Durante el semestre pasado, y particularmente sobre el final de la temporada, se generó un debate acerca de la decisión de Marcelo Gallardo de utilizar al equipo titular durante casi todos los partidos de las competiciones de las cuales participó River. El contrapunto se inició cuando fue al Cilindro de Avellaneda a dirimir gran parte de las chances de quedarse con el título local, y lo hizo con un equipo alternativo. La puesta no le funcionó. Ahora, con el tiempo transcurrido, da la sensación de que el entrenador Millonario está dispuesto a modificar su estrategia para esta temporada. En el nacimiento del certamen nacional y de la Copa libertadores, el gran objetivo histórico de River, apeló a una precoz rotación. A priori, una decisión acertada que apunta a no cargar de minutos a la base del equipo, tal vez como resultado de haber tomado nota de circunstancias del pasado. O quizás haya sido la altura de Oruro la que llevó al entrenador a cambiar. Cualquiera sea el motivo, lo que se observa es que será una metodología a la cual echará mano con asiduidad. Y no está mal...

En rigor de verdad, a simple vista parece que no cuenta con un plantel cualitativamente importante como para encarar ambas competiciones con dos equipos paralelos que posean el mismo poderío. Los refuerzos del Pity Martínez y de Camilo Mayada han jerarquizado la plantilla, pero aún hay sectores donde la brecha entre titulares y suplentes es muy notoria.

De todas formas, y pese a que Gallardo es consciente de las limitaciones de su plantel, no se siente amedrentado. Por el contrario, el DT quiere volver a pelear en los dos frentes, aunque palpó en carne propia durante el semestre pasado lo complejo que es ese intento. En este contexto de búsqueda y de intentos por incrementar los logros conseguidos, River ha comenzado con buen pie la competencia. Como se sabe, consiguió la Recopa Sudamericana, pero también fue auspicioso el debut en el torneo de 30 equipos: un 4 a 1 en Junín ante el ascendido Sarmiento marca que el camino futbolístico no ha sido modificado a pesar de algunas vicisitudes.

¿Puntos destacados de la goleada? Lo que más feliz debe haber dejado al Muñeco fue la vuelta al gol de Teo Gutiérrez, después de unos meses de abstinencia. También la tranquilidad que le ofrece saber que el Pity Martínez puede ser un asistidor implacable en el caso de no contar con Leonardo Pisculichi. Y lo otro involucra a Carlos Sánchez, ese jugador que había tenido un pico de funcionamiento que no pudo sostener sobre el final del semestre. Hoy va en camino de recuperarlo. Con el condimento de que su levantada trae en su mano goles, algo que suele escasear.

No se debe soslayar que la historia recién comienza, pero tampoco se puede dejar de opinar que sigue buscando gloria con las armas que le devolvieron a River la identidad futbolística. Lo cual es muy bueno. Más allá de los resultados. Aunque, es obvio, títulos y buen juego son el maridaje perfecto, el ideal que todos persiguen, y Gallardo no es la excepción...

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BUENOS AIRES -- Se acostumbró a ganar. Aprendió a jugar finales, a encarar los partidos definitorios con una mentalidad positiva. Sabiendo que sus fuerzas le alcanzan para vulnerar al rival que le toque enfrentar. Al buen fútbol que intenta desplegar, y que por momentos lo consigue, ahora le agregó una cabeza muy fuerte. No hay fórmulas mágicas, River tiene un buen plantel, un entrenador que sabe lo que quiere y su autoestima está por las nubes, todo ese combo lo está llevando a dar una vuelta olímpica por semestre. Quizás la obtención de la Recopa Sudamericana viene acompañada de un sabor especial. Porque en la antesala de esta competición el equipo de Gallardo sufrió un durísimo revés ante Boca, en el partido disputado en Mendoza, y más allá de que se trate de un choque de verano, lo cierto es que esas caídas suelen generar un cimbronazo importante. Pero River sacó pecho en la adversidad y demostró que realmente ese discurso de que la preparación apuntaba a la zaga con San Lorenzo, tenía un sustento la realidad se encargó de validar.

No se puede negar que el Millo ya no es tan contundente en el juego como en otros tiempos, pero su sabiduría radica en aggiornarse a sus momentos. Busca jugar dentro de los parámetros estéticos ya conocidos, pero cuando el fútbol bonito no aparece, sale a la luz el temperamento. Y si se encuentra maniatado por el rival, las individualidades gritan presente. Tal el caso de Marcelo Barovero, quizás el hombre más desequilibrante en las finales junto con Carlos Sánchez. El arquero tuvo no menos de cinco tapadas determinantes sumando la de ambos partidos. Tan decisivas que, de no haber estado acertado, quizás la historia sería diferente. La referencia para Sánchez, en tanto, no está vinculada únicamente con que anotó los únicos dos goles que tuvo la serie, sino porque además ha vuelto a ser influyente. Por su despliegue, por su aporte en ataque, por su colaboración a la hora de recuperar la pelota y porque puso su temperamento en beneficio del equipo. En un River sin tantos picos individuales elevados, los dos futbolistas mencionados se quedan con un sitio en el podio.

En medio de la alegría que siempre ofrecen los festejos, los técnicos como Gallardo, que suelen observar más allá, seguramente deben buscar puntos flacos de su equipo, cosas para corregir. Y en estas finales que ha disputado el Millo, tanto en la Sudamericana como en la Recopa, se dio algo curioso: en ninguno de los cuatro partidos anotaron los delanteros (ante Nacional de Medellín, Pisculichi convirtió en Colombia, mientras que Mercado y Pezzella lo hicieron en el Monumental; en tanto que Sánchez fue el artillero de la Recopa). Este no es un dato menor, por algo el entrenador viene haciendo hincapié en las prácticas en los trabajos de definición. Este es un motivo por el cual las cosas le cuestan el doble. Tal vez la mancha más notoria en un equipo con pocas fisuras.

Pero claro, hoy es tiempo de festejo para River. Un club que recuperó su memoria ganadora y que lo hizo en un plano donde el pasado no le fue demasiado indulgente: el internacional. Nutrir su vitrina de copas con esa connotación le da un sabor especial a la celebración. Y la nueva vuelta olímpica trae implícito un nuevo objetivo: la Copa Libertadores pasa a ser hoy su máximo anhelo...

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MENDOZA -- Y de golpe todo se le derrumbó, aquello que se presagiaba como un verano tranquilo, de puesta a punto, de calentar motores y ajustar detalles para la ardua competencia que tendrá adelante, terminó siendo una tortuosa pretemporada. Casi una pesadilla. Porque, sin exagerar, para River los compromisos preparatorios fueron nocivos. Perturbaron la tranquilidad idílica con la que había terminado el año pasado. Abrieron un enorme interrogante para el futuro.

Marcelo Gallardo
FotoBairesEl Muñeco ya piensa en el partido ante San Lorenzo
Ya no por los pésimos resultados ante Boca ni por la última goleada, sino más bien por el nivel de juego. Aquel fútbol que despertó elogios, que agotó calificativos, que removió un aletargado fútbol argentino que venía de coronar campeones chatos y oscuros, todo se hizo añicos en un mes.

Es cierto, lo obtenido no se lo quita nadie y todo lo expresado formó parte de una realidad que convulsionó a propios y extraños, pero cuando se realizó ese análisis fino e indulgente, también figuraba, implícita, la posibilidad de que el Millonario alguna vez mostrara un lado B, y eso sucedió con una premura llamativa. Por esto es que se debe ser tan crítico como en su momento hubo que destacar bondades.

Hoy River es un equipo lento, previsible, largo entre sus líneas, sin ideas y, lo que es peor, que transmite una alarmante sensación de desgano. Ni siquiera a nivel individual pudo sacar los clásicos adelante. Es más, hasta apeló a faltas violentas que redundaron, por ejemplo en el choque de Mendoza, en que se quedara con tres hombres menos.

Los futbolistas tienen ante sí la compleja tarea de devolverles a sus cabezas la elevada autoestima que enarbolaban en el semestre pasado. Una frase común dice que el fútbol da revancha pronto, y en este caso es así, porque podrá canjear los desencantos del verano por una copa en apenas quince días, aunque para que esa transferencia de sensaciones se produzca deberá vulnerar a un rival de jerarquía como San Lorenzo, en el marco de la Recopa Sudamericana.

El final del análisis está dedicado a Marcelo Gallardo. El padre de esta criatura bipolar. El sorprendente entrenador que transformó en revolucionario a un equipo que no venía jugando en un nivel destacado. Es hora de mostrar que sus dotes no son sólo para los tiempos de gloria. Para mantener un semestre tranquilo tendrá, inevitablemente, que sacar a relucir la muñeca que se necesita para pilotear la nave en plena tormenta. Porque el fútbol está plagado de estos momentos.

En rigor de verdad, son más los días en los cuales se debe remar contracorriente que aquellos en los que se puede hacer la plancha. Tomemos está frase con sentido metafórico y no literal, porque muchos dirán que nadie se relaja ni aún estando bien, pero sí, inconscientemente, puede producirse un quedo cuando se alcanzan objetivos. Y es ahí donde debe aparecer en escena la mano del entrenador. Tiempo entonces para que Gallardo haga lo suyo.

Pero el salir a flote no depende exclusivamente de él, muchos futbolistas tendrán que recuperar el nivel, la voracidad, la concentración, la contundencia y las ganas, el deseo de ganar cosas. River aún puede dar el volantazo. Es cierto que se estrelló nada menos que ante el rival de toda la vida, ese con el que ningún hincha quiere perder, pero eso ya es irreversible. Ahora tiene la impostergable misión analizar el mazazo tremendo que recibió para mejorarlo y convertirlo en algo positivo. La competencia oficial está a la vista, ahí cerquita en el horizonte, aún puede iniciarla con optimismo. Depende de sí mismo.

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 MAR DEL PLATA -- Con una mueca de felicidad Marcelo Gallardo va a encarar el primer Superclásico del verano.

Marcelo Gallardo
Fotobaires.comGallardo no perdió a ninguno de sus titulares

La llegada de dos refuerzos ha modificado, con lógica, el estado de ánimo del entrenador de River, quien estaba empezando a perder la pulseada con la ansiedad habida cuenta de que la pretemporada se acerca al epílogo y la plantilla Millonaria no sufría modificaciones.

Gonzalo Martínez y Camilo Mayada, ambos solicitados por el Muñeco, le acercaron algo de paz.

El choque con Boca asoma en el horizonte y pese a que aún los de Núñez no han conseguido ganar en lo que va de la fase preparatoria, el funcionamiento de los titulares durante gran parte del partido con Peñarol y en lo que ha observado en los entrenamientos, deja tranquilo a Gallardo. La calma se sustenta también en que, contrariamente a lo que venía sucediendo en años anteriores, el equipo base no necesita casi de retoques. A priori, aquellos que lleguen lo harán para nutrir a un plantel que cuenta con once inamovibles pero que viene medio flaco con el recambio.

El semestre pasado la falta de alternativas conspiró contra las posibilidades de River en el torneo local, de ahí la intención que tienen de dar un salto de calidad en ese rubro. Más allá de la mesura a la cual todos los directores técnicos suelen aferrarse a la hora de pronosticar campañas, en el caso del Millo hay cuestiones insoslayables.

Por un lado, fue el equipo que revolucionó el fútbol argentino con un estilo ofensivo, insaciable y dinámico. Y más allá de que los rivales le fueron tomando la mano a la forma de jugar, cuando estuvo fresco en lo físico logró generar anticuerpos para superar escollos. Esto hace presuponer que en un semestre donde tiene, entre otras cosas, un objetivo tan motivante como lo es la Copa Libertadores, lo anímico potenciará a lo futbolístico y sumado a ese crecimiento cuantitativo y cualitativo del plantel, todo va a redundar en que la esperanza del hincha se mantenga bien alta.

Tampoco es un detalle menor que, hasta el momento, River no se haya desprendido de ningún titular. Mantener la base será fundamental para Gallardo, porque los que están ya tienen internalizada su idea futbolística y lo que pretende de cada uno adentro del campo. Sólo deberá trabajar para afianzar nuevos conceptos, un detalle menor al lado de lo que representa configurar de cero a un equipo. Y este optimismo se percibe en la gente. Cada entrenamiento de River, cada salida y llegada del hotel, cada arribo a un estadio, estuvo (y está) acompañado de demostraciones de cariño y de felicidad tan grandes que denotan la confianza que el hincha tiene en lo que puede producir este equipo.

Así entonces, con perspectivas inmejorables, con su cabeza en gran forma y con la posibilidad de jugar un buen fútbol, se acerca River al choque con Boca, pero, además de ese partido puntual, también arriba en esa forma al comienzo de un año plagado de compromisos y de copas. Habrá que ver si logra convertir en realidad las irrefutables e inmejorables presunciones.

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River PlateESPN.com
BUENOS AIRES -- Aunque fueron muchos los años de prosperidad en la historia de River, seguramente el 2014 será recordado como uno de los más destacados. Por muchos aspectos.

Y en el análisis no hay que englobar sólo a los logros deportivos, que por supuesto son una porción importante a la hora de realizar evaluaciones, sino también a distintas contingencias que han sabido superar con el devenir de los contratiempos. Cuando se consigue tapar algo malo con buenas decisiones, inexorablemente el camino a recorrer será próspero. 

Allá a principio de año, con Ramón Díaz como entrenador, River venía un de mal semestre deportivo. A tal punto que hasta en algún momento se llegó a dudar sobre la continuidad del riojano. Con un plantel que no brindaba seguridades ni respuestas desde lo futbolístico, comenzó a desandar un recorrido que los más optimistas auguraban como, con suerte, regular.

Sin embargo, y en base de una sucesión de buenos resultados, después de un inicio errático en el torneo se produjeron algunos cambios del director técnico que redundaron en una mejora del funcionamiento. River empezó a ganar partidos, se fortaleció la autoestima individual y colectiva del grupo, la tabla le ofreció un guiño a los sueños Millonarios y así fue como, después de seis años de abstinencia, volvió a paladear un título. Que tenía mucho de especial, porque representaba el regreso a un sendero histórico después de aquellos tiempos negros y olvidables que desembocaron en la pérdida de la categoría.

Fotobaires.comRamon Diaz pegó un portazo tras el título
Una vuelta olímpica, la clasificación para la Copa Liberadores, un plantel que se revalorizaba, todas eran rosas para la flamante dirigencia que había asumido encabezada por Rodolfo D'Onofrio. Sorpresa o no, en un deporte donde los números son los que gobiernan, el "clic" ya estaba hecho. Encandilados por el éxito, nadie sospechó que en medio de festejos y de alegría, ese "clic" histórico, que abría paso a una nueva era, se iba a transformar en el "crack".

Casi como un golpe con una barra de concreto en sus cabezas, los dirigentes recibieron la noticia impensada: de manera unilateral, sorpresiva e irrevocable, Ramón Díaz dejaba el cargo. Agregando más gloria a su gloria, pero quizás exhibiendo un costado muy personalista, pegó el portazo. En la intimidad se conocieron los motivos, que no eran otros que sospechaba de que la dirigencia no lo quería. Ahí fue donde, con los efluvios de la victoria aún flotando en el ambiente, tomó una medida con doble efecto, porque irse agrandaba aún más su imagen ante el hincha, pero, a la vez les dejaba un menudo problema a los dirigentes.

Si en condiciones normales agarrar el cargo de entrenador después de Ramón Díaz ya de por sí representa un tremendo lastre, hacerlo luego de una vuelta olímpica y con un supuesto malestar con la conducción del club aumentaba todavía más esa sensación. ¿Quién soportaría un puñado de derrotas en semejante contexto? ¿Cómo haría el director técnico entrante para hacer olvidar la inmaculada imagen del riojano? ¿De qué manera repercutiría esto en la flamante dirigencia? ¿Quién cuenta con espaldas lo suficientemente anchas como para tomar ese fierro caliente? El nombre del elegido no tardó en aparecer.

Marcelo Gallardo ya figuraba en la carpeta de D'Onofrio y de Enzo Francescoli desde la etapa de campaña electoral. Así fue como desempolvaron el nombre del Muñeco, quien vio amortiguado el impacto mediático asunción por coincidir su llegada al club con el furor mundialista. Con una corta pero productiva foja como entrenador (una experiencia en Nacional de Montevideo con un título), Gallardo se hizo cargo de un plantel que se fue fragmentando.

Carlos Carbonero, hombre clave en el equipo campeón, mientras participaba del Mundial, fue vendido; Eder Álvarez Balanta y Teo Gutiérrez llegaron tarde a la etapa de preparación justamente por estar con la Selección Colombia; a último momento fue negociado Manuel Lanzini y también dejaron el club el Keko Villalva, Jonathan Fabbro, Leandro Chichizola. Todo esto sin contar que las infiltraciones desmedidas a las cuales fue sometido Fernando Cavenaghi para poder participar de la recta final y decisiva del campeonato, le jugaron una mala pasada y lo alejaron del semestre que se avecinaba.

Boca vs River
APEl Muñeco Gallardo consiguió una gran versión del equipo
Con este panorama desalentador, el Muñeco comenzó a imaginar lo que se venía. En forma paralela, la posibilidad de incorporar se acotó porque las exigencias del mercado se topaban con una pobre realidad económica de River. Lucas Pratto y el Pity Martínez fueron sueños incumplidos. En su lugar arribaron Julio Chiarini y Leonardo Pisculichi, quien había descendido con Argentinos Juniors. En un plantel muy corto, los retornos de Carlos Sánchez y de Rodrigo Mora, proscriptos de la "era Ramón" empezaron a ser observados con una cierta idea esperanzadora.

Nadie, ni el más optimista, iba a imaginarse en esa pretemporada en Miami lo que allí se estaba gestando. Menos aún después del pálido debut ante Gimnasia en el campeonato local. Porque a partir de ahí vino el despegue, la eclosión. La vuelta de River a sus raíces históricas. Por lo que el equipo desplegaba adentro del campo sólo de hablaba del milagro que estaba protagonizando Gallardo. El nombre de Ramón no se mencionaba.

Sánchez y Mora terminaron siendo estupendos refuerzos; Pisculichi se puso en forma física y dio la sensación de que en su ADN traía incorporada la mística de River. Teo Gutiérrez se volvió un implacable goleador, todo esto en un equipo que llevaba el sello de un entrenador que sorprendía a propios y extraños con una idea futbolística que parecía olvidada. En las críticas de la prensa sólo se hablaba de ganar, gustar y golear, que era lo que hacía el Millo. Pero claro, en un plantel con poco recambio participar de tres competencias a la vez podría ser determinante en los tramos finales.

Casi como una bofetada del destino, en el mejor momento de River, con un Matías Kranevitter que se había convertido en el dueño de la mitad de cancha, la desgracia se hizo presente. El volante central sufrió una fractura en el quinto metatarsiano que lo alejaba del semestre. Golpe letal. Que el equipo lo sintió, pero que terminó siendo el trampolín para el regreso (y posterior reconocimiento del hincha) de otro "borrado" por Díaz: Leonardo Ponzio. Aunque al principio pagó algo cara la prolongada inactividad que arrastraba, en los cotejos decisivos, cuando el equipo ya sentía el desgaste, su coraje y corazón fueron decisivos.

Fernando Cavenaghi
FotobairesEl Torito defendió a Vangioni
El destino le puso a Boca en la semifinal de la Copa Sudamericana, una prueba tremenda para una formación que venía con una sobrecarga de minutos en cancha. Pero para redondear ese año estupendo, eliminó a su rival de toda la vida en un partido épico (con Ponzio como figura descollante) y ese envión anímico le alcanzó para ganarle la final a Atlético Nacional de Medellín y festejar un título internacional después de 17 años. En el ámbito local hizo un gran torneo, pero esa falta de recambio, una tarde desafortunada ante Olimpo y un Racing increíble, lo privaron de la doble corona.

Con todo color de rosa, Cavenaghi volvió a jugar, cumplió su sueño de marcar el gol 100, Kranevitter también tuvo una notable rehabilitación y pudo regresar antes de tiempo. El clima de fiesta eclipsó a la figura de Ramón Díaz, que a priori se sospechaba iba a tener una marcada presencia pese a su ausencia. Por eso, quien a principio del semestre asomaba como irremplazable, finalmente no lo fue. La revolución futbolística impuesta por Gallardo logró lo que nadie sospechaba allá por el mes de julio. Con el agregado de esa vuelta a las raíces históricas de River que le permitieron, por momentos, jugar realmente muy bien.

Por todo lo narrado y por la forma en la cual quedó posicionado para la temporada venidera, el 2014 quedará en la historia grande.

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BUENOS AIRES -- Final de una temporada que tuvo para River un balance más que positivo. Un título internacional tras 17 años de abstinencia y la satisfacción de haber realizado una gran campaña en el certamen local, sólo superado por un implacable Racing, le otorgan a Marcelo Gallardo la tranquilidad de poder irse de vacaciones con la convicción de que ha cumplido objetivos en su primer semestre como entrenador del club que lo vio nacer futbolísticamente.

En la última fecha del campeonato hizo lo que debía, vencer a Quilmes, pero no recibió la mano que necesitaba de Godoy Cruz. Por esto es que, pese a esa imagen positiva que dejó el equipo, la bronca por saber que podrían haberse quedado con la doble corona se vio reflejada en el plantel y en el cuerpo técnico.

Getty ImagesCarlos Sánchez anotó el gol frente a Quilmes

Aquel partido contra Olimpo en el estadio Monumental, que terminó empatando, fue el que lo alejó la posibilidad de campeonar. Además, por supuesto, de la notable racha de victorias que hilvanó el Racing de Diego Martín Cocca. Porque, en un torneo normal, con los 39 puntos cosechados le hubiese bastado hasta para dar una vuelta olímpica. Sin embargo esta vez no le alcanzó y se quedó con un sabor amargo.

Ahora todo River debe pensar en lo que se le viene. En un semestre con una agenda muy cargada, la cual ya en el segundo mes del año contempla, por ejemplo, la disputa de la Recopa Sudamericana ante San Lorenzo, cuerpo técnico y dirigentes deberán sentarse y comenzar a pensar, por un lado, en refuerzos, pero además en establecer una ingeniería financiera que les permita mantener a la mayor cantidad de integrantes del actual plantel.

Algo que no le será sencillo de conseguir a la directiva, porque se sabe que, cuando un equipo sale campeón, sus futbolistas comienzan a ser codiciados de otras instituciones, principalmente del exterior. Con dólares que acá son imposibles de conseguir y de ganar.

Por lo pronto, entre los potenciales para irse figura Teo Gutiérrez, quien ya exhortó públicamente a los dirigentes para que aparezcan los dólares necesarios (los cuales son muchos) para mantenerse en el club. Habrá que observar detenidamente qué definen los dirigentes. Como en todos los libros de pases, el enigma de si el colombiano llega a tiempo a la pretemporada o no, dependerá de lo que arregle a futuro. Está confirmado que, por ahora, ofertas formales por él no arribaron.

Otro que podría dejar el club, porque su entorno cercano asegura que han recibido ofertas por él, es Rodrigo Mora. Al uruguayo lo andan buscando del exterior y, cuando esto sucede, se sabe que la propuesta económica es tan seductora que destraba cualquier operación compleja. Después están las negociaciones por la renovación de los vínculos con Maidana, Mercado y Rojas, entre otros, quienes todavía están lejos del cerrar sus números con el club.

Así las cosas, entonces, se vienen días de muchas reuniones y definiciones. La obnubilación por el juego atildado del equipo de Gallardo ya quedó atrás, ahora es tiempo de refuerzos y de desembolsar dinero para mantener equipo y para reforzarlo.

A una dirigencia que la coyuntura económica la llevó a ser austera, se le presenta un desafío importante y no se podrá fallar. Todo por la Libertadores de 2015.

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BUENOS AIRES -- Merecía un final así. Hubiese sido una verdadera injusticia que el ciclo iniciado por Marcelo Gallardo en River no se rubricara con un título. Y esto no es caer en conceptos resultadista, porque no ganarlo, seguramente, no lo hubiera transformado en menos positivo. Porque la validación de su idea ya se instaló, porque el haber abierto un debate acerca de las formas, también fue algo destacado. Con las antinomias del caso, pero se volvió a pensar en que se puede desplegar un buen fútbol y conseguir resultados, combo que dejaría conforme a todas las corrientes de pensamiento que hay en este deporte.

Pero además lo meritorio de Gallardo y del propio plantel es cómo alcanzó un objetivo. Y no es redundar sobre el estilo y las formas. Es referenciar que lo hizo con un grupo cualitativamente escaso. No era el Barcelona de Pep Guardiola, por comparar con el paradigma del buen juego, que tenía entre dos y tres futbolistas de calidad por puesto, en el caso de River la plantilla con experiencia no superaba los 14 o 15 integrantes. Y eso acrecienta el mérito.

Entre otras cosas destacadas hay que poner el hecho de que muchos integrantes de este proceso, son jugadores que habían sido dados de baja casi como material de rezago. A Carlos Sánchez, Rodrigo Mora, por ejemplo, los cedieron a préstamo con la idea de una futura venta.

En su vuelta, ambos tuvieron una participación directa y decisiva a lo largo de la temporada. Leonardo Ponzio no estaba jugando y, principalmente sobre el final de la temporada, recuperó su nivel y fue determinante en la mitad de la cancha. La revelación de Leonardo Pisculichi, fundamental con sus goles y en las acciones de pelota detenida, la consolidación de Ramiro Funes Mori, la cual, como contrapartida, eclipsó a un consagrado como Eder Álvarez Balanta. En fin, una pata más de un proyecto que terminará ofreciendo la posibilidad de ingresos económicos (por ventas) a la institución.

Y con este punto surge un nuevo plateo, que es el desafío que tendrá la dirigencia en el corto plaza. Porque con la Copa Libertadores a la vuelta de la esquina, ahora deberá optar por mantener un plantel austero o hacer una inversión bastante mayor como para participar del certamen Sudamericano. Cuando se habla de inversión no significa sólo compras, sino también mantener la base actual, y se sabe que para lograr algo así es necesario mejorar contratos, elevar el presupuesto (aunque la tesorería no esté del todo floreciente).

Pero claro, todo eso deberán encararlo con dos títulos sobre sus espaldas, el local logrado por Ramón Díaz y el internacional que les entregó Marcelo Gallardo después de 17 años de abstinencia, y eso alivia el andar. River inició un camino revolucionario. Ahora se le presenta un segundo paso en este proyecto. La voracidad del hincha no tiene límites y ya en medio de festejos y alegrías sueña con más. La época negra va quedando atrás, este nuevo ciclo asoma como próspero. Quizás la fase de consolidación sea la más compleja, pero es innegable que tiene con qué encararla. Buen fútbol, títulos, un maridaje que siempre cautivó al hincha Millonario. Las condiciones están dadas para que esa felicidad se extienda. River consiguió encausarse en el sendero de los éxitos, y eso no es poco...

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MEDELLÍN -- Conteniendo la respiración, con una liberadora sensación de alivio, así se fue River al vestuario en el entretiempo. Sabiendo en su interior que había sido literalmente peloteado.

Y es el ingrato recuerdo de ese flojo primer tiempo en el cual se sustenta, para darle el valor que se merece al empate que cosechó en la primera final de la Copa Sudamericana.

Aquella sensación de vulnerabilidad que lo acompañó en varios pasajes de la segunda parte de la temporada encontró una versión superadora en el Atanasio Girardot. Ya nadie duda de las bondades de el conjunto Millonario, pero tampoco de sus peligrosos baches, que por lo general vienen acompañados de una versión superadora.

La cantidad de partidos que comenzó perdiendo a lo largo de la temporada demuestran que estamos ante un equipo con un problema de concentración. Parece que le cuesta arrancar metido, y eso lo lleva a tener que depender de las inspiraciones de Marcelo Barovero, de la mala puntería del rival o simplemente del azar, todo para no irse con una ventaja irremontable en su contra.

Pero también posee un lado b que es mucho más efectivo que su costado débil. Ahí es cuando los laterales se sueltan, cuando Carlos Sánchez desequilibra por su banda, cuando Pisculichi frota la lámpara, cuando Teo se vuelve inmarcable, cuando Mora se pone incómodo para sus marcadores... en síntesis, ahí aparece el River que justifica los elogios que recibe.

Ante Atlético Nacional, en Medellín, ambas caras salieron a la luz. Por eso la pasó muy feo y finalmente el sueño de quedarse con la Copa no terminó en pesadilla. Sigue vigente, lo tiene ahí, muy cerquita de su mano.

Por eso se ilusiona, porque palpó que es posible. Depende de sí mismo. De implementar los mecanismos para mantener en las tinieblas a la mitad nociva. Si lo logra podrá volver a dar una vuelta olímpica en el plano internacional, algo que tanto quiere y necesita.

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BUENOS AIRES -- Suele decirse que los clásicos no hay que jugarlos ni bien ni mal, hay que ganarlos, y parece que con esta idea bien metida en la cabeza salió a disputar River, no sólo el partido decisivo, sino toda la llave de semifinal de la Copa Sudamericana. Pensando que, cuando el fútbol no aparece y cuando las piernas no responden, el que empuja es el corazón.

En la revancha del Monumental, el Millo puso en el cocktail un poquito de cada ingrediente. Hasta le agregó una pizca de fortuna. Porque muchos corazones casi se detienen cuando, con un puñado de segundos disputados, Germán Delfino sancionó un tiro penal a favor de Boca. Pero cuando la noche está dada para ser recordada por lo grato, nada detiene la marcha hacia la felicidad. Por eso Marcelo Barovero, quien no es un arquero que se destaque por atajar penales, tuvo su noche de gloria. Casi como un guión escrito a su medida, dijo "presente" en cada ocasión que le tocó intervenir, y cuando no tenía ya nada por hacer recibió un guiño del azar. Y un futbolista necesita que todas las cosas le salgan bien en un clásico...

El análisis de si el físico les está respondiendo o no, o qué le sucede con el fútbol que no aparece con la eficacia de los primeros partidos del campeonato, o algún otra cuestión de coyuntura, todo queda reducido a cenizas cuando el escenario es de un festejo interminable. Ahí hay que dejar esas cuestiones para más adelante. Aunque el cuerpo técnico encabezado por Marcelo Gallardo es despiadadamente autocrítico a la hora de analizar el funcionamiento de su equipo, esta vez, como todos los que comandan el grupo conocen los gustos del mundo River, saben que las prioridades pasaban por eliminar al rival de toda la vida, sin importarle demasiado cuál es el recorrido que debe hacer para alcanzar el objetivo.

El equipo comprendió todo lo que representa un Superclásico, lo que representa para el hincha, la huella que deja marcada en la historia. Y de hecho no será un partido que la gente olvide fácilmente. Porque quebró algunas rachas negativas en el marco de competiciones internacionales. Así como en la década del noventa Boca se cansaba de ganar clásicos, en esta época la ecuación se está empezando a invertir. Ahora es River el que paladea más seguido tragos dulces en los partidos ante el rival eterno. Por eso el hincha goza, disfruta, vibra, palpita, se emociona. Todo con la íntima convicción de que ese final feliz es factible.

Líneas arriba mencionábamos algunos condimentos que tuvo la victoria del Millo. En rigor de verdad, esas contingencias (como la del penal y la de los goles que se perdió Boca) en otros tiempos eran el reaseguro de una derrota inexorable. Ahora fue el puntapié para la ilusión. Que se transformó en realidad cuando Leonardo Pisculichi la clavó junto al palo derecho del arco defendido por Agustín Orión, Ahí cada alma presente sintió la íntima convicción de que podría ser la noche mágica. La cual finalmente fue, la que le permite a River volver a codearse con los más fuertes del continente, la que lo invita a soñar con repetir una vuelta olímpica en un torneo internacional, tal como lo hizo en 1997.

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BUENOS AIRES -- En esta columna venimos alertando sobre la merma en el nivel futbolístico de River. Y en esa alarma que encendimos colocamos al trajín físico como, quizás, el motivo más destacado de esa debacle.

Si bien Marcelo Gallardo y algunos integrantes de la comisión directiva sentían una cierta comezón cuando escuchaban la palabra "cansancio", lo concreto es que el entrenador terminó reconociendo con hechos que lo expresado era real: en el partido más importante que tenía que disputar en el marco del torneo local, se volcó por poner en cancha una formación conformada por casi todos suplentes. Sí, eligió a los juveniles para dirimir las posibilidades de pelear por el título.

No es que se haya vuelto loco ni nada por el estilo. Está claro que el Muñeco es lo suficientemente inteligente como para interpretar qué es lo mejor para su equipo. Por esto, de la evaluación de las últimas presentaciones del Millonario entendió que los titulares necesitaban descanso. Como conocedor del mundo riverplatense, otra de las cosas que comprendió fue que todos los hinchas quieren eliminar a Boca, esa es la prioridad, entonces, para definir la fase en el Monumental deberá tener a todos sus soldados bien descansados.

Este domingo casi mágicamente aprendió a la perfección el significado de la palabra "rotación". Después de haber sacado dos puntos sobre nueve en disputa (con la derrota en Avellaneda son dos de doce). Quizás lo aconsejable hubiese sido que la practicase antes, así no tenía que hacerla en forma tan abrupta. Con los hechos consumados y ya sin la punta del campeonato, da la sensación de que no estuvo rápido de reflejos en los compromisos anteriores de River. No en este, porque, como marcamos, la serie con Boca es demasiado trascendente como para dar ventajas.

La gran pregunta, es: si bien se trata de intérpretes distintos, ¿podrá influir en el rendimiento del Superclásico la nueva derrota? A priori todo hace suponer que no. Porque los titulares poseen la suficiente experiencia como para comprender que cada competencia tiene que transitar por un carril distinto, junto con sus emociones positivas y negativas. Eso sí, también saben se viene un choque "sin red". La gente puede perdonar perder un campeonato en la fecha 17, pero lo que tardaría en digerir sería una eliminación a manos de su archirival.

Para volver a ser River deberá retomar sus convicciones. Y esperar que las piernas respondan al mandato de la cabeza. Tendrán que jugar con la intensidad y contundencia de las primeras presentaciones, a lo largo de las cuales se transformó en el equipo sensación y se llenó los oídos de elogios. Recuperar la memoria, entonces, es la consigna que tiene a corto plazo. Porque la inminencia de las definiciones lo deja sin margen de maniobra. Desempolvar ese fútbol dinámico, de rotación, sin posiciones fijas de mitad de cancha hacia delante, explosivo, serán los tips a cumplir para ser en de antes. Si lo hace con éxito, podrá perpetuar su tranquilidad, si no, la catarata de elogios que recibió en este tiempo se le vendrá encima como un boomerang...

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BUENOS AIRES -- Llega un momento en el cual las piernas no dan más y hay que usar la cabeza. Porque todo lo que el cerebro ordena, el cuerpo lo cumple con reticencias. Conclusión, se debe dar un golpe de timón para seguir en competencia. Una ecuación tan obvia como inevitable.

A consecuencia de la seguidilla de partidos, River no llegaba al primer Superclásico semifinal en el marco de la Copa Sudamericana, con la misma condición de favorito que había ostentado en el campeonato local, por esto es que Marcelo Gallardo no lo dudó y modificó el esquema táctico: nada de salir a buscar y descompensarse, poca presión alta como para cuidar el físico, mucha actitud. Así fue como el Millo se calzó el overol y trabajó como nunca en el semestre un partido. Desde el sacrifico, desde la lucha, quizás resignando lo que era su valor agregado hasta el momento: el fútbol vistoso.

Un clásico y de Copa, imposible que no haya pierna fuerte, fricciones, discusiones, peleas. Hay mucho en juego como para no ponderar determinados aspectos que, aunque no vuelvan más bello el espectáculo, son condimentos típicos de un choque con tanta historia. La consecuencia lógica fue un cero a cero y un enfrentamiento con pocas llegadas de peligro en ambos arcos.

River sabía que la fase se dirime en 180 minutos y que le toca definir la historia en su casa, quizás por eso el esquema implementado por Gallardo. A esto hay que sumarle que Teo Gutiérrez y Carlos Sánchez venían de jugar con sus respectivas selecciones (con viajes incluidos) y que a último momento se le sumó la baja de Rodrigo Mora, por un virus intestinal.

Por todo lo narrado es que el semblante en el mundo riverplatense en el post partido de la Bombonera, reflejaba optimismo. Saben que en su casa todo puede cambiar y que allí saldrán a buscar el resultado con la vehemencia y la intensidad que River nos tiene acostumbrados.

Quizás fue la necesidad la que llevó al entrenador Millonario a arriar por unos días una de sus más preciadas banderas (la del buen fútbol). ¿Criticable? No, porque se trata de una llave eliminatoria que, además, tiene todos los condimentos negativos que ya fueron contados. Sí pasará a ser un error si decide aferrarse a ese sistema en la revancha, ahí Gallardo estaría tentando a la suerte casi de manera prepotente.

Si bien desde esta columna siempre ponderamos el juego vistoso y la entrega permanente, el fútbol tiene matices. Por eso pueden cambiarse sistemas sin ningún temor, el tema es que un buen resultado coyuntural no lleve a modificar una idea. Y todo invita a penar que con River esto no ocurrirá, que volverá a sus fuentes y dentro de siete días en el Monumental buscará regresar al sendero del toque, del fútbol de ataque, de presión, de desborde por las bandas, de voracidad ofensiva. Si esto sucede estará refrendando una idea inteligente. De lo contrario, entraría en una mezquina vorágine que podría dejarlo con las manos vacías.

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