mal, desarmó planteles que sí tenían proyección de futuro, en las inferiores no formó nada que tenga la calidad que mostraron los jugadores que surgieron en la década del '90, y se quedó con lo que no pudo vender.

Entonces va a Rosario y pierde, o transforma aquello que en algún tiempo era común (ganar un partido) en un suceso extraordinario. Rompe con todos los récords negativos que se le ocurran, no se clasifica para la Libertadores después de más de dos décadas de participación ininterrumpida, y nadie da la cara. Ninguno de los gestores de este Chernobyl futbolístico, para decirlo con nombre y apellido, José María Aguilar y Mario Israel, se sienta delante de una cámara, de un grabador, e intenta explicar por qué se llegó a semejante extremo.

Usted responderá: no van a inmolarse. Nadie pide que lo hagan, pero tampoco que se oculten en el peor momento de River en su historia. Ya lo dijimos, se puede compartir o no su idea de trabajo, pero Astrada, aunque hace poco que se hizo cargo del equipo, pone su mejilla para recibir los cachetazos; los jugadores no tienen jerarquía, pero, con sus limitaciones y todo, buscan una salida corriendo y metiendo; los hinchas, increíblemente, llenan todas las canchas; entonces, los únicos que se manejan por caminos subterráneos son los máximos responsables de esta situación.

Lo más doloroso y preocupante es que de una crisis tan grande no se sale fácilmente. Amerita configurar un plan serio y responsable. Que contemple recuperar la grandeza. Es tiempo de dejar a un lado lo barato y volver a incorporar futbolistas consagrados. Hay que trazarse objetivos importantes. Aunque claro, el día a día nos enfrenta con otra realidad, y, vaya paradoja, esa dice que el Millo ahora recibe a Atlético Tucumán, ¿es desmesurado pensar, poniendo el próximo Torneo Apertura como parámetro, que debe ser tomado como un partido decisivo en la lucha por escaparle al fondo de la tabla de promedios?



Dos preocupaciones distintas

publicado: lunes, 2 de noviembre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- La frase que me dijo una persona muy importante de River, que tiene hasta poder de decisión, me quedó repiqueteando en la cabeza. "Sabés qué, esta vuelta no podemos dejarlo que siga mirando para el costado. Hay que fijarse en lo humano. Así como está Ariel no le sirve a nadie, pero lo peor es que algún día va a pasar algo grave y todos vamos a lamentarnos porque no hicimos nada a tiempo".

Esta charla se dio en los pasillos de Monumental después de la derrota ante Lanús, con toda la carga emotiva y de necesidades que eso trae aparejado. Es decir, no se trató sólo de una expresión lanzada a la ligera, sin medir las consecuencias futbolísticas que eso podría traer aparejadas. Ya no está en discusión si Ortega rinde o no dentro del campo, si necesita un trabajo especial en la parte física o si está errando goles que antes no solía desperdiciar. No. Acá lo que se evalúa es qué hacer con el Burrito ser humano.

En su anterior episodio público, allá por la época de Diego Simeone, cuando el ídolo, tras la conquista del último título de River, debió irse por la puerta de atrás casi en medio de los festejos, se habló de algo similar. Una supuesta internación en Chile, la continuidad de un tratamiento en ambulatorio en Mendoza, los permanentes controles que atestigüen el cumplimiento de esa terapia, es decir, un cúmulo de buenas intenciones que no pasaban de ello. Y aunque el principal involucrado en la historia pasaba por un buen momento personal y familiar, las recaídas siempre estaban a la orden del día.

Pero esta nota no apunta a meternos ni a ventilar en cuestiones íntimas del Burrito. Sí, en cambio, se busca dejar sentado lo que podría suceder en las próximas horas. La decisión no va a blanquearse en forma de sanción, pero lo más seguro es que Ortega no juegue por el resto de la temporada. Por supuesto que lo que se defina tendrá que ver, también, con lo que diga y piense el jugador, pero la firme idea que hay en River es que se someta a una rehabilitación seria y, recién después de un plazo prudencial, con el jujeño bien encarrilado además en lo anímico, definir los pasos a seguir en lo deportivo.

Lo que tiene que ver con la faz futbolística, el equipo sigue padeciendo la falta de un delantero de área. Un 9 clásico que resuelva todas las ocasiones de peligro que River genera. En lo defensivo consiguió asentarse; en la gestación de juego, si bien aún tiene cuestiones por mejorar, va encontrando el camino con el correr de los partidos, pero cuando asoman en el borde del área no hay quién resuelva. Toda la claridad que puede exhibir hasta tres cuartos de cancha se transforma en confusión durante los metros finales. ¿Cómo revertir esto? No es fácil, porque el plantel no cuenta con alguien que posea esas características. Astrada prueba nombres, modifica posiciones, revuelve infructuosamente buscando una solución. Que no la tiene a la mano. Por eso, para dejar atrás la crisis, en el próximo libro de pases, más que nunca, River no podrá fallar en la elección.



Llegó el día: ganó River

publicado: lunes, 26 de octubre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- Y el día llegó. Ganó River y es noticia. Increíble, ¿no? Tener que destacar un triunfo, algo que debiera ser una cuestión corriente... Pero esta es la realidad y así hay que analizarla, sin visiones indulgentes ni miradas contemplativas. Los números, observándolos desde un costado estadístico, dirán que el Millo consiguió un triunfo después de 8 fechas y que la abstinencia fuera de su casa llevaba largas 17 jornadas.

Igualmente no es el perfil para desmenuzar. Donde hay que apuntar es a la recuperación futbolística, a la búsqueda de una identidad. Cuando comenzó el ciclo Astrada y River sufrió una dura caída ante Independiente, desde ésta página hemos destacado algunos aspectos positivos. Y no para evitar la crítica, sino porque en aquel entonces, casi sin trabajo, ya se vislumbraba que amagaba con asomar una idea. Pues bien, hoy, con el mínimo objetivo de haber sumado de a tres, se puede refrendar ese concepto.

El equipo sabe a lo que juega, sabe qué hacer en el campo. Puede gustar o no, pero tiene una identidad. Después se debatirá si se condice con la historia (en realidad todos, hasta el cuerpo técnico, sabemos que no) o si contempla el gusto riverplatense, pero lo tangible es que River hizo una lectura acertada de su realidad.

Cuando Astrada condujo el equipo en su anterior gestión, lanzó una frase que generó un largo debate: "vamos a cambiar ataque por ataque", dijo. Se lo tildó de ingenuo, de lirico, de inexperto y de otras tantas cosas más. Aquella idea, que sí buscada codearse con los mandatos de la historia, contaba con intérpretes aptos para ponerla en práctica. En éstos tiempos la calidad es menor, la autoestima está más baja y el plantel es bastante más corto. Entonces, ahí estuvo el acierto del Jefe, en hacer una lectura, aunque cruda, adecuada de dónde se encuentra parado. Volver a la idea del "ataque por ataque" hubiese sido perpetuar una agonía. River no está para eso. Cambió el "tiki-tiki" por el overol, la displicencia por la actitud. Como en la vieja perinola, la consigna es que todos ponen. El conjunto tiene que correr, tiene que marcar, tiene que dejar en alma en la cancha, tiene que estar concentrado, tiene que ser solidario. Astrada eligió ese rumbo para torcer el destino, y de a poco lo va consiguiendo.

El jueves por la noche, en el difícil estadio de Argentinos, se produjo el primer guiño de la fortuna. Hasta ese día, cualquier remate bien ejecutado por el rival terminaba en gol o los errores propios se pagaban sacando siempre del medio. Pues bien, cuando el estupendo tiro de media distancia que ensayó Ismael Sosa se estrelló en el ángulo, además de detener algunos corazones dejó un mensaje. Que los futboleros entienden a la perfección. Tras esa incidencia, una persona muy vinculada al plantel se afirmó en voz alta: "Hoy en nuestro día". Y lo fue. Algunos deben estar pensando que es un acto de ignorancia considerar este tipo de cuestiones. Por supuesto que no son las que deciden un futuro, pero sí ofician como un disparador. Póngase por un segundo en la piel de un jugador, si ese remate era gol, todo se le volvía cuesta arriba. Volvían los fantasmas. La preparación, las ganas de salir adelante, se hubiesen topado con una enorme piedra. En cambio, ese centímetro que tantas veces ha decidido caprichosamente que se fuese de una cancha con las manos vacías, esta vuelta le hizo un guiño cómplice. Le abrió la puerta a una ilusión. Y el Millo después hizo lo suyo. River terminó ganando y, aunque cueste entenderlo, es noticia.



Noventa minutos de inflexión

publicado: lunes, 26 de octubre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- El fútbol es formador de este tipo de paradojas. Tiene la capacidad de dar vuelta los estados de ánimo en apenas 90 minutos, de un plumazo.

Antes del clásico, con Boca inspirado luego de tres triunfos consecutivos, un empate no parecía sentarle nada mal a un River golpeado, necesitado de sumar puntos. Sin embargo, la postal del epílogo del partido fue inversa. Festejo en la tribuna visitante, un sabor amargo en la local.

Pero más allá de las sensaciones, Leonardo Astrada debe haber sacado algunas cosas positivas para destacar y, por supuesto, confirmaciones de que existen puntos débiles por solucionar. Lo más preocupante dentro del rubro falencias es el deficiente estado físico. River no consigue mantener un ritmo de juego uniforme. Luego de una exigencia extrema, aparecen las fisuras. Y en esto hay que ser justos y eximir al actual cuerpo técnico, porque no ha tenido la posibilidad de hacer una pretemporada.

Pero más allá de las culpas, el problema es palpable, real. Conforme pasan los minutos y River intenta ejercer una presión en la marca, el cansancio se transforma en un rival más. Contra Boca esto fue claro. El Millo jugó el mejor primer tiempo en lo que va de la temporada. Con presión en la mitad del campo, con llegada por las bandas, con desequilibrio por el lado de Diego Buonanotte, con inteligencia y manejo del juego a través de Marcelo Gallardo, con marca y proyección por la franja derecha vía Nicolás Domingo, con la presencia habitual de Matías Almeyda en la recuperación, con Mario Vega respondiendo cuando se lo necesitó.

Pero de golpe, una expulsión derrumbó todo un planteo. Una ingenuidad (en este caso fue de Cristian Villagra, ante San Lorenzo había sido Gustavo Cabral) echó por tierra el trabajo realizado. Con un hombre menos, aquello que estaba controlado se le fue de las manos. La zona izquierda de su defensa dejó de ser un sector confiable y se transformó en un terreno fértil para la recuperación del rival. Entonces salieron a la luz otros inconvenientes, como por ejemplo la escasa posibilidad de recambio que tiene River. Porque no es novedad que el plantel es corto y que entre los defensores la versatilidad de sus integrantes no es la virtud para resaltar.

Desde el partido con Huracán ha quedado instalada una idea que se reafirmó tras el choque con Boca: el equipo hoy sabe a lo que juega. Tiene una idea que, puede compartirse o no, pero se está plasmando en el campo. Consiguió un estilo. El cual dista bastante del gusto histórico, es indudable, pero se adapta al momento de crisis. La consigna es dejar todo en la cancha. Correr, meter y mantener un orden. No es gran cosa. En esta refundación del equipo era necesario conseguir una identidad. Y a tal punto ha resultado positiva instalar esta mentalidad, que hoy un empate ante el clásico rival ya no conforma, deja un sabor agridulce.

River deberá corregir algunos aspectos de su juego. Uno de ellos, terminar los partidos con once jugadores. Luego, encontrar, dentro de las posibilidades, una forma física que les permita transitar 90 minutos sin inconvenientes. De lo contrario, deberá aprender a dosificar sus energías. Pero el camino es el correcto. Si logra optimizar sus virtudes, mejorar la puntería ante cada llegada con peligro y si consigue encausar, al menos en parte, los narrados puntos débiles, aquellos tan añorados (y necesitados) triunfos empezarán a aparecer.



La semana de la histeria y de la paranoia

publicado: jueves, 22 de octubre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- Durante toda la vigilia del Superclásico las intrigas se convierten en vedetes, sale a flote una especie de juego del misterio que se instala para apuntalar esa histórica metodología del silencio. "Si te muestro las cartas estoy liquidado", comentan algunos protagonistas por lo bajo.


Astrada explica cómo cambiar el ánimo de sus jugadores

Como si en el fútbol el ocultamiento fuese más importante que el talento. Un error consuetudinario que no hace otra cosa que abrirle camino a la especulación por sobre el virtuosismo. Todos se conocen y saben a la perfección lo que puede hacer el rival. Obviamente, nadie va a dar una charla técnica pública, como si fuese un reality, pero sí es posible debatir ideas.

Esta introducción intenta hacer una reivindicación para alguien que exhibió una conducta antagónica a la habitual y que, quizás, debería ser imitada sin complejos. El miércoles previo al partido con Boca, Leonardo Astrada cometió lo que para muchos es algo así como una herejía y se animó a compartir una charla en Hablemos de Fútbol.

Allí derribó varios mitos. Uno de ellos fue, justamente, ese que busca instalar el secreto como máximo protagonista, casi como un asociado directo del trabajo. El que oculta, trabaja, sugiere el imaginario futbolero. Nada más lejos de la realidad. El Jefe evitó refugiarse en el mutismo, atrincherarse dentro de una postura enigmática y se abrió a un diálogo riquísimo sobre determinados aspectos del clásico. Descontracturó la previa. Se apasionó exponiendo sus ideas y analizando lo que viene.

Pero lo más notable es lo que sucedió detrás de las cámaras, aquello que no se vio. La ratificación de que Astrada no tiene dos caras. Como suele decirse, no vende humo para la gente. Se mostró con la misma autenticidad y simpleza que todos pudieron ver en el programa.

Habrá detractores, como sucede siempre, personas que estarán esperando un traspié para apuntalar la idea de que todo debe hablarse de puertas para adentro. Allá ellos con sus pensamientos caducos. Desde esta columna, celebramos la apertura. No porque haya estado en ESPN, sino porque habló y con eso implícitamente ya deja una enseñanza dentro de un mundo que suele cerrarse.

Bienvenida sea su conducta y, por sobre todo, la claridad de conceptos que dejó la charla para aquellos que amamos el fútbol.



Una cuestión de actitud

publicado: lunes, 19 de octubre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- "Vos decí lo que quieras, que yo te lo refuto". El tipo tenía aspecto de contrera. Tal vez parezca una pavada, pero su estampa prolija, casi rozando con la perfección, denotaba cierta meticulosidad que me llevaba a emparentarla con aquellos sabelotodo que abundan en el fútbol. Su voz firme y segura enaltecía aún más esa imagen profética. La cancha es un reducto donde se suelen producir estos diálogos. La frase me hizo prestar atención.

"Dale, empezá". Su compañero era la antítesis. Desgarbado, desprolijo, reflejaba un descuido que parecía acompañarlo en su vida cotidiana. "Es imposible que éste tenga argumentos para ganar la discusión", pensé. Sin conocer cuáles eran las posturas, ya había tomado partido por uno. Es que a lo largo del encuentro el "perfectito" se la había pasado despotricando contra todo. Parecía esperar un cruce preciso de Almeyda, quien anduvo muy bien de marcador central, para acotar: "lo quiero ver cabecear en las pelotas aéreas en las dos áreas". O palpitar con desencanto las apiladas de Buonanotte para cerrarlas con un "el día que las termine en gol, River va a pelear el campeonato".

Mi "elegido" tomó aire, se metió un puñado de garrapiñada en la boca y mientras todavía masticaba, arrancó con el juego que le habían propuesto. "¿Viste cómo está atajando Vega? Ese es un acierto del Negro (Astrada), igual que Nico Domingo, ahí no podés decir nada". Ni bien lanzó la última palabra tragó la garrapiñada, tomó un largo sorbo de gaseosa y miró desafiante. "¿Qué pasa, te dejé sin respuesta?", lo increpó. Casi como si estuviese respondiendo cuánto es 2 más 2, le contestó: "¿Así que tomás como un acierto el ir siempre detrás de los problemas? Hay que anticiparse. Acierto hubiese sido que los dos jugaran contra Independiente. En el caso de Vega, después del desastre que fue Navarro hasta yo lo sacaba". Medio de soslayo me miró como si hubiera ganado la primera batalla.

"Está bien, tenés razón, pero no me podés negar que el equipo está ordenado. Por lo menos ya no le llegan tan fácilmente. ¿O no?". La mirada firme, casi soberbia, lo intimidó e hizo que al final de la afirmación pusiese una duda. Sabía que se venía otro cachetazo. "Vamos a suponer que el presente de River, nos haga pensar que un empate contra este pobre Huracán, sirve. Pongámosle que sí. Imaginemos que es un aporte emocional para el Superclásico. Pero tanto orden nos va a hacer sacar de a un puntito. Mirá, Gallardo y Ortega están ayudando con la recuperación. Fijate que cada vez que tienen la pelota deben recorrer, como mínimo, 10 metros más, y no están para eso, pierden explosión", comentó con aire suficiente.

"Escuchame viejo contraatacó ya enojado- es lo que hay, si a esta altura nos vamos a poner exquisitos... ¿No te gusta el orden? Bueno, lo acepto, pero están tratando de tener la pelota, de atacar por las puntas, de...". Una frase repentina lo obligó a frenar la enumeración de virtudes y a ponerse más loco aún. "Ahí te doy la derecha, todos los centros los está cabeceando el 9", dijo con una sonrisa burlona dibujada en su rostro. "Ya sé que no hay centrodelantero, ¿y qué? Astrada no lo puso porque no lo tiene, además el tipo hace poco que llegó. El plantel estaba armado. Además, me contó alguien que es de adentro del club, que se encontró con jugadores que no están bien físicamente, que no aguantan el ritmo exigente de un partido, por eso el profe tiene que trabajar mucho en lo físico", comentó harto.

"Leo no tiene la culpa, lo banco, pero él sabía con qué se iba a encontrar. Y sobre el 9, que ponga a cualquiera. Si todos juegan por afuera es lógico que nadie acompañe en el área. Eso se soluciona practicando definición en la semana. Hay que laburar".

Estuve tentado de meterme en la discusión, pero me contuve. Con la charla comprendí que la gente analiza de forma racional. El equipo le entrega eso, cosas positivas y cosas negativas, aspectos auspiciosos y aspectos preocupantes. Es decir, River en su total magnitud. Lo bueno y lo malo, prácticamente se abrazan dentro del campo. Y el hincha lo observa, se da cuenta de que entre un costado y otro la diferencia en ínfima. Aquí la cabeza juega un rol preponderante. Muchos futbolistas están nerviosos, y se nota. Sienten la presión. Se viene el Superclásico y el equipo llega con el crédito casi agotado, sin red.

La exhortación del público fue clara: "hay que ganar". Algo que no sucede desde hace 7 fechas. Ah, ¿qué sucedió con nuestro amigos? Siguieron discutiendo y conviviendo juntos. Casi de la misma manera que en River cohabitan lo bueno y lo malo. Que me perdone el pesimista, pero contra Huracán sí que se vieron cosas distintas, interesantes. Al menos hubo un cambio de actitud. Habrá que ver si eso es suficiente para ganar un clásico.



Refundar para no refundir

publicado: martes, 13 de octubre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- La refundación que deberá encarar River para salir del pozo tendrá que ser más profunda de lo que muchos piensan.

Ya no alcanza sólo con abarcar el saneamiento económico, la renovación dirigencial y el armado de un plantel que esté a la altura de las necesidades de un club que atraviesa por un estado de emergencia extrema. Ese plan deberá ser mucho más amplio. Porque este caótico presente amerita decisiones firmes, rápidas y contundentes.

Cuando desde esta columna, hace un tiempo, empezamos a alertar acerca de la idea de la Promoción, sonaba como un pensamiento apocalíptico. Hoy esa sombra ya forma parte de la desconcertante realidad. Y cada vez son más los flancos donde la urgencia demanda pericia.

La llegada de Leonardo Astrada generó un inexplicable aire de renovación. Inexplicable no por la persona que se hizo cargo de la conducción del equipo, sino porque, con una visión fría del asunto, este plantel no tiene demasiado para ilusionar. Sin embargo, el domingo más de cuarenta mil personas colmaron el Monumental. Pero cuando el pitazo inicial de Pablo Lunati hizo rodar la pelota, la mediocridad volvió a poner todo en su incómodo lugar. No se puede hacer nada sin calidad técnica. Y River comete errores típicos de las categorías formativas.

Cada entrenador que se hace cargo revuelve infructuosamente para buscar laterales, marcadores centrales, volantes de los llamados carrileros, arqueros, pero la cantera no produce futbolistas con el fuego sagrado que históricamente los distinguió. Todo lo que se encuentra en más de lo mismo. La única diferencia es que, por ser de la casa, cuentan con una mayor tolerancia de parte del hincha.

Fabbiani, el más insultado, en un River en caída libre (Fotobaires.com)

En este caótico mundo Millonario de hoy, cada una de las líneas refleja claramente la actualidad de River. Si siempre en el fútbol, para graficar una realidad errática, se utilizó el concepto de "van camino a ser Racing" (por las malas gestiones que llevaron al club de Avellaneda al borde de la quiebra), hoy ya se abrió una idea superadora de esa visión. Tristemente superadora. Porque ser comparado con River (que quede claro, en lo institucional, en lo económico y en lo todo lo referido a la organización) es utilizado como una manera peyorativa de exacerbar lo malo.

Al momento de hacerse cargo, Astrada les confió a sus íntimos y hasta expresó públicamente que no se podía utilizar un estilo de juego 100 por ciento River. "Tenemos que armarnos del fondo hacia adelante, cuidar el cero de nuestro arco". Es decir, resignó sus convicciones, porque él es un técnico que siempre quiere ir al frente.

Tras la derrota con Independiente se fue desencantado. Fueron muchos los errores que cometió el equipo. Los cuales, por si hacía falta reafirmarlo, desnudaron carencias cualitativas y cuantitativas del plantel. Para decirlo sin rodeos: River fue un desastre. Apenas se puede rescatar la intención de atacar por las bandas y el no haber bajado los brazos tras el primer gol de Independiente, el resto fue más de lo mismo. La diferencia es que el hincha está perdiendo la paciencia. Y ya no se puede hablar de confabulaciones políticas.

La gente se enoja porque River no sale del fondo de la tabla, porque tiene que soportar jugadores que, en condiciones normales, nunca podrían haberse puesto la camiseta del Millo y porque no hay respuestas. Fabbiani pasó de héroe a villano y no soporta ese nuevo lugar en el cual lo colocaron. Entonces respondió a los silbidos haciendo un gesto a la gente. En el vestuario, algunos dirigentes discutieron con Cabral y Barrado. Durante la semana Ortega tuvo una de sus "recaídas". Nada está en su lugar y River se hunde...


Dar vuelta la página

publicado: lunes, 28 de septiembre de 2009 | Enviar a un amigo | Imprimir | Indice
por Javier Gil Navarro

BUENOS AIRES -- La era Gorosito ya es historia. Un oscuro capítulo que no adornará las páginas más gloriosas del club. Ahora River deberá cerrar rápidamente el camino de la sucesión.

La dirigencia, de una vez por todas, tendrá que actuar con celeridad y eficacia, atributos que, hasta el momento, estuvieron bien lejos de su gestión.

Gorosito y Zapata, quien podía sucederlo (Fotobaires.com)

Pero la idea en esta nota es proponerle un juego. En un país donde todos nos consideramos lo más eximios directores técnicos, donde cada uno de nosotros cree saber de tácticas, donde, en esta materia, solemos hablar con suficiencia y hasta desacreditar a quienes están a cargo de algún en equipo, la gran pregunta a responder es: ¿qué modificaría usted en River? ¿Qué cree que debería cambiar para que el Millo salga de su caótico presente? Porque, hay que ser justos, en el caso del partido con San Lorenzo se dio la típica situación de no poder llegar al objetivo por culpa de la idiotez humana. Que tuvo a Gustavo Cabral como abanderado.

Esta vuelta, el equipo interpretó bien lo que debía hacer, asumió sus debilidades, entendió que no está en condiciones de mostrar grandes lujos. Overol y esfuerzo es hoy su camino. Aunque duela y cueste comprenderlo. Pues bien, así lo entendió y hasta le estaba rindiendo sus frutos.

Pero, nobleza obliga, hay que reconocer que contra determinadas cosas no se puede luchar. ¿De qué manera se evita que Cabral haga semejante ingenuidad? Preverlo, imposible; impedirlo pensando en el futuro sí se puede. Ahí es donde tiene que aparecer la conducción técnica y dirigencial. En el último tiempo River adoleció de alguien que tome decisiones férreas en éstos terrenos.

Desde aquí siempre hemos exhibido una conducta crítica, tratamos evitar la indulgencia innecesaria e injusta. Pero esta vez la realidad es que todo fue distinto. A partir del golpe de Cabral a Jonathan Bottinelli el partido cambió. Ahí sí salió a la luz la falencia más notoria que tiene en Millo: la anímica. No está preparado para soportar contratiempos. Cuando empieza a derrumbarse todo lo que construye se vuelve vulnerable.

Ahí tendrá que trabajar el entrenador que llegue. Leonardo Astrada, candidato número uno, o cualquier otro. Pero la recuperación de la confianza perdida será uno de los pilares a fortalecer para alcanzar la recuperación. Aunque no será el único punto sobre el cual posicionarse. También hay que apuntar a la resolución de las jugadas. Y esto está ligado con el deficiente taco que ensayó Cristian Fabbiani cuando el partido estaba 1 a 1. En la situación que se encuentra River, donde la única abundancia es la de desdichas, no hay lugar para exquisiteces innecesarias. Primero se debe recuperar la efectividad, luego, el lujo vendrá solo.

La conclusión es que esta vez una conjunción de errores propios y la falta de suerte prolongaron la agonía del Millo. La nueva conducción del fútbol tendrá que trabajar a destajo para modificar el errático presente. Y lo que es peor, con escaso tiempo, porque el fin de temporada se precipita y la necesidad de sumar puntos es cada vez más imperiosa. Por aquello que señalamos en anteriores entregas de la sombra de la promoción. ¿Coincide usted con el diagnóstico? Póngase el buzo de DT y empiece a dar indicaciones...



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